Henri Tincq, desde 1985
responsable de información religiosa en el prestigioso
diario francés "Le Monde", entrevistó
a Konrad Raiser con motivo del fin de su mandato como
secretario general del organismo ecuménico. El
encuentro tuvo lugar en Ginebra, el miércoles 29
de octubre de 2003. La entrevista puede ser reproducida
libremente.
H.T.: Pastor, ¿cuál
es el mejor recuerdo que conserva de su mandato de once
años como secretario general del Consejo Mundial
de Iglesias?
Honrad Raiser: He tenido
el privilegio de conocer a muchos hombres y mujeres extraordinarios,
a figuras religiosas y espirituales, a responsables políticos
de alto nivel. Entre ellos, el que sin duda me dejará
el recuerdo más emocionante es Nelson Mandela.
Todavía lo veo en la asamblea del CMI en Harare,
Zimbabwe, en 1998, entrar a la sala de plenarias y luego
subir hacia el podio bailando, precedido por un coro fantástico.
Con unas palabras de profunda simplicidad, evocó
su experiencia de joven dirigente africano, la influencia
que tuvieron en él la fe cristiana y las iglesias
comprometidas en la lucha contra el apartheid. Es un acontecimiento
que nunca olvidaré.
¿Y el recuerdo
menos grato?
Sin lugar a dudas mi visita
en febrero de 1998 a la Academia teológica de Moscú,
donde algunos jóvenes monjes y estudiantes ortodoxos
me recibieron hostilmente. Nunca me habían agredido
verbalmente con tanta violencia, sin ningún tipo
de reacción, cabe señalar, por parte de
los dignatarios presentes. Percibí la expresión
de una tensión entre este grupo de estudiantes
de teología y su propia jerarquía y sobre
todo el rechazo a toda aspiración ecuménica,
considerada como "herética". Volví
el mes de julio pasado y debo decir que la situación
ha mejorado mucho.
¿Podría
usted afirmar que en once años el movimiento ecuménico
ha progresado?
Lo creo sinceramente, pero
lo afirmo modestamente. Primero, porque otras personas
se mostrarían más escépticas. Luego,
porque los signos de progreso que constato no son todos
imputables a la acción del Consejo Mundial de Iglesias.
Tomo el ejemplo del acuerdo firmado en Augsburgo, en 1999,
entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia
Católica Romana. Fue la primera vez que representantes
oficiales del Vaticano aceptaron firmar un acuerdo doctrinal
con otra comunión de iglesias, fruto de un largo
proceso de diálogo. Los luteranos y los católicos
han tenido el coraje de proclamar juntos que lo que los
había separado durante cuatro siglos no debía
dividirlos más. Es un paso hacia adelante considerable.
Han habido otros progresos en los diálogos bilaterales
entre iglesias, y se han firmado otros acuerdos. Somos
testigos de una verdadera reorganización de las
relaciones entre las iglesias surgidas a partir de la
Reforma, los anglicanos y hasta los católicos romanos.
Ello me hace pensar en la afirmación
del concilio Vaticano II según la cual la "comunión"
existe realmente, aunque sea todavía imperfecta.
La unidad sigue siendo un don que hay que recibir, reconocer
y celebrar. Pero si nuestros esfuerzos nos permiten hacerla
más visible y traducirla en actos concretos, entonces
sí que tengo razón al hablar de progresos.
Con otras palabras, repito aquí lo que el papa
Juan Pablo II ha afirmado a menudo, que nuestro camino
hacia la unidad es irreversible. Es impensable que un
día podamos volver a la situación anterior.
Voy aún más lejos: durante estos once años,
lo que ha cambiado y mejorado es la calidad misma de las
relaciones entre las iglesias. Durante mis viajes lo he
podido constatar muchas veces. El caso más reciente
fue en Angola, donde una simple visita de cortesía
al arzobispo de la capital se transformó en una
invitación ante toda la conferencia episcopal.
