EL
ECUMENISMO NACIÓ Y CRECIÓ DESDE
HACE CIEN AÑOS
A LA SOMBRA DE LAS
SEMANAS DE LA UNIDAD
|
|
Comenzamos ya a
celebrar las grandes fechas del ecumenismo. Hace exactamente
un siglo, en 1908, se iniciaba un hecho que, sin duda,
nos ha conducido a la apasionada búsqueda de los
unos a los otros para hallarnos juntos todos los cristianos
en la unidad visible de la Iglesia. Ese acontecimiento
es el Octavario de Oración por la Unión
de las Iglesias, que así se llamó durante
muchas décadas.
Tras este acontecimiento
van a sucederse las conmemoraciones de otros hitos del
Movimiento Ecuménico,
surgido a lo largo del siglo XX: 1910, Asamblea Misionera
de Edimburgo, verdadero inicio del ecumenismo; constitución
del Consejo Internacional Misionero, en 1920; movimiento “Vida
y Acción” de 1995, esbozado ya en Edimburgo
y hechura del tesón del gran arzobispo luterano
Nathan Sóderblom; reunión en Oxford, en
1927; creación del movimiento teológico “Fe
y Constitución”, en Lausane, en 1927 por
los esfuerzos del episcopaliano, arzobispo Brent; reunión
en Edimburgo de 1937; fundación del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, Amsterdan 1948, con la asistencia como
fundadores de las Iglesias de España IEE y IERE.
Después de fructuosas reuniones ecuménicas,
Lund 1954, Nueva Delhi 1961, con asistencia oficial por
primera vez de la Iglesia católica, que hasta
entonces había siempre declinado la invitación,
delegación presidida por el P. Leguiu y asamblea
donde hubo una notable intervención del protestante
español Carlos Morales...
Con todo esto llegó el Concilio
Vaticano II y su definitiva y firme apertura al Movimiento
Ecuménico con el documento Unitatis Redintegratio y
el contenido ecuménico de todo el desarrollo conciliar.
Desde
siempre, desde tantas separaciones, la Iglesia ha orado
por su unidad.Así consta en
su liturgia. La ortodoxa invita a los fieles a orar por
la paz y la unidad de todos. La liturgia latina católica,
en la plegaria eucarística, reza “conforme
a tu palabra concédele la paz y la unidad” .
Muchas Iglesias y Confesiones han orado por la unidad
cristiana. El movimiento de Oxford (1933- 45 ), empujado
por hombres de la talla humana y espiritual de John Keble,
John Henry Newman, Richard H. Fronde y E. B. Pusey,
que redescubren el pasado enfatizando el significado
sacramental y la vida de piedad, entre otras cosas, y
la profundización en la oración por la
unidad cristiana.
Ya hacia 1860 la Alianza
Evangélica
Mundial celebraba alrededor de la fiesta de la Epifania
una Semana de Oración por la Unidad; su fin era
principalmente misionero y su espirito originariamente
anticatólico. El Papa León XIII, en 1895,
instituyó la Novena de Pentecostés a fin
de “ acelerar la obra de la reconciliación
de los hermanos separados” Por su parte, el
Patriarca de Constantinopla, Joaquín III, en carta
Encíclica a todas las iglesias locales, decía
que “la oración por la unidad cristiana
era un tema de oración y súplica incesantes”.

UNA FORMULA DE
ORACIÓN DURANTE MÁS DE TREINTA AÑOS
Una forma
continuada de oración
apareció desde 1908, cuando dos episcopalianos
de EE.UU., Spencer Jones y Paul Watson, lanzaron la Church
Unity Octave, con una excelente acogida en el mundo
anglicano. Nueve meses después el pastor episcopaliano
Paul Watson, fundador de L´ Atonement de
Graymoor en el estado de Nueva York, se hizo católico
y el Octavario se convirtió pronto en instrumento
de apostolado en manos de la jerarquía católica.
Apareció como una suerte de cruzada por la conversión
de los no católicos a la Iglesia católica.
