Asociación "Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad"
Asociación Ecuménica "Cristianos por la Unidad"
Servicio de Ayuda y Estudio del Sectarismo

José Luis Díez Moreno
[Director de Pastoral Ecuménica
.
13 - febrero - 2008]

EL ECUMENISMO NACIÓ Y CRECIÓ DESDE HACE CIEN AÑOS
A LA SOMBRA DE LAS SEMANAS DE LA UNIDAD

 

Comenzamos ya a celebrar las grandes fechas del ecumenismo. Hace exactamente un siglo, en 1908, se iniciaba un hecho que, sin duda, nos ha conducido a la apasionada búsqueda de los unos a los otros para hallarnos juntos todos los cristianos en la unidad visible de la Iglesia. Ese acontecimiento es el Octavario de Oración por la Unión de las Iglesias, que así se llamó durante muchas décadas.

Tras este acontecimiento van a sucederse las conmemoraciones de otros hitos del Movimiento Ecuménico, surgido a lo largo del siglo XX: 1910, Asamblea Misionera de Edimburgo, verdadero inicio del ecumenismo; constitución del Consejo Internacional Misionero, en 1920; movimiento “Vida y Acción” de 1995, esbozado ya en Edimburgo y hechura del tesón del gran arzobispo luterano Nathan Sóderblom; reunión en Oxford, en 1927; creación del movimiento teológico “Fe y Constitución”, en Lausane, en 1927 por los esfuerzos del episcopaliano, arzobispo Brent; reunión en Edimburgo de 1937; fundación del Consejo Ecuménico de las Iglesias, Amsterdan 1948, con la asistencia como fundadores de las Iglesias de España IEE y IERE. Después de fructuosas reuniones ecuménicas, Lund 1954, Nueva Delhi 1961, con asistencia oficial por primera vez de la Iglesia católica, que hasta entonces había siempre declinado la invitación, delegación presidida por el P. Leguiu y asamblea donde hubo una notable intervención del protestante español Carlos Morales...

Con todo esto llegó el Concilio Vaticano II y su definitiva y firme apertura al Movimiento Ecuménico con el documento Unitatis Redintegratio y el contenido ecuménico de todo el desarrollo conciliar.

Desde siempre, desde tantas separaciones, la Iglesia ha orado por su unidad.Así consta en su liturgia. La ortodoxa invita a los fieles a orar por la paz y la unidad de todos. La liturgia latina católica, en la plegaria eucarística, reza “conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad” . Muchas Iglesias y Confesiones han orado por la unidad cristiana. El movimiento de Oxford (1933- 45 ), empujado por hombres de la talla humana y espiritual de John Keble, John Henry Newman, Richard  H. Fronde y E. B. Pusey, que redescubren el pasado enfatizando el significado sacramental y la vida de piedad, entre otras cosas, y la profundización en la oración por la unidad cristiana.

Ya hacia 1860 la Alianza Evangélica Mundial celebraba alrededor de la fiesta de la Epifania una Semana de Oración por la Unidad; su fin era principalmente misionero y su espirito originariamente anticatólico. El Papa León XIII, en 1895, instituyó la Novena de Pentecostés a fin de “ acelerar la obra de la reconciliación de los hermanos separados” Por su parte, el Patriarca de Constantinopla, Joaquín III, en carta Encíclica a todas las iglesias locales, decía que “la oración por la unidad cristiana era un tema de oración y súplica incesantes”.

