Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad - Eventos

PASIÓN POR LA PALABRA DE DIOS

Acaban de poner ante nosotros los principales rasgos de la personalidad del profesor  D. Gabriel Cañellas Orpinel. A mí me ha tocado el honor, que cumplo con mucho gusto, de exponer su entrega a la Palabra de Dios. Nuestras coincidencias en el Centro de “Misioneras de la Unidad” en el curso Bíblico Ecuménico y en algunas jornadas de Oración por la Unidad nos hicieron caer desde un primer momento en la cuenta de que nos unía el mismo amor a la Palabra de Dios. Nunca olvidaré en una de las sesiones de estudio sobre Juan 17 nuestra sintonía para ver en qué podía consistir la unidad de los creyentes que Cristo pedía al Padre. Unos años más tarde tuve la suerte de contar en varias ocasiones con la presencia del profesor Cañellas en la «Escuela Bíblica Nazaret» dirigida por mí en Carabanchel. La gente salía entusiasmada al escuchar sus explicaciones sobre los Profetas. Era el propio ardor del conferenciante el que se contagiaba a la gente.

Para expresar el fuego que D. Gabriel Cañellas ha puesto siempre en su explicación nos pueden ayudar una serie de pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. El recuerdo de estos lugares nos servirán para entrar en el interior de ese fuego por la Palabra divina que hoy queremos poner de relieve en este acto de Homenaje.

EL ANTIGUO TESTAMENTO

En sus largos años de enseñanza y de traductor bíblico, el Antiguo Testamento ha sido una de sus principales ocupaciones.

El profesor Gabriel Cañellas ha explicado el Pentateuco. Allí ha encontrado que la Palabra de Dios fue dirigida a Abraham [Gn 15,1] y posteriormente a Isaac [Gn 26,1-5], a Jacob [Gn 28,10-19] a Moisés [Ex 3,1-15], y al pueblo [Ex 19-20]. Esa Palabra es firme y permanente [Nm 23,19]. Esa Palabra está cerca del oyente y es fuente de vida [Dt 30,14-20].

El profesor Cañellas ha explicado los libros Históricos y ha experimentado la fuerza de la Palabra en el Profeta Elías [1 R 19,9-10].

El profesor Cañellas ha explicado Sapienciales. Allí ha encontrado la famosa invitación de la Sabiduría ofreciendo el banquete de la Palabra: La Sabiduría ha edificado una casa, ha labrado sus siete columnas, ha hecho su matanza, ha mezclado su vino, ha aderezado también su mesa. Ha mandado a sus criadas y anuncia en lo alto de las colinas de la ciudad: “Si alguno es simple, véngase acá”. Y al falto de juicio le dice: “Venid y comed de mi pan, bebed del vino que he mezclado” [Pr 9,1-5].

El profesor Cañellas ha explicado Profetas. Han sido sus autores predilectos. Allí ha encontrado esa pasión por la Palabra de Dios que se refleja en la vocación de Isaías. Tras la visión de la majestad de Dios rodeado de los serafines que lo proclaman «Santo, Santo, Santo», Isaías nos narra: «Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, y tocó mi boca y dijo: “He aquí que esto ha tocado tus labios: se ha retirado tu culpa, tu pecado está expiado”. Y percibí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿y quién irá de parte nuestra?” Dije: “Heme aquí envíame”» [Is 6,6-8]. Isaías será el portador de la Palabra de Yahveh.

La pasión por la Palabra de Dios se refleja también en el profeta Jeremías. Él ha sido llamado por Dios desde el seno de su madre para ser profeta. La conciencia de esa misión que ha supuesto para Jeremías contradicciones, persecuciones e injurias, le lleva a expresarse así en sus famosas confesiones: Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Pues cada vez que hablo es para clamar: “¡Atropello!”, y para gritar: “¡Expolio!”. La Palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: “No volveré a recordarlo, no hablaré más en su Nombre. Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía”. [Jr 20,7-9].

También el profeta Ezequiel, tras la visión del Trono divino, es llamado por Dios a asimilar la Palabra con el simbolismo de comer el rollo: Y me dijo: “Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este rollo y ve luego a hablar a la casa de Israel”. Yo abrí mi boca; él me hizo comer el rollo, y me dijo: “Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que yo te doy”. Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel. Entonces me dijo: “Hijo de hombre, ve a la casa de Israel y háblales con mis palabras” [Ez 3,1-4]. Las palabras del profeta son las palabras de Dios.