No obstante, no han faltado tensiones
con la Iglesia Católica Romana. Ciertas reafirmaciones
doctrinales, como Dominus Iesus en 2000, han podido interpretarse
como retrocesos en el plano ecuménico. ¿No
se ha alterado la "calidad" de las relaciones
con los católicos romanos?
En primer lugar, quiero rendir homenaje
a la fidelidad y a la claridad de los católicos
con quienes colaboramos. Son hermanos y hermanas que buscan
como nosotros, que quieren como nosotros responder al
llamado ecuménico, y no se dejan perturbar por
las contracorrientes. Se encuentran tanto en el Vaticano
como en los episcopados nacionales, así como entre
los curas y los laicos. Aunque aún estemos en busca
de la unidad tan deseada, al mismo tiempo nos sentimos
tan unidos que los obstáculos que se interponen
en el camino no pueden poner en duda la vía trazada.
Por otro lado, es imposible no ver que
entre los católicos romanos, pero también
entre los anglicanos o luteranos, o metodistas, u ortodoxos,
han aumentado los temores ligados a la identidad y a la
integridad de cada comunidad. Nacen o se afirman corrientes
para las cuales el movimiento ecuménico es amenazador,
inquietante. Tras la Jornada Eclesial Ecuménica
(Kirchentag) de 2003 en Berlín, Alemania, una personalidad
católica como el cardenal Joachim Meisner reprochó
a ese evento haber sembrado la confusión entre
los fieles. Estos miedos están ligados a los riesgos
de descomposición y de fragmentación de
las identidades religiosas, a la secularización
y al progreso del relativismo en el interior de nuestras
sociedades. Desde mi punto de vista, sólo se pueden
superar a través del redescubrimiento común,
por encima de nuestras tradiciones particulares, del espíritu
y de la vida de Cristo.
Para contestar con mayor precisión
a su pregunta, añadiré que tales temores
determinan en parte el rumbo de la Iglesia Católica
Romana y que ello nos crea dificultades; no podemos negarlo.
No tengo la menor duda sobre el compromiso personal de
Juan Pablo II en favor del ecumenismo, que para él
es mucho más que una opción estratégica.
Tampoco tengo ninguna duda sobre su voluntad de reiniciar
el diálogo con los ortodoxos. Pero pienso que el
enfoque por el que se ha optado no es el más adecuado
para conseguir el objetivo buscado. Juan Pablo ha sido
muy valiente al proponer a sus interlocutores ecuménicos
una reflexión sobre el ejercicio de la "primado"
del obispo de Roma. Pero, al añadir que el debate
sobre la concepción misma de esa "primado"
está fuera de cuestión, ha mostrado que
el obstáculo en nuestro camino sigue residiendo
en cómo comprendemos en cada una de nuestras tradiciones
nuestra fe en la iglesia.
Los ortodoxos tampoco han sido
un interlocutor fácil. Desde el desmoronamiento
del comunismo hay una creciente intransigencia motivada
por cuestiones de identidad. ¿Qué lecciones
extrae de este malestar y del camino tomado por la creación,
a iniciativa suya, de una Comisión Especial en
el CMI con miras a superar la crisis?
Me ha impresionado el resurgimiento religioso
de los países ex comunistas. Pienso en la Rusia
que he visitado, pero también en un país
como Albania, testigo de una increíble "resurrección"
de su iglesia. Pero, habida cuenta del peso de la herencia
marxista o de la influencia igualmente secularizante del
liberalismo poscomunista, yo también he sido muy
escéptico en cuanto al famoso "renacimiento"
del alma ortodoxa. Excluida durante setenta años
del espacio cultural, económico y político
creado por el estado comunista, la ortodoxia no ha tenido
la posibilidad de adaptarse al contexto de la sociedad
moderna. Ha sido "liberada", pero sin la más
mínima preparación y, para las personas
desconcertadas, se ha convertido incluso en una ideología
de recambio. Como siempre, en dichas circunstancias, los
"conversos" o "neófitos" han
buscado en la ortodoxia certezas que no encontraban en
otra parte. Han pasado de un sistema a otro, pero sus
esquemas de análisis un poco dicotómicos
–separando los "enemigos" de los "amigos"–
siguen siendo los mismos. Los estudiantes ortodoxos que
me agredieron verbalmente en 1998 en Moscú probablemente
antes habían pertenecido a los "komsomoles",
las juventudes comunistas.