De hecho las intenciones oracionales de cada día
pedían: por la conversión de los anglicanos,
por la conversión de los luteranos, por la conversión
de los calvinistas..., etc. Se centró enseguida
en la idea del “ retorno” al seno de la Iglesia
católica, se habló continuamente de “ Un
solo rebaño y un solo pastor”, refiriéndose
al Papa y enseguida la Iglesia anglicana desapareció de
ese Octavario y pasaron varias décadas hasta que,
en 1921, fue sustituido por el mismo Spencer Jones por
la Church Unity Octave Council, con un sentido
de búsqueda de la unión entre la Iglesia
anglicana y la católica.
Dos asociaciones o ligas
actuaban de forma parecida, la Catholic Leagn (1917)
y la Council Ford Promotint Catholic Unity (1920),
aunque ninguno de estos movimientos logró penetrar
en el corazón de la Iglesia anglicana y sólo
atrajeron a personas defensoras de la unidad con Roma.
En
la Iglesia católica la
obra del P. Watson, recomendada ardientemente por Benedicto
XV, Pio XI y Pio XII, supuso un considerable movimiento
hacia la unión de las Iglesias, si bien intramuros
del catolicismo. Naturalmente, el Octavario católico
no podía ser aceptado por aquellos por cuya conversión
a Roma se pedía y sucedía lo mismo con
movimientos paralelos dentro de los anglicanos y protestantes.
Con
esta separación, y habrá que
observar como la historia de la reconciliación
cristiana está entretejida, incluso en nuestros
días, por contínuas disensiones entre quienes
buscan restaurar las divisiones cristianas, la Conferencia
Mundial sobre Fe y Constitución, de la Iglesia
episcopaliana de EE.UU., en 1915 editó un Manual
de Oración por la Unidad de los Cristianos, con
la esperanza de que cada Iglesia rezara por la Unidad
de los Cristianos. Poco después, en 1920, el Comité Permanente
de la Conferencia Mundial sobre Fe y Constitución
publicó también materiales para el Octavario
de oración por la Unidad en los días anteriores
a Pentecostés, y en 1941 la misma Fe y Constitución,
con ánimo de acercamiento a los católicos,
trasladó esas fechas de oración al mes
de enero (18-25).
Fundado el Consejo Mundial
de Iglesias en 1948, en conexión con la Iglesia católica,
invitaron a los cristianos y desde 1958 la promoción
de materiales se hizo en conexión con el Centro
Unité Chretiene de Lyón. Dos años
después, en 1960, Fe y Constitución y la
Iglesia católica reflexionaron conjunta y profundamente
sobre la elaboración de textos comunes.
El año de 1959 por el anuncio
del Concilio Vaticano II y otros acontecimientos ecuménicos,
que expondré, tuvo gran trascendencia. Ya después
del Concilio y de Unitatis Redintegratio, en
1968 el Consejo Ecuménico de las Iglesias y el
Secretariado Romano para la Unidad de los Cristianos
presentaron conjuntamente los textos para la Semana de
Oración para la Unidad de aquel año,
acogidos con interés por todas las Iglesias, incluso
aquí en España, práctica que se
continúa hasta nuestros días. Cada año
ambos organismos determinan que nación confeccionará los
textos para aquel año y las diversas Iglesias
de ese país eligen sus delegados para ese trabajo,
que luego Consejo Ecuménico y Consejo Pontificio
distribuyen al organismo correspondiente de las Conferencias
Espiscopales. Aquí en España se ha realizado
esta acción preparatoria interconfesional en dos
ocasiones.
Para finalizar esta parte
hay que resaltar que, al menos en la Iglesia católica,
el Octavario por la Unión de las Iglesias supuso
un avance hacia el interés por la unidad cristiana,
pues, aunque haya que admitir su sentido polémico
de los primeros tiempos y su idea del retorno a Roma
de las “ Iglesias disidentes”, con el paso
de los años perdió algo de ese sentido
e, influída por los nuevos aires, fue ocasión
para el conocimiento de las separaciones cristianas y
la germinación del nuevo sentido ecuménico.
Era, sin duda, una acción que el Espíritu
Santo cuando los corazones de los que pedían
por la unidad cristiana eran sinceros.