El segundo Isaías consuela a su pueblo con la promesa del nuevo Éxodo: Se revelará la gloria de Yahveh y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado [Is 40,5]. Seguidamente proclama que esta promesa está afianzada en la palabra del Señor: Una voz dice: “¡Grita!” Y digo: “¿Qué he de gritar?” -Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita, se seca la hierba, en cuanto le dé el viento de Yahveh (pues, cierto, hierba es el pueblo). La hierba se seca, la flor se marchita, más la palabra de nuestro Dios permanece por siempre." [Is 40,6-8].

El profesor Cañellas ha explicado los Salmos. Allí ha encontrado numerosas referencias a la Palabra de Dios. Recordemos el Salmo 119. En él recurre el término Palabra como fuente de vida, de consuelo, como medicina, como norma, etc.: “En tus preceptos tengo mis delicias, no olvido tu Palabra. Haz merced a tu siervo y viviré y guardaré tu Palabra [v. 16-17]; mi alma está pegada al polvo, hazme vivir conforme a tu Palabra [v. 25]; aparta mis ojos de mirar vanidades, por tu Palabra vivifícame [v. 37]; daré respuesta al que me insulta porque confío en tu Palabra. No quites de tu boca la Palabra de verdad porque espero en tus juicios [v. 42-43]; recuerda la Palabra dada a tu Servidor de la que has hecho mi esperanza [v. 49]; mi porción, Señor, es guardar tu Palabra [v. 57]; has sido generoso con tu siervo, Señor, conforme a tu Palabra [v. 65]; los que te temen me ven con alegría porque espero en tu Palabra [v. 74]; en pos de tu salvación mi alma languidece, en tu Palabra espero (v. 81); para siempre, Señor, tu Palabra firme está en los cielos [v. 89]; retraigo mis pasos de toda mala senda para guardar tu Palabra [v. 101]; tu Palabra es antorcha para mis pies, luz en mi sendero [v. 105]; mi refugio y escudo eres Tú, espero en tu Palabra [v. 114]; me adelanto a la aurora pidiendo auxilio, en tu Palabra espero [v. 147]; mi grito llegue hasta tu rostro, Señor, por tu Palabra dame vida [v. 169]. Este Salmo es fruto de una meditación continua de la Palabra de Dios.

EL NUEVO TESTAMENTO

A estos testimonios del Antiguo Testamento hay que añadir, en primer lugar y sobre todo la figura de Jesucristo. En la parábola del sembrador es el Hijo del hombre el que siembra la Palabra de Dios. Toda la vida de Cristo fue anunciar la Palabra de Dios y Juan nos da la clave al decir que Jesús es la Palabra Encarnada, el Verbo hecho carne [Jn 1,14]. Lo mismo nos dice el comienzo de la Carta a los Hebreos: Habiendo hablado Dios de distintas maneras a nuestros Padres por los Profetas al final nos ha hablado en el Hijo [cf. Hb. 1,1]. En la Oración Sacerdotal, Jesús pide al Padre: Santifícalos en la verdad, tu Palabra es la verdad [Jn 17,17]. Pedro proclama Tú tienes palabras de vida eterna [Jn 6,68].

Los Hechos de los Apóstoles, para indicar que la Iglesia crecía, afirman que la Palabra crecía [6,1; 12,24; 19,20].

Un apasionado por la Palabra de Dios es Pablo. Es hermosa la definición que de Pablo y Bernabé se da en los Hechos de los Apóstoles: Hombres que han entregado su vida al Señor Jesús, es decir, a la Palabra del Señor Jesús [cf. Hch 15,26].

En sus cartas, Pablo nos expone la fuerza de la Palabra. Así lo dice en el primero de sus escritos: De ahí que también por nuestra parte no cesemos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes [1 Ts 2,13]. Esa Palabra es el Evangelio. Pablo no se avergüenza de él. Así lo expone en la más importante de sus cartas: Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y también del griego. Por que en él se revela la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: El justo vivirá por la fe [Rm 1,16-17]. En el Evangelio, la Palabra se hace cercana y fuente de vida: «Entonces, )qué dice? Cerca de ti está la palabra; en tu boca y en tu corazón, es decir, la palabra de la fe que nosotros proclamamos. Porque, si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo [Rm 10,8-9]. En la carta a los Colosenses, Pablo da gracias a Dios por la fe de los cristianos y habla de la esperanza que os está reservada en los cielos y acerca de la cual fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio [Col 1,5]. En la segunda carta a Timoteo afirma Pablo: Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio; por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada [2 Tm 2,8-9] y da como consigna a su discípulo: Procura cuidadosamente presentarte ante Dios como hombre probado, como obrero que no tiene por qué avergonzarse, como fiel distribuidor de la Palabra de la verdad [2 Tm 2,15]. Un poco más adelante le invita a vivir de las Sagradas Escrituras y hacer de ellas su instrumento apostólico [2 Tm 3,14-15] pasando a conjurarle en presencia de Dios y de Cristo Jesús: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo [2 Tm 4,2].

