Ecumenismo Hoy

Su Eminencia Emilianos Timiadis, metropolita de Silyvria, en el recuerdo

 

Su Pascua hacia la Luz

En la madrugada del 22 de febrero de 2008 Su Eminencia Emilianos Timiadis, metropolita de Silyvria, del Patriarcado Ecuménico, pasó de este mundo al Padre después de haber entrado en coma profundo el jueves 21 de febrero a las 18, 30. El próximo 10 de marzo habría cumplido, pues, 92 años. Hasta entonces se había mantenido con plena lucidez. Aquejado de cáncer en el hígado y en el páncreas y cada día más deteriorada su salud, supo, sin embargo, luchar contra la enfermedad y sobrellevarla lleno de profunda paz interior, tierna sonrisa del alma y ardiente presencia de espíritu, agradecido siempre a los gestos de afecto y comunión de los que se le colmó hasta el final. Desde octubre de 1995 había vivido como un hermano más en la Comunidad ecuménica de Bose hasta que, aparecidos los síntomas del mal, resolvió volverse a Grecia para terminar allí sus días. Su amor a la Comunidad, sin embargo, era tal que, a pesar de habérselo desaconsejado los médicos, quiso ponerse en camino para compartir con ella las Navidades de 1997. Así que el 20 de diciembre de 2007 llegaba a Bose acompañado por su hijo espiritual el metropolita Amvrosios. A tan entrañable Comunidad solía repetirle, y lo hizo hasta el fin: «Os llevo en el corazón, sois una parte de mi ser, os abrazo a todos. ¡Gracias!». Pasadas las fiestas navideñas, el 30 de enero de 2008 regresó a Eghion, en Grecia, dispuesto a vivir el último tramo de su vida como huésped de su dilecto metropolita de Kalavrita Amvrosios. Seguro que más de una vez y más de dos le vinieron a la mente sus propias palabras de hombre interior: «El corazón que escucha precede a la mirada que contempla. Apliquemos el oído a lo que todavía no conseguimos aprehender en clara visión».

 

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El metropolita Emilianos Timiadis junto a Su Santidad
el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Atenágoras I.

 

Nunca temió a la muerte monseñor Emilianos. Su elevada espiritualidad le ayudó siempre a interpretarla como instrumento de la Providencia en el camino hacia Dios. Sus frases al respecto son nítidas, de acento místico. «La muerte –había declarado en la entrevista que su Comunidad le hizo en 2004- es un viaje hacia lo desconocido. Y nosotros nos sustraemos a la idea de una expedición hacia una meta de la que nadie vuelve y que nos parece oscura. Sin embargo, la fe tiene ojos que nos permiten ver y tener la certeza de que la muerte nos lleva a la unión con Cristo y con todos aquellos que hemos amado» [Chiamati alla libertà, 152]. Y más adelante: «Si se medita en la muerte permaneciendo en una relación viviente y amante con el Cristo resucitado, no se nos incita en modo alguno a evadirnos de la historia del mundo; es más, nos convertimos en buscadores y constructores infatigables de aquel mundo transfigurado que Jesús comenzó a crear con su resurrección. Lejos de disminuir la esperanza, el recuerdo de la muerte la reconduce y la orienta en la justa dirección, la del proyecto de Dios» [Ib., 156s].

Haciendo suyo el dicho “mirémonos a los ojos”, del patriarca Atenágoras, su padre espiritual y maestro, tuvo para cuantos le iban a visitar un exhorto de cariño y una palabra de consuelo: el prior Bianchi con los hermanos y hermanas de la Comunidad, el obispo Atenágoras de Sinope del Patriarcado Ecuménico, que se llegó expresamente hasta Bose desde Bélgica, su hijo espiritual de la vecina Ivrea Kostantinos, aparte de muchos hermanos y amigos que le telefoneaban a menudo, como el metropolita de Pérgamo, Ioannis Zizioulas; de Italia, Gennadios Limouris; de Francia, Emmanuel; de Suiza, Ieremias; de Acaya Athanasios; del Obispo de Lampsaca, Makarios; del padre George Tsetsis, su sucesor en el CEI de Ginebra donde pasó 25 años de servicio; y de George Lemopoulos, secretario general adjunto de dicho Consejo. El mismo patriarca de Constantinopla Bartolomé I, en su nombre y en el de toda la Iglesia, le remitió una carta de amor fraterno y de afectuosa cercanía en la enfermedad.

Después de haber hablado con él, George Lemopoulos fue así de expresivo: «Vuelve a Dios en la plenitud de la vida, rodeado de todos sus hijos espirituales». Y él mismo, Emilianos Timiadis, no perdió la costumbre de repetir a menudo: «Efcharistò! Mil, mil, mil gracias!», desahogo que acompañaba con un largo signo de la cruz, lento y solemne, simple y verdadero como lo califica Enzo Bianchi. «Yo me voy: nos volveremos a ver en el Reino de Dios». «El prior fr. Enzo Bianchi y la Comunidad de Bose –reza el comunicado- entran en un silencio pleno de alabanza y de gratitud ante la muerte de este Hombre de Dios, que sienten como una epíclesis en el camino de la unidad de todos los cristianos. Pedimos al Señor que continúe mandando profetas a su Comunidad, y al amado Metropolita Emilianos que interceda incansablemente en los Cielos por todos los hijos de Dios» [La morte e gli ultimi giorni del Metropolita…].

Ahora, pues, que ha cruzado ya el umbral del más allá, me cumple también a mí, en un gesto que quiere ser de admiración y gratitud, y de afecto sin duda, aparte de una emotiva evocación en el recuerdo, levantar un poco la piel del alma de este hombre singular, cuya finura interior la Providencia me deparó conocer, y con quien pude incluso convivir durante semanas de trato directo y cordial, según diré. Y quiero hacerlo, según san Agustín mi maestro con su madre santa Mónica, con rendida alabanza a Dios por los dones que en este siervo suyo depositó, destacando la verdad de quien el patriarca Ignacio IV no dudó en calificar de «hombre que sabe amar, y ama verdaderamente». Tengo amigos ortodoxos, pero ninguno con su sencillez, su sabiduría y su categoría espiritual.

 

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El metropolita Emilianos Timiadis en Tebas (Grecia), durante el XXIX Encuentro interconfesional
e internacional de religiosas [29.VIII.2000 - Foto/ P. Langa].

 

Datos para una biografía

El metropolita de Silyvria, Emilianos Timiadis, nace el 10 de marzo de 1916 en Atenas [ignoro por qué alguna fuente dice que en Iconio, Asia Menor, y Enzo Bianchi que en Constantinopla. Wyrwoll, para mí es el más fiable, puesto que se trata del editor del Nomenclátor oficial de la Iglesia ortodoxa, pone Atenas (p. 113)], cuya Escuela Comercial frecuenta en 1930. En 1935 cursa estudios en la Escuela Teológica de Halki, del Patriarcado Ecuménico, donde obtiene en 1941 el diploma en teología. Ordenado diácono y presbítero en 1942, desde entonces hasta 1947 ejerce el ministerio pastoral en una parroquia greco-ortodoxa de lengua turca en Makrochorion (Estambul). Entre 1947 y 1952 hará de protosynkellos, o sea vicario general, de Ghermanos, Arzobispo de Thyatira de Europa con sede en Londres (Patriarcado Ecuménico), a quien acompaña en 1948 a la conferencia de Lambeth y a la primera asamblea mundial del CMI en Amsterdam. Conocida su profunda espiritual ecuménica, el patriarca Atenágoras, su padre espiritual, nombra al padre Emilianos miembro de la Delegación oficial del Patriarcado de Constantinopla en la primera Asamblea del CEI en Amsterdam en 1948. Así es como, desde su nacimiento, la historia del compromiso ecuménico de nuestro metropolita sigue, paso a paso, la del mismo CEI. Al tal ministerio une el perfeccionamiento de los estudios teológicos y patrísticos en Oxford y en Tesalónica, de cuya Universidad sale graduado el año 1951 como Doctor en Teología.