 

UNA FORMULA DE ORACIÓN DURANTE MÁS DE TREINTA AÑOS

Una forma continuada de oración apareció desde 1908, cuando dos episcopalianos de EE.UU., Spencer Jones y Paul Watson, lanzaron la Church Unity Octave, con una excelente acogida en el mundo anglicano. Nueve meses después el pastor episcopaliano Paul Watson, fundador de L´ Atonement de Graymoor en el estado de Nueva York, se hizo católico y el Octavario se convirtió pronto en instrumento de apostolado en manos de la jerarquía católica. Apareció como una suerte de cruzada por la conversión de los no católicos a la Iglesia católica. De hecho las intenciones oracionales de cada día pedían: por la conversión de los anglicanos, por la conversión de los luteranos, por la conversión de los calvinistas..., etc. Se centró enseguida en la idea del “ retorno” al seno de la Iglesia católica, se habló continuamente de “ Un solo rebaño y un solo pastor”, refiriéndose al Papa y enseguida la Iglesia anglicana desapareció de ese Octavario y pasaron varias décadas hasta que, en 1921, fue sustituido por el mismo Spencer Jones por la Church Unity Octave Council, con un sentido de búsqueda de la unión entre la Iglesia anglicana y la católica.

Dos asociaciones o ligas actuaban de forma parecida, la Catholic Leagn (1917) y la Council Ford Promotint Catholic Unity (1920), aunque ninguno de estos movimientos logró penetrar en el corazón de la Iglesia anglicana y sólo atrajeron a personas defensoras de la unidad con Roma.

En la Iglesia católica la obra del P. Watson, recomendada ardientemente por Benedicto XV, Pio XI y Pio XII, supuso un considerable movimiento hacia la unión de las Iglesias, si bien intramuros del catolicismo. Naturalmente, el Octavario católico no podía ser aceptado por aquellos por cuya conversión a Roma se pedía y sucedía lo mismo con movimientos paralelos dentro de los anglicanos y protestantes.

Con esta separación, y habrá que observar como la historia de la reconciliación cristiana está entretejida, incluso en nuestros días, por contínuas disensiones entre quienes buscan restaurar las divisiones cristianas, la Conferencia Mundial sobre Fe y Constitución, de la Iglesia episcopaliana de EE.UU., en 1915 editó un Manual de Oración por la Unidad de los Cristianos, con la esperanza de que cada Iglesia rezara por la Unidad de los Cristianos. Poco después, en 1920, el Comité Permanente de la Conferencia Mundial sobre Fe y Constitución publicó también materiales para el Octavario de oración por la Unidad en los días anteriores a Pentecostés, y en 1941 la misma Fe y Constitución, con ánimo de acercamiento a los católicos, trasladó esas fechas de oración al mes de enero (18-25).

Fundado el Consejo Mundial de Iglesias en 1948, en conexión con la Iglesia católica, invitaron a los cristianos y desde 1958 la promoción de materiales se hizo en conexión con el Centro Unité Chretiene de Lyón. Dos años después, en 1960, Fe y Constitución y la Iglesia católica reflexionaron conjunta y profundamente sobre la elaboración de textos comunes.

El año de 1959 por el anuncio del Concilio Vaticano II y otros acontecimientos ecuménicos, que expondré, tuvo gran trascendencia. Ya después del Concilio y de Unitatis Redintegratio, en 1968 el Consejo Ecuménico de las Iglesias y el Secretariado Romano para la Unidad de los Cristianos presentaron conjuntamente los textos para la Semana de Oración para la Unidad  de aquel año, acogidos con interés por todas las Iglesias, incluso aquí en España, práctica que se continúa hasta nuestros días. Cada año ambos organismos determinan que nación confeccionará los textos para aquel año y las diversas Iglesias de ese país eligen sus delegados para ese trabajo, que luego Consejo Ecuménico y Consejo Pontificio distribuyen al organismo correspondiente de las Conferencias Espiscopales. Aquí en España se ha realizado esta acción preparatoria interconfesional en dos ocasiones.

Para finalizar esta parte hay que resaltar que, al menos en la Iglesia católica, el Octavario por la Unión de las Iglesias supuso un avance hacia el interés por la unidad cristiana, pues, aunque haya que admitir su sentido polémico de los primeros tiempos y su idea del retorno a Roma de las “ Iglesias disidentes”, con el paso de los años perdió algo de ese sentido e, influída por los nuevos aires, fue ocasión para el conocimiento de las separaciones cristianas y la germinación del nuevo sentido ecuménico. Era, sin duda, una acción que el Espíritu Santo  cuando los corazones de los que pedían por la unidad cristiana eran sinceros.

