El
ser y quehacer del Movimiento
Ecuménico hoy en Colombia
ACTO
DE INSTALACIÓN
Es muy
grato para mí, en cuanto Presidente de la Comisión
de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Colombia,
dar la bienvenida a todos los que han aceptado participar
en este Simposio Nacional de Ecumenismo, organizado
por el Departamento de Doctrina y Ecumenismo de
nuestra Conferencia Episcopal, en asocio con las
diferentes Iglesias históricas. En realidad este
Simposio viene a ser un fruto del diálogo que hemos
venido realizando desde hace varios años, particularmente
con ocasión de la celebración de la Semana de Oración
por la Unidad de los Cristianos. En los últimos
años dicho diálogo y colaboración se ha ido estrechando
más, creando lazos de fraternidad y amistad, lo
cual ha permitido a todos crecer en un mayor conocimiento
y respeto mutuos, que ha favorecido la organización
de distintas actividades y de vislumbrar la necesidad
de dar un mayor impulso al movimiento ecuménico
en Colombia.
1. Encuentro
latinoamericano de ecumenismo
A principios
de este mes el celam organizó en Buenos Aires un encuentro
latinoamericano con los responsables de Ecumenismo
de las Conferencias Episcopales de todo el Continente,
con representantes de la clai y de algunas otras comunidades eclesiales.
Fue un encuentro en donde hubo un ambiente de gran
cordialidad, en donde se tendieron lazos para seguir
trabajando con mayor interés e intensidad en el
campo ecuménico, en donde tuvimos la ocasión de
conocer el trabajo que se viene realizando con gran
entusiasmo en muchos países de América Latina y
se prospectaron estrategias comunes para mejorar
nuestras relaciones. Quizá una de las ideas claves
que estuvieron presentes durante los tres días de
trabajo fue la necesidad de tomar conciencia de
que “no trabajar por el ecumenismo es un pecado
contra el Espíritu Santo”.
Hay países
en donde se tiene una buena formación ecuménica
por parte de los agentes de pastoral y se están
incrementando las comisiones de ecumenismo en muchas
de las diócesis. En otros se han aprovechado diversas
circunstancias y problemas a nivel nacional para
escribir declaraciones pastorales conjuntas. En
Brasil, por ejemplo, que es quizás donde hay mayor
actividad ecuménica por parte de la Iglesia, incluso
se invita un día a los responsables de las iglesias
y de las comunidades eclesiales a participar como
observadores en las Asambleas Episcopales y se tienen
instituidas diversas comisiones de diálogo. En otras
partes se ha logrado realizar festivales navideños
con la participación de coros y conjuntos musicales
de las diferentes iglesias. En otro país se ha conformado
el Consejo Nacional de Iglesias Históricas, lo cual
ha sido muy benéfico para dialogar con el Estado.
Sin embargo no dejan de existir escollos y graves
dificultades en muchos de ellos, pero en general
se está haciendo un esfuerzo de crecimiento en este
campo. Entre las urgencias que se señalaban aparecía
la necesidad de lograr un mayor conocimiento entre
todos y buscar un diálogo más profundo; igualmente
se hacía hincapié en la dificultad que existe para
enfrentar el desafío de las sectas de carácter fundamentalista
y el proselitismo desleal de parte de muchos grupos.
En relación
con Colombia se hacía ver que el trabajo ecuménico
como tal, de manera oficial se inició hace más o
menos 15 años, cuando se creó la sección de ecumenismo
de la Conferencia Episcopal, dependiente del Departamento
de Doctrina. Como ya anotábamos, lo que ha servido
de ocasión para los encuentros ha sido especialmente
la organización y realización de la Semana de Oración
por la Unidad de los Cristianos, en torno a la cual
se ha ido progresando para ampliar la reflexión
sobre otros temas, como ha sido lo relativo al trabajo
por la paz. Igualmente se señaló el adelanto que
se ha tenido en conciencia ecuménica por parte de
algunos seminarios y facultades de teología. Sin
embargo se hizo notar que no hay mayor incidencia
ecuménica en muchas de la Iglesias, incluida la
católica y que no ha habido un diálogo doctrinal
establecido. Asimismo se señaló la ambigüedad que
existe para el trabajo ecuménico, dado el reconocimiento
indiscriminado que ha hecho el Ministerio del Interior
a muchos grupos que se llaman cristianos y que no
cuentan con una tradición y una seriedad doctrinal
y pastoral, que los lleva a comportamientos fundamentalistas
y sectarios, más preocupados por atacar y crear
descrédito en relación con las Iglesias históricas.