Debo decir que esta situación
ha cambiado mucho, en parte gracias a la Comisión
Especial sobre la Participación Ortodoxa en el
CMI. Dentro de este marco, las iglesias ortodoxas se han
sentido por primera vez escuchadas y un poco mejor comprendidas.
Para mí es prueba de ello la reacción de
un metropolitano griego cuyas relaciones con nosotros
eran difíciles y que, al final de la última
sesión de la Comisión, se alegró
públicamente de finalmente haber podido hablar
y ser comprendido. La situación cambia. Muchos
de nuestros interlocutores ortodoxos empiezan a estar
presentes en los lugares de investigación ecuménica.
Se está haciendo un trabajo de comprensión
mutua, facilitado por la toma de conciencia de que la
ortodoxia también pertenece al espacio europeo
y debe acercársenos. Nuestros interlocutores en
Rusia –pienso, en particular, en el metropolitano
Kirill de Smolensk y Kaliningrad (responsable de las relaciones
exteriores del Patriarcado de Moscú)– admiten
hoy que comparten con nosotros una parte del patrimonio
de esta Europa y que ello no constituye inevitablemente
una amenaza contra la ortodoxia. Saben que necesitan el
marco ecuménico, el cual les puede proporcionar
una buena base de comprensión mutua para "vivir
juntos" de otra manera en Europa.
Creo que hoy se ha alejado la amenaza
de que la Iglesia Ortodoxa Rusa abandone el CMI y ponga
así en duda todo el edificio ecuménico en
el seno de la familia ortodoxa. La Comisión Especial
ha elaborado una agenda que incluye el tratamiento de
las diferencias en nuestras respectivas comprensiones
de la naturaleza de la iglesia. Debo añadir que
este cambio no hubiese sido posible sin la toma de conciencia
de que la tradición mayoritaria protestante impregna
todavía demasiado nuestras agendas, nuestras maneras
de trabajar, de tomar decisiones, de celebrar nuestras
liturgias. Quizás habrá hecho falta esta
crisis para comprender que los ortodoxos no se sienten
tan a gusto como nosotros en el movimiento ecuménico.
En este sentido, esta crisis dolorosa habrá sido
saludable y habrá permitido una profundización
en la concepción del Consejo como "comunión
de iglesias".
Usted ha señalado a menudo
la necesidad de una "nueva configuración"
del movimiento ecuménico. ¿Cómo dar
cabida a la vez a la diversidad de la experiencia ecuménica
contemporánea y conservar una orientación
fuerte mediante una organización como el CMI?
He hablado de los progresos y de las
dificultades del diálogo entre las grandes iglesias
históricas. Pero cómo olvidar que éstas
sólo representan una parte de un cristianismo que
hoy cuenta con una gran diversidad de rostros nuevos:
un cristianismo indígena, negro o asiático
en el hemisferio sur, una profusión de comunidades
de tipo carismático, pentecostal, profético,
y una dinámica espiritual que no deja de recordarme
el cristianismo de la época de su primera expansión.
Durante mis viajes, he tenido muchas oportunidades de
constatar estas mutaciones, en particular en el hemisferio
sur.
Estos nuevos rostros expresan, de diversas
formas, una necesidad de reconocimiento y de solidaridad
en el movimiento ecuménico. Su identidad se ha
consolidado con el tiempo y hoy se pueden abrir más
fácilmente. Esto es lo que siento ante las respuestas
recibidas a nuestra invitación a explorar la creación
de un Foro mundial cristiano. Ahí estamos. Ya no
podemos atenernos a asimilaciones demasiado fáciles
u obsoletas entre "ecuménico" y "liberal"
por un lado, "evangélico" y "conservador"
por el otro. Desde el punto de vista teológico
y espiritual, la gran mayoría de nuestras iglesias
miembros del sur son, por lo demás, evangélicas.