LA GRAN LABOR DEL INSIGNE P. MORILLO

Bastante pronto se celebró en España este Octavario y con gran acento sobre la vuelta a Roma de los que habían salido de ella, tanto en el Cisma de 1054 como en la Reforma del siglo XVI. Cuando el jesuita P. Santiago Morillo, SJ, regresó a España en el año 1939, se oraba ya como cosa habitual en muchos seminarios diocesanos y casas religiosas por la Unión de las Iglesias. Pero su llegada supuso un revulsivo, pues, primero él solo y enseguida también sus colaboradores, inauguraron la práctica de cursillos sobre el Oriente Cristiano, conferencias sobre las divisiones y misas en ritos orientales a lo largo y ancho de la Península.

No se contentaba el P. Morillo con esas intervenciones, sino que procuraba crear en todos esos centros verdaderas células entusiastas de la idea del Oriente Cristiano y de la unión entre ortodoxos y católicos. No se circunscribía sólo a las fechas del Octavario, sino que cualquier época del año era buena para suscitar este interés y hasta esta vocación. Con motivo del Octavario surgían en muchos seminarios reuniones sobre el tema, Academias del Oriente Cristiano y hasta logró que unos doce nuevos sacerdotes se ordenaran en diversos ritos del Oriente, con lo que se potenció la actividad unionista en toda España.

Además, en el domingo dentro del Octavario se instituyó el “ Día del Oriente Cristiano” y en los veranos se programaban Cursillos Orientalistas en los que participaban numerosos alumnos de los seminarios, miembros o responsables de la Academia Unionista, como con frecuencia se denominaba a estos grupos.

Las favorables recomendaciones de los Papas contribuyeron a que  todos los seminarios, casas de formación religiosa y algunos centros de Acción Católica se encontaran en vanguardia. En España destacaban las diócesis de Barcelona, Valencia, Pamplona, Madrid, Valladolid, Sevilla, Zamora, Cuenca, Córdoba... Tal vez pueda destacarse como cenit de este movimiento unionista, aunque con el subrayado del retorno de los disidentes a la Iglesia católica, la celebración en Barcelona del XXXV Congreso Eucarístico Internacional al que asistieron varios metropolitas orientales católicos y en el que se celebraron varias solemnísimas Eucaristías en diversos ritos. Fue el momento en que, sorprendido por ciertos aspectos negativos, el gran ecumenista Joan Misser decidió adentrarse en la búsqueda del ecumenismo que ya se dejaba sentir en aquellos momentos.

 

UNA NUEVA ERA DEL ECUMENISMO: EL P. COUTURIER

En efecto, el movimiento ecuménico entre los pocos católicos que se dedicaban a él había cambiado notablemente y ya veían fuera de lugar mantener la búsqueda de la verdad en la conversión al catolicismo, sino más bien llegar a la unidad “ como Dios quiera, cuando Dios quiera, por los caminos que El quiera” y se imponía el pensamiento del cardenal Mercier “para unierse hay que amarse, para amarse hay que conocerse, para conocerse hay que encontarse, y para encontrarse hay que buscarse”.

Entre estos grupos destacaba el Centro Ecuménico de Lyón (Francia) “Unité Chetiene”, alentado por el cardenal Gerlier y compuesto por un nutrido grupo de sacerdotes de diversas congregaciones, buenos teólogos, entre los que sobresalía el sacerdote diocesano, abate Paul Couturier. Este sacerdote creía y vivía con su grupo que buscar la unidad de los cristianos consistía en entrar todos en la oración sacerdotal de Jesús, siempre actual, e implorar a Dios “la verdad que Cristo desea para su Iglesia por los medios que quiera”. Esta fórmula general se especificaba a continuación en diversas intenciones por la santificación creciente de cada grupo cristiano. Se pasaba de pedir por la “conversión” a pedir “por la santificación”: La santificación de los anglicanos, la santificación de los luteranos, la santificación de los católicos, la santificación de los ortodoxos... Eso si era una fórmula ecuménica a la que podían adherirse todos. Y se adhirieron.

