Todos
los lectores de Pastoral Ecuménica saben que D.
Julián García Hernando, fundador y director de esta publicación
y también de las “Misioneras de la Unidad”, ha estado
al frente del ecumenismo español durante 30 años, como
director del Secretariado de Relaciones Interconfesionales
de la Conferencia Episcopal Española.
Un
ministerio tan prolongado le ha convertido en uno de los
ecumenistas más valiosos y conocidos de la Iglesia de
nuestros tiempos a escala mundial. Y, sobre todo, le ha
dotado de preciosas experiencias e incalculables conocimientos
en este campo.
Cuando
va a cumplir ochenta años, en plena actividad ecuménica,
queremos recoger en esta entrevista lo mejor de su bagaje
ecuménico: su doctrina, interpretaciones y previsiones
acerca de cuanto estamos abocados en esta primordial tarea
de la Iglesia, en el comienzo de siglo y milenio. Sin
duda que esta comunicación suya será un excelente testimonio
de su sabiduría, entrega y clarividencia y, además, aleccionadora
para todos los lectores, evidentemente empeñados en el
quehacer de esta primavera ecuménica con olor ya a las
sazonadas mieses de la unión.
I.
ECUMENISMO EN EL SIGLO XX: VATICANO II – CEI
1.
LA VERDAD SE ACEPTA EN MEDIO DEL BANQUETE DEL DIÁLOGO
ABIERTO Y FRATERNO
Profesor de la cátedra
de Historia de la Iglesia en el Seminario de Segovia,
percibió desde esa docencia las repercusiones de la división
cristiana y los continuos intentos de unión, sucedidos
en el milenio y siglo finalizados. Por eso, a la eclosión
ecuménica del Vaticano II le saludó con alborozo, pero
a la vez con prudencia. La madeja de las disensiones cristianas
se hallaban aún tan enredada que el Concilio de Juan XXIII
y Pablo VI más bien sería, pensaba él, el Concilio de
la unidad que el de la unión. Como experto en Historia
de la Iglesia y profundo conocedor de la historia del
ecumenismo, ¿puede iluminarnos en lo que ha sido, es y
será el empeño por restañar la unión de los seguidores
de Jesucristo?
Finalizamos
el milenio, caracterizado por tantas y tan profundas separaciones
entre cristianos, ¿cómo podría resumirse y qué enseñanzas
deberían sacarse?
En verdad que el milenio,
que está a punto de expirar, ha sido tristemente abundoso
en separaciones eclesiales, la mayor parte de las cuales
están todavía sin restañar. Dejando a un lado las de los
nestorianos y monofisitas, al no captar las definiciones
cristológicas de los concilios de Efeso [431] y Calcedonia
[451] sobre temas cristológicos, deberíamos fijarnos,
sobre todo, en las que tuvieron lugar en los siglos XI
y XVI, en tiempos del Patriarca Cerulario y de Martín
Lutero.
Las escisiones del primer milenio prácticamente han
desaparecido, gracias a los documentos suscritos por
el Papa Juan Pablo II y el Catholicós de todos los armenios,
Karekin I, en diciembre de 1996, y el firmado en enero
de 1997 por el Papa y el Catholicós de Cilicia, Aram
I.
Estos documentos ponen de manifiesto que las diferencias
en cuestiones cristológicas entre unos y otros ya no
existen, al aceptar las decisiones de los Concilios
antedichos.
Mayores y más persistentes fueron las escisiones provocadas
al comienzo y a la mitad del milenio segundo. La separación
entre la Iglesia oriental y la occidental fue verdaderamente
traumática. La ruptura entre Oriente y Occidente fue
producto de un largo proceso de distanciamiento. Los
protagonistas de la escisión fueron el patriarca de
Constantinopla por parte oriental y el cardenal Humberto
da Silva Cándida en representación del Occidente cristiano.
Este depositó sobre el altar mayor de la Iglesia de
Santa Sofía de Constantinopla la bula de excomunión
y un sínodo ortodoxo excomulgó al legado pontificio.
En el camino de la historia quedó marcada la triste
fecha del 16 de julio de 1054. La excomunión ha estado
vigente hasta los bienhadados días del concilio Vaticano
II.
La separación provocada por Lutero en el siglo XVI
halló como caldo de cultivo el malestar y el descontento
que se había extendido por toda la Iglesia de Occidente
y se manifestaba a través del clamor general que pedía
una reforma en la cabeza y en los miembros. Lutero
no pretendía la escisión en la Iglesia, sino la reforma
eclesial, pero él fue el punto de partida de una larga
y profunda escisión. Fue excomulgado en 1520 y posteriormente
algunas de sus doctrinas fueron sancionadas en el concilio
de Trento.
La Reforma protestante, que fue subdividiéndose en
numerosas ramas, se extendió por todo el mundo. Dentro
de sus seguidores dio comienzo el movimiento ecuménico.
Y hace poco más de un mes, como fruto del diálogo ecuménico,
se ha producido un gran acercamiento entre luteranos
y católicos al firmar conjuntamente en Augsburgo un
importante documento sobre el tema de la justificación
el presidente de la Federación Luterana Mundial y el
presidente del Pontificio Consejo para la unidad de
los cristianos.
Esta aproximación entre ambas Iglesias, que hemos presenciado
en nuestros días, nos enseña que la polémica y la controversia
no conducen a buen puerto. Que en los caminos para el
entendimiento en problemas teológicos es menester echar
mano de la apertura de espíritu y del diálogo sincero.
La verdad no se impone por la fuerza sino que se acepta
en medio del banquete dialogal, abierto y fraterno.
Muy distinto es el último siglo, el XX, adornado
por un especial florecimiento de la unidad. ¿Cuáles
han sido los momentos más destacados y cuáles sus
lecciones?
El siglo que termina merece la laureada, el mayor
de los aplausos, por no haber propiciado ninguna separación
eclesial que merezca la pena, desde nuestro punto
de vista. En cambio, tiene el privilegio maravilloso
de haber acunado en su seno al ecumenismo. Este movimiento
providencial, está empeñado en que los cristianos
separados se miren frecuentemente a los ojos para
descubrir en los de los creyentes de las otras Confesiones
cristianas la imagen del mismo Cristo. Mi experiencia
a este respecto es muy profunda y larga.
Desde la óptica que estamos contemplando podemos subrayar
dos momentos importantes. En primer lugar, el nacimiento
del ecumenismo en 1910 y luego la entrada oficial de
la Iglesia católica por los caminos ecuménicos en 1964,
con la aprobación del Decreto «Unitatis redintegratio»
del Vaticano II.
El movimiento ecuménico, en frase de Juan Pablo II
en uno de sus viajes apostólicos a los países nórdicos,
es «una de las mayores gracias concedidas por Dios a
su Iglesia en los tiempos modernos». Y esa gracia aparecida
en el seno de las Iglesias protestantes, pues a ellas
pertenecían los misioneros que se dieron cita en la
ciudad escocesa citada. Luego el decreto de ecumenismo
del Vaticano II lanzó a la Iglesia católica por las
vías de la praxis ecuménica, que ya habían recorrido
no pocos pioneros de la misma.
¿Qué señalaría como “cenit” ecuménico del Vaticano
II?
Globalmente hablando pienso que la base fundamental
ecuménica del Vaticano II, que luego se concretará en
el Decreto «Unitatis redintegratio», fue la constitución
«Lumen gentium», al presentar al mundo una «Iglesia
comunión» en su doble vertiente: de puertas adentro
y de puertas afuera. El aspecto comunional de la Iglesia
fue maravillosamente subrayado por Juan Pablo II en
su encíclica «Ut unum sint», en la que, al hablar del
primado del Papa, acude a la «eclesiología de comunión»,
tan fuertemente marcada por el Vaticano II, y en parte,
no más, desarrollada posteriormente mediante el tema
de la colegialidad apostólica. «Cuando la Iglesia católica,
y es expresión del papa, afirma que el Obispo de Roma
(es decir, el primado de Pedro), responde a la voluntad
de Cristo, no separa esta función de la misión confiada
a todos los obispos, también ellos vicarios y legados
de Cristo».
Estas palabras del Papa, basadas en la constitución
sobre la Iglesia ponen, al menos en parte, las bases
para ahuyentar los miedos que hacia la Iglesia católica
puedan tener las otras Confesiones cristianas, al subrayar
este aspecto comunional de la Iglesia tan marcadamente
destacado luego en «Unitatis redintegratio».
Este decreto viene a sancionar el cambio de actitud
de la Iglesia católica que ya venía apuntando en algunos
de sus niveles desde las décadas anteriores, haciendo
cambiar la mentalidad de eclesiásticos y de fieles sobre
las relaciones con cristianos de otras Confesiones,
a los que se comenzaron a llamar “hermanos” si bien
“separados”, concepto que ya ha sido eliminado de la
terminología ecuménica y sustituido simplemente por
el de «hermanos de otras Confesiones cristianas».
El decreto de ecumenismo, por tanto, apoya toda su
doctrina en la constitución sobre la Iglesia, aborda
los caminos que hay que recorrer para llegar a la unidad
de todos los seguidores de Cristo y la actitud con que
éstos deben ser recorridos.
Del concilio Vaticano II surge el Secretariado
para la unión de los cristianos. ¿Qué significa en
el ecumenismo de la Iglesia católica? ¿Puede intuirse
su futuro?
El Secretariado romano para la unidad de los cristianos
es anterior a la apertura del Concilio. Fue creado
por Juan XXIII el 5 de junio de 1960, como organismo
preparatorio del Concilio, el cual no se abrió hasta
el 11 de octubre de 1962, si bien ya anteriormente
venía siendo preparado.
La finalidad del Secretariado es informar al papa de
los asuntos de su competencia; apoyar y estimular las
relaciones con los cristianos de otras Confesiones;
aplicar los principios católicos del ecumenismo; promover
y alentar reuniones nacionales e internacionales respecto
a la unidad de los cristianos y mantener diálogos con
los representantes de otras organizaciones cristianas;
convocar reuniones con finalidad ecuménica y representar
a la Iglesia católica en convenios ecuménicos fuera
y dentro de los ámbitos específicamente católicos, en
el ámbito nacional e internacional. El Secretariado
es el dialogante número uno en estas materias “ad intra”
y “ad extra” de la Iglesia católica.
Es, además, el laboratorio ideológico en el que se
han producido documentos de gran importancia, como el
Directorio Ecuménico; «Reflexiones y sugerencias
sobre el diálogo ecuménico»; «La colaboración ecuménica
a nivel regional, nacional y local»; y «La dimensión
ecuménica en la formación de quienes trabajan en el
ministerio pastoral», entre otros.