Juan, el vidente del Apocalipsis, está desterrado en Patmos por la Palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo [Ap 1,9].

LA PASIÓN POR LA PALABRA EN PADRES
Y AUTORES ANTERIORES A LA REFORMA

Junto a estos testimonios bíblicos quiero citar la pasión por la Palabra de algunos autores antiguos, anteriores a la Reforma y en consecuencia comunes a todas las confesiones cristianas. Estos autores han respirado ese amor a la Escritura que hoy ponemos de relieve en este acto de homenaje. Citaremos un testimonio de un Padre oriental y otro de un Padre occidental y finalmente de un autor escolástico.

San Efrén el Sirio presenta la Palabra de Dios como fuente inagotable de vida: 

¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos, según la diversa capacidad de los que la estudian. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la estudie pueda ver en ella lo que más le plazca, Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse en cualquiera de los puntos en que concentrara su reflexión [1] .

San Agustín vive totalmente de la palabra de Dios. Para él la palabra de Dios es la fuente de la vida. Ella ha sido dada a fin de que  el mundo entero, oyendo el pregón de la salud eterna, crea; creyendo, espere, y esperando, ame [2] .

San Buenaventura se entusiasma con la Sagrada Escritura y afirma que Cristo es el centro de ella y que del conocimiento de Jesucristo dimana la comprensión de toda la Sagrada Escritura:

El origen de la Sagrada Escritura no hay que buscarlo en la investigación humana, sino en la revelación divina, que procede del Padre de los astros, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, de quien, por su Hijo Jesucristo, se derrama sobre nosotros el Espíritu Santo, y, por el Espíritu Santo, que reparte y distribuye a cada uno sus dones como quiere, se nos da la fe, y por la fe habita Cristo en nuestros corazones. En esto consiste el conocimiento de Jesucristo, conocimiento que es la fuente de la que dimana la firmeza y la comprensión de toda la Sagrada Escritura [3] .

LA CENTRALIDAD DE LA ESCRITURA EN LA IGLESIA

Una de las características principales de la Reforma ha sido el poner a la Escritura en el centro de la espiritualidad. Dejando por un momento al lado en este acto la valoración del principio luterano de la Sola Scriptura hay que reconocer que la Reforma, juntamente con el don de la fe trinitaria y el Bautismo, tomaba como punto de referencia la centralidad de la Palabra de Dios. Esta centralidad forma parte también, como no podía ser de otra manera, de la Iglesia católica. La Constitución dogmática Dei Verbum del concilio Vaticano II recogiendo las enseñanzas acerca de la inspiración y del Canon tanto del concilio del Trento como del concilio Vaticano I concede la primacía en la Iglesia a la Palabra de Dios a la que la Iglesia está sometida siempre: La función, empero, de interpretar auténticamente la Palabra de Dios, escrita o tradicional, sólo ha sido confiada al magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en nombre de Jesucristo. Ahora bien, este magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, no enseñando sino lo que ha sido transmitido, en cuanto que, por divino mandato y con asistencia del Espíritu Santo, piadosamente lo oye, santamente lo guarda y fielmente lo expone, y de este depósito único de la fe saca todo lo que propone para ser creído como divinamente revelado [DV, 10]. Este sometimiento de la Iglesia a la Escritura es una forma de expresar la centralidad de la Escritura Santa. La misma Constitución en el n. 21 afirma que la Sagrada Escritura es el alma de la Teología. Esta idéntica idea se encuentra en los documentos recientes de la Pontificia Comisión Bíblica sobre la Interpretación de la Biblia en la Iglesia y sobre el pueblo judío y sus Escrituras Sagradas.