Lo expresó Couturier por primera vez en un artículo de “Revue Apologétique”, en diciembre de 1935, desarrollando una serie de folletos hasta su muerte, acaecida el 24 de marzo de 1953. La primera Semana de la Unidad con este contenido tuvo lugar en Lyón, patrocinada por el cardenal Gerlier, del 18-25 de enero de 1936. Se extendió por toda Francia y enseguida cruzó sus fronteras, llegando incluso a España. En pocos años se aceptó en la Suiza francesa, en Bélgica, Holanda, Países Escaldinavos, en Marruecos, Túnez y por todo el Oriente Medio.

La Suiza francesa despertó a este ecumenismo. En Lausana, estudiantes de todas las facultades acudieron a orar, cada tarde, en la explanada de Montbernon, mientras que las parroquias católicas, ortodoxas y protestantes organizaban unidas una conferencia ambientada en la oración. Todas las ciudades importantes y muchas pequeñas hicieron lo mismo. Una manifestación de unidad en Berna, procedía igualmente de una iniciativa mixta. Por citarlo ya, en España comenzó a celebrarse la Semana de la Unidad, siguiendo la perspectiva ecuménica del P. Couturier, en 1956.

El abate comenzó en 1936 por poco, en la capilla de la Adoración reparadora de Lyón con conferencias teológicas y horas de oración, insistiendo siempre en los valores espirituales. Enseguida hubieron de trasladarse a templos con mayor capacidad: San Francisco, San Buenaventura o el Ainay. El día de la clausura se celebró una solemne liturgia bizantina en la catedral primada de San Juan. Por otra parte, todas las parroquias de Lyón fueron invitadas a vivir el espíritu de la Semana de la Unidad, aceptando todo tipo de iniciativas. Este movimiento ecuménico se incrementaba con una crónica especial y abundante literatura sobre el ecumenismo y  aumentó la información al público. Ello dio lugar a establecer una serie de conferencias en las que comenzaron a intervenir los no católicos.

La conferencia iba siempre precedida de un acto de oración por la unidad. Alguno de los días se celebraba la Misa por la unidad, que entonces se denominaba “Ad tollendun schisma”, es decir para que se acabaran las separaciones. Otra jornada de la Semana destacaba la Hora Santa o vigilia por la unidad, en la que, entre salmos, los de Gelineau, que también conocíamos en España, y lecturas en francés, lo que entonces constituía ya una novedad. Predicaba el P. Couturier en estos actos y vibraba todo con el espíritu del abate. Hablaba con verdadero entusiasmo.

Si esta era la forma católica de celebrar la Semana, no faltaba tan poco la reunión interconfesional, en círculos al principio muy especiales: sacerdotes y pastores, centros universitarios, parroquias con movimientos especializados. Ocurría esto en Lyón y en otras ciudades francesas, como en la parroquia universitaria y en el grupo ecuménico de Marsella, con invitación a protestantes y ortodoxos. En El Havre, el protestante Miraglio, fundador de la Amistad organizó una veleda en el convento de los Dominicos con intervenciones de un católico y un protestante y oración conjunta. En Aix-en Provence los hogares de estudiantes se invitaron sucesivamente. En Valdersbach ( Alsacia) diversos grupos de Estrasburgo fueron acogidos por las Hermanas Protestantes para un fin de semana de información y plegaria. En Beirut, el maravilloso resultado de un círculo celebrado entre tres confesiones: católicos latinos y orientales, ortodoxos y protestantes ayudó a otras importantes reuniones de oración. En París, donde las consagraciones personales a la causa ecuménica eran numerosísimas y de calidad, muchos salones privados se pusieron al servicio de las reuniones y oración ecuménicas.