2. «UT UNUM SINT»: EXPRESIONES
ESCALOFRIANTES
PARA ECUMENISTAS Y PARA QUIERENES DESPREIAN EL ECUMENISMO
Algunos han puesto, o ponen aún, en duda la realidad
ecuménica que acompaña la vida entera del Papa Juan
Pablo II. Este gran ecumenista, que ha escudriñado punto
por punto, fecha a fecha, ideas y quehaceres ecuménicos
del actual Pontífice, está convencido, sin duda alguna,
de la autenticidad, de la desbordante labor ecuménica
del papa. Lo confirma, entre otras cosas, con el lanzamiento
al diálogo, realizado por Juan Pablo II, del tema tan
importante de la forma de cómo ejercer el Primado. Para
Don Julián es asunto decisivo en la marcha del ecumenismo
y lleno de posibilidades. Cuenta él que en una ocasión,
en Lamchamp, en una reunión interconfesional, la víspera
de la festividad de San Pedro Apóstol, predicó en la
eucaristía un teólogo católico de Roma, quien, tal vez
por delicadeza, no abordó en su homilía el «Tú eres
Petrus». Sin embargo, al día siguiente, fiesta de san
Pedro, un teólogo reformado de Neuchatel abordó en su
sermón del culto protestante el tema, afirmando el paso
de esos poderes a los obispos de Roma, ejercidos con
las debidas condiciones, en el modo debido. La encíclica
«Ut unum sint» clarifica esta postura.
Disponemos de un documento ecuménico, calificado
de excepcional, de Juan Pablo II: la encíclica «Ut
unum sint», ¿qué puede decirse?
El acervo doctrinal del Papa Juan Pablo II sobre
el ecumenismo es verdaderamente impresionante, vertido
a través de sus enseñanzas ordinarias y extraordinarias
en su predicación y en sus variadas exhortaciones;
en sus homilías, en sus encuentros ecuménicos; en
sus viajes apostólicos, en los cuales siempre hay
lugar para la temática del ecumenismo; en sus visitas
y en sus recepciones de altas jerarquías del mundo
cristiano acatólico. Su producción literal a este
respecto es realmente abrumadora.
El documento de mayor calado, por ser una encíclica,
es la «Ut unum sint», aparecida el 30 de mayo de 1995.
No es un texto elaborado interconfesionalmente y consensuado
de manera oficial por las distintas Iglesias empeñadas
en el diálogo ecuménico. Es un escrito eminentemente
pastoral, más encaminado a sostener un esfuerzo que
a clarificar una doctrina; más centrado en el «diálogo
de conversión» que en el «diálogo teológico». Pretende
sostener y alentar los esfuerzos de cuantos trabajan
por la causa de la unidad.
Tiene expresiones verdaderamente escalofriantes, tanto
para quienes luchan por la causa de la unidad como para
cuantos la desprecian o la dan de lado. Es totalmente
fiel, como no podía dejar de serlo, a la enseñanza del
Concilio sobre este tema, en el que se apoya. Insiste
fuertemente en la necesidad de «la conversión de las
Iglesias», para que puedan llegar a una rima aconsonantada,
previa al abrazo de la unión eclesial. Empuja a la Iglesia
por los caminos de la humildad en sus relaciones con
las otras Iglesias hermanas. Y la exhorta, como él tantas
veces lo ha hecho, a caminar por la senda del arrepentimiento
y la petición de perdón por las propias responsabilidades
en el hecho histórico de las separaciones y su mantenimiento
en las mismas.
Se goza en el recorrido que hace por los logros ya
cosechado en el camino del acercamiento y abre su ilusión
a las promesas de nuevas conquistas con que nos halaga
el futuro. Presenta —y ésta es una de las páginas más
emotivas del texto— el álbum de sus encuentros ecuménicos
a través de sus muchos viajes apostólicos por el mundo
entero. La encíclica está llena de sentimientos profundos
y de delicadeza. Está transida de ternura y muestra
las capas profundas del océano ecuménico en que vive
inmerso el Papa. A lo largo de ese texto se ve lo que
dice y se adivina lo que quiere decir. Es algo que conmueve.
Esta encíclica es una de las plataformas privilegiadas
para comprender la vocación ecuménica del Papa. ¿Quién
puede ponerla en duda?
Además, aborda el tema más delicado del ecumenismo
que es el de la contemplación del primado a través del
modo de su ejercicio a lo largo de la historia, y pide
perdón a los hermanos separados, como ya lo había hecho
Pablo VI, por los recuerdos dolorosos que sobre este
particular puedan tener bebidos en su propia historia.
Nunca un Papa se había lanzado al diálogo sobre este
tema tan importante como es el del modo de ejercer el
primado. Ningún otro se ha mostrado tan dispuesto a
escuchar las peticiones, que le llegan de todos los
rincones de la cristiandad, de «encontrar una forma
en el ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún
modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación
nueva».
Y, con palabras cargadas de patetismo, dice: «Que el
Espíritu Santo nos dé luz e ilumine a todos los pastores
y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos,
por supuesto juntos, las formas con las que este
ministerio pueda realizar un servicio de fe y de amor,
reconocido por unos y por otros».
Por supuesto que las respuestas a este patético ruego
le llegan al Papa desde los confines de todas las Iglesias,
abiertas al ecumenismo, entre las que hay que contemplar
a la Iglesia católica. Los elogios recibidos por el
Papa a causa de su llamamiento le han llegado de todos
los rincones del mundo. Y el florilegio que podría hacerse
con las respuestas de muchos acatólicos llenaría un
libro. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo se puede dudar
de la sinceridad ecuménica de Juan Pablo II, así como
de la eficacia de su acción pastoral en este terreno?
Existe también un organismo que reúne a los dirigentes
o jerarquías de Europa, ¿cuál es su actividad ecuménica
y qué perspectivas presenta?
Efectivamente, entre los muchos organismos encargados
de la promoción de la unidad existe aquel al que se
refiere la pregunta. Es una institución bipolar en
cuanto está compuesta por dos entidades ecuménicas.
Una que se llama «Conferencia de Iglesias Europeas»
(KEK), de la que forman parte las Iglesias protestantes
y ortodoxas de Europa, y la otra es el llamado «Consejo
de las Conferencias Episcopales de Europa» (CCEE),
de la Iglesia católica.
Este organismo europeo
multieclesial es hondamente ecuménico y trata de llevar
a la práctica del unionismo eclesial toda la problemática
ecuménica planteada dentro de las fronteras del viejo
Continente. Se preocupa, no sólo pero sí principalmente,
de la dimensión social y pastoral del ecumenismo, sin
olvidar tampoco las cuestiones de doctrina.
Ha celebrado dos grandes asambleas. La primera en mayo
de 1989 en Basilea (Suiza), ya en vísperas de la «caída
del muro de Berlín», a la que asistieron 700 delegados
procedentes de todos los países de Europa y pertenecientes
a las distintas Confesiones cristianas, más 5.000 personas
preocupadas por la misma problemática.
La temática del Encuentro era «Paz, justicia e integridad
de la creación», temas rezumantes de actualidad y patetismo,
que acaparan el interés de la mayoría de los hombres
y mujeres de nuestros días. Problemas, además, imbricados
unos en otros e interdependientes entre sí. No puede
haber paz sin justicia. La situación permanente de injusticia
acarrea consecuencias funestas para el medio ambiente.
Y no puede darse una auténtica defensa de la naturaleza
si no hay paz.
Siete años después, junio de 1997, tenía lugar la Segunda
Asamblea Ecuménica Europea en la ciudad austríaca de
Graz, cerca de Viena, bajo el lema «Reconciliación,
don de Dios y fuente de vida nueva». Su finalidad, como
la de la anterior de Basilea, era eminentemente pastoral.
Se trataba de demostrar, por un lado, la auténtica unidad
ya existente entre las Iglesias, aunque todavía no se
haya llegado a la «unidad plena». Se pretendía estimular
a los cristianos a comprometerse ecuménicamente en todos
los planos de la vida, con el fin de sembrar en el interior
de todas las Iglesias la conciencia de superar las divisiones
existentes, no sólo en lo atañente a los problemas doctrinales,
sino también las barreras que se levantan en los distintos
países en lo relativo a los problemas económicos, raciales,
etc..
La Asamblea contó con cerca de 20.000 participantes.
Todos los comentaristas sostienen que en Graz hubo no
solo un Congreso sino dos congresos paralelos, aunque
no opuestos sino complementarios. Uno, el oficial, el
de los setecientos representantes de las diversas Iglesias
y procedentes de los países europeos, y el otro la inmensa
mayoría, representando únicamente a sus parroquias o
grupos o solamente a sí mismos. Pero todos llegaron
a la Asamblea impulsados por el deseo profundo de reconciliación.
¡Reconciliación! Esta fue la palabra mágica que se respiraba
en el ambiente y que había sido estampada en el lema
del Encuentro: «La reconciliación, don de Dios y fuente
de nueva vida».
Entre los temas que se
trataron con relativa profundidad están los correspondientes
a la libertad religiosa, el «proselitismo de mala ley»,
junto con los problemas del diálogo interreligioso y de
las culturas.
3. EL ECUMENISMO ENTRE LOS
NO CATÓLICOS: CONSEJO ECUMÉNICO DE LAS
IGLESIAS
¿Podría hacer una síntesis de los logros más significativos
de los primeros movimientos y reuniones de diversas
Iglesias cristianas en el camino de la unidad en este
siglo?
Propiamente hablando el movimiento ecuménico se inicia,
como decíamos antes, en 1910, en la Asamblea de Edimburgo;
se canaliza en 1948 con ocasión de la fundación del
Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI) y fue fuertemente
acrecido con la entrada de la Iglesia católica en la
corriente ecuménica a raíz del concilio Vaticano II.
Pero, ya antes de 1910, hay ríos de contenido ecuménico
que brotan en distintas fuentes.
Es cierto que después de cada ruptura eclesial surge
un movimiento en línea unionística, que anhela restablecer
la unidad rota. Y así, a lo largo de la historia de
la Iglesia, tenemos la celebración de los concilios
II de Lyón y de Florencia, que tuvieron como finalidad
recuperar la unidad perdida entre los cristianos de
Oriente y de Occidente. Pero, el primero, por falta
de auténtica libertad de expresión al interior del mismo
y por haber sido convocado en circunstancias políticas
totalmente adversas, terminó en un fracaso. Y el segundo,
convocado, abierto y celebrado en un ambiente de mayor
libertad, fracasó poco después de su terminación porque
no fue aceptado por gran parte del Oriente.
Por otra parte, ha habido muchos e interesantes conatos
de unión entre católicos y protestantes después de la
ruptura de Lutero, algunos de ellos como la famosa Dieta
de Augsburgo, en la que las partes contendientes lograron
hablar con suma libertad, pero no se llegó a un acercamiento
doctrinal sino que termino en un fracaso, el cual tuvo
como consecuencia la declaración de la Guerra de los
Treinta Años, que ensangrentó las tierras de Europa.
Otros intentos posteriores no cuajaron tampoco en realidades
prácticas.
Es cierto que nadie buscaba la ruptura. Calvino, por
ejemplo, decía: «Por lo que a mí respecta, si mi presencia
se considerara útil, no dudaría en atravesar diez océanos,
si fuera necesario, para afrontar este problema». Y
su contemporáneo, Diego Laínez, teólogo en Trento, escribía:
«Esperamos que el Espíritu Santo así como en otros concilios
ha unificado grandes divergencias, lo haga ahora, en
las actuales, y que la Divina Providencia del mal de
las separaciones extraiga bien, el de la unidad y la
reforma de la Iglesia». Pero sus deseos no se lograron.
Fue necesario llegar a finales del siglo XIX y comienzos
del XX, para que comenzaran las «alianzas» y «asociaciones»,
con una marcada finalidad unionística, como la Alianza
Bautista Mundial y otras. Pero fue principalmente entre
los jóvenes, quienes sentían con mayor dolor el impacto
de las divisiones, donde aparecieron los primeros brotes
de unión, como la Federación Mundial de Estudiantes
Cristianos y otras de nombre y finalidad parecidas.