Una visión de la centralidad de la Biblia compartida por las iglesias evangélicas y la Iglesia católica (evidentemente también por la Iglesia ortodoxa) es ya un lazo de unión entre ellas, un lazo que tiene la firmeza de la Escritura.

EL PROFESOR CAÑELLAS, UN MODELO DE DOCENCIA
E INVESTIGACIÓN DE LA ESCRITURA CON APERTURA ECUMÉNICA

Al presentar nuestro homenaje al profesor Cañellas tenemos que agradecerle de corazón el que haya expuesto la Palabra de Dios en tantos lugares. De Pastor en Barcelona, D. Gabriel es llamado a ser profesor de Biblia y de Lengua Hebrea. Desde entonces su labor ha sido infatigable, no solo en el Seminario Evangélico Unido o en los centros evangélicos, sino también en las escuelas bíblicas católicas, en las Jornadas de Ecumenismo y de una manera especial tenemos que recordar sus años de enseñanza en el Curso de Formación Bíblico-Ecuménica del Centro Ecuménico “Misioneras de la Unidad” de Madrid.

La pasión por la Palabra de Dios se ha convertido en docencia e investigación de la Palabra de Dios. Docencia de la Escritura durante más de 30 años en la Escuela Bíblica de los Agustinos de Madrid y durante 9 años en el Teologado de los agustinos en El Escorial y algún cursillo en el Monasterio de la Vid a las monjas Agustinas Misioneras. Durante 20 años ha enseñado Antiguo Testamento en el Centro de Catequética San Pío X (Hermanos de la Salle) y varios años en el Centro de la misma Congregación en Griñón (Madrid). Este hecho de un profesor evangélico enseñando en un Centro de formación de Religiosos es un admirable ejemplo de confianza y colaboración recíproca y un signo de la profunda unidad que engendra la pasión por la Palabra de Dios. La confidencia que me ha hecho el profesor Cañella de que jamás tuvo ningún problema en ningún Centro nos lleva a una doble constatación. En primer lugar, pone de relieve la exquisita prudencia de D. Gabriel para exponer la Palabra de Dios sin hacer de ella objeto de polémica; en segundo lugar, este hecho muestra que es posible la colaboración entre las iglesias basada en la confianza mutua y en la valoración de las capacidades del otro. Eso responde a la voluntad de Cristo y nos acerca a la unidad que Él pidió al Padre.

Junto a esta labor de docencia está la de investigación y publicación. Él ha sido la pieza fundamental en la elaboración del Antiguo Testamento de la Biblia Interconfesional en Catalán (es el autor que más capítulos ha traducido en ella). El profesor Cañellas ha publicado más de cien artículos en varias revistas, Biblia y Fe (agustinos), Cultura Bíblica (P. Celada); Verdad y Vida (franciscanos), etc..

Afortunadamente, este homenaje es a la vez una fuente de esperanza y de augurio de que D. Gabriel nos seguirá enriqueciendo con su dedicación a la Palabra. Con sus 83 años su mente y su pasión por la Biblia siguen intactas. Con qué fruición me hablaba solamente hace dos días de su último descubrimiento acerca del Poema del Servidor de Yahveh. En la expresión “por su conocimiento mi Siervo justificará a muchos el profesor Gabriel Cañellas Orpinel piensa que el empleo del verbo yadá podría significar por la experiencia del sufrimiento mi Siervo justificará a muchos [cf. Is 53,11]. Esta aportación a la interpretación de la mayor profecía sobre Jesucristo en el Antiguo Testamento resulta una valiosa iluminación del texto bíblico. Esperamos y confiamos que no será la última. Los hombres que, como el profesor Cañellas, han recibido el don de la Palabra de Dios nos recuerdan a aquél escriba instruido en el Reino que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo [Mt 13,52]. Dichoso él por haber escuchado la Palabra de Dios, haberla cumplido y haberla enseñado.

¡Enhorabuena, don Gabriel!

Domingo MUÑOZ LEÓN
Doctor en Sagradas Escrituras
Miembro de la Pontificia Comisión Bíblica



[1] Del comentario de san Efrén presenta, diácono, sobre el Diatésaron [Cap. 1,18-19; SC 121,52-53].

[2] [De catechizandis rudibus 4,8: PL. 40,316; esta frase ha sido considerada como programática por el concilio Vaticano II que la cita en DV,1].

[3] Del Breviloquio de san Buenaventura, obispo [Prólogo: Opera omnia 5,201-202].


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