Estas y otras formas, en diversos países y ciudades, convocaron a todos al acercamiento. Comprobaban los cristianos de la Reforma la sinceridad de aquellos católicos empeñados en la búsqueda, en salir al encuentro y se cercioraban de su dolor por las separaciones. No hay cosa que una más que el dolor sincero. Les ocurría lo mismo a los católicos al ver las buenas intenciones y disposición de los pastores protestantes y su colaboración en aquel tesón por una oración común pidiendo por la unión de todos.

Al menos los protestantes que participaron en esta original oración se fueron sintiendo menos aislados y los pocos católicos comprometidos en ella se sintieron menos prepotentes, más humildes y convencidos de que la culpa era de todos y de que a los cristianos les unían más cosas que las que les separaban. Fue un sincero y arrollador avance. Se trataba de una nueva etapa vibrante de la actividad ecuménica. El ecumenismo ha progresado, sin duda, a la sombra de las Semanas de la Unidad.

EN ESPAÑA: DEL “IMPRIMATUR” DEL OBISPO PONT I GOL A LOS ABRAZOS EN MADRID

Entre los diversos países hay que contar también a España,aunque con cierta tardanza.Entre nosotros la celebración de las Semanas de la Unidad ha tenido una fuerza e influencia decisivas.

A)  Barcelona en primera línea

Por los años 1952-54 se conocía, especialmente en Barcelona, la existencia de la oración por la unidad de los cristianos según la fórmula del P. Couturier y su Centro de Lyón. Tímidamente, ya que algunos tachaban esta fórmula de poco ortodoxa, contadísimos sacerdotes como el P. Salvador Misser, hermano de Joan Misser, en la parroquia de las Santas Juliana y Semproniana, de la Verneda, el P. Ricardo Pedrals, vicario del Clot y por parte de los laicos el movimiento Paz Chisti, Joseph Desumbila, José Luis Urrela y pocos más, pusieron en pie en su parroquia y movimientos la Semana de Couturier. Años después les siguieron el Rector de la Sagrada Familia, el P. Clercy, Joan Misser, Alfonso Carlos Comín y otros. Por fin, en 1956, con la adhesión del párroco de San Ildefonso, mosen Narcís Sagués, de considerable prestigio en la diócesis, se comenzó a consolidar esta nueva fórmula, no sin considerables dificultades.

Una mesa redonda con importantes personas en el ecumenismo y en la diócesis de Barcelona realzó esta Semana de la Unidad de ese 1956, participaban: mosen Bigordá, Joan Misser, Joseph Desumbila, el P. Joan Jarque, el P. Joan Alemany, el rumano bizantino, P. Constantino Mircea y el Dr. Briva Mirabent, ya entonces muy considerado por la jerarquía eclesiástica de la Diócesis y poco después obispo de Astorga y Presideente de la Comisión Episcopal de Ecumenismo.

En 1958, Pax Christi editó para la Semana unos folletos como los de Lyón y quisieron la licencia eclesiástica, pero el obispo auxiliar de Barcelona, entonces el futuro cardenal Jubanny, los prohivió y hubieron de ser distribuidos en otras diócesis. Por eso, ante la Semana de la Unidad de 1959  pensaron a tiempo las cosas y, sin olvidar al conocido antiguo profesor de filosofía del seminario de Solsona, desde hacía algunos años obispo de Segorbe-Castellón, Mons Pont i Gol, acudieron a él con la intención de lograr su “imprimatur” para la edición de aquel año. Examinados teológicamente por sus secretarios, dos buenos teólogos, el P. Joseph Perarnau y el P. Antonio Deig, y también por el Dr. Briva y otros, el obispo asumió aquel reto y aparecieron publicados los folletos bajo su autoridad episcopal.

Tal acontecimiento dio a la Semana de la Unidad de 1959 una importancia especial y, animados por ello, aparecieron varios artículos sobre ecumenismo en la revista Destino, de Barcelona, y en Escuela Española y Vida Nueva, en Madrid.

