¿Cuál
es el «carisma» de las Misioneras de la Unidad?
La respuesta a
esa pregunta la deduzco del número tercero de sus
Estatutos, que dice: «La Institución tiene
una fisonomía peculiar, que se deriva de su carisma»,
y que aparece claramente en el núm. 4 de sus Estatutos,
en donde se puede leer: «El lema de las Misioneras
de la Unidad es «todo por la Unidad: oración,
trabajo, entrega y apostolado».
De
ahí se deriva la especificidad de su espiritualidad
y de su actividad: trabajar por el diálogo y la
colaboración de cara a la unión de todos
los cristianos, como paso obligado para la conversión
del mundo.
¿Cómo
nació?
A esa pregunta suelo responder
diciendo que «nació como flor del campo»,
con el riego del Espíritu Santo; «como respuesta
a una necesidad pastoral de la Iglesia de Dios»;
para responder con su existencia a la oración que
Jesús dirigió a su Padre, en la Noche de
la Última Cena: «Padre, que todos sean uno
para que el mundo crea»; porque el mundo no creerá
en el mensaje de Jesucristo mientras vea que sus seguidores
están desunidos.
El 25 de enero del año
1959, Juan XXIII, recién elegido Papa, anunció
la convocatoria de un Concilio. El mundo cristiano jubiló
con tal noticia, porque creía que iba a ser un
Concilio de cara a la promoción de la Unidad de
los creyentes en Cristo, que se hallaban separados. Ese
día surgió en la mente de su fundador la
idea de poner en marcha una Institución, que se
dedicase específicamente a la promoción
de la causa de la Unidad, entre todos los creyentes en
Jesucristo.
¿Cuáles
son los retos más importantes del ecumenismo en
España?
En primer lugar conseguir
que los cristianos de nuestros país, principalmente
los católicos, se den cuenta de la necesidad imperiosa
e insustituible de la promoción de la causa ecuménica
de cara a la evangelización. Y las dificultades
con que tropieza la eficacia de la pastoral ecuménica
en nuestro suelo son la conciencia de ser mayoría
que tienen los católicos y la sensación
de lejanía que respecto a ellos sienten los protestantes.
La Semana de la Unidad, además de los efectos espirituales
que conlleva, logra el acercamiento de los unos y de los
otros, paso obligado para una vida más propicia
al acercamiento y a la fraternidad.
En un país
de tradición tan identificada con el catolicismo
como España, ¿es la emigración la
que principalmente ha traído la cuestión
ecuménica? ¿cómo valorar esta relación
ecumenismo-inmigración?
Es cierto que la inmigración
en el momento presente está dejando huellas profundas
en la fisonomía social, cultural, económica
y religiosa de España, sobre todo en lo relacionado
con las iglesias ortodoxas. Su llegada masiva a España,
en especial desde los países de la Europa del Este,
es una auténtica novedad social. En su mayoría
son ortodoxos griegos, dependientes del Patriarcado ecuménico
de Constantinopla en España, con un obispo, residente
en Madrid, con jurisdicción en España y
Portugal. Pero parecido es el caso de los que son miembros
de las iglesias dependientes de los patriarcados de Rumania,
Bulgaria... Estos datos son suficientes para percatarnos
de la significativa variación que están
experimentando las confesiones cristianas existentes en
España, para que ya no podamos decir que el ecumenismo
sea algo que queda lejos de nuestra realidad geográfica
y religiosa, fenómeno que debido a la inmigración
no sólo afecta ya a las ciudades sino que se extiende
también a los pueblos de nuestro país.
Esta situación de
la presencia entre nosotros, y de una manera importante
de hermanos de otras confesiones cristianas, en concreto
de los procedentes de los países del Este europeo,
de filiación ortodoxa, está reclamando una
catequesis muy especial de los fieles católicos
para que orienten sus contactos con estos inmigrantes
con actitudes comprensivas y abiertas, de cara a una convivencia
intercristiana, totalmente normal, que de paso no a una
actitud de recelo sino amistosa y acogedora, verdaderamente
fraterna, que lime dificultades que puedan originarse
con su presencia en medio de nosotros y que facilite la
mutua comprensión y el acercamiento.
Ahora bien, no se puede
sostener, a modo de afirmación, que la problemática
de la migración sea el origen o esté en
la base de la cuestión ecuménica. El tema
ecuménico, sus bases y tareas, no es fruto del
empuje inmigratorio sino más bien como respuesta
al imperativo conciliar. El hecho de que antes de la ola
migrante el número de cristianos no católicos
no fuera significativo en proporción a la Iglesia
católica no es indicativo de la preocupación
ecuménica, pues el interés ecuménico
obedece siempre a la Unidad querida por Cristo, y no al
número de iglesias o miembros de ellas separadas.
En este sentido hay que ser ecuménico aún
quedando tres cristianos en una iglesia separada, pues
el sentir ecuménico se sostiene en el mismo fundamento
que la caridad cristiana: Con sólo tres pobres
estaría justificada la presencia social de la Iglesia.
Más aún, sin contar con pobres en el mundo,
la Iglesia no podría olvidar nunca la dimensión
de la caridad. Siempre tendría que estar presente
esta dimensión, del mismo modo que la oración
por la unidad nunca podrá estar ausente de la oración
de la Iglesia, aunque ésta estuviera toda ella
unida.
Muchos confunden
diálogo interreligioso con ecumenismo, aunque a
veces ambos temas están relacionados. ¿Cuál
es el punto de vista al respecto?
Efectivamente. Hay muchos
que confunden el diálogo interreligioso con el
ecumenismo, pero no debe hacerse. Son movimientos autónomos
e inconfundibles, ya que sus objetivos son distintos y
cada uno tiene su propia personalidad. Si esto es así,
¿por qué confundir en uno solo sus nombres?
Cada uno de ellos tiene sus propias oficinas en el Vaticano.
Y los rótulos de sus puertas son diferentes: «Consejo
Pontificio para la Unidad de los Cristianos» y «Pontificio
Consejo para el Diálogo Interreligioso».
La diferencia está en los interlocutores, a los
que cada uno tiene que dirigirse, cuya personalidad religiosa
es muy distinta: cristianos y creyentes de otras religiones.
Cada uno tiene su propia
«carta de marear» y de diferente categoría:
Decreto «Unitatis redintegratio» y Declaración
«Nostra aetate». Por tanto, son organismos
muy distintos, que coinciden en la metodología,
que han de emplear en sus respectivas tareas el diálogo,
pero se diferencian por los destinatarios con los que
tienen que relacionarse: Iglesias y comunidades cristianas
uno, y religiones no cristianas el otro; y, por consiguiente,
su temática está bien diferenciada, aunque
haya no pocas ocasiones en que puedan ser coincidentes
en las cuestiones a tratar.
Bien claro lo deja entender
el cardenal Kasper, presidente del Secretariado para la
Unión de los Cristianos: «El compromiso ecuménico,
la promoción de la unidad de los cristianos, constituye
uno de los grandes retos y de las más apremiantes
tareas al principio del nuevo milenio... El diálogo
ecuménico y el diálogo interreligioso están
relacionados y vinculados, pero no se identifican el uno
con el otro. Entre los dos se da una diferencia específica
y cualitativa, por lo que no deben confundirse».
Los dos diálogos,
ecuménico e interreligioso, están relacionados
en cuanto al método que emplean, pero se diferencian
en la específica finalidad. Por tanto, no es conveniente
ni tampoco acertado hablar de «ecumenismo interreligioso»,
pues es una expresión que no es exacta y que presta
un flaco servicio al ecumenismo ya que desconcierta y
confunde.