LA GRAN LABOR
DEL INSIGNE P. MORILLO
Bastante pronto se celebró en
España este Octavario y con gran acento sobre
la vuelta a Roma de los que habían salido de ella,
tanto en el Cisma de 1054 como en la Reforma del siglo
XVI. Cuando el jesuita P. Santiago Morillo, SJ, regresó a
España en el año 1939, se oraba ya como
cosa habitual en muchos seminarios diocesanos y casas
religiosas por la Unión de las Iglesias. Pero
su llegada supuso un revulsivo, pues, primero él
solo y enseguida también sus colaboradores, inauguraron
la práctica de cursillos sobre el Oriente Cristiano,
conferencias sobre las divisiones y misas en ritos orientales
a lo largo y ancho de la Península.
No se contentaba
el P. Morillo con esas intervenciones, sino que procuraba
crear en todos esos centros verdaderas células entusiastas de
la idea del Oriente Cristiano y de la unión entre
ortodoxos y católicos. No se circunscribía
sólo a las fechas del Octavario, sino que cualquier época
del año era buena para suscitar este interés
y hasta esta vocación. Con motivo del Octavario
surgían en muchos seminarios reuniones sobre el
tema, Academias del Oriente Cristiano y hasta logró que
unos doce nuevos sacerdotes se ordenaran en diversos
ritos del Oriente, con lo que se potenció la actividad
unionista en toda España.
Además, en el domingo dentro
del Octavario se instituyó el “ Día
del Oriente Cristiano” y en los veranos se
programaban Cursillos Orientalistas en los que participaban
numerosos alumnos de los seminarios, miembros o responsables
de la Academia Unionista, como con frecuencia se denominaba
a estos grupos.
Las favorables recomendaciones
de los Papas contribuyeron a que todos los seminarios,
casas de formación religiosa y algunos centros
de Acción Católica se encontaran en vanguardia.
En España destacaban las diócesis de Barcelona,
Valencia, Pamplona, Madrid, Valladolid, Sevilla, Zamora,
Cuenca, Córdoba... Tal vez pueda destacarse como
cenit de este movimiento unionista, aunque con el subrayado
del retorno de los disidentes a la Iglesia católica,
la celebración en Barcelona del XXXV Congreso
Eucarístico Internacional al que asistieron varios
metropolitas orientales católicos y en el que
se celebraron varias solemnísimas Eucaristías
en diversos ritos. Fue el momento en que, sorprendido
por ciertos aspectos negativos, el gran ecumenista Joan
Misser decidió adentrarse en la búsqueda
del ecumenismo que ya se dejaba sentir en aquellos momentos.
UNA NUEVA ERA
DEL ECUMENISMO: EL P. COUTURIER
En
efecto, el movimiento ecuménico
entre los pocos católicos que se dedicaban a él
había cambiado notablemente y ya veían
fuera de lugar mantener la búsqueda de la verdad
en la conversión al catolicismo, sino más
bien llegar a la unidad “ como Dios quiera, cuando
Dios quiera, por los caminos que El quiera” y se
imponía el pensamiento del cardenal Mercier “para
unierse hay que amarse, para amarse hay que conocerse,
para conocerse hay que encontarse, y para encontrarse
hay que buscarse”.
Entre estos grupos destacaba
el Centro Ecuménico de Lyón (Francia) “Unité Chetiene”,
alentado por el cardenal Gerlier y compuesto por un nutrido
grupo de sacerdotes de diversas congregaciones, buenos
teólogos, entre los que sobresalía el sacerdote
diocesano, abate Paul Couturier. Este sacerdote creía
y vivía con su grupo que buscar la unidad de los
cristianos consistía en entrar todos en la oración
sacerdotal de Jesús, siempre actual, e implorar
a Dios “la verdad que Cristo desea para su Iglesia
por los medios que quiera”. Esta fórmula
general se especificaba a continuación en diversas
intenciones por la santificación creciente de
cada grupo cristiano. Se pasaba de pedir por la “conversión” a
pedir “por la santificación”: La santificación
de los anglicanos, la santificación de los luteranos,
la santificación de los católicos, la santificación
de los ortodoxos... Eso si era una fórmula ecuménica
a la que podían adherirse todos. Y se adhirieron.