A partir de ese trasfondo, surge la cuestión
sobre la necesidad de una nueva forma de dirigir el movimiento
ecuménico. Si no hay una estructura de referencia,
o de transparencia en el ejercicio de las responsabilidades,
o de disciplina en la participación, se corre el
riesgo de fomentar un cristianismo populista, fundamentalista,
militante. El Consejo Mundial de Iglesias, a su manera,
puede ser esta célula base, esta columna vertebral.
Su futuro está ahí, y también en
garantizar una gran diversidad de expresión, proteger
los espacios de encuentro, resistir a los discursos normativos,
exclusivos, tajantes. El desafío del Consejo para
el día de mañana es acompañar los
cambios de mentalidad, de generaciones y de rostros del
cristianismo y hacer frente a los desafíos espirituales
que de ellos se derivan.
Pero, ¿cuál es su visión
acerca del futuro de este cristianismo que, desde el punto
de vista estrictamente europeo, está en declive?
Si examinamos la situación del
cristianismo en Europa tendemos, en efecto, a una visión
pesimista. Pero no es posible olvidar que el cristianismo,
durante su larga historia, no se ha encontrado nunca "recluido"
en una zona determinada, geográfica o cultural,
que siempre ha sido capaz de volver a cobrar actualidad.
Asimismo, cómo olvidar hasta qué punto los
sociólogos y los filósofos de los años
60 se equivocaron acerca de la secularización,
al no ver que la secularización no excluye otras
formas de renovación religiosa que hoy emergen
con gran energía.
Es cierto que estamos al final de un
ciclo, como siempre los ha habido en el cristianismo,
como por ejemplo al final de la Antigüedad o de la
Edad Media. Se abre para el cristianismo un nuevo período
histórico, que podemos llamar posmoderno, fundado
sobre formas de renacimiento que constato en acciones
concretas o en comunidades como San Egidio, los Focolares,
El Arca, Taizé, Grandchamp, etcétera. La
expansión del cristianismo en el sur, junto a las
formas de vida eclesial más comunitarias en la
vieja Europa, me hacen ser más optimista respecto
al futuro.
Usted dice a menudo que el ecumenismo
es, ante todo, un "imperativo del Evangelio".
¿Cómo ha vivido con él durante estos
once años como secretario general del CMI?
Cuando conocí el movimiento ecuménico,
hace tiempo, se lo identificaba todavía con un
combate. Combate espiritual, combate social, no sólo
por la unidad de los cristianos, sino también por
la renovación de nuestras iglesias, de nuestra
fe, por la transformación del mundo. Hoy, estoy
convencido de que el ecumenismo, más que un combate,
es en primer lugar un llamado y un camino a seguir bajo
la dirección del Espíritu de Dios. Estoy
también convencido de que el futuro está
en el "ecumenismo del pueblo" del que habla
Chiara Lubich (fundadora del movimiento Focolar), distinto
del de ayer, que quizás depositaba las esperanzas
más bien en algunos dirigentes.
Este año, la Jornada Eclesial
Ecuménica en Berlín me impresionaron y confirmaron
esta visión del futuro. El "pueblo de Dios"
en su diversidad se afirmó, en nombre de este "imperativo
del Evangelio" del que hablamos, en los encuentros,
en las discusiones, en las celebraciones.
Para mí, la "renovación"
de la iglesia es un proceso permanente. El movimiento
ecuménico deja un período de grandes construcciones
y de organización para entrar en una fase de avance,
de peregrinación de todo el pueblo de Dios. Mañana,
tras haber terminado mi mandato, participaré plenamente
en dicho proceso, en la medida de mis posibilidades, tal
como lo hice ayer.
Henri Tincq, desde 1985 responsable de
información religiosa en el prestigioso diario
francés "Le Monde", fue galardonado en
2002 con el Premio John Templeton como "mejor periodista
europeo del año en temas religiosos".