Estas asociaciones se convirtieron en la cuna y primera
escuela del ecumenismo. El movimiento estudiantil se
orientaba, principalmente, hacia las misiones y convocó
la Conferencia Misionera Mundial, que se celebró
en Edimburgo, en 1910, de la que surgieron dos movimientos:
Vida y Acción, conforme al cual se debía caminar
por las sendas de la acción, ya que «la acción es la
que une, mientras la doctrina es la que separa». Otros
de los participantes en Edimburgo pensaban de manera
contraria, diciendo que la separación ha tenido lugar
en el terreno de la doctrina y es precisamente en ese
campo donde tendrá lugar la sutura, de lo contrario
no habrá verdadera unión. Estos dos movimientos, junto
con el misionero, dieron lugar a la constitución del
CEI en Amsterdam, en 1948.
En la aparición del ecumenismo hubo una gran aportación
ortodoxa con la llamada del Patriarca de Constantinopla
en 1902 a formar una «Liga de Iglesias», así como por
parte de los anglicanos con el conocido Movimiento
de Oxford y las «Conversaciones de Malinas», una
de cuyas figuras principal es el cardenal Mercier, a
quien se debe una bella y acertada metodología para
llegar a la unidad: «Para unirse hay que amarse; para
amarse hay que conocerse; para conocerse hay que encontrarse;
y para encontrarse hay que buscarse». ¡Maravillosa,
sumamente acertada y única escala metodológica para
llegar a alcanzar la meta de la unidad!
En 1948 se fundó el Consejo Ecuménico de las Iglesias,
¿cuál es su balance y cómo se vislumbra su futuro?
El CEI estuvo a punto de comenzar su andadura en
1938 como fruto de la confluencia de los dos movimientos
anteriormente mencionados que nacieron en la Asamblea
de Edimburgo. Pero su aparición fue obstaculizada
por el estallido de la segunda Guerra Mundial en septiembre
de 1939. A causa de ella los cristianos que estaban
a punto de darse la mano para puesta en marcha de
un fuerte motor que impulsara la promoción de la unidad
cristiana, tuvieron, algunos de ellos, que enfrentarse
en las trincheras, católicos y protestantes de un
país con católicos y protestantes de otro.
Acabada la contienda en 1945 se puso en marcha la construcción
del CEI, que fue inaugurado en agosto de 1948, el cual
describía su finalidad diciendo que no era otra que
la de «ayudar a las Iglesias a descubrir y ver cuánto
tiene que recibir las unas de las otras y a prepararse
para utilizar sus respectivos dones de cara al servicio
del mundo. El CEI no es más que una fase transitoria
en el camino que va de la desunión a la unidad».
El CEI no es una superiglesia. No es la Iglesia universal.
Su finalidad, más que negociar uniones entre Iglesias,
es la de preparar el camino para que mediante el diálogo,
éstas lleguen a la unidad. No tiene una propia concepción
de la Iglesia, pues de tenerla, las que acariciaran
otro concepto eclesial no podría comprometerse con el
mismo. Las Iglesias miembros del CEI reconocen en las
otras Iglesias elementos de la verdadera Iglesia, lo
que las obliga a emprender un diálogo serio de cara
a un compromiso que las haga desembocar en la unidad.
El balance es extraordinariamente positivo, igualmente
reconocido por las Iglesias que forman parte del mismo
como por aquellas que no lo son, entre las cuales se
halla la iglesia católica, la cual, si bien no tiene
dificultad de tipo doctrinal para entrar dentro del
organigrama del Consejo, puede tenerlas de carácter
práctico; pero colabora de muy diversas maneras y muy
estrechamente con este maravilloso organismo ecuménico
que tiene en la actualidad 328 Iglesias miembros.
Visitado dos veces por el Obispo de Roma en la persona
de Pablo VI y Juan Pablo II, cuenta con un equipo de
seis presidentes y un Secretario General, el Dr. Konrad
Raiser, que en repetidas ocasiones y para ponerse de
acuerdo en numerosos e importantes puntos de la acción
ecuménica, ha visitado a Juan Pablo II en el Vaticano.
Es bella la historia del Centro y su futuro se presenta
esperanzador.
¿Cuál es la posición de la Iglesia católica en
relación con el Consejo Ecuménico de las Iglesias?
La Iglesia católica, a pesar de haber sido repetidas
veces invitada, nunca ha formado parte integrante
del Consejo. Quizá, como dije antes, el momento de
mayor aproximación entre ambas entidades tuvo lugar
con ocasión de la Asamblea de Upsala, en 1968. No
obstante, las relaciones entre ambos grupos religiosos
han ido creciendo con el pasar del tiempo. Y en la
actualidad éstas son verdaderamente estrechas como
puede aparecer a través de los siguientes datos que
ofrezco:
La Iglesia católica está representada
en el CEI, como acabamos de decir, por 12 teólogos
dentro del Comité Mixto, de carácter doctrinal, «Fe
y Constitución», que consta de 120 miembros.
Existe un Comité Mixto para la
preparación y organización, a escala mundial, de la
Semana de oración por la unidad de los cristianos.
Teólogos católicos están dentro
del grupo de profesores de la institución docente de
mayor rango del CEI, como es el Instituto teológico
de Bosey, cerca de Ginebra.
Hay contactos regulares en los
ámbitos de las relaciones interreligiosas sobre los
problemas de refugiados, emigrantes, sanitarios, etc.
En numerosos países están reconocidos
oficialmente los Consejos Nacionales de Iglesias, de
los que forma parte también la Iglesia católica.
Existen organizaciones ecuménicas
internacionales, como la Conferencia de Iglesias Europeas,
protestantes y ortodoxas (KEK) y el Consejo de las Conferencias
episcopales de la Iglesia católica dentro del mismo
ámbito geográfico (CCEE), que han organizado conjuntamente
los grandes encuentros ecuménicos de Basilea y de Graz.
La Iglesia católica es miembro
de las organizaciones ecuménicas internacionales, regionales
del Pacífico, Oriente Medio y el Caribe.
Ha habido reuniones conjuntas para
la preparación de la celebración del Año Jubilar 2000.
De ahí no se ha pasado, según creo, pero, como dijimos
antes, se está preparando un «Foro Ecuménico», en el
que pudiera entrar la Iglesia católica como miembro,
juntamente con otras organizaciones ecuménicas.
II. OTRAS
GRANDES ASAMBLEAS ECUMÉNICAS
4. HA PARTICIPADO EN CINCO
DELAS OCHO ASAMBLEAS DEL CEI
Una vida consagrada al ecumenismo
le ha conducido por todos los caminos del mundo: Inglaterra,
Francia, Alemania, Rusia, Atenas, Estambul, toda Europa,
América... Sobre todo a Asambleas y Congresos Interconfesionales
de primera línea. Conserva en su retina especialmente
la visita al Patriarca Atenágoras. En este capítulo
sus conocimientos y experiencias resultan incontables
e incomparables. Pocos contarán con este bagaje, esta
riqueza. Podría escribir páginas y páginas... libros,
en un servicio inapreciable a la apasionante historia
de la búsqueda de la unión de los cristianos en pleno
siglo XX. En la participación en estos acontecimientos
reside gran parte de lo fascinante de su vida.
Asistió en 1968 a la Asamblea de Upsala. Especifique
sus principales ideas
El Consejo Ecuménico de las Iglesias ha celebrado ocho
grandes Asambleas, a lo largo de su historia, a cinco
de las cuales he tenido la fortuna de asistir. Para
hacer una prospección en la realización y en el contenido
de las mismas, sería necesario hacer un excursus por
cada una de ellas, lo cual es a todas luces imposible.
Me limitaré a unos simples apuntes en relación con el
lema que escoge para una de sus sesiones, que considero
de gran importancia para asomarse a sus principales
preocupaciones.
Como digo, el CEI bautiza cada una de sus grandes reuniones
con un lema que es como la bandera de todo el Congreso.
Al escoger el lema tiene en cuanta aquella frase del
gran historiador griego, Herodoto, quien afirmaba que
«los ojos de la historia son la geografía y la cronología».
O, como traduciría la Regla de Taizé: «El aquí y el
ahora». Se fija en la situación socio–religiosa del
momento de la convocatoria y la incluye dentro de su
temática.
Teniendo por guía esa brújula de marear, la Asamblea
de Amsterdam escogió el siguiente: «Desorden del
mundo y plan de Dios». ¿Por qué? Acababa de terminar
la Segunda Guerra europea, más bien mundial. Fruto de
ella fue el más espantoso desorden, caos por doquier.
Ciudades destruidas. Odios encendidos. Millones de exilados.
Trasplante de pueblos. Era el inicio de la «guerra fría»
y poco antes de la guerra de Corea... Por tanto, su
«slogan» estaba plenamente justificado.
Se afrontó el tema del concepto de Iglesia. Había y
continúa habiendo, aunque aminorada, diferencias, dos
tipos de Iglesia: protestante y catolizante. Para la
primera concepción, como diría Karl Barth, la Iglesia
más que «institución» es un «acontecimiento». En ella
se prescinde, por tanto, de la sucesión apostólica y
de la jerarquía episcopal, cosas imprescindibles para
el tipo de Iglesias del segundo grupo.
De todos modos las Iglesias no están total y exclusivamente
en un plano o en otro, ya que hay valores católicos
en las Iglesias protestantes y viceversa. Un católico,
aún siendo fiel a su jerarquía, camina hacia Dios en
sentido de verticalidad mediante la oración privada,
la lectura directa de la Biblia, las gracias místicas
que pueda recibir de Dios, etc..
El logro más destacado de Amsterdam fue la puesta en
marcha del Consejo Ecuménico, que es la plataforma más
espectacular que tienen las Iglesias para mirarse conjuntamente
a la cara y afrontar la problemática ecuménica.
La Asamblea de Evanston, en Estados Unidos,
se celebró seis años después en 1954. Y escogió también
para sus reflexiones un tema extraordinariamente adecuado
a aquel momento: «Jesucristo, esperanza del mundo».
¿Por qué? A la hora de Evanston las esperanzas concebidas
por la «Paz de Yalta», debida en gran parte a Roosvell,
Churchil y Stalin, se estaban marchitando: los años
50 son los años de la desesperanza. El existencialismo
se hallaba en su cresta más alta. Se extendía el proceso
de la desacralización y la desmitologización. Una gran
desilusión reinaba por todas partes. El secularismo
avanzaba fuertemente. La gente decía: «Nos han engañado».
En aquel ambiente de tristeza, ¡qué bien cuadró el lema
de Evanston!: «Jesucristo, esperanza del mundo».
El Secretario General hizo un examen sobre la labor
hecha desde 1948 y se comprobó que se había realizado
un enorme trabajo en el conocimiento mutuo de las Iglesias,
paso imprescindible para llegar al acercamiento y luego
a la unión.
La tercera Asamblea se celebró en Nueva Delhi
[1961], donde hace poco tiempo estuvo el Papa para presentar
las conclusiones del Sínodo de los Obispos de Asia.
En un mundo mayoritariamente no cristiano se escogió
para lema de reflexión: «Jesucristo, luz del mundo».