Lo
expresó Couturier por
primera vez en un artículo de “Revue
Apologétique”, en diciembre de 1935,
desarrollando una serie de folletos hasta su muerte,
acaecida el 24 de marzo de 1953. La primera Semana de
la Unidad con este contenido tuvo lugar en Lyón,
patrocinada por el cardenal Gerlier, del 18-25 de enero
de 1936. Se extendió por toda Francia y enseguida
cruzó sus fronteras, llegando incluso a España.
En pocos años se aceptó en la Suiza francesa,
en Bélgica, Holanda, Países Escaldinavos,
en Marruecos, Túnez y por todo el Oriente Medio.
La
Suiza francesa despertó a
este ecumenismo. En Lausana, estudiantes de todas las
facultades acudieron a orar, cada tarde, en la explanada
de Montbernon, mientras que las parroquias católicas,
ortodoxas y protestantes organizaban unidas una conferencia
ambientada en la oración. Todas las ciudades importantes
y muchas pequeñas hicieron lo mismo. Una manifestación
de unidad en Berna, procedía igualmente de una
iniciativa mixta. Por citarlo ya, en España comenzó a
celebrarse la Semana de la Unidad, siguiendo la perspectiva
ecuménica del P. Couturier, en 1956.
El abate comenzó en 1936
por poco, en la capilla de la Adoración reparadora
de Lyón con conferencias teológicas y horas
de oración, insistiendo siempre en los valores
espirituales. Enseguida hubieron de trasladarse a templos
con mayor capacidad: San Francisco, San Buenaventura
o el Ainay. El día de la clausura se celebró una
solemne liturgia bizantina en la catedral primada de
San Juan. Por otra parte, todas las parroquias de Lyón
fueron invitadas a vivir el espíritu de la Semana
de la Unidad, aceptando todo tipo de iniciativas. Este
movimiento ecuménico se incrementaba con una crónica
especial y abundante literatura sobre el ecumenismo y aumentó la
información al público. Ello dio lugar
a establecer una serie de conferencias en las que comenzaron
a intervenir los no católicos.
La conferencia iba
siempre precedida de un acto de oración por la unidad. Alguno de
los días se celebraba la Misa por la unidad, que
entonces se denominaba “Ad tollendun schisma”,
es decir para que se acabaran las separaciones. Otra
jornada de la Semana destacaba la Hora Santa o vigilia
por la unidad, en la que, entre salmos, los de Gelineau,
que también conocíamos en España,
y lecturas en francés, lo que entonces constituía
ya una novedad. Predicaba el P. Couturier en estos actos
y vibraba todo con el espíritu del abate. Hablaba
con verdadero entusiasmo.
Si esta era la forma católica
de celebrar la Semana, no faltaba tan poco la reunión
interconfesional, en círculos al principio muy
especiales: sacerdotes y pastores, centros universitarios,
parroquias con movimientos especializados. Ocurría
esto en Lyón y en otras ciudades francesas, como
en la parroquia universitaria y en el grupo ecuménico
de Marsella, con invitación a protestantes y ortodoxos.
En El Havre, el protestante Miraglio, fundador de la
Amistad organizó una veleda en el convento de
los Dominicos con intervenciones de un católico
y un protestante y oración conjunta. En Aix-en
Provence los hogares de estudiantes se invitaron sucesivamente.
En Valdersbach ( Alsacia) diversos grupos de Estrasburgo
fueron acogidos por las Hermanas Protestantes para un
fin de semana de información y plegaria. En Beirut,
el maravilloso resultado de un círculo celebrado
entre tres confesiones: católicos latinos y orientales,
ortodoxos y protestantes ayudó a otras importantes
reuniones de oración. En París, donde las
consagraciones personales a la causa ecuménica
eran numerosísimas y de calidad, muchos salones
privados se pusieron al servicio de las reuniones y oración
ecuménicas.
Estas y otras formas,
en diversos países y ciudades, convocaron a todos al acercamiento.