2. Este
Simposio, fruto de la Semana de Oración
por la Unidad de los cristianos
La iniciativa,
pues, de llevar a cabo este Ier Simposio
Nacional de Ecumenismo, responde por tanto a un
anhelo de muchos y a un esfuerzo mancomunado de
la Iglesia Católica, de la Iglesia Episcopal Comunión
Anglicana, de la Iglesia presbiteriana, de la Iglesia
Bautista Central, de la Iglesias Luteranas tanto
la alemana como la colombiana, de la Iglesia Ortodoxa
y la Iglesia Menonita. El tema central es una reflexión
en torno al “Ser y quehacer del Movimiento Ecuménico
hoy en Colombia” y tiene como objetivo trabajar
por la unidad en medio de la diversidad de todas
las Iglesias.
Este Simposio
debe servir, por lo tanto, para impulsar más en
Colombia un compromiso serio de parte de todos nosotros
en lo relativo al ecumenismo. Este es un trabajo
que exige oración, sacrificio, reflexión y gran
apertura. Hasta cierto punto mide la madurez de
nuestra fe y la aceptación de que muchos compartimos
el misterio de la Cruz y Resurrección del Señor.
El ecumenismo no se reduce a una simple reflexión
doctrinal, exige una actitud pastoral y una verdadera
espiritualidad de comunión. Sin estos elementos,
el ecumenismo no es verdaderamente eclesial. Al
mismo tiempo si queremos la unidad querida por Jesús
y no una simple uniformidad de ritos y creencias
es necesario que tomemos conciencia de nuestra propia
identidad y reconozcamos y respetemos la diversidad
de nuestros hermanos en la fe. Es decir, tenemos
que aprender a reconocer y aceptar la pluralidad.
3. Necesidad de reforzar nuestros esfuerzos en el movimiento ecuménico
Ya han
pasado los tiempos de la intolerancia que tanto
mal produjo y acrecentó las divisiones y, en su
lugar, nos hemos abierto a una actitud de escucha.
Poco a poco hemos ido descubriendo que necesitamos
aceptar que los otros tienen algo que decirnos y
que su testimonio de fe nos enriquece. Sin embargo,
estamos apenas al comienzo dentro de un proceso
largo y penoso, lleno de escollos y crisis permanentes.
Sin embargo no podemos desanimarnos, tenemos que
tener el ideal de la unidad y la decisión de realizar
un trabajo de auténtico ecumenismo. Más aún, no
podemos minimizar los aspectos más difíciles en
este campo, como es el diálogo doctrinal, el cual
no algo secundario e innecesario. Por el contrario,
es algo fundamental para alcanzar la unidad y la
clarificación sobre todo en el campo de los sacramentos.
Ya el concilio Vaticano II nos decía que el diálogo
favorece la unidad de los cristianos cuando es entablado
en reuniones de cristianos de diversas iglesias
y comunidades, en donde cada una explica con mayor
profundidad la doctrina de su comunión y presenta
con claridad sus características, de tal manera
que todos puedan adquirir un conocimiento más objetivo
de la doctrina y de la vida de cada comunión.
Quienes
estamos hoy aquí reunidos hemos venido, por consiguiente,
a facilitar un diálogo que permita conocernos mejor
y entablar relaciones más fraternas. De esta manera
damos cauce a un aspecto fundamental del movimiento
ecuménico. En efecto, en la actualidad el ecumenismo
es ante todo un movimiento, es decir, una serie
de actos, acontecimientos, tendencias en el orden
moral o doctrinal que tienden a la unidad de los
cristianos, tal como lo desea Cristo: “Que todos
sean uno” (Jn 17,21).