Durante esta Asamblea entraron a formar parte del CEI
la mayor parte de las Iglesias ortodoxas y gracias a
su aportación se modificó la fórmula de fe requerida
para poder formar parte del CEI: «Creer en el Misterio
de la Santa Trinidad y en Jesucristo como Dios y Salvador,
en conformidad con las Sagradas Escrituras».
Asistió a la Asamblea de Upsala, en 1968. Díganos
sus principales ideas
Recuerdo con gran emoción aquella Asamblea, en la bella
ciudad sueca, sede del Arzobispo luterano primado de
Suecia. Eran años poblados y llenos de esperanza. Eran
los movimientos de la juventud revolucionada en las
universidades de las grandes capitales del mundo: Nueva
York y París, Madrid y Barcelona, Tokio y Yakarta. El
año de la famosa «primavera de Praga», en que los tanques
rusos aniquilaron a muchos universitarios checos que
clamaban en contra del comunismo por las calles de la
ciudad.
Al mismo tiempo, y en otra línea de sentimientos, eran
los días de ensueño del «hipismo de las flores», que
llenaba de ingenuidad y ternura los estadios y las calles
del mundo. Años en que hubo una gran eclosión de sectas
por todos los rincones y de las más variadas cataduras:
«Niños de Dios», «Gurú Maharaj–Ji», etc. Tenían lugar
las movilizaciones masivas de muchachos en Estados Unidos
como combatientes en el Vietnam. La juventud quería
romper etiquetas y buscar nuevos modos de vida y de
expresión.
El lema, por tanto, de esta Asamblea, tenía que llevar
tonalidades juveniles. «He aquí que hago nuevas todas
las cosas», decía, sacado del Apocalipsis. Recuerdo,
como si ahora lo viera, el gran espectáculo de la procesión
de las autoridades religiosas, cada uno vestido con
sus hábitos tradicionales en procesión hacia la bella
catedral gótica. Cuando los jóvenes vieron a aquellas
personalidades vestidas con atuendos ultra clásicos,
empezaron a gritar: «¡Cómo esos vejestorios se han atrevido
a escoger el lema que habla de novedad y juventud!».
La dura represión de la policía contra ellos terminó
llevando detenidos a un buen grupo de jóvenes.
En la Asamblea, que estudió con profundidad el tema
de «la catolicidad de la Iglesia», hubo una buena representación
de observadores españoles. Quizá la conferencia más
importante que allí se escuchó fuera la del P. Tucci,
director de la «Civiltà Cattolica», el cual habló de
la catolicidad de la Iglesia e indicó que no había dificultad
para el ingreso de la Iglesia católica en el Consejo
Ecuménico, porque éste no tiene teología propia, ni
puede tenerla, dada su constitución. Eran días preñados
de ilusión dentro del catolicismo. Acababa de terminar
el Vaticano II y muchos esperábamos que la Iglesia católica
hubiera dado ese paso.
En 1975 estuvo en Nairobi. ¿Dónde encontró lo más
destacable de esta Asamblea?
Los años setenta fueron espectadores
de las mayores ansias de liberación. Empezaban a tomar
fuerza estos movimientos en África, Asia y también en
América. Años de proclamación de libertades, cuyas características
son el independentismo y la lucha contra el colonialismo.
La mayor parte de los países africanos habían accedido
a la libertad o se hallaban próximos a conseguir la
independencia. La teología de la liberación se hallaba
en su punto más álgido por toda la América Latina. Por
doquier se respiraban anhelos de unidad y tendencias
hacia fórmulas unitarias. El panislamismo era ya una
realidad y se habían dado pasos muy importantes en el
fortalecimiento de la Europa comunitaria.
El lema del Congreso en esta ocasión rimaba también
en consonancia con el ambiente que se vivía. Y, ¿qué
es lo principal, la liberación o la unidad?, se preguntaba
Daniel Vidal Regaliza, presidente de la Iglesia Evangélica
Española y Antonio María Javierre, que entonces no era
todavía cardenal ni siquiera obispo. El católico daba
la primacía a la unidad. El protestante a la libertad.
Así lo expusieron en sendos artículos bien pensados
y redactados.
Nairobi lanzó un maravilloso mensaje sobre la liberación.
Con cuatro días de diferencia Pablo VI lanzaba su Exhortación
apostólica «Evangelii nuntiandi». Por tanto, cristianos
de diferentes Iglesias se asomaban a la misma realidad
del mismo mundo en que vivían, las contemplaban a la
luz del mismo Evangelio. Y sacaban las mismas consecuencias.
Algunos se preguntaban ¿por qué, en lugar de hacer dos
documentos distintos, no se lanzó uno solo cuando los
dos riman en consonante?
Fue también a Vancouver, en 1983
Bella ciudad de Canadá, asomada al
Pacífico. El lema en esta ocasión fue: «Jesucristo,
vida del mundo». ¿Por qué se escogió ese tema? Los ecologistas
hablaban de la muerte de la naturaleza. Los terroristas
ya imponían su régimen de terror, y de muerte. Las sectas
milenaristas predicaban el fin del mundo. Las bombas
atómicas eran en aquel entonces como una espada de Damocles.
La humanidad tenía miedo a la destrucción, a la muerte.
Lo recuerdo perfectamente. Unos, a morir de hambre,
los del llamado “tercer mundo”; otros, de los países
ricos, a morir por radiación o explosión atómica, y
otros por catástrofes naturales. Por eso se escogió
Vancouver como lugar de reflexión, por ser una gran
ciudad asomada al Pacífico, en cuyas aguas habían tenido
lugar las primeras explosiones atómicas: la de Hiroshima
y Nagasaki.
¡Qué hermosa frase para la reflexión y meditación de
las más de cinco mil personas que se dieron cita en
esta ciudad! La expresión «Jesucristo, vida del mundo»,
nos hacía recordar una de las autodefiniciones del Cristo,
a quien todos los asistentes a la Asamblea adorábamos
y amábamos: «Yo soy la Vida del mundo».
La Iglesia católica estuvo representada por 20 delegados
oficiales, y en ella se escuchó un Mensaje del Papa.
El tema estrella, del que más se habló, fue «la vida
en la unidad».
Y en 1991 en Camberra
Las tintas del ambiente de aquel momento
histórico están mezcladas de los siguientes colores:
optimismo y pesimismo. Había grandes esperanzas con
ocasión de la caída del muro de Berlín, pero estaban
nubladas por la Guerra del Golfo, que acababa de estallar.
Además, la crisis de algunas repúblicas ex–soviéticas
contribuían a derrumbar las esperanzas provocadas pro
la caída del muro y la llegada de libertades a aquellos
países que las ignoraban. Fuertes problemas de separacionismo
e independentismo acechaban a los países europeos. Por
otro lado, hacían explosión los movimientos pentecostales
por todas partes. Eran los años fuertes del pentecostalismo.
La renovación carismática, protestante y católica, hacía
progresos en todas las zonas. Al mismo tiempo bullía
el sectarismo moderno haciendo el fenómeno endémico,
universal y peligroso.
El lema de la Asamblea fue: «Ven Espíritu Santo y renueva
toda la creación». La impresión que llevé al llegar,
ya entrada la noche, a Camberra, fue muy fuerte, al
ver banderolas que, abaldonadas en las casas de la ciudad,
cruzaban de un lado a otro de las calles. Los pastores
protestantes y los sacerdotes católicos habían preparado
muy bien a sus respectivos parroquianos para aquel gran
acontecimiento. Todavía recuerdo alguna de las canciones
que se me grabaron en la memoria de tanto escucharlas
y repetirlas.
A pesar de haber habido tensiones en la Asamblea, sobre
todo por parte de los ortodoxos, que rechazan el excesivo
“horizontalismo” del CEI y las exageradas concesiones
hechas a la llamada «teología contextual», el fruto
fue grande y fuertes los compromisos: Reconocer recíprocamente
el Bautismo de cada una de las Iglesias, sobre la base
de un Documento, el denominado «BEM», elaborado por
el Grupo Mixto Iglesia católica–Consejo Ecuménico de
las Iglesias; explorar formas de hospitalidad eucarística;
avanzar hacia el reconocimiento mutuo de los ministerios;
compromiso de trabajar por la paz, la justicia y la
integridad de la creación; ayudar a las parroquias y
comunidades a manifestar adecuadamente el grado de comunión
ya existente. ¡Gran cosecha, pues, la recolectada en
aquella ciudad del sur de Australia!
Harare (Zimbabue), en 1998
La última Asamblea se celebró hace
poco más de un año en esa ciudad del sur de África,
con colorido negro, olor a selva y música de tambores.
Su hermoso lema fue: «Buscad a Dios con la alegría de
la esperanza». El mundo negro es alegre y su corazón
está lleno de esperanza. Por eso el lema de Harare tenía
tonos jubilares. Dos fuertes razones lo apoyaban: los
cristianos de todos los colores se encuentran a las
puertas del Año Jubilar del nacimiento de nuestro Señor
común, Jesucristo; y, por otro lado, el Consejo Ecuménico
celebraba los 50 años de su fundación.
En esta Asamblea se subrayó mucho la dimensión social
del ecumenismo; se destacó el aspecto testimonial y
educacional y se dio amplio margen al capítulo de la
necesidad de renovación de las Iglesias. Se hizo un
resumen bastante amplio de los avances ecuménicos logrados
entre ésta y la Asamblea anterior. Se hizo un elogio
amplio de los aportes que la iglesia católica ha hecho
a la causa del ecumenismo. Y se alabó de una manera
muy pormenorizada los dos documentos del Papa Juan Pablo
II, la Exhortación apostólica «Tertio Millennio Adveniente»
y la Encíclica ecuménica «Ut unum sint».
Se hizo una radiografía perfecta del ecumenismo actual,
alabando sus claros progresos y subrayando también los
lados oscuros. Se buscan nuevos modelos en la acción
ecuménica conjunta y se piensa en una reestructuración
del Consejo Ecuménico, creando una especie de «Foro
Ecuménico», en el que la Iglesia católica no tenga dificultad
de entrar.
¡Cuántos esfuerzos están haciendo algunos cristianos,
ante la indiferencia sacrílega de otros, para llegar
a la unidad por la que Cristo rogaba al Padre: «Que
todos sean uno para que el mundo crea»!
5. «LES DECIMOS A LAS IGLESIAS:
¡NO HAY CAMINO HACIA ATRÁS!»
Lo que pocos conocerán es que a
D. Julián García Hernando se debe la celebración en
Santiago de Compostela de la Asamblea de «Fe y Constitución»,
una de las secciones más importantes del CEI, en 1996.
Se encontraba en el edificio del Consejo Ecuménico,
en Ginebra, donde debía entrevistarse con el Metropolitano
ortodoxo Emilianos Timiadis, cuando uno de los organizadores
de la reunión de «Fe y Constitución», el ortodoxo Tesiesis,
él comentó que después de haber intentado dicha reunión
en Creta, si podría tener lugar en España. Del diálogo
salió una posibilidad que muy pronto y tras la comunicación
de D. Julián con el entonces Arzobispo de Compostela,
Mons. Rouco Varela, quedó determinada: en el Seminario
diocesano de Santiago, del 3 al 14 de agosto.