Comprobaban los cristianos de la Reforma la sinceridad
de aquellos católicos empeñados en la búsqueda,
en salir al encuentro y se cercioraban de su dolor por
las separaciones. No hay cosa que una más que
el dolor sincero. Les ocurría lo mismo a los católicos
al ver las buenas intenciones y disposición de
los pastores protestantes y su colaboración en
aquel tesón por una oración común
pidiendo por la unión de todos.
Al menos los protestantes
que participaron en esta original oración se fueron sintiendo menos
aislados y los pocos católicos comprometidos en
ella se sintieron menos prepotentes, más humildes
y convencidos de que la culpa era de todos y de que a
los cristianos les unían más cosas que
las que les separaban. Fue un sincero y arrollador avance.
Se trataba de una nueva etapa vibrante de la actividad
ecuménica. El ecumenismo ha progresado, sin duda,
a la sombra de las Semanas de la Unidad.
EN ESPAÑA: DEL “IMPRIMATUR” DEL
OBISPO PONT I GOL A LOS ABRAZOS EN MADRID
Entre
los diversos países hay que contar también
a España,aunque con cierta tardanza.Entre nosotros
la celebración de las Semanas de la Unidad ha
tenido una fuerza e influencia decisivas.
A) Barcelona
en primera línea
Por
los años 1952-54 se conocía, especialmente
en Barcelona, la existencia de la oración por
la unidad de los cristianos según la fórmula
del P. Couturier y su Centro de Lyón. Tímidamente,
ya que algunos tachaban esta fórmula de poco ortodoxa,
contadísimos sacerdotes como el P. Salvador Misser,
hermano de Joan Misser, en la parroquia de las Santas
Juliana y Semproniana, de la Verneda, el P. Ricardo Pedrals,
vicario del Clot y por parte de los laicos el movimiento
Paz Chisti, Joseph Desumbila, José Luis Urrela
y pocos más, pusieron en pie en su parroquia y
movimientos la Semana de Couturier. Años después
les siguieron el Rector de la Sagrada Familia, el P.
Clercy, Joan Misser, Alfonso Carlos Comín y otros.
Por fin, en 1956, con la adhesión del párroco
de San Ildefonso, mosen Narcís Sagués,
de considerable prestigio en la diócesis, se comenzó a
consolidar esta nueva fórmula, no sin considerables
dificultades.
Una mesa redonda con importantes
personas en el ecumenismo y en la diócesis de
Barcelona realzó esta Semana de la Unidad de
ese 1956, participaban: mosen Bigordá, Joan Misser,
Joseph Desumbila, el P. Joan Jarque, el P. Joan Alemany,
el rumano bizantino, P. Constantino Mircea y el Dr. Briva
Mirabent, ya entonces muy considerado por la jerarquía
eclesiástica de la Diócesis y poco después
obispo de Astorga y Presideente de la Comisión
Episcopal de Ecumenismo.
En 1958, Pax Christi editó para
la Semana unos folletos como los de Lyón y quisieron
la licencia eclesiástica, pero el obispo auxiliar
de Barcelona, entonces el futuro cardenal Jubanny, los
prohivió y hubieron de ser distribuidos en otras
diócesis. Por eso, ante la Semana de la Unidad
de 1959 pensaron a tiempo las cosas y, sin olvidar
al conocido antiguo profesor de filosofía del
seminario de Solsona, desde hacía algunos años
obispo de Segorbe-Castellón, Mons Pont i Gol,
acudieron a él con la intención de lograr
su “imprimatur” para la edición de
aquel año. Examinados teológicamente por
sus secretarios, dos buenos teólogos, el P. Joseph
Perarnau y el P. Antonio Deig, y también por el
Dr. Briva y otros, el obispo asumió aquel reto
y aparecieron publicados los folletos bajo su autoridad
episcopal.
Tal acontecimiento dio
a la Semana de la Unidad de 1959 una importancia especial
y, animados por ello, aparecieron varios artículos sobre ecumenismo
en la revista Destino, de Barcelona, y en Escuela
Española y Vida Nueva, en Madrid.
