EL
ECUMENISMO EN EL VIAJE DE BENEDICTO XVI
A TURQUÍA
|
|

La firma de la declaración conjunta de Benedicto
XVI y Bartolomé I
(AP Photo/Patrick Hertzog, pool)
Lo había dicho un
mes antes el cardenal Walter Kasper, presidente del Pontificio
Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos.
El viaje de Benedicto XVI a Turquía perseguía
tres objetivos: «el diálogo ecuménico
y encuentro con el Patriarca Bartolomé I para llevar
adelante el diálogo con los ortodoxos; el diálogo
con los musulmanes; y la voluntad de reforzar y alentar
a la minoría cristiana que vive en Turquía».
El matiz había venido después: «La
entrevista con el Patriarca Bartolomé I y la que
mantendrá con el Patriarcado armenio serán
dos momentos importantes para el diálogo con la
Iglesia oriental». Los periodistas luego, claro
es, algunos, se encargarían de elevar a titulares
lo que no pasó de hojarasca mediática.
A nadie se le oculta que
un viaje así corría el riesgo de politizarse.
Las circunstancias de Turquía implorando de la
Unión Europea su entrada en el concierto de los
países del Euro, a pesar de los serios obstáculos
que se interponen, jugaban a favor: había que aprovechar
una ocasión así, de oro diríase,
como ésta de la visita del Jefe del Vaticano a
Estambul. Y, en diálogo interreligioso, que el
Papa desease viajar a Constantinopla sólo unos
meses después del cisco panislámico armado
a raíz de sus declaraciones en Ratisbona, con las
turbulentas aguas todavía encrespadas pese a los
reiterados intentos de la Santa Sede por calmarlas, hacía
presagiar un protagonismo desmedido por parte del Islam.
Lo cierto, sin embargo, es que la voluntad de Benedicto
XVI por abrazar a Bartolomé I afloró ya
en su primer año de Pontificado. Cualquiera que
ande bien de memoria recordará que el Papa Ratzinger
quiso aprovechar la primera fiesta de San Andrés,
aquella del 30 de noviembre de 2005, cuando sólo
llevaba meses en la Cátedra de San Pedro, para
encontrarse con el sucesor de San Andrés. Si no
cuajó fue debido a la negativa, entonces, del Gobierno
turco, a cuyas autoridades la nueva del Vaticano había
pillado a contrapié, aunque no tanto como para
pasarle inadvertida su pingüe rentabilidad política.
Por aquellas fechas tampoco había estallado aún
lo de Ratisbona. De modo que aquello encerraba otro contexto.
Pero la realidad de fondo ha sido la misma, bien diferente,
por cierto, de cuanto los medios nos han querido vender:
El viaje de Benedicto XVI a Turquía fue a invitación
del Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Esta
es la esencia, o la razón primera y fundamental.
Lo demás es relleno, por mucho que las circunstancias
hayan jugado su baza con titulares mediáticos minimizando
lo del Fanar y anteponiendo a veces el trajín político
e interreligioso. Prueba de ello es que visitar la Mezquita
Azul se introdujo en el Programa del viaje sólo
unas horas antes.
1. EN CONTEXTO
DEL MÁS PURO ECUMÉNICO
Una vez dentro del Fanar,
catedral de San Jorge concretamente y dependencias patriarcales
adyacentes, lo primero que se impone señalar es
el contexto ecuménico que lo envolvía todo.