En Santiago de Compostela se celebró, en el verano
de 1996, la reunión de «Fe y Constitución» del CEI,
¿cuáles fueron sus ideas y proyectos más destacados?
«Fe y Constitución» es la sección del CEI que está
encargada de la dimensión doctrinal del ecumenismo,
pero a la que pertenecen “pleno iure” 12 teólogos de
la Iglesia católica. No era la primera vez que este
organismo se reunía en España. Ya lo había hecho anteriormente
en Salamanca.
El recuerdo del Encuentro en Santiago me es especialmente
grato, porque creo que, por razones que no son del caso,
contribuí decisivamente a que este Encuentro se celebrara
en España. Tuvo lugar del 3 al 14 de agosto del año
indicado. Su lema fue teológicamente intenso: «Hacia
la koinonía en la fe, en la vida y en el testimonio».
Hubo 400 participantes de todas las Iglesias y regiones
del mundo. Y colaboraron teólogos de máxima talla: John
Zizioulas, Metropolita de Pérgamo, por parte ortodoxa;
Wolfhart Pannenberg, teólogo protestante y el P. Tillard,
dominico, entre otros. El teólogo alemán llegó a afirmar:
«la consecución de la unidad de los cristianos está
en nuestras manos, con tal que nosotros dejemos a las
distintas Iglesias espacio suficiente para que expresen
su diversidad en la teología, en la vida litúrgica y
administrativa, en conformidad con los distintos procesos
históricos, en lugar de confundir la unidad de fe con
la uniformidad de su expresión y de la estructura global
de la Iglesia». Y añadió: «El proceso hacia la unidad
es un camino largo que, para recorrerlo, exige valentía,
coraje y confianza».
Durante los diálogos hubo momentos en que afloraron
con cierta virulencia los antiguos y los nuevos contenciosos
existentes entre las Iglesias, entre ellos el de la
ordenación de mujeres, el proselitismo y la intercomunión.
Acerca del ministerio se insistió en la necesidad de
una investigación conjunta sobre el significado de la
episkopé y se añadió: «en el punto en que nos encontramos
en nuestro camino hacia la koinonía, el tema de la conveniencia
y necesidad de un “oficio de primado” y su naturaleza
sólo permite una breve referencia», y se apuntó la conveniencia
de continuar profundizando sobre la cuestión.
La parte espiritual fue cultivada con esmero. El culto
de apertura tuvo lugar en la catedral compostelana,
presidido por su arzobispo, Rouco Varela, y el de Tarragona,
Torrella Cascante. La conferencia dejó esculpido en
su mensaje final unas palabras verdaderamente consoladoras:
«Nos vamos de Santiago enriquecidos por la renovación
de nuestro compromiso y nuestro entusiasmo en favor
de la causa ecuménica. Les decimos a las Iglesias: ¡No
hay camino hacia atrás!, ni respecto a la meta de la
unidad visible ni respecto al único movimiento ecuménico,
que conjunta la preocupación por la unidad eclesial
con la inquietud por el compromiso en la solución de
los problemas humanos».
Los participantes en la Asamblea bien pudieron decir
lo que afirmaron, satisfechos de la labor que, con la
gracia de Dios, habían realizado.
III.
ESPAÑA Y EL ECUMENISMO
6. LA PREOCUPACIÓN ECUMÉNICA
NO HA PENETRADO EN ESPAÑA
¿Es verdad que en España el ecumenismo tiene sus
propias características?
Es normal que así sea, porque el ecumenismo, en sus
exigencias y en su normativa, es igual para todos los
ambientes del catolicismo, pero en cuanto a los modos
de su aplicación y praxis concreta tiene que ser contextual,
tiene que acomodarse a la situación histórica de cada
uno de los países.
La historia del ecumenismo en España, aunque ya hubo
pioneros, entre los que te encuentras tú, da comienzo
con el Vaticano II. Hasta aquel momento el ambiente
para el diálogo interconfesional, no sólo no era positivo
sino francamente hostil. Los acatólicos, en ocasiones,
eran totalmente ignorados, y, en otras, abiertamente
combatidos. Los protestantes, a su vez, mantenían idénticas
actitudes. El anticatolicismo era una de las características
más acusadas del protestantismo español, como el antiprotestantismo
era la tónica general de los católicos españoles.
Pero es evidente, para quien se asome a la tarea ecuménica
con ojos limpios de recelos, que en nuestro ambiente
intercristiano se ha verificado un cambio fuertemente
positivo, como es el paso de la mutua indiferencia,
cuando no de la hostilidad o agresividad, al de unas
relaciones fraternas en la mayor parte de los casos.
Por otro lado, en España por nuestra configuración
histórica y nuestra sociología religiosa hemos de contentarnos
con un ecumenismo relativamente modesto y sin excesivas
pretensiones, dado el número de dialogantes con los
que cuenta la Iglesia católica. El diálogo propiamente
dicho, a escala oficial, se mantiene con las Iglesias
ortodoxas, griega y rumana, con la Iglesia Española
Reformada Episcopal y la Iglesia Evangélica Española,
más con algunos de los grupos de extranjeros pertenecientes
a las Iglesias ecuménicas del mundo, como anglicanos,
luteranos y reformados. Por tanto, la mayor parte del
protestantismo español es ajena al ecumenismo por pertenecer
a unas Confesiones cristianas que tampoco colaboran
a nivel universal en el mismo y, por ello, no pertenecen
al Consejo Ecuménico de las Iglesias.
En tercer lugar hay que reconocer y lamentar que la
preocupación ecuménica no ha penetrado profundamente
en la conciencia del creyente español, sea católico
o pertenezca a otra de las Confesiones cristianas.
Algunos distinguen entre el ecumenismo de los años
posteriores al Concilio y el actual, aquí, entre nosotros
No hay duda alguna. Al final del Concilio la Iglesia
católica gozaba de un entusiasmo efervescente en este
particular como en el resto de los temas tratados en
el aula conciliar y distinta es ahora la vivencia actual
del ecumenismo. El primero era un ecumenismo ilusionado,
sin experiencias. Y el actual es un ecumenismo reposado,
pero profundo, que ha alcanzado ya numerosas cotas de
acercamiento eclesial y prepara el afrontamiento de
las más duras y difíciles, para cuya consecución hace
falta no sólo entusiasmo sino prudencia y fuerte esfuerzo,
todo ello ambientado por una fraternidad auténtica,
alimentada en el clima de un diálogo sincero.
Se pasó del ecumenismo emocional, un tanto folclórico,
el ecumenismo de la sonrisa y del abrazo, al ecumenismo
de la profundización y de la reflexión. El primero tuvo
su punto álgido a raíz del Concilio, que hizo concebir
tantas esperanzas, muchas de ellas infundadas respecto
a realizaciones inmediatas en el camino de la unión.
De aquel ecumenismo un tanto irreal, hemos abocado al
ecumenismo de la paciencia y de la esperanza que nos
ha llevado al ecumenismo de la colaboración y éste arribará,
cuando Dios quiera, al de la unidad.
Es decir, se trata de un fenómeno parigual al que está
ocurriendo en otros países, por lo menos en cuanto a
la dimensión doctrinal se refiere. Es cierto que aquí
no se ha producido ningún documento teológico de altura
desde el punto de vista doctrinal, pero tampoco se ha
pretendido hacerlo. Nos hemos limitado a estudiar los
grandes textos doctrinales elaborados en ambientes interconfesionales
e internacionales, como el famoso «Documento de Lima»,
producto de la Comisión «Fe y Constitución» del Consejo
Ecuménico de las Iglesias, para aplicarlos, en la medida
de lo posible, a la realidad concreta de España.
Francamente, ¿la Conferencia Episcopal Española
se halla interesada seriamente en el ecumenismo?
La Asamblea Plenaria del Episcopado Español, recién
constituida la Conferencia Episcopal a raíz de la
terminación del concilio, acordó en la sesión celebrada
en julio de 1966, la creación de un Secretariado Nacional
para promover las actividades ecuménicas y empezar
el diálogo con los otros cristianos. Como por aquel
entonces lo hizo el resto de las Conferencias Episcopales
del mundo.
Al poner en marcha el Secretariado, la jerarquía no
lo hacía por oportunismo, por conveniencias políticas,
por moda pasajera; ni tan siquiera por un ambiente de
apertura de la nación de cara al turismo creciente.
Lo hacía simplemente por razones de fe y de fidelidad
a la iglesia universal, por seguir las consignas del
Concilio. Es claro que se partió de cero. Hubo pioneros,
como se dijo antes, pero eran casos aislados.
Es cierto que no todos los miembros de la Conferencia
episcopal tienen el mismo talante ecuménico, como es
lógico y, por consiguiente, esto quizá se traduce en
alguna falta de decisión con respecto a algunas actitudes
o declaraciones que en momentos determinados podía haber
hecho, como han hecho algunas otras Conferencias Episcopales
de nuestro entorno geográfico.
Pero ha promovido Congresos para el estudio de los
Acuerdos teológicos llevados a cabo por la Iglesia católica
y las Alianzas Confesionales Mundiales o por el Consejo
Ecuménico de las Iglesias. Promueve fuertemente la celebración
de la Semana de la Unidad que se celebra en todas las
diócesis. Publicó unas interesantes «Normas para la
celebración de los matrimonios mixtos» y otras «para
la celebración de los matrimonios con musulmanes», las
cuales fueron aplaudidas por los Episcopados de Alemania
y Francia. Todos los años celebra las «Jornadas Nacionales
de Ecumenismo», con participación de las otras Iglesias
enganchadas en la causa ecuménica. Ha promovido la publicación
de ediciones ecuménicas de la Biblia en castellano,
catalán, euskera y gallego, y otras muchas actividades
que no se pueden exponer aquí.
El trabajo ecuménico en España ha sido promovido principalmente
por las Delegaciones diocesanas, los Centros ecuménicos
y el Comité Cristiano Interconfesional, en el cual,
por tener un carácter meramente oficioso, han participado,
además de las Iglesias sensibles al ecumenismo, otras
que no lo son, como bautistas, adventistas, pentecostales,
etc., las cuales actualmente forman parte de la Federación
de Entidades Evangélicas de España (FEREDE).
¿Incide la formación ecuménica en los planes de
estudio y formación de las facultades de teología,
seminarios yCentros teológicos?
Debería incidir. Así lo exige el nº. 95 del «Plan
de formación para los seminarios mayores de España»,
donde se lee: «La formación intelectual de los futuros
presbíteros debe desarrollarse, con discernimiento
crítico, en un contexto que, a su vez, habrá de influir
en ella, como el del ecumenismo, las religiones no
cristianas, las sectas, la secularización de la cultura,
las ciencias positivas, las grandes cuestiones que
afectan a la humanidad, el pluralismo...».
¿Han tenido en cuenta los redactores de ese Plan lo
que dice el Decreto Unitatis redintegratio?:
«La preocupación por el restablecimiento de la unión
es cosa de toda la iglesia, de los fieles y de los pastores,
en la vida cristiana cotidiana, o en las investigaciones
teológicas e históricas».