Por la década de los 50 la Iglesia ortodoxa irrumpe en Bélgica con la masiva emigración griega, que llega a marcar de forma decisiva la fisonomía de la Ortodoxia en aquel país y en Holanda, permitiendo, gracias a la amplitud de miembros, que el culto ortodoxo sea reconocido por el Estado. En 1952 ejerce el ministerio pastoral en las parroquias greco-ortodoxas de Anversa (lugar de residencia) y Charleroi. Logra ser la comunidad ortodoxa más importante y mejor organizada, y entre sus activos sacerdotes de entonces se cita a los padres Emilianos Timiadis y Panteleimon Kontoyiannis. El será, sin duda, el pionero del ecumenismo en Bélgica. Emerge entonces con pujanza, sí, la vocación ecuménica: entre los cometidos pastorales a él asignados están, de hecho, los de prestar asistencia espiritual a los marineros ortodoxos embarcados en los puertos holandeses, circunstancia que le permite notar pronto que sus preocupaciones son las de sus homólogos sacerdotes católicos y pastores protestantes, cada uno procurando seguir a los marineros de la propia Iglesia, marineros que luego tendrá que reanudar la navegación y convivir largas semanas con cristianos de otras confesiones y compañeros algunos sin fe. Tocar estos problemas al vivo y surgir en el padre Emilianos la necesidad de promover regulares encuentros entre capellanes de las naves fue todo uno.

Vive en Bélgica y en Holanda desde 1952 hasta 1959, año en que el patriarca Atenágoras nombra a nuestro bondadoso padre Emilianos representante permanente del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla en el CEI (Ginebra), cargo en el que va a permanecer hasta 1984: «Años –puntualiza Enzo Bianchi en su Laudatio- de diálogo paciente, de fervientes esperanzas, de difíciles impasses, de grandes expectativas y de dolorosos enfriamientos en el camino ecuménico, pero años vividos siempre con el Evangelio como guía y medida del propio ser y del propio obrar, años en los cuales monseñor Emilianos pudo calibrar los problemas de las Iglesias de toda la oikumene, las fatigas de las Iglesias pobres y las tentaciones de las Iglesias ricas, el venir a menos de la cristiandad y, al mismo tiempo, el incesante reproponerse del Evangelio de Jesucristo como “camino, verdad y vida” para todos los hombres».

En 1960 es preconizado obispo de Meloa y auxiliar del patriarca ecuménico Atenágoras I. Su consagración episcopal tiene lugar en la catedral de San Esteban, en París, el 16 [alguna fuente (no Wyrwoll) da el 6] de diciembre de 1960. En 1965 le llegan dos nombramientos: el de metropolita de Calabria y el de representante oficial del Patriarcado Ecuménico en la IV Sesión del Concilio Vaticano II, cuyos gozos y esperanzas serán, así, también suyos. Experiencia imborrable, a diario enriquecida gracias al trato directo con centenares de obispos, teólogos, religiosos, simples bautizados de distintas confesiones que pudieron saborear en aquella última fase la bondad y belleza de «vivir juntos como hermanos». Allí consolidó viejas amistades, como la de monseñor Willebrands; y nacieron otras, como la del arzobispo de Turín y luego cardenal, Michele Pellegrino, estudioso él también de la radicalidad evangélica de los Padres de la Iglesia. Todo ello le ayudó a crecer por dentro en el sentire cum ecclesia, en la sensibilidad eclesiológica y ecuménica de su corazón.

En 1977 es nombrado metropolita de Silyvria, condición que le exige estar cada vez más comprometido, por una parte con el diálogo ecuménico oficial, y por otra, en un cotidiano ministerio de enseñanza, predicación y paternidad espiritual. Docente por tres años en la Facultad de Teología Holy Cross de Boston, y en la Joensuu de Finlandia, y en el Instituto Ecuménico de Bossey en Suiza, así como visiting professor en diversas Facultades teológicas, ortodoxas, católicas y protestantes de Europa y de América, será, en cuanto miembro de múltiples comisiones dialógicas, reconocido por unanimidad como uno de los progatonistas del «movimiento ecuménico» e infatigable tejedor de relaciones intereclesiales. Fue el primer copresidente de la Comisión teológica oficial de diálogo entre la Iglesia Ortodoxa y la Federación Luterana Mundial. Autor de un sinfín de obras y artículos en diversas lenguas, fue gran amigo de diferentes monasterios católicos, en particular de Bose en Italia, donde pasó largas temporadas, y con el sacerdote español don Julián García Hernando puso en marcha y promovió durante varios decenios, luego volveré a ello, los encuentros interconfesionales e internacionales de religiosas [y religiosos] (hoy EIIR). A raíz de su jubilación en el CEI el año 1984, continuó pese a todo prestando algunos servicios en el Centro ortodoxo de Chambésy. En 1993 es investido como doctor honoris causa por el Instituto teológico de la Universidad Holy Cross de Boston. Jamás descuidó el contacto con los ambientes eclesiales más simples, allí donde hombres y mujeres de toda edad, confesión y condición social buscan, día tras día, cómo ser y permanecer fieles al Evangelio.

En octubre de 1995 decidió abrazar la vida monástica de la Comunidad ecuménica de Bose, alternando desde entonces su tiempo entre Bose y la diócesis griega de Eghion. Su profunda comunión con Enzo Bianchi venía del Concilio, acrecida luego con una visita suya a Bose ya en 1968, cuando la Comunidad empezaba a dar los primeros pasos. Dicha amistad se fue afinando después, encuentro tras encuentro, hasta la decisión –acogida con estupor e inmensa alegría por la Comunidad, dada la inmerecida dádiva del cielo que ello suponía- de vivir allí, monje entre monjes. Pero jamás permaneció inactivo, antes al contrario, la vida común que él compartía gran parte del año con los hermanos y hermanas de Bose, no cesó de crecer brindándole así la oportunidad de «pensar» en forma eclesialmente catholica (=«según el todo»), en armonía con la unidad que está en el corazón y la mente de Dios, y que Dios espera de sus discípulos. Sus funerales se celebraron el sábado 23 de febrero de 2008, a las 11 horas en Eghion (Grecia-Peloponeso, a 180 kilómetros de Atenas).

 

Hijo espiritual, obispo auxiliar y confidente de Su Santidad Atenágoras I

La vida de monseñor Timiadis corrió durante buena parte del siglo XX al unísono de la del patriarca Atenágoras, sobre todo durante sus años de obispo auxiliar, secretario y hombre de confianza de Su Santidad, a quien siempre defendió, siempre escuchó y nunca traicionó. Dada su talla intelectual y espiritual no debe extrañar que el venerable Patriarca se fijara en él para confiarle importantes y delicadísimas funciones eclesiales. Lo cual conlleva, por otra parte, tal y como rodaron las cosas, que él, sus informes, sus escritos y sus notas archivísticas, deberán ser objeto de consulta en el futuro por parte de especialistas y estudiosos que se propongan defender una tesis doctoral, escribir un estudio monográfico, hacerse con cualquier información que se precie de rigurosa en torno al Atenágoras patriarca.