Pero esas aventuras nunca salen gratis y aquel obispo pionero del ecumenismo en España recibió la advertencia del Nuncio, con quien el obispo se carteó y cuyas misivas se encuentran en la Nunciatura de Madrid, acerca de la falta de oportunidad de la aprobación de los folletos. Y no sólo recibió la advertencia del Nuncio sino la del arzobispo castrense, Mons. Muñohierro, Presidente de la Comisión de Ortodoxia y Moralidad.

De todas maneras las barreras se habían abatido y en años sucesivos cientos de folletos con la fórmula de Couturier, editados por PPC. y otras editoriales, inundaron la península y en Barcelona desde entonces la Semana de la Unidad adquirió un tono distinto con la participación de otras Iglesias y la aceptación de las mismas, un hecho de verdadera trascendencia destacado luego por el P. Michalón de Lyón a los obispos de Barcelona y Valencia, por los protestantes españoles.

La Semana de Oración de Couturier marcó una segunda parte, riquísima, del ecumenismo en toda la Iglesia y, como se ve, también en España. No es posible seguir la trayectoria de sus celebraciones en Barcelona y en toda Cataluña, que ha ido siempre en aumento.

B) Salamanca ,teología y ecumenismo.

Aquel 1959 Sánchez Vaquero, que trabajaba ya en el ecumenismo teológico y espiritual en Salamanca desde 1954, no pudo adherirse a la nueva fórmula, pero lo hizo en el año de 1960, animado por la visista que recibió en la Semana de Pascua del conocido grupo de los catalanes: P. Botam, Misser y Desumbila. En esta ciudad desde entonces las Semanas de la Unidad han gozado de esa profundidad que comunica la ciencia.

También la de 1965 resultó muy especial, pues se acababa de promulgar el 21 de noviembre de 1964 el decreto Unitatis Redintegratio. La Facultad de Teología y el Centro Ecuménico Juan XXIII, convocaron conferencias acerca del “ Decreto de Ecumenismo del Concilio Vaticano II, con conferenciantes de la talla del Dr. Alfredo García Suárez, el Dr, Sánchez Vaquero o el Dr. Leo Alting von Gensau. Unidas a los cultos ecuménicos en las Iglesias de los PP. Jesuitas y Dominicos y en las parroquias de San Benito, La Purísima, San Martín, etc captaron el interés del mundo universitario salmantino.

Otras conferencias tuvieron lugar en el Instituto Teológico de Santa Catalina para religiosas y otras para estudiantes de teología; en ambas los ponentes fueron Sánchez Vaquero, Martín Hernández y Fernando Sebastián, hasta hace poco arzobispo de Pamplona.

En las Semanas se han celebrado misas en rito bizantino, maronita, mozárabe, bracarense... y varios conferenciantes acudían a muchos de los Colegios Mayores. Algún año D. José Sánchez Vaquero hizo desde la Cope el pregón de la unidad y en 1967 destacaron los diálogos entre sacerdotes, seglares y dirigentes del Centro Ecuménico Juan XXIII con cuatro pastores de Madrid que pronunciaron charlas sobre la Libertad Religiosa.

Desde la llegada de Mons. Mauro Rubio Repullés como obispo todo el ecumenismo de Salamanca se vió reforzado y lo mismo las Semanas de la Unidad, en las que comenzó a participar muy activamente, como en toda la actividad ecuménica de la diócesis, el presbítero de la IERE, Rvdo. D. Antonio Andrés Puchades, que predicaba algunos días en Iglesias católicas. Sin duda los grandes Congresos interconfesionales de Salamanca tuvieron mucho que ver con estas Semanas de Oración por la Unidad. Hasta el presente estas celebraciones del mes de enero en Salamanca mantienen su específico sentido científico-espiritual, pues es la Universidad Pontificia, a través del Centro de Estudios Orientales y Ecuménicos, quien los organiza.

C) Madrid,reconciliación y entusiasmo.