Y en marzo de 1998 el Pontificio Consejo para la unidad
de los cristianos publicaba un texto sobre «la dimensión
ecuménica en la formación de quienes trabajan en el
ministerio pastoral», que afecta de un modo muy directo
a todos los que estudian en los centros de formación
teológica, en el que se dice que, además de que el ecumenismo
permee todas las asignaturas de los estudios teológicos,
haya una asignatura especial dentro de los cursos de
teología, dedicada específicamente a la enseñanza de
la problemática ecuménica.
Pues bien, en la actualidad este deseo de la Santa
Sede es incumplido en dos tercios de los seminarios
españoles y en algunas facultades de teología.
¿Qué grado de compromiso ha adquirido el cristiano
español en este campo; las diócesis, las parroquias,
los movimientos, los grupos...? ¿Qué baremo ofrecen
en general?
Los delegados de ecumenismo son los encargados de
aportar la preocupación ecuménica a los niveles diocesanos,
conforme a la normativa del Directorio Ecuménico y
en general lo realizan con gran espíritu pero, salvo
excepciones, su labor queda casi reducida a la preparación
y desarrollo de la Semana de Oración por la Unidad.
Los Centros ecuménicos que colaboran con ellos extienden
de una manera constante su labor a zonas más amplias
del espacio nacional y de más calado, mediante una
labor más constante, a través de revistas, cursos
de formación ecuménica, semanas de estudios especializados,
peregrinaciones ecuménicas, encuentros, retiros, etc..
Delegados diocesanos y Centros ecuménicos trabajan
en armonía y se apoyan mutuamente. Se ha conseguido
mucho a través de estos años, pero es más lo que queda
por hacer.
7. IGLESIAS PROTESTANTES Y
OTRAS CONFESIONES RELIGIOSAS
Ha tratado extensa y profundamente
la realidad ecuménica de las diferentes Iglesias cristianas
no católicas en nuestro país, ¿cuál es su compromiso
ecuménico?
Fuera de las Iglesias, que forman parte del Consejo
Ecuménico de Ginebra, el compromiso ecuménico de las
Confesiones cristianas en España es casi nulo, porque
va contra su propia concepción de iglesia. No hambrean
la unión porque la plenitud eclesial se halla en cualquiera
de las comunidades eclesiales locales. Algunos pastores,
y al margen de sus propias feligresías, no tienen reparo
en prestar colaboración a título meramente personal
en momentos determinados, como es en la celebración
de la Semana de la Unidad, pero sin comprometer para
nada a sus comunidades.
Sin embargo, han participado y colaborado activamente
en las tareas del Comité Cristiano Interconfesional,
por no tener un carácter oficial, sino meramente oficioso.
Con ocasión de la puesta en marcha de la Federación
de Iglesias Evangélicas de España (FEREDE), se ha notado
un mayor acercamiento y hay relaciones amistosas con
el Secretariado de Ecumenismo de la Conferencia Episcopal
Española y juntamente participan en reuniones oficialmente
convocadas por el Departamento de Libertad Religiosa
del Ministerio de Justicia y en otras actividades.
Hay que añadir que la Iglesia Española Reformada Episcopal
(IERE) y la Iglesia Evangélica Española (IEE), junto
con las Iglesias históricas afincadas en España, viven
su compromiso ecuménico desde los orígenes del CEI en
1948; por tanto, antes de que esta realidad empezara
a darse oficialmente en la Iglesia católica. Y antes
de esa misma fecha, las Iglesias protestantes se reunían
para celebrar «el día mundial de oración de la mujer».
¿Por qué se instituyeron, cómo funcionan y cuál
puede ser el futuro inmediato de algunos organismos
como el Comité Cristiano Interconfesional y otros?
El Comité Cristiano Interconfesional puede decirse
que comenzó su andadura en febrero de 1968 con ocasión
de la venida a España, para dar una conferencia, del
P. J. Hamer, entonces secretario del Secretariado
Pontificio para el ecumenismo. En aquella ocasión
estuvieron presentes, además de miembros del Secretariado
católico otras personalidades de la IERE, IEE, bautistas,
hermanos, luteranos, anglicanos y ortodoxos.
En aquella reunión, que se celebró en un ambiente de
cordialidad, se tomó el acuerdo de organizar un Comité
Mixto de trabajo, para entablar «un diálogo permanente
sobre los problemas que tenían planteados las Iglesias
y Confesiones cristianas, como actos de oración interconfesional,
sepelios, libertad religiosa, matrimonios mixtos, turismo,
emigración, proselitismo, etc.». Como se ve se trata,
no de reuniones para hablar de temas doctrinales, sino
de cuestiones eminentemente prácticas que interesaban
a las Confesiones cristianas de aquel entonces.
En la reunión se me encargó que redactara unas bases
suficientemente amplias, para que pudieran entrar en
el Comité, no las Confesiones oficialmente consideradas,
sino miembros de las mismas, que lo consideraran oportuno.
Por eso, el Comité nunca ha tenido un carácter oficial,
ni tampoco meramente privado, sino “oficioso”. Por el
mismo motivo nunca tuvo un presidente, sino dos secretarios,
uno por parte de la Iglesia católica y el otro en representación
de las demás Iglesias. Y así se ha mantenido hasta nuestros
días.
Los temas que ha afrontado el Comité han sido extraordinariamente
variados, saliendo al encuentro de la problemática más
vidriosa que, a través del tiempo de su larga andadura,
se han presentado en las relaciones interconfesionales.
Se trató ya en sus momentos iniciales de la teología
y contenidos de la liturgia bautismal, de cara al reconocimiento,
en la medida de lo posible, de la validez del bautismo
entre algunas de las Iglesias; tema que aún en nuestros
días continúa sin resolverse de una manera precisa.
A este siguieron otros, como la problemática y la pastoral
de los matrimonios mixtos. En febrero de 1971 comenzaron
a darse los primeros pasos para las traducciones y ediciones
interconfesionales de la Sagrada Escritura. Trabajo
verdaderamente precioso.
El Comité iniciaba en 1971 el estudio sobre la revisión
del Concordato entre el Estado Español y la Santa Sede
con las implicaciones que el mismo podría acarrear al
resto de las Iglesias cristianas. La objeción de conciencia
fue un tema tratado con suma profundidad. La reunión,
que el Comité celebraba para estudiar la cuestión del
“ministerio” tuvo que ser interrumpida por el asesinato
del Almirante Carrero Blanco, el 4 de diciembre de 1972.
Problema de relaciones interconfesionales en algunas
diócesis de España; la problemática de la enseñanza
religiosa en el ambiente español; el derecho a la libertad
de enseñanza. Otras muchas actuaciones del Comité podrían
referenciarse, como edición de los folletos de propaganda
de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos
para actos interconfesionales que se interrumpió hace
dos años; y otras muchas actividades que no se pueden
indicar.
Algunos han dicho que sólo con poner en marcha
el famoso Documento de Lima se estarían dando irreversibles
pasos hacia la unidad
Efectivamente, si las Iglesias admitieran “oficialmente”
el Documento de Lima habrían dado un paso importantísimo
hacia la plena unidad, ya que en él se trata de tres
pilares básicos de la fe: bautismo, eucaristía y ministerio,
que son los tres horizontes teológicos que abraza
el Documento.
El reconocimiento mutuo de la validez del bautismo
entre las Iglesias está admitido entre la católica y
la mayor parte del resto, al menos las más importantes,
que forman parte del CEI. El reconocimiento de la validez
de la eucaristía está vinculado al tema del ministerio.
Es lógico, por tanto, que la Comisión de «Fe y Constitución»
haya contemplado los tres temas de manera conjunta de
cara a dar un paso definitivo hacia la unidad.
Por ello, es explicable que dicha Comisión, de la que
forman parte doce teólogos católicos, haya puesto su
vista en estos tres temas básicos de la fe de una manera
conjunta y les haya hecho objeto de sus reflexiones
durante una cincuentena de años. Pero aun no se ha llegado
a la meta. El texto no ha sido oficialmente recibido
por las Iglesias. Es necesario continuar insistiendo
en el empeño, que solamente llegará a su madurez con
un nuevo esfuerzo intelectual, arropado de largos momentos
de oración.
¿Cómo se cualificaría y se cuantificaría la presencia
judía y musulmana en España?
Este es un tema que se sale de las
fronteras específicas del ecumenismo para adentrarse
en la problemática del diálogo interreligioso, fuertemente
promovido por la Iglesia desde el Vaticano II mediante
la declaración «Nostra aetate», y luego impulsado por
Pablo VI y, sobre todo, Juan Pablo II. La presencia
de judíos en España es tan antigua como la penetración
del cristianismo; y la del islam con ocasión de la invasión
sarracena en 711. Su estancia en nuestro espacio geográfico
se prolongó durante siglos hasta el momento de la expulsión
de unos y otros. Durante su permanencia en nuestro suelo
hubo momentos de buena vecindad y de colaboración, mezclados
con otros de rencillas y desavenencias que reconoce
la historia.
Los judíos en España pueden ser en la actualidad alrededor
de los 20.000. Y los musulmanes se aproximan a los 300.000.
Las relaciones con los católicos son pacíficas y generalmente
cordiales. La Iglesia católica cultiva el diálogo con
unos y otros de una manera oficial mediante la Comisión
Episcopal de Relaciones Interconfesionales.
Las buenas relaciones con los judíos han sido promovidas
principalmente mediante el Centro de Estudios Judeo–Cristianos
que pilotan las Hermanas de Sión. La conmemoración de
los 500 años de su expulsión de España fue celebrada
sin acrimonia alguna. Hubo acontecimientos notables
como la presencia del Rey en la Sinagoga de Madrid,
acompañado de autoridades religiosas, Y se tuvo un acto
precioso en la Sinagoga de Santa María la Blanca de
Toledo con presencia del cardenal arzobispo de la ciudad,
el presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones
Interconfesionales y arzobispo de Tarragona y la Conferencia
Central de Rabinos Americanos. Las relaciones, pues,
son normales y amistosas.
Otro tanto cabe decir respecto de los musulmanes. Hoy
día gozan de plena libertad religiosa, cuentan con numerosas
mezquitas y lugares de culto. Las relaciones oficiales
de la Iglesia católica las cultiva un Departamento dentro
del Secretariado de Ecumenismo. Son famosos en todo
el mundo los congresos islamo–cristianos de Córdoba
y el celebrado con ocasión de la inauguración de la
gran mezquita de Madrid y otros que les han seguido,
como los organizados por la Universidad de Alcalá de
Henares.
El Departamento de libertad religiosa del Ministerio
de Justicia, de algunos años a esta parte, viene organizando
congresos sobre su especificidad en Toledo, la «ciudad
de las tres culturas». Y hay centros teológicos embarcados
en el diálogo interreligioso, como la Facultad de Teología
de Granada, el Instituto «Fe y Secularidad» de Madrid,
el Centro Ecuménico de Barcelona y el Centro Ecuménico
“Misioneras de la Unidad” de Madrid.
¿Qué decir de las sectas? ¿Cuáles son las más
presentes e influyentes en Madrid?
Es tanto lo que habría que decir que es mejor no
entrar en el tema. Como bien sabes este problema ha
sido una de mis mayores preocupaciones y le he dedicado
muchas horas de mi ministerio pastoral. El Centro
Ecuménico “Misioneras de la Unidad” tiene, entre sus
producciones, un interesante y voluminoso libro sobre
la cuestión, cuya segunda edición está a punto de
agotarse. Además, en nuestros cursos de formación
ecuménica dedicamos más de una quincena de clases
a profundizar en el tema. También el Centro cuenta
con un servicio de atención, estudio y documentación
del fenómeno sectario moderno en todos sus niveles
y áreas y lo presenta en sus páginas web (http://www3.planalfa.es/mu/)
con intensidad y hondura reflexiva.
