Distinguidos representantes religiosos; queridos amigos:
1. Con la paz que el mundo no puede dar, os saludo
a todos vosotros, reunidos aquí, en la plaza de San Pedro,
al término de la Asamblea interreligiosa, que se ha celebrado
en estos últimos días. Durante los años de mi pontificado,
y especialmente en mis visitas pastorales a diversas regiones
del mundo, he tenido la gran alegría de encontrarme con
muchos otros cristianos y miembros de diferentes religiones.
Hoy, esta alegría se renueva aquí, junto a la tumba del
apóstol Pedro, cuyo ministerio en la Iglesia estoy llamado
a continuar. Me alegra reunirme con todos vosotros, y
doy gracias a Dios todopoderoso, que inspira nuestro deseo
de comprensión mutua y de amistad.
Soy consciente de que muchos estimados líderes religiosos
han venido desde muy lejos para participar en esta ceremonia conclusiva
de la Asamblea interreligiosa. Expreso mi gratitud
a todos los que han contribuido a fomentar el espíritu
que la ha hecho posible. Acabamos de escuchar el Mensaje,
fruto de vuestras deliberaciones.
Crisis
de civilización
2. Siempre he creído que los líderes religiosos desempeñan
un papel muy importante para alimentar la esperanza
de justicia y paz sin la cual no habrá un futuro digno
para la humanidad. Ahora que el mundo se acerca al
final de un milenio y al comienzo de otro, conviene analizar
el pasado con calma, para valorar el presente y encaminarnos
juntos, con esperanza, hacia el futuro.
Al observar la situación de la humanidad, ¿es exagerado
hablar de una crisis de civilización? Asistimos
a grandes avances tecnológicos, que no siempre van acompañados
por un gran progreso espiritual y moral. Notamos, asimismo,
una brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, tanto
entre las personas como entre las naciones. Mucha gente
hace grandes sacrificios para mostrar solidaridad con
los que padecen pobreza, hambre o enfermedad, pero falta
aún la voluntad colectiva de superar las desigualdades
escandalosas y crear nuevas estructuras que permitan a
todos participar justamente de los recursos del mundo.
Por eso, son numerosos los conflictos que estallan continuamente
en el mundo: guerras entre naciones y luchas armadas
en el seno de los países. Se trata de conflictos que perduran
como heridas abiertas y exigen una solución que tarda
en llegar. Inevitablemente, los más débiles son quienes
más sufren en esos conflictos, en especial cuando son
desalojados de sus hogares y obligados a escapar.
La
religión y la paz
3. Seguramente no es así como la humanidad debe vivir.
Por tanto, ¿no es exacto decir que existe efectivamente
una crisis de civilización que sólo puede contrarrestarse
con una nueva civilización del amor, fundada en
los valores universales de la paz, la solidaridad, la
justicia y la libertad? (cf. Tertio millennio adveniente,
52).
Hay quienes afirman que la religión forma parte de este
problema, pues bloquea el camino de la humanidad hacia
la paz y la prosperidad verdaderas. Como hombres de fe,
tenemos el deber de demostrar que no es así. Cualquier
uso de la religión para apoyar la violencia es un abuso
de ella. La religión no es, y no debe llegar a ser, un
pretexto para los conflictos, sobre todo cuando coinciden
la identidad religiosa, cultural y étnica. La religión
y la paz van juntas: desencadenar una guerra
en nombre de la religión es una contradicción evidente
(cf. Discurso a los participantes en la VI Asamblea
de la Conferencia mundial sobre la religión y la paz,
3 de noviembre de 1994, n. 2). Los líderes religiosos
deben mostrar claramente que están comprometidos en promover
la paz, precisamente a causa de su creencia religiosa.
Por tanto, la tarea que debemos cumplir consiste en promover
una cultura del diálogo. Individualmente y todos juntos
debemos demostrar que la creencia religiosa se inspira
en la paz, fomenta la solidaridad, impulsa la justicia
y sostiene la libertad.
Sin embargo, la enseñanza sola, por muy indispensable
que sea, nunca basta. Debe traducirse en acción. Mi venerado
predecesor, el Papa Pablo VI, observó que en nuestro tiempo
la gente presta más atención a los testigos que a los
maestros, y que escucha a los maestros si son también
testigos (cf. Evangelii nuntiandi, 41). Basta pensar
en el testimonio inolvidable de personas como Mahatma
Gandhi o la madre Teresa de Calcuta, por mencionar sólo
a dos figuras que ejercieron gran influjo en el mundo.