Cuando Atenágoras convocó la I Conferencia panortodoxa de Rodas, a celebrar entre el 24 de septiembre y el 1 de octubre de 1961, la decisión provocó gran revuelo dentro de la Ortodoxia, y concretamente dio pie a una de las más agudas crisis entre el Santo Sínodo de Constantinopla y la Iglesia ortodoxa griega autocéfala, opuesta en redondo al proyecto y, por ello mismo, decidida a no asistir. Pero las cosas siguieron adelante y las posturas se fueron clarificando. Hecho público, pues, mientras tanto por el citado Santo Sínodo el largo elenco de problemas a debatir en la cumbre, Emilianos Timiadis, siempre activo y diligente con su padre espiritual, publicó en «Apostolos Andreas», entonces órgano oficial del Patriarcado, una serie de artículos titulados En vista del Prosínodo, reproponiendo algunos temas muy queridos al Patriarca. Era por entonces voz común que en Timiadis había que ver la mano derecha y el alter ego del titular del Santo Trono. Dichos artículos fueron sacando a la luz, entre otros temas: la necesidad de poner al día («aggiornare» se decía en los círculos católicos desde que el beato Juan XXIII había puesto en circulación lo del «aggiornamento»), poner al día, digo, la vida de la Iglesia ortodoxa, mediante innovaciones atingentes a la formación del clero, a su implicación en la vida social, y al papel eclesiológico del laicado.

En este contexto procede colocar el complejo asunto del envío de observadores ortodoxos al Concilio Vaticano II. Emilianos Timiadis tiene al respecto una comunicación escrita con Visser’t Hooft, secretario general del CEI, que abarca varios años. Arriba digo ya lo de su acompañamiento al metropolita Ghermanos desde primera hora, cuando la fundación del CEI en Amsterdam, donde empezó a trabar contacto con este ilustre holandés nombrado entonces secretario general del CEI. Emilianos quedará sin duda en los archivos del Patriarcado Ecuménico y del CEI en Ginebra, repito, como fuente de garantía, una fuente imprescindible para conocer las evoluciones, deliberaciones y tomas de postura del patriarca Atenágoras sobre el ecumenismo en general, cierto, pero también, y por cuanto atañe a la Iglesia católica, en torno al Vaticano II (cf. v.g.: Apostolos Andreas 7/11/1962 y 14/11/1962). Sabido es el inicial rechazo de la Ortodoxia a mandar observadores al Concilio. Asimismo consta, por ejemplo, que Emilianos escribe una carta Visser’t Hooft, con fecha del 13/3/1962 haciéndole saber que hay sólo «débiles señales» de que Atenágoras envíe observadores al concilio Vaticano II (Martano, 448).

Aquí es donde encaja de lleno la conversación que con él mantuve junto a las alambradas de Auschwitz tratando de recabar su información sobre la negativa del Patriarcado a enviar observadores. Hoy consta que Atenágoras era partidario de enviarlos. Pero tuvo que pasar por las horcas Caudinas de atenerse a cuanto la Ortodoxia dispusiera en las Conferencias panortodoxas de Rodas. Su delicadeza consistió en preferir comunicárselo primero al papa Juan por escrito antes de informar a los media. Y para llevar esa carta en mano y explicar su contenido, Atenágoras acudió al fiel Emilianos. Cuando le pregunté por estos detalles, él, admirado, me atajó preguntándome a su vez cómo era que yo sabía esa historia, por dónde había venido a ella. Y añadió luego lo que ya tengo escrito en el artículo de Ecclesia (cf. bibliografía): «Aquello fue muy penoso» (très pénible, très pénible), y lo volvía a repetir añadiendo que había tenido que salir de Estambul, llegar al mediodía a Roma para despachar con el cardenal Bea (en esos momentos no me dijo nada de monseñor Duprey, aunque es muy posible que viese a los dos) y tomar rápidamente el avión Roma-Ginebra, donde tenía que estar a eso de media tarde. No sabía el Metropolita entonces, claro es, que muy pronto sería él mismo, en la IV Sesión conciliar, uno de los observadores. En su diario del Concilio anota Congar el martes 14 de septiembre de 1965 acerca de su llegada a la basílica vaticana y el saludo a los observadores: «Muchas figuras ya conocidas. Saludo a Boegner, Cullmann, Roux, los hermanos de Taizé, Evdokimov, etc. Son nuevos monseñor Emilianos, ya encontrado ayer en el avión y un metropolita rumano» [Mon Journal II, p. 387].

Todo fue a raíz de entrar en juego la Iglesia ortodoxa rusa, cuya historia no siempre se cuenta correctamente. Digamos que el metropolita Nikodim se había entrevistado en París, durante el verano de 1962, con monseñor Willebrands, y no primero con el cardenal Tisserant, como a veces se ha difundido por ahí. El testimonio de Willebrands es inobjetable: «En 1962, dice, durante la reunión del Comité central del CEI en París, me entrevisté con el metropolita Nikodim, responsable del Patriarcado de Moscú para las relaciones internacionales y hablé largamente con él. El metropolita estaba muy interesado en conocer el pensamiento de Juan XXIII sobre el Concilio. Ante mis explicaciones, él observó: “Todo lo que me está diciendo es muy interesante e importante también para nuestra Iglesia, la cual, sin embargo, está en Moscú, no en París”. Yo repliqué: “¿Es una invitación a ir a Moscú?”. El se limitó a repetir: “Nuestra Iglesia está allá, y sería interesante que también allá escuchasen lo que me acaba de decir”. Sí –prosigue Willebrands conclusivo-, era una invitación indirecta pero clara. Quisiera notar que tal encuentro fue anterior al ahora bastante publicitado entre el cardenal Tisserant y el metropolita Nikodim» (La fatica dell’ecumenismo, 150s). La entrevista, naturalmente, acabó sabiéndose, y en absoluto debió de pasarle desapercibida al avispado Emilianos, ya que, cuando Willebrands estaba, como se suele decir, con un pie en la escalerilla del avión Roma-Viena-Moscú, se apresuró a señalar telegráficamente al Patriarca que este viaje preludiaba probablemente un cambio de actitud en la Iglesia ortodoxa rusa. El telegrama es del 26/9/1962 y dice: «Willebrands parte mañana en avión para visitar a Alexis [= I]. Bien podría significar esto un cambio de actitud de Alexis respecto al hecho de mandar observadores. Respetuosamente espero instrucciones. Emilianos Timiadis» (Martano, 450).

En 1964 Atenágoras fue invitado por el emperador Hailé Selassié a visitar Addis Abeba para una celebración conjunta. El Patriarca declinó ir personalmente y decidió enviar en su lugar a su dilecto Emilianos, ya obispo de Meloa. De igual modo es sabido que Emilianos es autor de un memorándum a Visser’t Hooft (6/5/1966) donde le informa de la crisis por la que atraviesa esos años el Patriarcado Ecuménico con el gobierno turco a propósito de lo que Ankara entendía entonces como un número desproporcionado de griegos en Estambul. Por esos años Emilianos se revela fidelísimo secretario y diligente escritor solicitando la solidaridad internacional, para inducir entre todos al gobierno turco por la moderación.