Benedicto XVI, joven teólogo en los días
del Concilio Vaticano II, se sabía de memoria el
ceremonial de los primeros pasos que las Iglesias católica
y ortodoxa dieron cuando el histórico encuentro
de Atenágoras I con Pablo VI en Jerusalén,
enero de 1964, al que seguiría el de la cancelación
de las excomuniones el 7.XII.1965 en Roma y en el Fanar,
visitado ahora por él como sucesor de Pedro. Benedicto
XVI, además, se conocía al dedillo la visita
de Atenágoras I a Roma, y la de Pablo VI a Constantinopla,
amén de cultivar, a título personal, estrecha
amistad con los metropolitas Melitón de Calcedonia,
Damaskinos y Stylianos, de quienes fue Profesor de Teología
en Bonn, Zizioulas, etc. Y en fin, ya él cardenal,
primero de Múnich, y luego de la Curia Romana como
prefecto de la Congregación para la Doctrina de
la Fe, tenía no muy lejanas aún las visitas
intercambiadas entre Dimitrios I y Bartolomé I
con Juan Pablo II, a cuyo lado caminó él
siempre como teólogo en la sombra (por fuera sonaban
más al respecto Bea, Willebrands, Cassidy, y últimamente
su connacional Kasper, por ser los presidentes del PCPUC),
pero él era quien sugería, él quien
matizaba, él quien ponía y quitaba puntos
y comas a los documentos conjuntos. ¿Quién
no recuerda a Juan Pablo II donando al Patriarcado Ecuménico
la iglesia de San Teodoro, en la colina del Palatino (1-7-2004),
para que la comunidad greco-ortodoxa de Roma pueda tener
su lugar de culto? ¿Y a quién se le puede
haber olvidado que Juan Pablo II donó parte de
las reliquias de San Juan Crisóstomo y San Gregorio
Nacianceno a dicho Patriarcado (27.XI.2004), en un claro
signo del deseo de las Iglesias de Oriente y de Occidente
por caminar juntas hacia el don de la unidad visible?
Benedicto XVI así lo recordó durante la
Divina Liturgia del 30.XI.2006: «parte de sus reliquias
fueron donadas a Vuestra Santidad como signo de comunión
por el difunto Papa Juan Pablo II, para que fuesen veneradas
en esta Catedral».
Recuérdese asimismo
que durante la visita de Juan Pablo II a Dimitrios I en
El Fanar (30.XI.1979), se hizo pública, incluso
con los nombres de una y otra parte, la noticia de la
formación de la Comisión Mixta internacional
entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa
en su conjunto. Desdichadamente esta Comisión,
que había empezado a rodar muy bien, por la década
de los noventa se tropezó con los obstáculos
del proselitismo y del uniatismo. El primero empezó
a enconarse hasta límites muy de temer no bien
disuelta la Unión Soviética y la Iglesia
greco-católica de Ucrania, una vez recuperada la
libertad, hizo valer sus derechos. En ese tira y afloja
andaban las cosas, agravadas por algunos documentos en
que parecían cuestionarse (¿aclararse?)
puntos avanzados durante el Vaticano II, como, verbigracia,
el de Iglesias hermanas, donde tanto tuvo que ver el propio
cardenal Ratzinger, amén de otros inquietantes
matices suscitados por la Dominus Iesus, cosecha también
del mismo purpurado en cuanto prefecto de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, cuando las Iglesias ortodoxas
acabaron por plantarse definitivamente el año 2000
en Baltimore (Canadá). Desde entonces hasta mediados
de septiembre de 2006 con la reanudación de la
susodicha Comisión Mixta en Belgrado (Serbia) estuvo
el contencioso estancado. He aquí, pues, uno de
los motivos fundamentales del viaje papal a Constantinopla:
respaldar a la Comisión Mixta en su tarea, y hacerlo
además quien precisamente como cardenal había
puesto más de una vez difíciles las cosas.
Destacó igualmente
la extraordinaria importancia del ecumenismo en este viaje
el portavoz de la Santa Sede, padre Federico Lombardi,
S.I., en cuya opinión hasta «la misma fecha
había sido elegida justo en vista de la participación
en la fiesta de San Andrés, patrono del Patriarcado,
el 30 de noviembre. Las relaciones ecuménicas entre
la Iglesia católica y las ortodoxas viven ahora,
dijo, un momento importante. Y gracias también
al relanzamiento de los trabajos de la Comisión
Mixta internacional de diálogo, que ha podido reunirse
recientemente en Belgrado después de un largo período
de estancamiento. Los desafíos del anuncio evangélico
en el mundo secularizado encuentran a católicos
y ortodoxos en sintonía entre ellos. El empeño
por la conservación de comunidades cristianas vivas
en la tierra de Turquía y para la tutela de sus
posibilidades de vida y de trabajo, va más allá
de la diversidad entre las confesiones cristianas. Turquía
es tierra muy querida a los cristianos al haber sido la
cuna de numerosas comunidades de la Iglesia de los primeros
siglos por obra de los apóstoles, Andrés,
Juan, Pablo, y según la tradición por haber
hospedado a la misma Madre del Señor».