Es muy digna de alabar la actitud de la Comisión Episcopal
que ha dado la voz de alarma sobre el problema y ha
convocado varias veces a peritos sobre esta problemática
para reflexionar y a su vez orientar a la opinión pública.
Las estadísticas acerca de su presencia en España son
muy variables, pero siempre alarmantes por el impacto
destructivo o desgarrados que conlleva. Quizá el número
de personas afectadas en nuestro suelo se aproxime a
las 400.000. Entre los grupos sectarios con más seguidores
encontramos a los Testigos de Jehová, los Mormones y
los Moonis, todos ellos procedentes de la fe cristiana.
Entre los de origen oriental encontramos a los Hare
Krishna. Pero los que están alcanzando mayores cotas
de seguimiento son los movimientos de corte esotérico
y filosófico, como es el caso de la teosofía, los modernos
movimientos gnósticos y los grupos que encajan en la
nueva corriente espiritual de «Nueva Era» y la «Cienciología».
Este es un problema universal, digno de estudio para
el sociólogo, el psicólogo, el historiador de las religiones
y, sobre todo, para el pastor y el sacerdote, que deben
contemplarlo en especial desde una óptica pastoral y
humana.
IV. EL
FUTURO DICE: «DEBEMOS DARNOS PRISA»
8. EL PUEBLO REUIDO GRITABA:
«¡UNITATE!, ¡UNITATE!»
Si conoce bien el presente, intuye certeramente
el futuro más inmediato del ecumenismo. Espera que
en los diez primeros años del siglo XXI se haya olvidado
el “desamor” entre las Iglesias católica y ortodoxas,
y que el pueblo sea activo en el ecumenismo, especialmente
los jóvenes.
Soñemos con el futuro. Perspectivas ecuménicas
de la primera década del siglo XXI
Respecto al ecumenismo conviene ser soñador y optimista,
pero no profeta, porque el futuro está en las manos
de Dios. Yo suelo compararlo a las olas del mar con
momentos de bajamar y de pleamar, de avances y retrocesos.
Un ejemplo aclarará lo que digo. Hace unos años, el
acercamiento entre la Iglesia anglicana y la católica
era tal que algunos lo comparaban, como lo hacía el
famoso ecumenista P. Tillard, a un barco que estaba
ya enfilando la bocana del puerto; pero en un momento
ocurrió el hecho de la aceptación por la Iglesia de
Inglaterra de la ordenación de mujeres al presbiterado
y episcopado, que rechaza la Iglesia católica. El barco
entonces dio marcha atrás y se perdió en el horizonte.
Esta comparación vale por todo un tratado.
El Papa Juan Pablo II, de la sinceridad de cuyo ecumenismo
nadie puede dudar, hace algún tiempo se manifestaba
más generoso respecto a la consecución de frutos más
inmediatos, pero al tocar ya los umbrales del milenio
y preparar a los católicos para la llegada del mismo
proclamando un año jubilar, limó un tanto sus expresiones
respecto al futuro ecuménico a conseguir con su llegada.
En la «Tertio Millennio Adveniente» recorta sus esperanzas:
«La cercanía del final del segundo milenio anima a todos
a un examen de conciencia y a oportunas iniciativas
ecuménicas, de modo que, ante el gran jubileo nos podamos
presentar, si no del todo unidos, al menos mucho
más próximo a superar las divisiones del segundo milenio».
Sin embargo, lo que sí me atrevo a esperar de la primera
década del siglo entrante es que se haya olvidado la
absurda «historia del desamor» actualmente existente
entre la Iglesia ortodoxa y la católica. Quedará como
un recuerdo triste de algo, indebidamente aparecido,
pero que, gracias a Dios, ya habrá pasado.
En el Concilio de Florencia se firmaron las Bulas
de unión; como el pueblo no estaba preparado resultó
flor de un día. Ahora el pueblo parece desear ardientemente
la unidad y muchos no comprenden cómo esto puede seguir
así. ¿Para cuándo podemos, entonces, poner la unidad
de la Iglesia?
Efectivamente, en el Concilio de Florencia de 1439
se firmó el Decreto de unión con los ortodoxos. El
contento era tan grande que el papa Eugenio IV lo
comunicó a la cristiandad con una Bula que comenzaba
diciendo: «Alégrense los cielos y salte de júbilo
la tierra». La razón era el haberse puesto de acuerdo
los cristianos de Oriente y Occidente. Pero aquella
unión fue efímera por haber sido cosa de los mandatarios
de ambas Iglesias; y los fieles del mundo oriental,
por no estar debidamente informados y preparados para
la unión, la rechazaron.
Por tanto, el problema de la unión de las Iglesias
no atañe solamente a la jerarquía sino también a todo
el pueblo de Dios, el cual no debe ser solamente sujeto
paciente sino activo en todo lo que concierne a la problemática
de la reconciliación eclesial.
Aventúrese e interprétenos el horizonte ecuménico
en España para los primeros años del milenio
Ya he dicho que no quiero hacer pinitos de profeta,
pero, si atiendo a lo que el último Concilio llamaba
«los signos de los tiempos», espero que el próximo
Papa sea tan ecuménico como el que actualmente dirige
la Iglesia católica; más es difícil que lo sea, y
continuará empujándola a andar en la misma dirección.
Paro el ecumenismo en la actualidad camina por «doble
vía», el ecumenismo oficial y el privado o particular.
Así lo viví en la Asamblea europea de Graz, a la que
antes hicimos alusión y así lo escuché, lo viví y lo
experimenté en la Asamblea del CEI en Harare [1998],
en la que el Moderador General en su bellísimo discurso,
al hacer la radiografía de la situación actual del ecumenismo,
decía: «Estamos presenciando una notable explosión de
ecumenismo popular en diferentes formas y en diversas
partes del mundo. Hay un ecumenismo de doble vía, el
institucional y el del pueblo. Gran parte de nuestros
interlocutores están decepcionados con las expresiones
institucionales del movimiento ecuménico. La gente,
principalmente los jóvenes, no quieren ser prisioneros
de estructuras».
Es claro que estas palabras alarmistas no pueden ser
tomadas en todo su rigor. El ecumenismo no sólo necesita
ser vivido sino también pilotado por quienes tienen
la máxima responsabilidad en las cuestiones doctrinales,
pero sí pueden ser un aviso para los que dirigen la
operación desde las alturas jerárquicas.
Esto volvió a palparlo durante la visita de Juan Pablo
II al Patriarca de Rumania el pasado mes de mayo. Celebrada
el Papa la eucaristía a cielo abierto en una gran plaza
de Bucarest ante un gentío inmenso, en su mayor parte
ortodoxo. Y, al finalizar la celebración, el pueblo
allí reunido comenzó a gritar con el entusiasmo propio
de un campo de fútbol: «¡Unitate!, ¡unitate!». Y el
Papa, volviéndose al Patriarca le dijo: «¿Oye lo que
gritan? Que nos unamos. Debemos darnos prisa». Una estampa
clamorosa, alentadora por una parte y dura por otra.
Aparecía una vez más el ecumenismo de «doble vía». El
pueblo descargado de responsabilidades y vibrante de
entusiasmo, alentaba a la jerarquía, la metía prisa
para que acabara con la separación.
Al ecumenismo, ya en su presente, pero más en un futuro
próximo, le acechan dos peligros, cada uno de consideración.
En primer lugar, el posible cansancio de los que año
tras año trabajan por la causa; sobre todo los que lo
hacen en el terreno de la doctrina, al ver que sus trabajos,
realizados con suma paciencia y envidiable entrega,
una vez terminados tienen que pasar por el “invierno”
a que les someten los respectivos consejos doctrinales
de las Iglesias directamente afectadas antes de darles
su aprobación. Y en segundo lugar, el posible enfriamiento
del entusiasmo específicamente ecuménico que está pasando
al campo del diálogo interreligioso, completamente necesario
por las razones que todos sabemos, pero que puede afectar
a la marcha del ecumenismo al convertirse en «la novia
del diálogo eclesial». Todo esto es aplicable a nivel
mundial, europeo y también de España.
El concilio Vaticano II marcó el ecumenismo como
uno de sus principales objetivos. El tercer milenio
¿podría llegar a considerarse el de la unidad, como
el segundo ha sido el de la desunión de los cristianos?
Así como sobre la segunda parte de la comparación
estoy completamente seguro con la certeza que dan
los hechos históricos, no puedo, sin embargo, manifestarme
de una manera tan rotunda en relación con la primera
parte de la pregunta, referida no al pasado sino al
futuro.
La unión no está ya hecha, pero se va haciendo. No
está ya realizada, pero se va avanzando en su consecución.
No es una batalla la del ecumenismo que se combate en
un solo frente. Son muchos y distintos a los que hay
que atender. Como se dijo al principio, la marcha hacia
la unidad ecuménica se realiza por distintos caminos,
que están contemplados en la programación ecuménica
ya desde sus inicios: el doctrinal, el social y el espiritual.
Los avances, para quien vive esta preocupación eclesial,
se ven claramente en los tres campos: el espiritual
con la celebración de las Semanas de oración, intercambios
de púlpitos, etc. No se ha llegado a la intercomunión
porque en este terreno es el doctrinal el camino que
tiene la palabra definitiva, pero hay prestaciones e
intercambio de templos y numerosas celebraciones conjuntas,
si bien no eucarísticas. Y en las sendas de la doctrina
también ha habido cotas de acuerdo verdaderamente notables
y ya se están pisando los escalones, como nos dice el
diálogo católico–anglicano, para alcanzar la cumbre
del consenso.
La unión plena pienso que se dará en el milenio que
empezamos, pero no será repentina sino gradual, tan
gozosa como trabajosa, si el Espíritu Santo, que es
quien dirige el ecumenismo, no acelera la marcha a la
que nos tiene acostumbrados.
¿Qué pueden significar en este sentido los últimos
documentos firmados con los anglicanos y luteranos?
Son tan recientes que no necesitan comentario. El
relacionado con la Iglesia anglicana, presentado oficialmente
en la Abadía de Westminster el 12 del pasado mes de
mayo es muy importante por el tema que toca y los
avances ecuménicos que ha alcanzado, pero menos oficial
que el que habla de las relaciones con los luteranos.
Este es un documento presentado oficialmente y aceptado
por las jerarquías implicadas en el diálogo luterano–católico.
En cambio, el documento con los anglicanos no ha alcanzado
esa categoría de consenso, pues está meramente firmado
por el Grupo Mixto del diálogo teológico anglicano–católico.
Este último que lleva por título «El don de la autoridad»
toca quizá el tema estrella de la problemática ecuménica:
el de la autoridad en la Iglesia, hablando de la iglesia
particular, de la iglesia diocesana y de la Iglesia
a nivel universal. Afronta la cuestión de la autoridad
de los obispos, cada uno dentro de su territorio, cuestión
que no es controvertida en sí misma con la Iglesia anglicana,
ya que ambas cuentan con obispos. El problema se plantea
al nivel de Iglesia universal y se afronta directamente
la cuestión del primado.