 

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Su Eminencia Emilianos durante la disertación ante el XXIX Encuentro interconfesional
e interconfesional de religiosas en Tebas [28.VIII. 2000 - Foto/ P. Langa]

 

El teólogo, el escritor y el ecumenista

El 17 de enero de 2004 el Instituto de Teología Ecuménico-Patrístico Greco-Bizantina de Bari distingue al metropolita Emilianos Timiadis, del Patriarcado de Constantinopla, y a fr. Timothy Radcliffe, maestro general emérito de la Orden de Predicadores, con el Premio S. Nicola. Es claro que el galardón, cuya Laudatio pronunció el prior de Bose fr. Enzo Bianchi, quería ser un reconocimiento a las tres facetas del epígrafe, esto es: al teólogo, al escritor y al ecumenista. En las tres había brillado. Con las tres fue de caballero andante por la vida. Y por las tres se gastó y desgastó con intuiciones e inquietud. Pero ninguna fue jamás fin, término, meta en sí misma, sino que las tres constituyeron de consuno como un triple camino para elevarse él mismo a Dios y alzar consigo a los demás en tan sublime ascesis. Del teólogo cabe decir que lo fue con categoría, con hondura, con nombre propio en el firmamento de las figuras estelares de esta disciplina. Sus estudios en Oxford y en Tesalónica, coronados en aquel doctorado de juventud, no quedaron varados en el lejano ayer de unas aulas cada vez más remotas y sólo recordables por el retrovisor de la memoria. No. Los estudios universitarios le acompañaron de por vida mediante la progresiva fuerza de renovadas investigaciones e incesante trabajo que a no mucho tardar habrían de reportarle un nombre en la difícil república de los teólogos escritores y viceversa.

Quehaceres fueron estos cristalizados muy pronto en publicaciones científicas y de honda espiritualidad, a través de revistas y por medio de monografías editadas en diversas lenguas, lo cual le abrió las fronteras de Grecia y de Constantinopla para esparcir el benéfico influjo de su pluma en revistas de pensamiento no sólo de Europa sino también de América. Algunos de los títulos que incorporo a la bibliografía pueden suponer para el lector que lo pretenda venturosos hallazgos en este campo. Monseñor Emilianos, pues, distó mucho de permanecer ocioso en la torre de marfil de una jerarquía ortodoxa limitada sólo a las actividades pastorales o a la sublime belleza de la Divina Liturgia. De ahí que brillase pronto con su palabra y con su pluma; con su decir suave, persuasivo, elegante, y con su escribir intimista, vibrátil y lleno de sugestiones, dotado como estaba de aguda mente y fina intuición ideológica.

Todo ello siempre con la inconfundible pátina oxfordiana y tesalonicense detrás, con el aticismo bien asimilado de los Padres ecuménicos, Basilio, el Niseno y el Nacianceno, es decir, el Teólogo, por delante. No hay discurso, escrito, conferencia suya donde no aparezca, de manera tácita o expresa, la más brillante escudería de la Patrística oriental desfilando en común o en singular y con la grímpola de las oportunas citas escriturísticas. Esto, claro es, hacía las delicias de las comunidades monásticas o del público selecto y avezado a la más rica teología de los tiempos modernos siempre que él dirigía la palabra. Las apariencias engañaban a menudo. A su lado, viéndolo con la mano aplicada al sonotone (hay muchas fotos en que aparece con esa típica postura), cabría decir que no se enteraba de nada. Lejos de tal cosa. Antes al contrario, tenía un gracejo y una mirada punto menos que irónicos en ocasiones, que para nada alteraban, sin embargo, su consabida bondad de alma.

Si a ello unimos su clara vocación ecuménica, que se dejó sentir palpable y cierta desde los años pastorales en los Países Bajos, habremos logrado dar con las claves ideales para comprender que desde muy joven fuera un adelantado en tan fascinante actividad. De su ecumenismo cabe decir que fue genuinamente paulino, con la desenvoltura y el arrojo y la valentía que siempre adornaron al Apóstol de los Gentiles. Su corazón latía con fuerza y puesto al servicio de Cristo en y desde la Ortodoxia, aunque sin jamás recurrir a la visceralidad de unos argumentos aguerridamente defendidos. Todo el énfasis de su análisis y de su disertación teológica discurría por los serenos cauces de una pura y contagiosa sencillez. Monseñor Emilianos nunca vencía, convencía más bien, que es muy distinto. Pero convencía porque cuanto hablaba o expresaba negro sobre blanco y con fácil pluma le iba saliendo de su corazón sencillo, alegre, inquieto.

Sabido es que Su Santidad Atenágoras I fue partidario de la intercomunión. Pues bien, este hijo suyo espiritual, Emilianos, no dejará de mostrarse, pese a ello, reservado en dicha materia, a la que acudió pluma en ristre repetidas veces, y de la que llegará a concluir en parecidos términos a los de N. Losskij: «Para nosotros ortodoxos la “communicatio in sacris” debe ser la coronación y el epílogo de un acuerdo sobre la doctrina». Cuando apareció la encíclica de Pablo VI, Mysterium fidei, no dejó de alabarla, pero tampoco le dolieron prendas a la hora de mostrar su punto de vista crítico con algunas prácticas católicas a su juicio fuera de la sintonía del Vaticano II. Dado que todo acto de la Iglesia contemporánea es de suyo ecuménico, la revista Concilium no dudó en dar la palabra para que emitieran su parecer a dos hermanos de las Iglesias no católicas: uno, Vilmos Vajta, de Estrasburgo (Francia), director del Departamento teológico de la Federación Luterana Mundial; el otro, nuestro metropolita Emilianos, representante a la sazón del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla ante el CEI en Ginebra. La pregunta general que Concilium les formulaba era ésta: ¿Qué piensan los otros sobre la encíclica “Mysterium fidei”?

Monseñor Emilianos, echando mano de su gran formación patrística, expuso «algunas reflexiones sobre la insistencia injustificada en dos prácticas desconocidas por la Antigüedad y que son inconciliables con los principios proclamados de una renovación sacramental y de la participación activa de la comunidad eucarística en el gran misterio de nuestra salvación. Estos dos puntos –decía- son, a nuestro modo de ver , esenciales, ya que no cabe justificar la costumbre de las misas “privadas” ni la devoción al Santísimo Sacramento reservado en el tabernáculo». La trabazón del breve artículo es sólida y bien documentada tanto bíblica como patrísticamente. Sus conclusiones no carecen de lógica: «Una enseñanza sobre la liturgia que descuidara este aspecto vital (=el medio de comprender una verdad es vivirla, “veritatem facere”) y se limitara a los puntos externos de la descripción del orden, de la historia, del origen arqueológico, sin referencia suficiente al aspecto didáctico y catequético, se alejaría del auténtico mensaje y del fin principal del Sacramento. Para comprender y celebrar bien la liturgia se requiere una enseñanza sistemática y bien desarrollada». Y luego, este espíritu tan acorde con el Vaticano II: «En un organismo humano-divino, como es la Iglesia, y que se propone llegar a todas las almas teniendo en cuenta sus propias lagunas, las formas están al servicio del fondo, del mensaje divino que deben transmitir. Estas formas deben ser capaces de renovarse y diversificarse para responder a las necesidades inevitablemente cambiantes y diversas. Luego, por muy hermosas, seductoras y venerables que puedan parecernos ciertas formas litúrgicas, habrá que evitar todo intento de perpetuarlas, universalizarlas y sacralizarlas para siempre. Porque tales formas reflejan el clima religioso y teológico y las necesidades de una época determinada y llamada a desaparecer» (Concilium 14, p. 641s) .