Idéntica idea resaltó
Bartolomé I, entrevistado unos días antes
del viaje: «Pienso –dijo- que el Papa hará
valer su punto de vista a favor de la libertad religiosa
y de los derechos del hombre. Se trata de principios que
valen para todos los pueblos y todos los Gobiernos, pero
que asumen relevancia mayor para los Gobiernos democráticos
de la gran familia europea. Espero que hable a favor de
los católicos que viven aquí, y también
a favor de todas las minorías, que no constituyen
una amenaza para el País, sino un enriquecimiento.
Las minorías cristianas, junto con los hebreos,
son el 0,01 por ciento de la población turca. Nada.
Sobre todo, no somos amenaza. Pedimos sólo poder
existir, porque nos sentimos parte de la sociedad turca.
Vivimos en esta tierra desde 17 siglos atrás, pero
no nos viene reconocida personalidad jurídica,
antes al contrario nos han confiscado decenas y decenas
de propiedades. Hemos perdido muchas cosas de valor inestimable.
Durante el Imperio Otomano estos problemas no existían.
En el 1923, al inicio de la República, habitaban
en Turquía 180.000 ortodoxos. Hoy hemos sido reducidos
a poco más de 4.000 personas. ¿Por qué?».
2. INCONDICIONAL
APOYO A LA COMISIÓN MIXTA INTERNACIONAL ORTODOXO-CATÓLICA
La reanudación de
los encuentros de la Comisión Mixta internacional
planeó, pues, entre los móviles del viaje.
Bartolomé I se preocupó de acentuar este
aspecto cuando, a propósito de las cualidades de
Benedicto XVI, dijo: «Después de una interrupción
de casi seis años, el diálogo se ha reanudado
en septiembre, en Belgrado. Hemos retomado en mano la
agenda teológica, en particular sobre el primado
de Pedro. Nadie niega que en la Iglesia unida fuese el
primero. Después las cosas discurrieron diversamente.
Católicos y ortodoxos deben preguntarse hoy qué
pueden concederse recíprocamente sobre el primado.
Cada uno debe esforzarse por conservar las propias tradiciones
y, al mismo tiempo, buscar un reacercamiento. Benedicto
XVI ha demostrado respeto y honor para el Oriente cristiano
inmediatamente después de su elección y
ha querido retomar el diálogo teológico.
Creo que hoy hemos llegado a un punto crucial. Por esto
digo que hace falta valor para seguir adelante. Estoy
seguro de que el Papa no tuvo intención alguna
de ofender al Islam. Hoy el mundo no tiene necesidad de
un nuevo choque entre religiones. Ya los predecesores
de Benedicto XVI, Pablo VI y Juan Pablo II, vinieron aquí
sin problemas. Si ahora existen a causa del discurso de
Ratisbona, entonces esta visita se hace todavía
más importante para desbaratar todo malentendido».