Pero esas
aventuras nunca salen gratis y aquel obispo pionero del
ecumenismo en España
recibió la advertencia del Nuncio, con quien el
obispo se carteó y cuyas misivas se encuentran
en la Nunciatura de Madrid, acerca de la falta de oportunidad
de la aprobación de los folletos. Y no sólo
recibió la advertencia del Nuncio sino la del
arzobispo castrense, Mons. Muñohierro, Presidente
de la Comisión de Ortodoxia y Moralidad.
De todas
maneras las barreras se habían abatido y en años sucesivos cientos
de folletos con la fórmula de Couturier, editados
por PPC. y otras editoriales, inundaron la península
y en Barcelona desde entonces la Semana de la Unidad
adquirió un tono distinto con la participación
de otras Iglesias y la aceptación de las mismas,
un hecho de verdadera trascendencia destacado luego por
el P. Michalón de Lyón a los obispos de
Barcelona y Valencia, por los protestantes españoles.
La
Semana de Oración de Couturier
marcó una segunda parte, riquísima, del
ecumenismo en toda la Iglesia y, como se ve, también
en España. No es posible seguir la trayectoria
de sus celebraciones en Barcelona y en toda Cataluña,
que ha ido siempre en aumento.
B) Salamanca ,teología
y ecumenismo.
Aquel 1959 Sánchez Vaquero,
que trabajaba ya en el ecumenismo teológico y
espiritual en Salamanca desde 1954, no pudo adherirse
a la nueva fórmula, pero lo hizo en el año de 1960, animado por
la visista que recibió en la Semana de Pascua del conocido grupo de
los catalanes: P. Botam, Misser y Desumbila. En esta ciudad desde entonces
las Semanas de la Unidad han gozado de esa profundidad que comunica la ciencia.
También la de 1965 resultó muy
especial, pues se acababa de promulgar el 21 de noviembre
de 1964 el decreto Unitatis Redintegratio. La
Facultad de Teología y el Centro Ecuménico
Juan XXIII, convocaron conferencias acerca del “ Decreto
de Ecumenismo del Concilio Vaticano II, con conferenciantes
de la talla del Dr. Alfredo García Suárez,
el Dr, Sánchez Vaquero o el Dr. Leo Alting von
Gensau. Unidas a los cultos ecuménicos en las
Iglesias de los PP. Jesuitas y Dominicos y en las parroquias
de San Benito, La Purísima, San Martín,
etc captaron el interés del mundo universitario
salmantino.
Otras conferencias tuvieron
lugar en el Instituto Teológico de Santa Catalina para
religiosas y otras para estudiantes de teología;
en ambas los ponentes fueron Sánchez Vaquero,
Martín Hernández y Fernando Sebastián,
hasta hace poco arzobispo de Pamplona.
En las Semanas se
han celebrado misas en rito bizantino, maronita, mozárabe, bracarense...
y varios conferenciantes acudían a muchos de los
Colegios Mayores. Algún año D. José Sánchez
Vaquero hizo desde la Cope el pregón de la unidad
y en 1967 destacaron los diálogos entre sacerdotes,
seglares y dirigentes del Centro Ecuménico Juan
XXIII con cuatro pastores de Madrid que pronunciaron
charlas sobre la Libertad Religiosa.
Desde la llegada de
Mons. Mauro Rubio Repullés como obispo todo el ecumenismo de Salamanca
se vió reforzado y lo mismo las Semanas de la
Unidad, en las que comenzó a participar muy activamente,
como en toda la actividad ecuménica de la diócesis,
el presbítero de la IERE, Rvdo. D. Antonio Andrés
Puchades, que predicaba algunos días en Iglesias
católicas. Sin duda los grandes Congresos interconfesionales
de Salamanca tuvieron mucho que ver con estas Semanas
de Oración por la Unidad. Hasta el presente estas
celebraciones del mes de enero en Salamanca mantienen
su específico sentido científico-espiritual,
pues es la Universidad Pontificia, a través del
Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos, quien
los organiza.
C) Madrid,reconciliación y entusiasmo.