Es bien
conocida la evolución que ha tenido el término “ecuménico”,
referido a esta campo de acción. En un principio
designaba fundamentalmente “lo universal”, pero
a partir de nuestras divisiones se ha convertido,
más bien, en búsqueda de la unidad cristiana y de
la integridad de la verdad, para lograr la efectiva
universalidad de la Iglesia. Es precisamente ésta
la definición que nos da el Vaticano II: “Por ‘Movimiento
ecuménico’ se entienden las actividades e iniciativas
que, según las variadas necesidades de la Iglesia
y las características de la época se suscitan y
se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos”. Sin embargo, este Movimiento no
es el simple resultado de nuestros esfuerzos y de
nuestra buena voluntad, sino que es fruto de la
acción del Espíritu Santo que es quien impulsa hacia
la unidad. De esta manera, entonces, el ecumenismo
se vuelve una vocación de todo cristiano que, fiel
al Espíritu Santo que habita en él desde el bautismo,
está llamado a contribuir personalmente en el logro
de ese anhelo; pero, además, es una gracia que tenemos
que hacer fructificar a partir de nuestro deseo
de ser un solo Cuerpo en Cristo.
4. El ecumenismo es una gracia de Dios
De lo anterior
surge la necesidad de darle cada vez mayor fuerza
e importancia a la «Semana de Oración por Unidad
de los Cristianos». Todos podemos contribuir por
medio de la oración a incrementar el interés y la
preocupación por avanzar en el campo ecuménico.
No olvidemos, como nos lo recuerda el Directorio
para la aplicación de los principios y normas sobre
el Ecumenismo que “el movimiento ecuménico es
una gracia de Dios, concedida por el Padre en respuesta
a la oración de Jesús y a las súplicas de la Iglesia
inspirada por el Espíritu Santo”.
Se trata de una oración humilde en la que seamos
capaces de suplicar perdón al Señor por la responsabilidad
que tengamos en la situación de división de la Iglesia
y en la que, al contemplar el gran misterio de la
unidad a la que tendemos, abramos nuestro espíritu
para comprometernos a ser dóciles a la acción del
Espíritu e instrumentos suyos en el movimiento ecuménico.
Por esta razón, esta oración debe buscar la santificación
personal, pues antes de pretender sanar las divisiones
externas, debemos buscar la unidad más profunda
con Dios y ser auténticos seguidores del Evangelio
de Jesús.
El ecumenismo,
por consiguiente, debe impregnar lo más profundo
de la espiritualidad cristiana; más aún, exige la
conversión de corazón y la santidad de vida, como
también la oración pública y privada por la unidad
de los cristianos. Esto es lo que el Concilio llama
“el ecumenismo espiritual” y que considera como
“el alma de todo ecumenismo”, ya que quienes están
abiertos al amor de Dios y están en actitud de arrepentimiento
de sus propios pecados, son más sensibles al pecado
de la división y sentirán la necesidad de orar más
intensamente por el perdón y la reconciliación,
para lograr la unidad. Asimismo, quienes buscan
la santidad podrán reconocer también sus frutos
fuera de los límites visibles de su Iglesia.
Es precisamente éste el sentido
que han tenido los gestos de súplica de perdón y
los abrazos de hermanos que han realizado Pablo
VI y Juan Pablo II, con representantes de diversas
Iglesias y Comunidades eclesiales, con el fin de
constituirse en aliento de comunión eclesial que
aminore las rupturas y las divisiones que han debilitado,
a lo largo de los siglos, el testimonio de unidad
que debemos dar los creyentes y seguidores de Jesús
ante el mundo. En esta misma dirección el Papa Juan
Pablo II, en la Carta Apostólica
Novo millennio ineunte, nos recuerda
lo que significó para él el haber podido dar una
dimensión ecuménica al inicio del año jubilar de
2000, cuando abrió la Puerta Santa conjuntamente
con el Primado Anglicano y con un Metropolitano
del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, en
presencia de representantes de Iglesias y Comunidades
eclesiales de todo el mundo. Este gesto reavivó
la esperanza de seguir con entusiasmo el laborioso
camino del ecumenismo, “guiados por la presencia
de Cristo resucitado y por la fuerza inagotable
de su Espíritu, capaz de sorpresas siempre nuevas”.
5.