Durante la Divina Liturgia
celebrada por el Patriarca, el Papa centró su discurso,
con ayuda de la Patrística, en el corazón
mismo del Evangelio al objeto de subrayar así la
propuesta de un diálogo más eficaz sobre
nuevas formas del ministerio petrino. Luego de haber adelantado
que el encuentro que ambos estaban realizando hacía
experimentar de nuevo la comunión y la llamada
de los dos hermanos, San Andrés (el primer llamado:
ho protoklitos) y San Pedro (la roca), Benedicto XVI hizo
un breve recorrido por sus predecesores, en cuyo espíritu,
añadió, «mi presencia hoy aquí
pretende renovar nuestro compromiso común de continuar
por el camino que lleva al restablecimiento, con la gracia
de Dios, de la comunión plena entre la Iglesia
de Roma y la Iglesia de Constantinopla. Puedo aseguraros
que la Iglesia católica está dispuesta a
hacer todo lo posible para superar los obstáculos
y para buscar, junto con nuestros hermanos y hermanas
ortodoxos, medios de colaboración pastoral cada
vez más eficaces con ese fin». Los útiles
para trabajar en la nueva andadura no pueden ser mejores:
la Sagrada Escritura y los Santos Padres de la Iglesia,
que ortodoxos y católicos veneran, estudian y comparten
como a Padres en la fe y cualificados testigos de la divina
Tradición.
«Simón Pedro
y Andrés –matizó luego sobre la dimensión
teológica del ministerio apostólico de uno
y otro- fueron llamados juntos a ser pescadores de hombres.
Pero esa misma misión tomó formas distintas
para cada uno de los dos hermanos. Simón, a pesar
de su fragilidad personal, fue llamado "Pedro",
la "roca" sobre la que la Iglesia se edificaría;
a él en particular se le encomendaron las llaves
del reino de los cielos (cf. Mt 16, 18). Su itinerario
lo llevaría de Jerusalén a Antioquía,
y de Antioquía a Roma, para que en esa ciudad pudiera
ejercer una responsabilidad universal. Por desgracia,
la cuestión del servicio universal de Pedro y de
sus Sucesores ha dado lugar a nuestras diferencias de
opinión, que esperamos superar, también
gracias al diálogo teológico recientemente
reanudado. Mi venerado predecesor el siervo de Dios Juan
Pablo II habló de la misericordia que caracteriza
al servicio a la unidad de Pedro, una misericordia que
Pedro mismo fue el primero en experimentar (cf. Ut unum
sint, 91). Partiendo de esta base, el Papa Juan Pablo
II invitó a entablar un diálogo fraterno
con el fin de encontrar formas de ejercer el ministerio
petrino hoy, respetando su naturaleza y esencia, de manera
que "pueda realizar un servicio de fe y de amor reconocido
por unos y otros" (ib., 95). Hoy deseo recordar y
renovar esa invitación». El Papa luego destacó
el significado del ministerio de Andrés en Asia
Menor, el Mar Negro y Grecia donde sufrió el martirio:
«Por tanto, el apóstol Andrés representa
el encuentro entre la cristiandad primitiva y la cultura
griega. Este encuentro fue posible, especialmente en Asia
Menor, sobre todo gracias a los Padres capadocios, que
enriquecieron la liturgia, la teología y la espiritualidad
tanto de las Iglesias orientales como de las occidentales».
Los Padres griegos nos han dejado un valioso tesoro, del
que la Iglesia sigue sacando riquezas antiguas y nuevas
(cf. Mt 13, 52). Que nuestra oración y actividad
diarias se inspiren en el deseo ardiente no sólo
de asistir a la Divina Liturgia, sino de poder celebrarla
juntos, para participar en la única mesa del Señor,
compartiendo el mismo pan y el mismo cáliz».
3. LA DECLARACIÓN
CONJUNTA DE BENEDICTO XVI Y BARTOLOMÉ I
La firma de comunicados
o declaraciones conjuntas en ecumenismo pertenece al capítulo
de los hechos históricos. Y este de la visita papal
a Turquía lo era. Se inscribía en el marco
de los papeles desempeñados por Atenágoras
I, Pablo VI, Dimitrios I, Juan Pablo II y Bartolomé
I. ¿Y qué dice en sustancia el documento
que Benedicto XVI y Bartolomé I firmaron conjuntamente
el día 30.XI.2006? Por de pronto cabe responder
afirmando que la Declaración conjunta es un resuelto
e incondicional apoyo al diálogo teológico.
