Ecumenismo Hoy

La Reforma y el compromiso social

En nuestro artículo anterior (“La Reforma y el cambio social”) apuntábamos hacia la necesidad de que los herederos actuales de la Reforma del siglo XVI deben plantearse seriamente cual va a ser su contribución a la demanda ciudadana de un cambio social en el que prevalezca la ética cristiana y la justicia social.

Hoy volvemos a aproximarnos al tema reflexionando sobre las dificultades que entraña la necesaria relación entre un cristianismo libre de ataduras institucionales, sometido a las exigencias de la ética y, por otra parte, una sociedad sometida a una moral acomodaticia y a un desprecio visceral de los principios éticos históricamente defendidos por la Reforma. Y desarrollamos con mayor precisión algunas notas ya adelantadas en la anterior entrega.

Es una evidencia histórica que las relaciones entre cristianismo y sociedad resultaron difíciles y arriesgadas desde los tiempos del Fundador de la Iglesia. Persecuciones y martirios jalonan los primeros siglos de existencia de la Iglesia. En medio de las persecuciones y el desprecio de amplios estratos de la sociedad, comenzando por los propios judíos que terminaron expulsándoles de las sinagogas, el cristianismo creció exponencialmente, introduciéndose no sólo en sectores humildes de la sociedad, sino entre los colectivos más acomodados y, especialmente, entre el prestigioso ejército. Los cristianos ofrecían un comportamiento social intachable, una fe inquebrantable, una ética incorruptible y una solidaridad ejemplar. Supusieron un viento fresco para la corrompida sociedad romana, un referente ético y espiritual capaz de sembrar la semilla del cambio social. En ese período, la identidad de los cristianos se afirma en oposición a los demás: a los judíos y a los paganos, y se va produciendo una creciente diferenciación entre la sociedad civil y las comunidades cristianas.

Con el cesaropapismo, los valores cristianos fueron dilapidados y el cristianismo entró en otra fase ajena al objetivo macado por los apóstoles y los primeros creyentes. Cuando la Iglesia se amolda al Imperio y se identifica con él, asimilando su cultura y adaptando los valores propios al sistema mayoritario, la relación entra en un largo período de armónica relación. Posteriormente, al competir ambas instituciones por idénticos o semejantes objetivos, volverían a producirse enfrentamientos, no tanto porque la Iglesia defendiera los valores cristianos, sino porque priorizó proteger sus conquistas terrenas. Convertirse en religión oficial del Estado supuso para la Iglesia el principio de su decadencia espiritual, aunque desde el punto de vista social y político, fuera encumbrada y reconocida como religión oficial del Imperio y la única religión verdadera.

El proceso histórico, resumido tan sucintamente en los párrafos anteriores, evidencia algunos aspectos que conviene señalar- (Para un desarrollo más detallado de las ideas aquí expuestas, nos remitimos a nuestro libro La Reforma y el cristianismo en el siglo XXI, Clie:2017)

1. La Iglesia nace con vocación universal, por lo que pronto se ve obligada a romper con el estrecho marco del judaísmo para comprometerse con su destino universal.

2. Al confrontar su destino con la sociedad contemporánea, se pone de manifiesto la incompatibilidad de los valores que ambas sostienen.

3. El nuevo paradigma religioso, representado por los cristianos, triunfa sobre los viejos moldes sociales, pero después de una primera fase de éxito manifiesto, la Iglesia termina siendo abducida por la cultura del envejecido régimen.

4. A partir del siglo XII vuelven a emerger, aunque sea tímidamente, las esencias del cristianismo y se producen diferentes conatos de reforma que terminan siendo anulados por la fortaleza de la Iglesia-institución que cohabita formalmente con el Estado confesional.

5. El cristianismo se convierte de esta forma en un gigante decadente incapaz de responder a las demandas espirituales y a los retos sociales de los fieles.

6. La ética cristiana pierde la fortaleza que hizo posible la transformación del Imperio.

7. La Reforma del siglo XVI, por su parte, reivindica los valores perdidos, renuncia a una buena parte del lastre acumulado a lo largo de los siglos y recupera la Biblia como único referente teológico e ideológico para dar paso a una iglesia renovada, profética, comprometida tanto con el cambio de paradigma religioso como en su empeño de volver a ser sal de la tierra y transformar la caduca sociedad europea. Principios básicos, como defender la verdad, luchar por la justicia social y conformar la vida bajo la disciplina de una ética intachable, dieron paso al nuevo paradigma que impera en los países protestantes.