Después de algunos actos ecuménicos como la reunión conjunta entre universitarios católicos y protestantes a finales de enero de 1963, la Vigilia ecuménica de Pentecostés de ese mismo año y el funeral en la muerte de Juan XXIII, con asistencia de numerosos pastores y fieles protestantes, en Madrid llegó el momento de celebrar de forma interconfesional la Semana de la Unidad el año 1964. La convocatoria la firmaron un sacerdote católico, un pastor protestante y un teólogo ortodoxo, y se celebró cada día presidida por sacerdotes católicos y pastores protestantes en la capilla oriental del Centro Ecuménico-Oriental de la calle de Claudio Coello, 129. Tres días, después del culto, abarrotado de fieles de diversas Iglesias, se celebraron tres conferencias sobre “Los elementos ecuménicos de la Ortodoxia”, el primero a cargo del teólogo ortodoxo Alexis Staweroski, “ en el protestantismo” el segundo por el teólogo protestante Daniel Vidal Regaliza, y “ en la Iglesia católica” el último a cargo del teólogo católico Mauro Rubio Repullés, meses después obispo de Salamanca.

Los asistentes católicos procedían la mayoría de las filas de los hombres de la Acción Católica y los días de culto o conferencia de protestantes el número de éstos era considerable. Todo impresionante, pero también el acto de la clausura presidido por Mons. José María García Lahiguera, en la parroquia de Santa Bárbara, el primer acto interconfesional presidido en España por un obispo.

Ya con el nuevo arzobispo Mons. Casimiro Morcillo en Madrid, la Semana de 1965 fue apoteósica. Se acababa de aprobar el Unitatis Redintegratio y la eclosión ecuménica fue magnífica. El primer día el culto interconfesional fue en la Iglesia de El Salvador de la IEE, en Noviciado,5. En el templo no cabía ni un alfiler y al finalizar la oración estalló entre todos los presentes, católicos y protestantes, un ansia de perdón tal que la gente se fundía en sinceros abrazos de reconciliación. Actuaron en la Semana pastores y sacerdotes del grupo de ecumenismo, incluido el Hermano Roberto de Taizé, absorto ante tales reacciones . Los días siguientes hubo conferencias en el Centro Ecuménico-Oriental sobre el Vaticano II, el Consejo Ecuménico de las Iglesias y la Unión de los Cristianos, esta última a cargo del Hermano Roberto. La clausura, digno final de esta Semana por la Unidad cristiana, tuvo lugar en la parroquia del Buen Suceso, presidida por el arzobispo Morcillo, en la que predicó el obispo auxiliar Guerra Campos. Al final del culto D. Casimiro Morcillo recibió y saludó a cada uno de los pastores y al obispo de la IERE, D. Santos Molina.

D) Rompió la aurora del ecumenismo.

El éxito de las Semanas empujaba considerablemente el ecumenismo de todo el año, tanto en Madrid como en a mayoría de las diócesis españolas en las que repercutían los actos ecuménicos de Madrid. Se comenzaban a celebrar Semanas de Oración, algunas interconfesionales, en Alicante, Córdoba, Sevilla, Málaga, Burgos, Segovia, Valencia, Huelva... y aparecían algunos Centros Ecuménicos como en Granada, Huelva, Valencia, Barcelona... Ya a partir de estos años estas jornadas de oración por la unidad de los cristianos se convirtieron en motor del ecumenismo en España.

Hay que destacar tres Semanas de la Unidad. La primera en 1956, cuando en España no había ecumenismo y se celebraba el Octavario. En esas jornadas de oración ocurrió en Madrid un hecho significativo y de gran trascendencia internacional, pues en el aparecieron las figuras de Pio XII, el famoso obispo luterano alemán, Dibelius, el Parlamento alemán, la Iglesia Evangélica alemana, la Iglesia Reformada Suiza... y movimientos católicos como el internacional Pax Christi... Fue el cierre por la policía española del Seminario Evangélico Unido y del Colegio, ambos en la calle de Bravo Murillo,85, de Madrid y la incautación de, al menos, 10.000 biblias y libros de himnos.