El ecumenismo de la santidad
Así pues, la comunión que
se busca en el campo del movimiento ecuménico no
se limita a la reflexión doctrinal y a gestos de
fraternidad. Hay un elemento más profundo: Cristo
mismo, en quien la Iglesia no está dividida. De
ahí que esa “unidad que se realiza en la Iglesia
católica, a pesar de los límites propios de lo humano,
emerge también de manera diversa en tantos elementos
de santificación y de verdad que existen dentro
de las Iglesias y Comunidades eclesiales; dichos
elementos, en cuanto dones propios de la Iglesia
de Cristo, les empujan sin cesar hacia la unidad
plena”. A este respecto Juan Pablo II subraya
entonces la importancia del «ecumenismo de la santidad».
Tenemos que recorrer el camino ecuménico “como un
«ir juntos» hacia Cristo y hacia la unidad querida
por Él, de tal modo que la unidad en la diversidad
brille en la Iglesia como don del Espíritu Santo,
artífice de comunión”. Para ello tenemos que reforzar la estima
recíproca, la búsqueda de la verdad, la colaboración
en la caridad y, sobre todo, el ecumenismo de la
santidad.
Ante la
situación que tenemos nosotros en el campo ecuménico,
adquiere cada vez más un mayor relieve lo que el
Santo Padre, refiriéndose a la necesidad de progresar
hacia la unidad de los cristianos, ha llamado “el
gran ecumenismo de la santidad”.
Allí encuentra cauce todo el esfuerzo que hacemos
para vivir la comunión, puesto que en la vivencia
plena de Cristo en nuestra vida y el cumplimiento
de su palabra, lograremos la unidad tan deseada.
El Papa, por ello, en ningún momento duda en reconocer
tantos elementos de santificación y de verdad que
existen dentro de las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales, que en cuanto dones propios de la Iglesia
de Cristo, les empujan sin cesar a la unidad plena.
Este reconocimiento lo ha llevado a expresar su
gran aprecio por los mártires que surgen en la actualidad,
cuyo “testimonio ofrecido a Cristo hasta el derramamiento
de la sangre se ha hecho patrimonio común de católicos,
ortodoxos, anglicanos y protestantes”.
Este es el ecumenismo de los santos, de los mártires,
que es más convincente y habla con voz más fuerte
que los elementos de división.
6. Seriedad
y compromiso
Lejos,
pues, de posiciones sincretistas en la que dejemos
en la indiferencia la mezcla de ritos y creencias
sin importar las diferencias, tenemos que ser conscientes
que debemos caminar hacia la unidad, no hacia la
uniformidad, de tal manera que seamos respetuosos
de una sana pluralidad, en la que lleguemos a acuerdos
en lo que se refiere al núcleo central del cristianismo.
Igualmente tenemos que dejar de lado el relativismo
en este campo, para tomar mayor conciencia de lo
que somos, desde el punto de vista de nuestra fe,
y tener un arraigado sentido de pertenencia a nuestra
propia Iglesia. Quien tenga en cuenta lo anterior
no llegará jamás a posturas sectarias ni proselitistas
y, por tanto, no se dejará llevar por la tentación
de imponer por la fuerza la verdad que profesa.
Cada uno
de nosotros poseemos un tesoro inestimable: el bautismo
que nos une en la fe en Cristo el Señor y compartimos la misma Palabra de
Dios. Por esta razón no podemos perder la esperanza
de que algún día se hará realidad el objetivo propio
del movimiento ecuménico. Si nos apoyamos en este
camino, no en nuestras propias capacidades, sino
en la plegaria de Jesús y la fuerza del Espíritu
Santo, la Unidad que anhelamos se hará realidad.
El camino que tenemos que
recorrer en Colombia a este respecto es grande.
Sin embargo es supremamente alentador ver cómo vamos
dando nuevos pasos que abren la posibilidad de crecer
y hacer crecer el movimiento ecuménico. Prueba de
ello es este Simposio que estamos inaugurando, con
el auxilio del Señor.
7.