Después de algunos actos ecuménicos
como la reunión conjunta entre universitarios
católicos y protestantes a finales de enero de
1963, la Vigilia ecuménica de Pentecostés
de ese mismo año y el funeral en la muerte de
Juan XXIII, con asistencia de numerosos pastores y fieles
protestantes, en Madrid llegó el momento de celebrar
de forma interconfesional la Semana de la Unidad el año
1964. La convocatoria la firmaron un sacerdote católico,
un pastor protestante y un teólogo ortodoxo, y
se celebró cada día presidida por sacerdotes
católicos y pastores protestantes en la capilla
oriental del Centro Ecuménico-Oriental de la calle
de Claudio Coello, 129. Tres días, después
del culto, abarrotado de fieles de diversas Iglesias,
se celebraron tres conferencias sobre “Los
elementos ecuménicos de la Ortodoxia”,
el primero a cargo del teólogo ortodoxo Alexis
Staweroski, “ en el protestantismo” el
segundo por el teólogo protestante Daniel Vidal
Regaliza, y “ en la Iglesia católica” el último
a cargo del teólogo católico Mauro Rubio
Repullés, meses después obispo de Salamanca.
Los
asistentes católicos procedían
la mayoría de las filas de los hombres de la Acción
Católica y los días de culto o conferencia
de protestantes el número de éstos era
considerable. Todo impresionante, pero también
el acto de la clausura presidido por Mons. José María
García Lahiguera, en la parroquia de Santa Bárbara,
el primer acto interconfesional presidido en España
por un obispo.
Ya con el nuevo arzobispo
Mons. Casimiro Morcillo en Madrid, la Semana de 1965
fue apoteósica.
Se acababa de aprobar el Unitatis Redintegratio y
la eclosión ecuménica fue magnífica.
El primer día el culto interconfesional fue en
la Iglesia de El Salvador de la IEE, en Noviciado,5.
En el templo no cabía ni un alfiler y al finalizar
la oración estalló entre todos los presentes,
católicos y protestantes, un ansia de perdón
tal que la gente se fundía en sinceros abrazos
de reconciliación. Actuaron en la Semana pastores
y sacerdotes del grupo de ecumenismo, incluido el Hermano
Roberto de Taizé, absorto ante tales reacciones
. Los días siguientes hubo conferencias en el
Centro Ecuménico-Oriental sobre el Vaticano II,
el Consejo Ecuménico de las Iglesias y la Unión
de los Cristianos, esta última a cargo del Hermano
Roberto. La clausura, digno final de esta Semana por
la Unidad cristiana, tuvo lugar en la parroquia del Buen
Suceso, presidida por el arzobispo Morcillo, en la que
predicó el obispo auxiliar Guerra Campos. Al final
del culto D. Casimiro Morcillo recibió y saludó a
cada uno de los pastores y al obispo de la IERE, D. Santos
Molina.
D) Rompió la
aurora del ecumenismo.
El éxito de las Semanas empujaba
considerablemente el ecumenismo de todo el año,
tanto en Madrid como en a mayoría de las diócesis
españolas en las que repercutían los actos
ecuménicos de Madrid. Se comenzaban a celebrar
Semanas de Oración, algunas interconfesionales,
en Alicante, Córdoba, Sevilla, Málaga,
Burgos, Segovia, Valencia, Huelva... y aparecían
algunos Centros Ecuménicos como en Granada, Huelva,
Valencia, Barcelona... Ya a partir de estos años
estas jornadas de oración por la unidad de los
cristianos se convirtieron en motor del ecumenismo en
España.
Hay que destacar tres
Semanas de la Unidad. La primera en 1956, cuando en España
no había ecumenismo y se celebraba el Octavario.
En esas jornadas de oración ocurrió en
Madrid un hecho significativo y de gran trascendencia
internacional, pues en el aparecieron las figuras de
Pio XII, el famoso obispo luterano alemán, Dibelius,
el Parlamento alemán, la Iglesia Evangélica
alemana, la Iglesia Reformada Suiza... y movimientos
católicos como el internacional Pax Christi...