La
fuerza del testimonio
4. Además, la fuerza del testimonio reside en el
hecho de que es compartido. Es un signo de esperanza que
en muchas partes del mundo se hayan creado asociaciones
interreligiosas con el fin de promover la reflexión y
la acción común. En algunos lugares, los líderes religiosos
han mediado entre las facciones en guerra. En otros, la
causa común consiste en proteger a los hijos por nacer,
tutelar los derechos de las mujeres y los niños, y defender
a los inocentes. Estoy convencido de que el creciente
interés por el diálogo entre las religiones es uno de
los signos de esperanza presentes en el último tramo de
este siglo (cf. Tertio millennio adveniente, 46).
Pero es necesario ir más lejos aún. Una mayor estima recíproca
y una creciente confianza deben llevar a una acción común
más eficaz y coordinada en beneficio de la familia humana.
Nuestra esperanza no se funda sólo en las capacidades
del corazón y de la mente humana; tiene también una dimensión
divina, que es preciso reconocer. Los cristianos creemos
que esta esperanza es un don del Espíritu Santo, que nos
llama a ensanchar nuestros horizontes, a buscar, por encima
de nuestras necesidades personales y de las de nuestras
comunidades particulares, la unidad de toda la familia
humana. La enseñanza y el ejemplo de Jesucristo
han dado a los cristianos un claro sentido de la fraternidad
universal de todos los pueblos. La convicción de que el
Espíritu de Dios actúa donde quiere (cf. Jn 3,
8) nos impide hacer juicios apresurados y peligrosos,
porque suscita aprecio de lo que está escondido en el
corazón de los demás. Esto lleva a la reconciliación,
la armonía y la paz. De esta convicción espiritual brotan
la compasión y la generosidad, la humildad y la modestia,
la valentía y la perseverancia. La humanidad necesita
hoy más que nunca estas cualidades, mientras se encamina
hacia el nuevo milenio.
El
encuentro de Asís
5. Al estar hoy aquí reunidas personas de numerosas
naciones, que representan a muchas de las religiones del
mundo, no podemos por menos de recordar el encuentro de
Asís, que se celebró hace trece años, con ocasión de la
Jornada mundial de oración por la paz. Desde entonces,
el "espíritu de Asís" se ha mantenido vivo mediante
múltiples iniciativas en diferentes partes del mundo.
Ayer, los participantes en la Asamblea interreligiosa
fuisteis a Asís en el aniversario de aquel memorable encuentro
de 1986. Fuisteis con el propósito de afirmar una vez
más el espíritu de ese encuentro y hallar nuevamente inspiración
en la figura del Poverello de Dios, el humilde
y alegre san Francisco de Asís. Permitidme repetir aquí
lo que dije al final de aquel día de ayuno y oración:
"El hecho de que hayamos venido hasta Asís desde
tan diversas regiones del mundo es en sí mismo un signo
de este camino común que la humanidad está llamada a recorrer.
O aprendemos a caminar juntos en paz y armonía, o iremos
a la deriva, destruyéndonos a nosotros mismos y a los
demás. Esperamos que esta peregrinación a Asís nos haya
enseñado nuevamente a ser conscientes del origen común
y del común destino de la humanidad. Podemos ver en ello
una prefiguración de lo que Dios quiere que sea el camino
de la historia de la humanidad: una ruta fraterna
a través de la cual marchamos acompañándonos los unos
a los otros hacia la meta trascendente que él nos ha señalado"
(Discurso al final de la Jornada mundial de oración
por la paz, 27 de octubre de 1986, n. 5: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 2 de noviembre
de 1986, p. 11).
Este encuentro en la plaza de San Pedro es un paso más
en ese camino. Con las múltiples lenguas de la oración,
pidamos al Espíritu de Dios que nos ilumine, guíe y fortalezca
a fin de que, como hombres y mujeres que se inspiran en
sus creencias religiosas, podamos trabajar juntos para
construir el futuro de la humanidad en armonía, justicia,
paz y amor.