El problema es que, una vez más, se cumple el proverbio que tan atinadamente recupera el apóstol Pedro en su segunda carta universal: “El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno” (2ª Pedro 2:22). Se repiten los procesos tan repetitivos en el Antiguo Testamento respecto a las relaciones de Israel con su Dios y, una vez más, los valores cristianos que hacen posible restaurar, aunque solo sea en una parte, una Europa reformada que trata de mantenerse fiel a los principios bíblicos, van siendo olvidados y devaluados hasta llegar al punto de la Europa contemporánea:

1. Una Europa que ha sido capaz de desangrarse en dos desoladoras guerras mundiales, provocadas por el odio y el racismo.

2. Una Europa que ha caído en un liberalismo económico descarnado que ha arrojado a la marginalidad a amplios sectores de su población.

3. Una Europa que levanta muros y verjas para impedir que quienes buscan refugio huyendo de guerras y miserias destructivas, puedan acceder a su estado de bienestar.

4. Una Europa que contempla cómo miles de personas mueren ahogados en el Mediterráneo, después de haber sido explotadas, torturadas y muchas de las mujeres violadas en el camino hacia una ilusoria libertad y prosperidad.

5. Una Europa, y a la cabeza España, anegada en una ominosa corrupción, que ha contaminado y desprestigiado a muy diversos sectores de la sociedad, creando en los pueblos sentimientos de frustración difícilmente reparables.

6. Una Europa católica, protestante y/o ortodoxa, que ha renunciado en buena medida a los valores cristianos de libertad, igualdad de todos los seres humanos, solidaridad, justicia social, respeto a la dignidad de todos sin distinción de raza, color, religión o diferentes opciones en determinados aspectos que conciernen al ámbito personal de cada individuo.

7. Una Europa en la que nadie se fía de nadie. El sí ya no es sí, el no, ha dejado de ser no; a los ciudadanos les es permitido mentir descaradamente, sin ninguna penalización, cuando son imputados por algún delito y el concepto de honestidad ha mutado en orgullo o prestigio social.

8. Una Europa, en fin, que al igual que ocurriera en el siglo XVI, necesita salir de la actual crisis de valores, volver a fundamentar sus raíces en los sólidos valores cristianos de amor, paz, libertad, justicia y solidaridad, desde un fundamento ético que permita un verdadero cambio social.

En medio de celebraciones, conmemoraciones y efemérides muy diversas que se convocan en este año del 5º Centenario de la publicación de las 95 Tesis de Lutero, sería conveniente reservar el espacio y el tiempo suficiente para que las iglesias o, si se prefiere, los fieles que se sienten herederos de la Reforma como transmisora a su vez de los valores cristianos, tomen conciencia de que la fe demanda compromiso, y que el compromiso es con Dios, cierto, pero lo es con la sociedad, con sus demandas, con sus necesidades y no tanto con mantener prioritariamente el fuego sagrado de las instituciones religiosas. Trasladándolo al lenguaje evangélico, se trata de reír con el que ríe y llorar con el que llora.

La palabra clave, pues, es compromiso. Y el propósito, el cambio. En tiempos en los que la sociedad está en crisis y algunos ofrecen cambios de imagen, campañas de marketing o soluciones totalmente superficiales, las iglesias reformadas deben enseñar a sus fieles a ir a la raíz, ser radicales, como lo fueron en una primera fase los reformadores magisteriales y, al comprobar que sus reformas no eran suficientes, como lo fueron los reformadores radicales, que tomaron el relevo. El objetivo es llegar a la raíz del problema y ofrecer un nuevo modelo de sociedad basado en la justicia social, la ética cristiana y el amor al prójimo. No sólo como enseñanza en los púlpitos, sino proyectándose al exterior de los templos, convirtiéndose en levadura que leude la masa, es decir, formando parte, en sus diversas estructuras, de los agentes de cambio político, económico, cultural y social. Es preciso no perder de vista que el amor, la compasión o la justicia tienen que traducirse en ordenamientos jurídicos que las hagan posibles. Y ese es un papel especialmente reservado a quienes se consideran y presentan como emisarios del Dios de amor y justicia.