Papa y Patriarca admiten que tras 40 años de recorrido
ecuménico todavía no han recogido «todas
las consecuencias positivas para nuestro camino hacia
la plena unidad», saludan la reanudación
del diálogo teológico ocurrida en septiembre
en Belgrado sobre el tema «Conciliaridad y autoridad
en la Iglesia», y en cuanto al ministerio petrino,
ambos a una se reconocen «decididos a sostener incesantemente
el trabajo encomendado a la Comisión, mientras
acompañamos a sus miembros con nuestras oraciones».
La Declaración recoge
igualmente otros puntos ecuménicos de singular
importancia, como la decidida lucha contra la secularización,
el relativismo, incluso el nihilismo, sobre todo en el
mundo occidental, así como el tema de la integración
europea, con una alusión a la confrontación
entre la UE y Turquía. «Los promotores de
esta gran iniciativa –se lee en la Declaración-
han de tener en cuenta todos los aspectos que afectan
a la persona humana y a sus derechos inalienables, especialmente
la libertad religiosa, testigo y garante del respeto de
todas las demás libertades». Y esto porque
«en toda iniciativa de unificación es necesario
proteger a las minorías con sus propias tradiciones
culturales y sus peculiaridades religiosas». Nótese
que el cuadragésimo de la Declaración del
Vaticano II, Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa,
todavía quedaba cerca. Un pensamiento, pues, a
subrayar, dado ese factor y, ¡veladamente!, lo acaecido
en Ratisbona. Benedicto XVI y Bartolomé I unían
su voz, cada uno desde su tronera, para pedir libertad
religiosa y respeto a los derechos humanos.
El pensamiento va luego
a católicos y ortodoxos para que se conciencien
de las tremendas y pavorosas lacras de la pobreza, las
guerras y el terrorismo, sin descuidar tampoco «las
diversas formas de explotación de los pobres, de
los emigrantes, de las mujeres y de los niños.
Estamos llamados a emprender juntos acciones en favor
del respeto a los derechos del hombre, de todo ser humano,
creado a imagen y semejanza de Dios, así como en
favor de su desarrollo económico, social y cultural».
En este sentido, continúan el Papa y el Patriarca,
«deseamos ante todo afirmar que matar a personas
inocentes en nombre de Dios es una ofensa contra él
y contra la dignidad humana. Todos debemos comprometernos
en un renovado servicio al hombre y en la defensa de la
vida humana, de toda vida humana». Terrorismo de
fondo, pues, sí, pero también aborto y otros
amargos males de hoy.
Espacio, en fin, a la defensa
del ambiente -¡nueva alusión a una campaña
muy querida del Patriarca Ecuménico con su ecologismo
declarado por los distintos mares del planeta!- y la búsqueda
de la paz para el Oriente Próximo mediante «el
desarrollo de relaciones más estrechas entre los
cristianos y un diálogo interreligioso auténtico
y leal, para luchar contra toda forma de violencia y discriminación».
Este punto final constituye una invitación a dialogar
entre las dos grandes Iglesias del cristianismo, más
aún: entre todos los cristianos y las otras religiones,
sobre todo el Islam y el Judaísmo, en una tierra
que, las más de las veces, no pasa de ser un avispero
y de constituir un incesante foco de tensiones. Tal vez
en ningún rincón del orbe se advere con
más crudo realismo la necesidad de contribuir juntos,
ecumenismo y diálogo interreligioso, a calmar tensiones
políticas y guerras fratricidas como en el Oriente
Próximo. La conflictiva situación del Líbano
y las incursiones del Ejército israelí aún
recientes no hacían sino justificar más
y más este párrafo dentro de la Declaración.
El documento concluye con un mensaje de esperanza: «Saludamos
en Cristo a los demás cristianos, asegurándoles
nuestra oración y nuestra disposición para
el diálogo y la colaboración».