Agradecimiento
a quienes hicieron posible este Simposio
Es
ésta la oportunidad para agradecer de todo corazón,
en nombre de los señores Obispos de la Comisión
de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Colombia,
a quienes han sembrado la semilla del ecumenismo
en medio de nosotros, tanto en el Departamento
de Doctrina de la misma Conferencia, cuyo director,
el P. William Correa Pareja ha sido uno de los
promotores y organizadores de este encuentro,
a los antiguos Directores que han impulsado este
trabajo en el país, en particular el P. Carlos
Mario Alzate O.P., como a los diferentes Obispos,
Pastores y Jefes de las Iglesias y Comunidades
eclesiales que han trabajado con gran interés
y compromiso para que la oración de Jesús hecha
al Padre (Jn 17,21), vaya dando sus frutos
dentro de la comunión eclesial. Mi agradecimiento
igualmente se hace extensivo a quienes han trabajado
para que se hiciera realidad este Simposio y,
en particular, a los conferencistas: Monseñor
Leo Frade, de la Iglesia Anglicana de la Florida;
al P. Carlos Arboleda Mora, de la Pontificia Universidad
Bolivariana de Medellín; al P. Humberto Jiménez,
de la Universidad de Antioquia y al P. Carlos
Mario Alzate, de la Comunidad de los Padres Dominicos.
Asimismo nuestra gratitud para quien aceptaron
ser Coponentes, para ayudar a la reflexión y a
la búsqueda de líneas de acción en conjunto: Pastor
Hollman Lara de la Iglesia Luterana; Pastor Jairo
Suárez, de la Iglesia Luterana de Colombia; Pastor
Roberto Caicedo de la Iglesia Menonita de Bogotá,
Pastor Pablo Moreno, del Seminario Bautista de
Cali.
8.
Objetivo y propósitos
Esperamos
que a lo largo de estos dos días de trabajo podamos
cumplir los objetivos que nos hemos propuesto:
* Responder a los retos de la nueva evangelización
para crear conciencia frente al tema de la unidad
en nuestras Iglesias y propiciar espacios de diálogo
y de reflexión teológica a nivel nacional y regional.
* Responder a los desafíos que el ecumenismo enfrenta
en la realidad, tanto a nivel local como nacional.
*Verificar los compromisos que como cristianos
debemos asumir en la transformación de nuestra
sociedad. Unido a ello y con la ayuda del Señor
Jesús y la fuerza del Espíritu Santo animarnos
a trabajar en torno a la unidad de las Iglesias
y propiciar más espacios de diálogo y comunión
que nos lleven a ser, en el mundo de hoy, signos
concretos de la unidad querida por Jesús.
Dios
quiera que se haga realidad todo lo anterior.
El más leve avance en este campo nos enriquecerá
a todos nosotros, que tenemos la convicción de
haber recibido del Señor el encargo de anunciar
la Buena Nueva. Tarea de gran responsabilidad
asignada a personas pecadoras que, como Pablo,
podemos exclamar: “nosotros llevamos ese tesoro
en vasijas de barro, para que se vea bien que
este poder extraordinario no procede de nosotros
sino de Dios” (2 Co 4,7). Con esa convicción
tenemos que buscar el modo de ofrecer un mejor
testimonio a nuestros fieles, no la imagen de
hombres divididos y separados por litigios nada
edificantes, sino la de personas maduras en la
fe, capaces de encontrarse más allá de las tensiones
reales gracias a la búsqueda común, sincera y
desinteresada de la verdad.[13]
Así, pues, todo lo que hagamos por vencer
las divisiones, compensará el escándalo y dará
mayor credibilidad a nuestra proclamación de la
fe en Cristo.
El
movimiento ecuménico en Colombia deberá crecer
con la colaboración de todos y cada uno de nosotros
y nuestras respectivas comunidades y llevarnos
a la realización de acciones comunes que sirvan
para infundir esperanza en nuestra patria y sembrar
nuevas semillas de paz.
Al
desear a todos la gracia y la paz de parte del
Señor, sean bienvenidos a la realización de este
Primer Simposio Nacional de Ecumenismo.
+
Octavio Ruiz Arenas,
Arzobispo de Villavicencio
[1] Cf. Unitatis redintegratio, 4
[2] Unitatis redintregatio, 4
[3] Directorio para la aplicación de los principios
y normas sobre el Ecumenismo, 22
[4] Unitatis redintegratio, 8
[5] Unitatis redintegratio, 3
[6] Novo Millennio ineunte, 12
[7] Novo millennio ineunte, 48
[8] Ecclesia in Europa, 30
[9] Cf. Ecclesia in Europa, 31
[10] Novo millennio ineunte, 48
[11] Tertio millennio adveniente, 37
[12] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica
1271
[13] Cf. Evangelii nuntiandi, 77