Fue el cierre por la policía española del
Seminario Evangélico Unido y del Colegio, ambos
en la calle de Bravo Murillo,85, de Madrid y la incautación
de, al menos, 10.000 biblias y libros de himnos.
La segunda
tuvo lugar en Santiago de Compostela en el mes de junio
de 1965, Año
Santo,donde participó todo el grupo ecuménico
de católicos de Madrid y Salamanca, con la clausura
presidida por el Patriarca Católico Copto, Su
Eminencia Sidaroús I, de Alejandría. A
raíz de estas jornadas surgió el importante
ecumenismo de Santiago de Compostela.
La tercera Semana,con
importantes repercusiones, fue la de 1971 ante la actitud del
Ministerio de Justicia de no permitir la celebración
de los actos ecuménicos en alguna de las Iglesias
que este organismo consideraba lugares protestantes no
autorizados por conculcar las normas legales vigentes,
pues no se habían inscrito en el Registro de Confesiones
Religiosas . El Comité Cristiano Interconfesional
actuó de inmediato y en vista de la pruhibición
del Ministerio de Justicia, la misma víspera de
la Semana, comunicaban que quedaban suspendidos todos
los actos de esas jornadas de oración, pues aquellas
Iglesias vetadas, eran precisamente las ecuménicas
y, por tanto, en diálogo entre ellas y con la
Iglesia católica. La decisión sorprendió a
las autoridades, amenazaba, una vez más, un conflicto
diplomático, pero la decisión, se mantuvo,
pues estaban todos unidos. Como testimonio de oración
se conservó únicamente el culto interconfesional
del viernes 22, dentro de la Semana, en la parroquia
de Nuestra Señora de los Dolores, en Madrid.
Marca
este hecho cómo, efectivamente,
la celebración de las Semanas de la Unidad han
sido el termómetro de la intensidad del ecumenismo
real entre las Iglesias a lo largo del año. Sigue
ocurriendo, pues existen ocasiones en las que dificultades,
enfrentamientos o soluciones en la preparación
de la celebración de estos días de oración
conjunta son el barómetro del clima de acercamiento
o alejamiento, especialmente con la Iglesia católica.
Existe alguna diferencia, conocida por todos, donde la
indiferencia o posición adversa de la jerarquía
hacia las otras Iglesias ha creado estos últimos
años posiciones controvertidas. Tal vez eso indique
cierta purificación en la actividad ecuménica,
ya que por esas diferencias han surgido potentes y prometedores
movimientos ecuménicos de laicos que incorporan
dentro de sí fieles de diversas Iglesias.
En las
diócesis se celebra
con mayor o menor interés, pero siempre con éxito
en el campo de los fieles, esta Semana y en muchas de
ellas de forma interconfesional. Falta después
una continuidad a lo largo del resto del año,
a pesar de los esfuerzos de muchos de los delegados diocesanos
de ecumenismo y de algunos pastores de las Iglesias más
ecuménicas. Tal vez, al recordar que alrededor
de estas Semanas ha surgido y se mantiene la labor ecuménica,
podría lograrse un más efectivo ecumenismo
en las cosas comunes del día a día y en
la colaboración más estrecha de quienes
se dedican especialmente a este quehacer de diversas
Iglesias: la amistad personal, la ayuda mutua, el mejor
conocimiento, la estima que de esto surge, la constante
oración común..., podrían ser, entre
otras, medios eficaces para un movimiento ecuménico
más vivo a través del año.
El ecumenismo
con los emigrantes, la acción común por la paz, la justicia,
los desheredados, los marginados... . el ecumenismo en
las fiestas religiosas: Pascua, Pentecostés, celebraciones,
bautizos, matrimonios, acontecimientos de las familias
y de las Iglesias podrían incorporarse a la actividad
ecuménica..., el ecumenismo de las visitas: a
la Santa Cena, a la Eucaristía, a la Divina Liturgia,
a las necesidades de algunas Iglesias. Fue importante
escuchar en una reunión ecuménica, hace
poco, como un miembro de una Iglesia pedía a los
miembros de las demás ayuda para la difícil
situación que su Iglesia estaba atravesando.