La dificultad del camino
ecuménico ha hecho disminuir el entusiasmo que
se experimentó tras el Concilio Vaticano II, pero
de todos modos, «han mejorado las relaciones entre
los cristianos de distintas confesiones», constata
la profesora Jutta Burggraf.
Profesora en la Facultad
de Teología de la Universidad de Navarra, la teóloga
alemana es especialista en ecumenismo y mariología.
Cuarenta años después
del decreto ecuménico «Unitatis Redintegratio»,
Burggraf traza para Zenit algunas líneas para entender
en qué estado se encuentra el camino hacia la unidad
entre los cristianos.
Jutta Burggraf ha escrito
«Conocerse y comprenderse. Una introducción
al ecumenismo», de Editorial Rialp. [El libro ha
sido reseñado por Juan García Biedma, en
la revista PASTORAL ECUMÉNICA, nº. 63, septiembre-diciembre
2004].
¿La relación
entre cristianos de distintas confesiones ha mejorado
40 años después del decreto conciliar sobre
el ecumenismo «Unitatis Redintegratio»?
Burggraf: Sin duda han
mejorado las relaciones entre los cristianos de distintas
confesiones. En la actualidad, hay diálogos –a
niveles muy diferentes- entre la mayoría de las
innumerables comunidades cristianas, y podemos ver con
alegría muchos frutos concretos en todo el mundo.
Baste recordar, por ejemplo, el «Documento de Balamand»
(Líbano), de 1993, que expresó el acuerdo
entre católicos y ortodoxos en dar una sólida
formación ecuménica a los futuros sacerdotes,
en evitar rigurosamente los ataques recíprocos
en los medios de comunicación, y en honrar juntos
a todos aquellos que han sufrido la persecución
en nombre de la fe cristiana. Juan Pablo II describió
este documento como un “nuevo paso” en el
camino ecuménico. Otro acontecimiento importante
fue la Declaración conjunta de católicos
y luteranos sobre la doctrina de la justificación,
firmado en Augsburgo (Alemania) en 1999. A este respecto,
el obispo evangélico Knuth comentó que,
en medio del humano toma y daca, en medio de las nebulosas
de la diplomacia, el Espíritu Santo ha querido
dar una señal.
Ciertamente, hay quienes
no aceptan estos nuevos desarrollos. El entusiasmo ecuménico
de los tiempos posteriores al Concilio ya no existe. Se
ha perdido la ilusión de que las diferencias entre
las diversas comunidades cristianas desaparecerían
con relativa facilidad. Hemos experimentado que el camino
del ecumenismo es duro y largo. Pero no estamos en una
crisis, sino en una situación de mayor madurez:
vemos hoy más claramente lo que nos une y lo que
no separa.
En su libro «Conocerse
y comprenderse» afirma que «la preocupación
por la unidad de los cristianos no es un capricho de unos
teólogos modernos, responde a la oración
de Cristo “Que todos sean uno”». ¿Piensa
que el cristiano común es consciente de ello?
Pienso que somos mucho
más conscientes de ello que en los tiempos anteriores
al Concilio. Sobre todo en los países en los que
conviven cristianos de distintas confesiones, se ha extendido
la costumbre de unirse para rezar juntos (especialmente
durante la Semana de oración por la unidad que
se celebra cada año del 18 al 25 de enero), y de
trabajar unos con otros para el bien de la sociedad.
En Padua nació,
hace algún tiempo, un «Fórum de cristianos
comprometidos en el mundo del espectáculo»
que busca contribuir a la formación cristiana de
los profesionales del circo y de los parques de atracciones.
La institución tiene por objetivo favorecer las
relaciones entre católicos, protestantes y ortodoxos
así como llenar con la luz del Evangelio este mundo
tan peculiar. Quiere hacer más alegre la convivencia
cristiana. En fin, hay conciencia de que Dios nos llama
a realizar juntos su voluntad.
¿Todavía
se habla de hermanos separados, o es una formulación
superada?
Refiriéndose a los
ortodoxos, el papa Juan Pablo II habló repetidas
veces de «nuestros hermanos reencontrados».
Es una expresión feliz; subraya que no sólo
nos encontramos en la misma casa de Cristo --siendo hermanos--,
sino que tenemos también la voluntad de aprender
«el arte de vivir juntos».