Durante los últimos decenios de su vida se prodigó en bondad, sabiduría y amor a raudales dentro de monasterios ortodoxos y católicos y protestantes, de modo particular, si se quiere, en los de mayor respiro ecuménico. Es comprensible, pues, que las respectivas comunidades de esos claustros le retribuyesen tan generosa entrega con invitaciones a Congresos y con la publicación de obras en su honor. La Fraternidad San Elías, por ejemplo, un carmelo que celebra en rito bizantino y mantiene estrechos lazos con numerosos ortodoxos, editó en 2005 el libro mélanges «Que tous soient un!» en homenaje a su persona y a su obra (cf. bibl.). Por otra parte, su vinculación con Bose supuso a lo largo de estos años la participación siempre activa en sus anuales congresos ecuménicos, bien representando al Patriarcado Ecuménico, bien él mismo de conferenciante. Del 11 al 17 septiembre 2005, verbigracia, tuvo lugar en este monástico Bose de Magnano (Italia) el XIII Congreso ecuménico internacional de espiritualidad ortodoxa, consagrado, en sus dos secciones bizantina y rusa, a san Juan Damasceno, bajo el lema Jean de Damas : un père à l’aube de l’Islam et André Roublev et l’icône russe. Entre las personalidades asistentes estuvo monseñor Emilianos. Igual que en el XV Coloquio ecuménico internacional de espiritualidad ortodoxa dedicado al misterio de la Transfiguración de Cristo, celebrado del 16 al 19 de septiembre de 2007 y promovido conjuntamente por el Patriarcado Ecuménico y el Patriarcado de Moscú. Representaron al primero el obispo Kallistos de Diokleia y el metropolita Emilianos de Silyvria, y abrió las conferencias el prior de Bose, Enzo Bianchi, que presentó una exégesis bíblico-espiritual de los evangelios de la Transfiguración.

Cofundador de los encuentros interconfesionales e internacionales de religiosas.- El metropolita de Silyvria, Emilianos Timiadis, fue además cofundador, con don Julián García Hernando, de estos encuentros. En un libro de homenaje a Don Julián, cuya edición me cupo el honor de dirigir y coordinar, él es uno de los colaboradores (cf. el título en la bibliografía). En la obertura de ese artículo se expresa con admirable precisión acerca de lo que tales encuentros querían ser en la mente de los cofundadores. No sé si al escribirlo dejaría de advertir, por más que vaya dirigido a su amigo infatigable don Julián, la carga autobiográfica que contiene. Dice así: «Como los grandes ríos se forman de pequeños arroyos, las grandes corrientes espirituales tienen también su origen en hombres inspirados, en personas entregadas y apasionadas por un ideal. De este modo los encuentros interconfesionales que se celebran actualmente entre religiosos y religiosas iniciados por Don Julián García Hernando y por mí, han tenido, desde sus comienzos, el coraje de superar los obstáculos y hostilidades del pasado, originados por las divisiones entre las Iglesias, y de buscar, dentro de un espíritu fraternal, una colaboración común con vistas a la realización de la unidad de la Iglesia» (Amigo infatigable, p. 227).

En el fondo constituye un inspirado cántico a la vida monástica elevado por quien tiene, dentro de su torrencial bibliografía, un libro titulado Le monachisme orthodoxe (cf. bibl.), amén de múltiples y valiosos estudios en revistas de pensamiento. De ahí que no deje de sorprender su insistencia en la importancia de la vida monástica dentro de tales encuentros: «Tal vez [la iniciativa de estos encuentros] es un desafío lanzado a los ecumenistas para discernir en este momento otra voz. Y convencerse de que no son suficientes los interminables diálogos teológicos para avanzar por el camino de la unidad tan deseada por Cristo, sino que necesitamos la ascesis profunda del Evangelio hecho vida que contiene síndromes capaces de acompañarnos paralelamente». Y prosigue luego: «Cada encuentro se caracteriza por un enriquecimiento. Todos los que han participado en él vuelven en seguida a sus casas sabiendo que hay un espacio espiritual, disponible y abierto en el que podemos dialogar, orar juntos y sentirnos como verdaderos hermanos. Es el monaquismo» (Cofundador de los encuentros, 228).

Sus intervenciones durante tales encuentros de religiosas reflejaban siempre al hombre lleno de serenidad, de sabiduría; al escritor y pastor y maestro con sólida formación y profunda vida interior; al jerarca ortodoxo en quien la sencillez corría pareja con la depurada espiritualidad. He aquí un fragmento de la homilía predicada durante la celebración ortodoxa de la Divina Liturgia en Auschwitz, que presidió el reverendo Vitali Makcsiznovie, sacerdote ortodoxo polaco en Cracovia, de rito bizantino eslavo: «Sabéis que el peor enemigo del hombre es el hombre. No conocemos nosotros suficientemente a este enemigo, es decir, a nosotros mismos. Hablamos de la reconciliación, de la koinonía, de la comunión, pero, lejos de estar en comunión con nosotros, estamos contra nosotros mismos […]. La mayor parte de nuestros fieles, de los buenos fieles católicos, ortodoxos, reformados son de la idea que la religión cristiana es una religión de tristeza, de pesimismo, de estar siempre de mal humor. Repasad, en cambio, todos los prólogos de san Pablo, cuando él escribe las cartas enviadas a los corintios, a los tesalonicenses, y veréis cómo empieza siempre con alegraos (“jáirete”,”jáirete”), dos o tres veces. Mas él no entiende este alegrarse, esta alegría, debido al posible bienestar de los corintios ni porque los asuntos vayan bien. El está seguro de estar alegre, más bien, porque conoce a Cristo como liberador». Y tras haber citado su encuentro con Solzhenitsyn, concluía de esta manera: «Os he hablado ya, durante la conferencia sobre la koinonía, acerca de la comunión, muy bella palabra. Lo repito ahora: atended también a cómo aplicar cada una la koinonía sobre sí misma» (Pastoral Ecuménica XII/35, p. 358s).

Es una lástima que este detalle se le haya pasado a fr. Enzo Bianchi, el cual hace una hermosa exposición de la presencia del Metropolita en Bose. Pero tanto afecto se ve que le ha perdido y no se ha dado cuenta de que había otros centros monásticos también queridos a nuestro común amigo. Es imposible que monseñor Timiadis no refiriese alguna vez a fr. Enzo Bianchi la bella historia de estos encuentros interconfesionales e internacionales cofundados por él y don Julián García Hernando. «Me parece que la espiritualidad que se fundamenta en Cristo –escribe textualmente yendo a su raíz- se sitúa por encima de ritos y de obstáculos. Estamos comprometidos en la misma disciplina, que consiste en seguir la voluntad de Dios. Me resulta difícil aceptar que haya una espiritualidad ortodoxa, una católica y una protestante. El combate es el mismo. El enemigo, común: las fuerzas del maligno; y los sacrificios que se nos piden son los mismos […]. Gracias a dos monjes griegos de Constantinopla, hermanos entre sí: Cirilo y Metodio, Europa conoció en el siglo IX un esplendor misionero y espiritual. Llega de nuevo la era de Cirilo y Metodio. Había que volver a sembrar Europa de monasterios según el espíritu ecuménico y no sectario, como ocurre en la mayor parte de los casos. Con tales inspiraciones nos hemos metido de lleno en esta gran aventura» (Cofundador de los encuentros…, 227s).