En el texto se dan pasos muy importantes hacia una
comprensión común de un primado a escala universal y
éste es reconocido en el sucesor de Pedro. La dificultad
proviene del modo de ejercer esa autoridad, el cual
exige ser consensuada dentro del Colegio Episcopal,
no fuera del mismo, en conformidad con la teología comunional
de la Iglesia, tan marcada por el Vaticano II y proclamada
por Juan Pablo II en la encíclica «Ut unum sint».
El documento es, pues,
una punta de lanza dirigida al muro que todavía separa
a católicos y anglicanos.
El segundo texto, firmado con toda solemnidad en Augsburgo
por las máximas autoridades del diálogo luterano–católico,
el presidente del Pontificio Consejo para la unidad
de los cristianos y el presidente de la Federación Luterana
Mundial, se sitúa exactamente en la frontera establecida
desde tiempos de Lutero entre católicos y luteranos.
El documento ha sido maltratado por los medios de comunicación
social, mal entendido, por no ser fácil de comprender
y groseramente ridiculizado. Es un paso notable en el
acercamiento luterano–católico y, en cuanto tal, verdaderamente
puede calificarse de histórico. «Importante logro ecuménico»
para el Papa Juan Pablo II, el cual, «si bien no resuelve
todas las doctrinas relativas a la justificación, expresa
un consenso en verdades fundamentales de tal doctrina».
Pretende ser una interpretación común de la doctrina
de la justificación, paso indispensable para acabar
con la separación entre unos y otros. Indispensable,
pero no definitivo, ya que quedan otras cuestiones entre
ambas Iglesias que no han sido todavía consensuadas.
9. “MISIONERAS DE LA UNIDAD”,
CONGRESOS Y JORNADAS INTERCONFESIONALES
En el año 1962 fundó en Segovia
el Instituto de las “Misioneras de la Unidad”, seguramente
que el único con esta misión en la Iglesia católica.
Enumérenos objetivos, fines, actividades, proyectos
Efectivamente, el Instituto
“Misioneras de la Unidad” nació en Segovia en la fecha
que se indica y su finalidad es redondamente ecuménica.
La idea de poner en marcha tal institución ya había surgido
antes del Vaticano II, pero la convocatoria del mismo
fue el detonante que empujó a su realización. Como profesor
durante muchos años de Historia de la Iglesia en el Seminario
de Segovia, me había impactado fuertemente los desgarros
de la Iglesia sufridos a lo largo de su historia, sobre
todo en los siglos XI y XVI.
El 25 de enero de 1959
fue un día glorioso en los anales eclesiales. Juan XXIII
convocaba un Concilio, y la cristiandad entera quedó sorprendida
por tal anuncio. El mundo cristiano exultó jubiloso con
tal noticia, por pensar que se trataba de un Concilio
de unión, como lo fueron en su tiempo los de Lyón y de
Florencia y quizá lo fuera en la mente del Papa convocante.
Pero la situación interrelacional en que se hallaban las
Iglesias cristianas en aquel momento lo hacía inviable.
No obstante, fue un paso maravilloso para el acercamiento
hacia la consecución de tal objetivo.
Así pues, el deseo de colaborar
en la promoción de la causa de la unidad cristiana fue
la mecha que puso en marcha esta obra, la cual desde el
primer momento se presentó como hondamente ecuménica,
según lo avalan sus Estatutos. Caminar hacia la unidad,
como paso obligado para lograr la plena evangelización
del mundo. Así lo decía el Dr. Ramsey, arzobispo de Cantorbery:
«El mundo no creerá en los cristianos mientras no hablen
a una sola voz». Y esa misma idea se la presentaba el
entonces Nuncio de Su Santidad en España, Mario Tagliaferri,
a los obispos españoles al comienzo de una Asamblea Plenaria,
en la que se estudiaba el tema de «la nueva evangelización»:
«porque, si no evangelizamos unidos, dijo, hacemos evangelizaciones
paralelas, las cuales, al contraponerse, pierden en gran
parte su dimensión evangelizadora».
El Instituto quiere trabajar
en las causas y procura intentarlo, al hacer del ecumenismo
el objetivo principal de su labor. Lo realiza a través
de los cursos de formación ecuménica, que organiza en
sus Centros, con la revista Pastoral Ecuménica
que publica, la ayuda a los Delegados de ecumenismo en
la preparación de la Semana de la Unidad en las diócesis
donde está ubicado, en las Vicarías diocesanas, con grupos
de juventud y en contacto con Centros ecuménicos extranjeros.
Tiene cursos de formación ecuménica por correspondencia.
Y dedica muchas de sus preocupaciones a tratar del problema
de las sectas en la sección especial que tiene consagrada
a esta dimensión de la pastoral de la Iglesia. Las Institución,
que ha abierto una Casa en Medellín (Colombia), cuenta,
además, con la Asociación Ecuménica Interconfesional “Cristianos
por la Unidad”, compuesta principalmente por seglares.
Una experiencia muy singular
la constituyen los Congresos Interconfesionales e Internacionales
de Religiosas. Logros, temas, posibilidades, futuro
Efectivamente, son experiencias
extraordinariamente consoladoras que comenzamos, juntamente
con el Metropolita del Patriarcado de Constantinopla,
Emilianos Timiadis, hace ya una treintena de años y que
se han venido repitiendo año tras año, con solamente dos
excepciones, a través del tiempo que acabo de indicar.
Si el ecumenismo debe penetrar
todos los campos de la Iglesia, ¿por qué no han de participar
en él uno de los campos preferidos de la misma, como es
el de las religiosas, mediante la organización de jornadas
interconfesionales dedicadas a ellas? Este fue el motivo
de poner en marcha una experiencia que ya ha dado numerosos
frutos.
Las participantes son religiosas,
consagradas al Señor, con los mismos votos, con idéntica
entrega, pero todavía, ¡por desgracia!, en Iglesias distintas.
Pertenecen a las Iglesias católica, ortodoxa, anglicana,
reformada y luterana, y proceden de los diferentes países
de la vieja Europa.
Las jornadas se celebran
a tres niveles: espiritual, doctrinal y vivencial. Se
cultiva de un modo particular el ambiente oracional conforme
a las prácticas espirituales exigidas a las almas consagradas
al Señor. Se tiene diariamente la celebración de la Eucaristía,
en conformidad a la normativa de cada Iglesia y respetando
la disciplina de cada Confesión respecto a la participación
eucarística. Los temas de las reflexiones, impartidos
por religiosas y religiosos de diversos países y Confesiones,
son acomodados a las situaciones concretas del momento
ecuménico que se está viviendo en el ámbito de la Iglesia
universal.
Hasta el momento presente
los encuentros han tenido lugar en España, Francia, Bélgica,
Inglaterra, Alemania, Suiza, Croacia, Polonia, Rumania
y Grecia, siempre con la aprobación y bendición de las
autoridades más altas de las Iglesias respectivas. Las
participantes y los conventos y casas a que pertenecen
forman una familia, un auténtico “monasterio” repartido
por distintos países y perteneciente a Iglesias comprometidas
en la promoción de la causa de la unidad.
Y, entre una y otra conferencia,
son múltiples las cartas y comunicaciones que recorren
los cielos de Europa, entablando lazos de amistad e intercambiando
experiencias espirituales que sólo Dios conoce. Formamos
un monasterio invisible dentro del gran “monasterio invisible”
que intentó construir aquel enamorado del ecumenismo espiritual,
el sacerdote lionés P. Couturier.
Por otra parte, jornadas interconfesionales,
jornadas para delegados diocesanos de ecumenismo, reuniones
interconfesionales en El Espinar (Segovia)... ¿seguirán
como motor del ecumenismo en España? ¿Habría algo que
cambiar en su trayectoria hacia el siglo XXI?
El mundo cambia. La Iglesia
no puede quedarse estancada. Tiene que abrirse y acomodarse
a las necesidades de los hombres. Uno de los problemas
principales que ha tenido, tiene y tendrá en el futuro
la pastoral de la Iglesia es la de su adaptación a las
circunstancias ambientales de aquellos a los que se dirige.
Por eso el Decreto de Ecumenismo nos habla de esta cuestión:
la praxis ecuménica debe contemplar las circunstancias
de lugar y tiempo para programar y realizar sus experiencias
pastorales.
He tenido la suerte de
colaborar durante más de treinta años en la organización
y realización de las actividades que se han enumerado
del ecumenismo oficial. Me he entregado a ellas con gran
entusiasmo. Y he aprendido mucho de la dedicación a la
pastoral ecuménica de los delegados diocesanos, en cuya
compañía me he sentido feliz y con cuyas ilusiones he
rimado en consonante en todas las ocasiones.
10. «¿Por qué continuamos desunidos?
La luz se me apaga y me hundo en el misterio»
Para terminar, ¿cuál es la experiencia más profunda
vivida a lo largo de los años en que ha estado dedicado
a este apostolado?
Contemplar a la Iglesia por encima de las diferencias
confesionales. Amar más a la Iglesia católica y aprender
a amar a las de mis hermanos de otras Confesiones cristianas.
Se han ampliado los horizontes de mi amor eclesial.
He profundizado en el misterio de la Iglesia a través
de las divisiones que en ella ha habido a lo largo de
los siglos. Porque el de la división de los cristianos
es un misterio de primera magnitud, y como tal hay que
abordarlo.
Misterio ya en el momento de las rupturas, porque ¿cómo
puede entenderse que personas rectamente intencionadas
hayan provocado las separaciones eclesiales?
¿Cómo puede explicarse que esas separaciones continúen
a través de los siglos, apoyadas y sostenidas por hombres
que se llaman y son verdaderamente cristianos?
Cuando dialogo con un hermano de otra Confesión, cuando
oro con el mismo, muchas veces me siento invadido por
el misterio, que se me manifiesta a través de este interrogante:
¿Por qué estamos lejos hallándonos tan cerca? ¿Por qué
estando tan cerca continuamos alejados?
La autenticidad de fe que hay en mí la supongo también
en mi hermano. El nivel de su convicción religiosa es
también el mío. La sinceridad de entrega al Señor la
compartimos también por igual. En el amor a la Iglesia
podemos estar empatados.
Somos rivales en el amor
a Cristo. Hay entre nosotros una auténtica emulación.
Hambreamos juntamente la unidad de la Iglesia. Y competimos
en el esfuerzo por conseguir su logro. Si esto es así,
como en verdad lo es, ¿por qué continuamos desunidos?
No encuentro respuesta a esta pregunta. La luz se me apaga.
Me invade la oscuridad y me hundo en el misterio. El de
la unidad es un misterio. Su solución desborda todas nuestras
posibilidades. Debemos impetrarla de Dios, unidos a la
oración de Cristo. Todas las dimensiones del problema
ecuménico son importantes y necesarias, pero la llave
del problema está escondida en los arcanos del Altísimo.
Esta es la experiencia más fuerte que he tenido a lo
largo de todos estos años. Orar juntos y en los más
diversos rincones del mundo, con hermanos de otras Iglesias,
con el mismo fervor e idéntico entusiasmo, colocando
el objetivo de nuestra plegaria en la misma dirección:
la unión de todos para que se expanda por todos los
rincones del mundo la luz de Cristo.
José Luis Díez Moreno