La segunda tuvo lugar en Santiago de Compostela en el mes de junio de 1965, Año Santo,donde participó todo el grupo ecuménico de católicos de Madrid y Salamanca, con la clausura presidida por el Patriarca Católico Copto, Su Eminencia Sidaroús I, de Alejandría. A raíz de estas jornadas surgió el importante ecumenismo de Santiago de Compostela.

La tercera Semana,con importantes repercusiones, fue la de 1971  ante la actitud del Ministerio de Justicia de no permitir la celebración de los actos ecuménicos en alguna de las Iglesias que este organismo consideraba lugares protestantes no autorizados por conculcar las normas legales vigentes, pues no se habían inscrito en el Registro de Confesiones Religiosas . El Comité Cristiano Interconfesional actuó de inmediato y en vista de la pruhibición del Ministerio de Justicia, la misma víspera de la Semana, comunicaban que quedaban suspendidos todos los actos de esas jornadas de oración, pues aquellas Iglesias vetadas, eran precisamente las ecuménicas y, por tanto, en diálogo entre ellas y con la Iglesia católica. La decisión sorprendió a las autoridades, amenazaba, una vez más, un conflicto diplomático, pero la decisión, se mantuvo, pues estaban todos unidos. Como testimonio de oración se conservó únicamente el culto interconfesional del viernes 22, dentro de la Semana, en la parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, en Madrid.

Marca este hecho cómo, efectivamente, la celebración de las Semanas de la Unidad han sido el termómetro de la intensidad del ecumenismo real entre las Iglesias a lo largo del año. Sigue ocurriendo, pues existen ocasiones en las que dificultades, enfrentamientos o soluciones en la preparación de la celebración de estos días de oración conjunta son el barómetro del clima de acercamiento o alejamiento, especialmente con la Iglesia católica. Existe alguna diferencia, conocida por todos, donde la indiferencia o posición adversa de la jerarquía hacia las otras Iglesias ha creado estos últimos años posiciones controvertidas. Tal vez eso indique cierta purificación en la actividad ecuménica, ya que por esas diferencias han surgido potentes y prometedores movimientos ecuménicos de laicos que incorporan dentro de sí fieles de diversas Iglesias.

En las diócesis se celebra con mayor o menor interés, pero siempre con éxito en el campo de los fieles, esta Semana y en muchas de ellas de forma interconfesional. Falta después una continuidad a lo largo del resto del año, a pesar de los esfuerzos de muchos de los delegados diocesanos de ecumenismo y de algunos pastores de las Iglesias más ecuménicas. Tal vez, al recordar que alrededor de estas Semanas ha surgido y se mantiene la labor ecuménica, podría lograrse un más efectivo ecumenismo en las cosas comunes del día a día y en la colaboración más estrecha de quienes se dedican especialmente a este quehacer de diversas Iglesias: la amistad personal, la ayuda mutua, el mejor conocimiento, la estima que de esto surge, la constante oración común..., podrían ser, entre otras, medios eficaces para un movimiento ecuménico más vivo a través del año.

El ecumenismo con los emigrantes, la acción común por la paz, la justicia, los desheredados, los marginados... . el ecumenismo en las fiestas religiosas: Pascua, Pentecostés, celebraciones, bautizos, matrimonios, acontecimientos de las familias y de las Iglesias podrían incorporarse a la actividad ecuménica..., el ecumenismo de las visitas: a la Santa Cena, a la Eucaristía, a la Divina Liturgia, a las necesidades de algunas Iglesias. Fue importante escuchar en una reunión ecuménica, hace poco, como un miembro de una Iglesia pedía a los miembros de las demás ayuda para la difícil situación que su Iglesia estaba atravesando.

CENTRO ECUMÉNICO - C/ José Arcones Gil,37,2º. - 28017 MADRID, ESPAÑA - Tlf: [34] + 91 3675840