Mis encuentros con él.- La primera vez que yo vi al metropolita Emilianos fue en la madrugada del 3/4 de septiembre de 1995. Era el día en que se inauguraba el XXIV Encuentro interconfesional e internacional de religiosas, esta vez en Oswiecim-Auschwitz (Polonia). Un encuentro que abarcó los días 3-7 de septiembre, y discurrió bajo el lema «Koinonía entre nuestras Iglesias ante un mundo dividido» [cf. Pastoral Ecuménica XII/35 (1995) 347-356]. Nos alojábamos en el Centro de Diálogo, Oración y Encuentro Padre Kolbe, y ocupábamos habitaciones contiguas. Conservo aún fresco en la memoria el momento en que, muy de madrugada, nos cruzamos camino de los servicios, que eran comunes. Me imaginé que debía de ser él (había llegado por la noche, durante las horas del sueño). Iba con sus hábitos largos y un andar ágil, de grandes zancadas, inconfundible, el que siempre tuvo. Luego, a la hora del desayuno, don Julián García Hernando se encargaría de presentarnos a los dos. Por cierto que se me hacía estremecedor ver desde el ventanal de mi habitación, allá al fondo, el terrible Campo de de exterminio de Auschwitz, y muy concretamente el pabellón de la muerte. Todas las mañanas, al levantarme, la primera imagen que mis ojos recogían era la del mencionado pabellón. Más cerca del Centro todavía quedaban las siniestras alambradas y garitas de los celadores del Campo, con los focos apagados y los puestos de observación y algunos pabellones cercanos con ese color oscuro, tirando a negro, que volvía, si cabe, más patética la estampa. Los días de lluvia resultaba todo el conjunto de una lobreguez insufrible. No se me podía ir de la mente que allí mismo, en una de las celdas subterráneas adonde iban a parar los condenados a morir de hambre, visitada por los congresistas del encuentro una de aquellas tardes lluviosas y frías, san Maximiliano Kolbe había sufrido el martirio precisamente por su abnegado gesto de caridad.

Fue este XXIV Encuentro, primero al que yo acudía deseoso de ver y aprender, el que me permitió trabar contacto y acrecer una sincera y fraternal amistad con él. Aquellas visitas al campo de concentración en sus dos sectores de Auschwitz-Birkenau, me parece estarlas viviendo aún con él, juntos muchas veces los dos, escuchando las explicaciones del guía, un judío en cuya mirada se adivinaba todo el horror y el sufrimiento padecidos en aquel lugar siniestro: sus palabras ante los hornos crematorios fueron de las que nunca se olvidan. Y bien, como digo, aquellos ratos deliciosos conversando con monseñor Emilianos, juntos y solos muchas veces él y yo, constituyeron para mí un verdadero enriquecimiento en el espíritu.

Y quien dice Auschwitz-Birkenau, dice la visita del 5 de septiembre de 1995 a Cracovia, a su catedral, sus calles, sus plazas adyacentes y sus iglesias más emblemáticas. El recuerdo de estar viendo la catedral en la que tantas veces había ejercido de metropolitano el entonces papa, y hoy Siervo de Dios Juan Pablo II, imprimía más emoción al recorrido por los altares, sepulcros cardenalicios, exvotos y bronces viejos. Todo el conjunto daba la impresión de brindarte la hora, el instante, el minuto en que por allí había pasado años atrás un cardenal Wojtyla, entonces futuro sucesor de san Pedro.

A ratos conversé asimismo largo y me entretuve con Samy Awszenkier, judío convertido al catolicismo cuya hermana se llevaron de París un aciago día los nazis para engrosar la lista de aquellos cuatro millones largos de víctimas del nazismo en Auschwitz.Con especial intensidad evocadora viví también junto al Metropolita las primeras horas de la tarde del mismo 5 de septiembre de 1995, cuando el autobús nos trasladó a las afueras de Cracovia para girar otra visita, ésta especial, ya que nos permitió bajar hasta las mismas entrañas de la tierra, a unos 140 metros de profundidad, en las célebres minas de sal de Vieliczka.

Y ya, rematando la jornada, la cena con música folclórica polaca en un parador del trayecto Cracovia-Auschwitz. Yo no podré olvidar el discurso breve y respetuoso del Metropolita, aquel discurso de sincera gratitud dirigido en nombre del grupo al cardenal Franciszek Macharski, en cuya archidiócesis estábamos, y que tuvo la gentileza de compartir la cena con nosotros. Pero yo no sería sincero si omitiese ahora decir que no logré descubrir, por más que me esforcé cuanto pude, auténtica reciprocidad ecuménica en los comportamientos. Me molestó por dentro, si es que se puede hablar así, no ya que el purpurado bendijera la mesa con el ritual nos cum prole pia benedicat nos Virgo María, el cual me hizo rememorar a mis formadores durante los años de mi niñez, primeros años de latín, sino que al final de todo, en el momento de la despedida, que el Cardenal impartiera la bendición sin invitar al Metropolita a que nos bendijera él también, a bendecir conjuntamente los dos. La memoria funcionó rauda trayendo el recuerdo de otras estampas bien distintas. Por ejemplo, cuando el metropolita Nikodim, una vez que tuvo de huésped en Leningrado al cardenal Willebrands, invitó a éste a bendecir conjuntamente a sus fieles. Y con este recuerdo también otro: el de Juan Pablo II y el patriarca Dimitrios I bendiciendo juntos en el Phanar en aquella visita oficial de 1979. Me di cuenta entonces de que el ecumenismo no es, hoy por hoy, apto para todos los paladares. Y de cuánto habían tenido que bregar los adelantados de la causa en los inolvidables días del Concilio Vaticano II, elaborando Unitatis redintegratio, un suponer, o también la Declaración Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa.

 

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Junto al metropolita Emilianos, la monja del monasterio ruso de Kostroma Sor Alexia recitando los troparios durante la Divina Liturgia.
XXIV Encuentro interconfesional e internacional de religiosas en Auschwitz [6.IX.1995 - Foto/ P. Langa]

 

Viví junto al Metropolita, como digo, las horas de nuestra visita a aquel horrible campo y su adjunto de solo unos kilómetros, Birkenau. Junto a nuestro Centro se estaba entonces terminando de alzar un carmelo sustituyendo al de la discordia, ocupado por las carmelitas dentro del mismo Campo, con la oposición de los judíos de medio mundo, especialmente francófonos, que no toleraban que alguien «se apropiase» de cenizas hebreas. ¡Como si allí hubieran muerto sólo judíos! Pude por éste y otros detalles comprobar cuán difícil sea, hoy por hoy, sacar adelante la causa del diálogo interreligioso. La Santa Sede había tenido que ceder y permitir la construcción, fuera del Campo, patrimonio de la Unesco, pero lo más cerca posible de sus alambradas, del que estaba ya prácticamente a falta sólo de rematar pequeños detalles. Volviendo al Metropolita, me cumple reconocer que desde nuestra primera conversación, pude notar su fineza también en estos detalles. Diríase que fuera la misma sencillez andando. Se hacía querer porque lograba siempre evitar imponer su presencia en el Centro de Diálogo, Oración y Encuentro Padre Kolbe.

Pero donde las cosas rodaron todavía más cordiales, si cabe, fue en el XXIX Encuentro interconfesional e internacional de religiosas celebrado en Tebas (Grecia). Aquí las jornadas resultaron, en mi caso, más familiares por aquello del rodaje que ya uno tenía a sus espaldas. Llovía sobre mojado, digamos. Así que Tebas y su entorno, si es posible decirlo así, me acabaron de ganar la voluntad. Y fue, sin duda, la confianza que con él tenía la que me animó a profundizar más y más en el conocimiento de la Ortodoxia, de la Patrística oriental, así como de sus vivencias en el Concilio y su gestión al lado de su padre espiritual Atenágoras. De aquellas entretenidas y cordiales conversaciones precisamente salió, y fue a petición suya para más señas, mi artículo «La Iglesia ortodoxa y la beatificación de Atenágoras», publicado en la revista Ecclesia, Num. 3.053 pp. 6-7 [886-887]. Unos datos que de alguna manera recuerdo también en mi reciente artículo sobre el nuevo Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, Su Beatitud Hyeronimos (cf. bibl.).