Es importante señalar
que el espíritu de la mencionada Declaración
hereda dos corrientes de eclesialidad ecuménica
sumamente fecundas, a saber: la que viene del Tomos Agapis,
determinada sobre todo por el Diálogo de la caridad,
tiempos del Patriarca Atenágoras I y del Papa Pablo
VI, cuando ambos se redescubrieron hermanos como consecuencia
de una nueva experiencia de unidad y comunión en
el misterio de Cristo, y la que deriva de las relaciones
entre Juan Pablo II y los patriarcas Dimitrios I y Bartolomé
I, constituidas por el llamado Diálogo teológico
o Diálogo de la verdad promovido por la Comisión
Mixta internacional de la Iglesia católica y la
Iglesia ortodoxa en su conjunto. Después de algunas
vicisitudes de esta segunda, ya señaladas, ambas
han venido a confluir en esta Declaración conjunta,
fruto de esta visita papal. Y tampoco sería descabellado
suponer un contexto que también incluya algún
fraterno señalamiento a las otras Iglesias ortodoxas,
comprendidas sobre todo la de Serbia, que semanas antes
había sido la anfitriona de la Comisión
Mixta, y la de Moscú o Iglesia ortodoxa rusa, en
tantas ocasiones de los últimos decenios abiertamente
rival del Patriarcado de Constantinopla. A ningún
ecumenista medianamente avezado en este rollo se le escapa
que Bartolomé I está jugando en las relaciones
entre el Papa de Roma y el Patriarca de Moscú y
de todas las Rusias un papel mediador.
4. EN EL ESPÍRITU
DEL UT UNUM SINT
El viaje de Benedicto XVI
a Turquía tuvo otros objetivos aquí no destacados,
ciertamente, pero anunciados en las palabras del cardenal
Kasper traídas al principio de esta reflexión.
Entiendo, con todo y con eso, que el del ecumenismo es,
sin duda, fundamental. De él cumple partir a la
hora del análisis, con él discurrir en la
navegación que el diálogo ecuménico
impone y a él volver cuantas veces se afronten
los otros asuntos del viaje, so pena de no haber entendido
en su justa medida las verdaderas razones del evento,
incluidas, verbigracia, las palabras de Benedicto XVI
al nuevo Embajador de Turquía ante la Santa Sede
(19.I.2007), señor Muammer Dogan Akdur. Bartolomé
I, cuando saludó al Papa el primer día,
le dijo que toda la comunidad ortodoxa, y los católicos
naturalmente, lo acogían con un caluroso abrazo
y dentro del espíritu del Ut unum sint. Declaró
asimismo que dicho espíritu había guiado
sus pasos viajeros en las repetidas visitas a Roma dos
años atrás para acompañar las reliquias
de los santos Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo,
y sólo unos meses después para participar
en el funeral de Papa Juan Pablo. «Estamos profundamente
agradecidos a Dios –dijo- porque Vuestra Santidad
ha dado ahora un paso semejante dentro del mismo espíritu».
Que Benedicto XVI siga
dando pasos firmes y certeros en ese mismo sentido del
Ut unum sint al que el Patriarca Bartolomé I alude
lo prueban estas palabras del discurso que durante la
audiencia le entregó al citado embajador extraordinario
y plenipotenciario de la República de Turquía
ante la Santa Sede, señor Muammer Dogan Akdur:
«Permítame, señor embajador, saludar
por su mediación a las comunidades católicas
de Turquía, a las que tuve la alegría de
visitar, en particular en Éfeso y Estambul. A los
obispos, a los sacerdotes y a todos los fieles vuelvo
a manifestar el afecto del sucesor de Pedro y su aliento
para que la Iglesia católica que está en
Turquía siga testimoniando humilde y fielmente
el amor de Dios a través del diálogo con
todos, en particular con los creyentes musulmanes, y a
través de su compromiso al servicio del bien común.
Saludo con afecto a Su Santidad el Patriarca Bartolomé
I, los obispos y a todos los fieles de la Iglesia ortodoxa,
con quienes nos unen tantos lazos de fraternidad en la
espera del día bendito en el que seremos invitados
a la misma mesa de Cristo».