Sólo cuando tratamos
de comprendernos mutuamente, podemos crear un clima de
confianza. Y sólo cuando nos mostramos abiertos
hacia las personas que piensan de modo distinto, que hablan
otras lenguas, que creen, rezan y celebran los misterios
de la fe de modo diferente, podemos preparar un acercamiento
mutuo. El respeto se refleja, no en último lugar,
en el vocabulario. Lleva a eliminar palabras, juicios
y actos que no sean conformes, según justicia y
verdad, a la condición de los demás.
La Iglesia insiste
mucho en el llamado «ecumenismo espiritual»:
¿de qué se trata?
La labor ecuménica
no se define únicamente por una preocupación
por los demás, sino también por nosotros
mismos. Cada cristiano ha de preguntarse, ante todo: ¿qué
testimonio de Cristo doy al mundo? Si no transparenta
el amor misericordioso de Dios, nadie podrá descubrir
la fe a través de él. Una existencia desarrollada
plenamente según el Evangelio siempre es atractiva
y fomenta por sí sola la unidad entre los hombres.
¿Cómo puede
un católico atreverse a decir que en su Iglesia
se encuentra la «plenitud de la verdad y de los
valores», si su vida personal está llena
de mentiras y de egocentrismo? ¿O cómo puede
hablar con un mínimo de autoridad sobre la «plenitud
de gracia», si todos en su alrededor se sienten
encogidos y paralizados, lejos de experimentar la alegría
de la redención? Según atestiguan los Evangelios,
en la compañía de Jesucristo todos se encontraban
cómodos y se sabían acogidos y protegidos.
Podían dejar sus cargas, descansar y recuperar
la alegría de vivir.
En efecto, «no se
da verdadero ecumenismo sin conversión interior»,
afirma el Concilio Vaticano II. Hace falta mirar a Cristo
y aprender de Él. No podemos contentarnos con algunos
cambios superficiales en nuestra vida personal o en nuestra
relación con los demás. Dios nos pide la
audacia de realizar una sincera renovación interior,
y su ayuda no nos faltará. Nos pide una auténtica
conversión del corazón, que no exige exclusivamente
cualidades «morales», sino también
un nuevo modo de ver, de apreciar y de juzgar, es decir,
una nueva «visión de fe».
Con relación a los
cristianos de otras confesiones, ésta consiste
en olvidar rencores históricos, en liberarnos de
determinados prejuicios o planteamientos estrechos y soportar,
por otro lado, serenamente la incomprensión y la
desconfianza que siempre pueden darse mientras existan
hombres sobre la tierra.
Así, el ecumenismo
no es, en primer lugar, una cuestión de doctrina
teológica ni de colaboración pastoral, sino
de oración y caridad. Según unas famosas
palabras de San Agustín, «la soberbia engendra
división, y la caridad es la madre de la unidad».
Estamos llamados a realizar el «diálogo de
amor».
Usted viene de
Alemania, país donde claramente se vive el ecumenismo
día a día: ¿qué aprendió
en el ambiente alemán que pueda ahora aplicar a
una realidad de mayoría católica, como puede
ser la española, en la que ahora vive?
He aprendido a querer a
nuestros hermanos luteranos. A veces podemos, inconscientemente
y por falta de formación, contristar e incluso
herirles haciendo juicios generales e injustos sobre ellos.
Por ejemplo, la piedad de los luteranos nos puede parecer
«fría», porque no vemos ninguna imagen
de la Virgen, de los ángeles o de los santos en
sus templos ni en sus casas; pero, en realidad, este juicio
nuestro se debe al desconocimiento de su espiritualidad
cristocéntrica, que puede ser, en un caso concreto,
mucho más profunda y «calurosa» que
la de muchos católicos.
Los luteranos, además,
poseen otros símbolos cristianos, como las cruces,
los epígrafes ornamentales y las inscripciones
grabadas en madera, que abundan en los hogares e incluso
en las calles de algunas ciudades del Norte de Alemania.
Esta relativa falta de imágenes es compensada abundantemente
por una rica tradición musical, como si lo que
no han expresado plásticamente, lo expresaran a
través de la música religiosa, coral e instrumental.