 

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De izquierda a derecha: metropolita Hyeronimos de Tebas, hoy Arzobispo de Atenas y Toda Grecia,
metropolita Emilianos de Silyvria, y don Julián García Hernando posan juntos en la tarde del 29-VIII-2000,
durante el XXIX Encuentro interconfesional e internacional de religiosas en Tebas (Grecia).

 

Siguen resonando dolorosas dentro de uno –lo repito- sus manifestaciones acerca de la inviabilidad de una posible beatificación de Athenágoras por parte de la Iglesia ortodoxa: «¡Imposible!». Y sobre todo su aclaración/respuesta a mi objetante porqué: «Por ecumenista. Haber sido ecumenista es su mayor defecto [y tras un breve y embarazoso silencio…él mismo…], que para mí es una virtud». Frases, éstas y otras, que se agolpaban en mi cabeza durante el vuelo Atenas-Madrid el día 3 de septiembre del 2000 [a esas horas Juan Pablo II beatificaba en Roma al papa Juan XXIII], y que han vuelto ahora con la elección del metropolita Hieronymos para Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, el cual, ya por aquellas fechas, dejó escrito: «El camino del ecumenismo, [es] cosa, hoy, más que nunca necesaria en las presentes circunstancias». Digo dolorosas no, evidentemente, por nuestro Metropolita, cuyo inciso -«que para mí es una virtud»- no puede ser más expresivo de la vocación ecuménica que atesoraba igual que del entrañable afecto a su padre espiritual. La obra de V. Martano que aporto en la bibliografía es buena prueba de lo que fue y sufrió y representó el ecumenismo para el patriarca Atenágoras I. Por otra parte, las masivas canonizaciones de la Iglesia ortodoxa rusa, la positiva evolución de Atenas en sus relaciones con Roma que inició Christodoulos (cf. bibl.) y los últimos acontecimientos de Ravena, cuando la Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa en su conjunto son la mejor prueba, quizás, de cómo anda el patio de la Ortodoxia por dentro, y de cuánta distancia puede haber entre las mismas Iglesias autocéfalas. Entiendo de todos modos que, conforme avance la causa ecuménica entre las mismas Iglesias en ella involucradas, o sea conforme vayan éstas asumiéndola, así crecerá también la que, para mí, es ya colosal, gigantesca, extraordinaria personalidad eclesial del patriarca ecuménico Atenágoras I.

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El metropolita Emilianos recibe la incensación del reverendo archimandrita Hiéronda (= padre espiritual)
Dionisio durante la Divina Liturgia en la iglesia del Monasterio femenino
de la Exaltación de la Santa Cruz (Tebas) el 31.VIII. 2000 [Foto/ P. Langa]

 

Quisiera subrayar aquí cuánto bien hizo entre nosotros, los congresistas de Tebas, la saludable y saludada presencia de monseñor Emilianos, comprendidos los dos momentos cumbre por lo que a celebraciones religiosas concierne, a saber: la Divina Liturgia que celebró su Eminencia Hyeronimos, de la que doy cuenta en el artículo que figura en la bibliografía, y la visita al Monasterio femenino de la Exaltación de la Santa Cruz con la Divina Liturgia que allí celebró el Reverendo Archimandrita y Hiéronda Dionisio, originario de la ciudad de Georgia en la Metropolia de Trikala en Grecia y fundador de cuatro monasterios, uno de ellos el aquí citado. Aquella visita resultó llena de contrastes para quienes, como nosotros, de formación occidental la mayoría, asistíamos de invitados. El estado de alguno de los edificios adyacentes al monasterio, entonces con todo el material de mampostería y andamios a pie de obra, fue la mejor prueba del dinamismo emprendedor que se gastaba nuestro anfitrión principal, el Hiéronda Dionisio. Monseñor Emilianos asistía silencioso y observador, muy atento siempre, de ninguna manera pasivo, a cuantas explicaciones nos iban suministrando las monjas responsables y su Hiéronda Dionisio junto a ellas. El detalle de invitarnos al almuerzo y no dispensarnos del silencio, teniendo que aguantar una lectura de los Apotegmas en griego no acabó de llenarme. Pienso que la cortesía no debe estar reñida con la austeridad de la disciplina monástica. En aquella ocasión el diálogo ecuménico se redujo a ser diálogo desde la escucha y el silencio.

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Su Eminencia Emilianos y Don Julián García Hernando, cofundadores de los encuentros interconfesionales
e internacionales de religiosas posan juntos en el encuentro de Tebas [Foto / Orthodoxie]

 

El metropolita Emilianos en España

Los boletines del Secretariado Nacional de Ecumenismo, y muy especialmente José Luis Diez Moreno en el artículo que cito en bibliografía (cf. pp. 64-67), dan cuenta de la génesis del Comité Cristiano Interconfesional de España, tierna planta que años hace fue desdichadamente tronchada en flor. Su partida de nacimiento data en ese jardín botánico de los ilusionantes proyectos de 1968, cuando las cosas se pusieron en marcha aprovechando la venida a España del P. Jerónimo Hamer, OP., entonces secretario del Secretariado Romano para la promoción de la Unidad y años más tarde cardenal. Para tan señalada circunstancia se convocó el 16 de febrero una reunión en el «Centro de Oriente Cristiano» en Madrid. Otras reuniones y entrevistas siguieron luego, de menor alcance tal vez y de tanteo, pero con el mismo objetivo de fondo durante 1968. A todas ellas siguió la sesión, digna de nota, del 2 de enero de 1969 en Majadahonda (Madrid), con motivo de las «III Jornadas Nacionales de Teología y Pastoral del Ecumenismo». En Majadahonda estuvieron presentes, además del arzobispo de Zaragoza, el metropolita Emilianos Timiadis, representante del patriarcado de Constantinopla en el CEI, así como el obispo de la IERE y otros miembros de distintas Confesiones cristianas. Fueron examinadas y aprobadas las Bases del Grupo Mixto, y se nombró a dos cosecretarios encargados de poner la máquina en marcha: eran ellos el pastor Luis Ruiz Poveda, por parte protestante, y el sacerdote don Julián García Hernando, por el lado católico. Las Iglesias, que se comprometieron desde el principio con las tareas del Comité, fueron la ortodoxa, anglicana, luterana, Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE), e Iglesia Evangélica Española (IEE), además de la católica. Lo que entonces se hizo a la vela, siguió haciendo singladuras de buen signo después, mientras don Julián estuvo al frente de los quehaceres de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (CERI). Pero todo fue jubilarse don Julián y se abrieron las primeras vías de agua en la navecilla. Últimamente todo se ha venido abajo, siendo presidente de la CERI el actual de la Conferencia Episcopal, monseñor Ricardo Blázquez. Por lo que arrojan las fuentes, y a día de hoy, cuando el presidente es monseñor Adolfo González Montes, las cosas no llevan camino de mejorar.

Claro es que la estrecha amistad entre el difunto metropolita y don Julián García Hernando –«ese “pequeño hombre”, pero gran ecumenista»- propició estas visitas suyas a España. Más que nada con el fin de tomar parte en las Jornadas nacionales de delegados diocesanos de ecumenismo, estuvo, si las fuentes no me han fallado, al menos en dos de las celebradas en Majadahonda. Eran tiempos de sacar a flote una noble causa canonizada por el Concilio, pero con muy poca prensa en un país que pasaba por ser uno de los baluartes de Trento. No era cuestión de que su disponibilidad y talento, tantas veces puestos al servicio de la unidad de la Iglesia, fallasen precisamente a la hora de ayudar al amigo que en España desempeñaba entonces la dirección del Secretariado de Ecumenismo en la Comisión episcopal de relaciones interconfesionales. Pero donde más se dejaron sentir y fueron apreciadas las visitas a España de monseñor Emilianos fue en los encuentros de religiosas, que por lo que a España concierne fueron varios. José Luis Diez Moreno suministra un buen punto de arranque para una eventual historia de la feliz iniciativa (cf. pp.88-90).

