En
este siglo que acaba de comenzar, hombres y mujeres de
religiones distintas, provenientes de muchas partes del
mundo, nos hemos reunido en Barcelona para invocar a Dios
el gran don de la paz. A orillas de este Mediterráneo
que ha conocido conflictos y cohabitación, se ha
elevado una oración intensa para que de muchas
partes del mundo se aleje la guerra. En la conciencia
de las diferentes religiones resuena el eco de una convicción:
Dios ama la paz y no quiere la guerra, y quien invoca
el nombre de Dios descubre que su nombre quiere decir
paz. Esta convicción y esta oración son
una riqueza para el mundo.
Nos
han alcanzado las demandas de los pueblos en guerra, de
los pobres, de las víctimas del odio. A los hombres
de religión se han unido algunos testigos de la
búsqueda de lo humano. Sentimos que es común
el desafío de hacer crecer un alma pacífica
en nuestro mundo globalizado. El alma permite descubrir
los muchos rostros del mundo.
La
paz es el nombre de Dios y quien usa el nombre de Dios
para odiar al hombre o para usar la violencia abandona
la religión pura. Ninguna razón ni ninguna
injusticia padecida justifican nunca la eliminación
del otro.
Hemos
vivido días de diálogo. Estamos convencidos
de que el diálogo entre las religiones y las culturas
debe continuar en el siglo que se ha abierto. El camino
para superar los recelos y los conflictos es el diálogo,
porque no sólo no debilita la identidad de ninguno
sino que permite redescubrir lo mejor de uno mismo y del
otro. Sí, nunca se pierde nada con el diálogo.
El diálogo es la medicina que ayuda a purificar
la memoria de las injusticias padecidas y a soñar
un futuro para las jóvenes generaciones. En una
sociedad en la que cada vez más la gente distinta
vive junta, es necesario aprender el arte del diálogo.
Las religiones están comprometidas en este camino,
que se nutre de esperanza, de sentido de misericordia
y de disponibilidad.
No
queremos dejar solos a los pueblos en una globalización
sin rostro. No queremos dejar solos a los pueblos víctimas
de la guerra, madre de todas las pobrezas. No queremos
dejar sola a África mientras afronta la pobreza,
la enfermedad y la guerra. Sentimos que su destino es
decisivo para Europa y el mundo. No queremos dejar a nuestros
hijos huérfanos de la esperanza en un medio ambiente
que se va degradando de manera irresponsable hacia el
futuro.
En
estos días, en Barcelona, ha crecido una comunidad
de buscadores de paz que procede de historias, tradiciones,
religiones y lenguas diferentes. Es nuestra riqueza y
nuestra fuerza. Sólo tenemos la fuerza débil
de la fe, de la oración y de la amistad. La oración
y la amistad purifican nuestro corazón y nos ayudan
a decirnos mutuamente la palabra difícil y comprometedora
del perdón, gran camino de paz. Nos ayudan a soñar
un nuevo siglo sin guerras, respetuoso con los pueblos,
atento al medio ambiente y unido en su diversidad.
Entonces,
¡nunca más la guerra! ¡Que Dios conceda
al mundo entero y a cada hombre y a cada mujer el maravilloso
don de la paz!