Merecería la pena, pues, ya lo creo, escribir completa esa hermosa historia impidiendo así que se pierdan por el camino datos preciosos. Sería una pena muy grande lanzar tantos recuerdos edificantes, tanto buen hacer, tanta confraternización monástica intereclesial por la borda del olvido. Este es un reto que hoy atañe sobre todo a los sucesores en la promoción de tales citas, elegidos precisamente en el encuentro de Tebas el año 2000, a saber: el claretiano padre Aitor Jiménez y el entonces archimandrita y hoy obispo de Sinope, Atenágoras Yves Peckstadt. En esa eventual historia deberán figurar un día los encuentros de Grandchamp (Suiza), que fue el primero, abierto un 15 de agosto de 1970 al calor de las oraciones de aquella Comunidad ecuménica, hoy famosa en todo el mundo, por la feliz travesía de sus futuras singladuras. Y en los atingente a España y al Metropolita, por haber éste participado en los dos de Ávila (1972 y 1982) y en el de Valladolid (1992). Precisamente para este próximo verano de 2008 vuelven a España, concretamente a Sobrado de los Monjes (La Coruña), y es de esperar que la imborrable figura del Metropolita sea en tal circunstancia especialmente recordada y homenajeada.

 

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De izquierda a derecha: metropolita Emilianos, cardenal Etchegaray , y el prior de la Comunidad de Bose, Enzo Bianchi,
durante las jornadas del 27-XII-2006 al 1-I-2007 en Bose

 

Hacia el gaudium de veritate

Monseñor Emilianos tomó en octubre de 1995 la resolución de acogerse al calor monástico de la Comunidad ecuménica de Bose, tan parecida ella, según fuentes solventes, las mejores, o sea sus propios miembros, a lo que el padre Paul Couturier deseaba y tantos ecumenistas sueñan cuando se proponen traducir a la vida práctica el mensaje del célebre Monasterio invisible. Los primeros hermanos y hermanas hacen su definitiva consagración el 22 de abril de 1973 y desde entonces Bose pasa a engrosar la lista de los monasterios ecuménicos más famosos: Chevetogne, Taizé, Grandchamp. Para dar con su génesis habría que acudir a la experiencia de oración de algunos jóvenes universitarios que, junto a Enzo Bianchi, viven con extraordinaria intensidad aquel Pentecostés del Concilio Vaticano II, a cuya IV Sesión, recordémoslo, acudió en calidad de observador nuestro Metropolita Timiadis. Y a dicha vivencia hemos de añadir también como elemento determinante la vitalidad del catolicismo italiano de los años conciliares, que provocó una renovación y vio asimismo nacer la Comunidad de San Egidio.

La dimensión ecuménica marcó desde el principio la marcha espiritual de Enzo Bianchi. El buscó en su recorrido también contactos con otras comunidades: los monjes cistercienses de Tamié, por ejemplo, los de Athos o los de Taizé y las hermanas de Granchamp. Los primeros hermanos y hermanas no eran todos católicos y la aventura comunitaria se vio desde el primer momento frente al desafío que suponía, para una rigurosa convivencia, la diversidad confesional, con el riesgo siempre encima, como una espada de Damocles, de ser mal entendidos. Hoy Bose se ha convertido en comunidad mixta de unos sesenta miembros, entre hombres y mujeres, y su lugar en refugio de paz y de unión con Dios, y de encuentro y diálogo entre los cristianos de Oriente y de Occidente, ungido todo él con la belleza de una liturgia monástica sólida, seria, robustecida con el fluir de los años y nutrida, día tras día, con ayuda de diversas tradiciones cristianas. Sus coloquios de primavera y de otoño son excelentes momentos de apertura ecuménica dentro de una atmósfera de serenidad y de oración que hubiera hecho las delicias del padre Couturier o de la beata Gabriela. En cualquier caso, lo que para monseñor Emilianos suponía Bose lo dejó dicho en la citada entrevista.

«Vivir una parte de mi tiempo con la comunidad de Bose –precisó a requerimiento de la oportuna pregunta- significa para mí continuar testimoniando que es posible que católicos, ortodoxos y protestante vivan juntos. Esta ha sido mi búsqueda y mi preocupación durante toda mi vida, y aquí puedo continuar viviendo esta amistad fraterna como expresión del hecho de que somos todos miembros del único cuerpo de Cristo. Hay una comunión profunda ya alcanzada: es aquella que se vive allí donde se comparte una misma vida» [Chiamati alla libertà, 149s].

Preguntado luego acerca de su presencia en Grecia en ese tiempo que todavía quedaba por vivir, su respuesta fue rica y llena de proyectos desde su disponibilidad eclesial: «En Grecia vivo sobre todo mi pertenencia a mi Iglesia y comparto las solicitudes pastorales del obispo con el que vivo. Además estoy realizando un proyecto muy de mi corazón: he pedido a Dios que me dé vida hasta que sea construido y esté funcionando un centro ecuménico al cual yo pueda entregar mi experiencia» [Chiamati alla libertà, 150]. Experiencia de amor y de sabiduría, de vida monástica, de ciencia patrística y de Evangelio. Ahora que ya está en el más allá, podrá saborear la inmortal frase de san Agustín de Hipona: «la felicidad es el gozo de la verdad (gaudium de veritate), es decir, el gozo de ti, que eres la Verdad, oh Dios, mi luz y la salvación de mis rostro, Dios mío» (Confesiones X, 23, 33).

 

Bibliografía

AA.VV., «Que tous soient un!». Mélanges offerts en hommage par la Fraternité Saint-Élie à Son Éminence le Métropolite de Silyvria Emilianos Timiadis, edités par le Carmel de Saint-Rémy/Stânceni (Editura Trinitas, Iasi 2005).

BIANCHI, E., «Discorso pronunciato in occasione della consegna al Metropolita Emilianos Timiadis del premio ecumenico “San Nicola” 2004» (http://www. monasterodibose.it/). NB: Laudatio del prior de Bose, fr. Enzo Bianchi.

COMUNIDAD DE BOSE, «La morte e gli ultimi giorni del Metropolita Emilianos di Silyvria: Bose, 22 febbraio 2008» (http://www. monasterodibose.it/).

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LANGA AGUILAR, P., «Ante la muerte de Su Beatitud Christodoulos, Arzobispo de Atenas y Toda Grecia» [2 de febrero de 2008]: www.centroecumenico.org/ infoekumene/ EcumenismoHoy/Christodoulos2008.

LANGA AGUILAR, P., «El metropolita Hieronymos de Tebas nuevo Arzobispo de Atenas y Toda Grecia» [11 de febrero de 2008]: www.centroecumenico.org/ infoekumene/ EcumenismoHoy/Tebas2008.

MARTANO, V., Athenagoras il Patriarca (1886-1972). Un cristiano fra crisi della coabitazione e utopia ecumenica (Società Editrice Il Mulino, Bologna 1996).

TIMIADIS, metropolita E., Chiamati alla libertà. I fratelli e le sorelle di Bose in dialogo con il metropolita Emilianos di Silyvría (Edizioni Qiqajon, Comunità di Bose, Magnano 2004).

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