Asociación "Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad"
Asociación Ecuménica "Cristianos por la Unidad"
Servicio de Ayuda y Estudio del Sectarismo

[Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, O.S.A
2 - febrero - 2008]

ANTE LA MUERTE DE SU BEATITUD CHRISTODOULOS,
ARZOBISPO DE ATENAS Y TODA GRECIA

 



Su Beatitud Christodoulos, Arzobispo de Atenas
y de toda Grecia, fallecido a los 69 años en su casa
de la capital griega en la madrugada del 28 de enero de 2008

 

La noticia y su contexto. A las 5.15 h. del 28 de enero de 2008, apenas tres días después de concluida la Semana de oración por la unidad de los cristianos, falleció en su residencia Neà Filothei, en el suburbio ateniense con nombre de vieja y nutricia raíz helénica, Psiquicó, bahía del Falero al fondo y no lejos de los altivos mármoles acropolitanos color de miel, Su Beatitud Christodoulos, Arzobispo de Atenas y Toda Grecia. Tenía 69 años de edad. Según fuentes de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala, padecía cáncer de hígado y de intestino, declarado el 9 de junio de 2007, cuando, listo para una visita al Patriarca de Alejandría, se había sentido de pronto indispuesto. Intervenido con éxito en Atenas, los médicos, no obstante, vieron la conveniencia de que siguiese un tratamiento largo para el hígado en el Memorial Jackson Hospital de Miami (EE.UU.), donde le esperaba el médico grecoamericano y amigo suyo Andreas Tzakis. Christodoulos partió de Atenas rumbo a Estados Unidos el 18 de agosto. Pero cincuenta días más tarde, vista la inutilidad del ansiado trasplante por el irreversible empeoramiento del mal, tuvo que regresar a su patria cuando corría ya octubre. Una vez en Atenas, pidió que no se le volviese a hospitalizar. Desde entonces ha recibido las sesiones de quimio en su propia residencia cubriendo con visible deterioro físico el último tramo de su recta final. Por allí han pasado estas semanas, con el noble propósito de la despedida del pastor y del amigo ante una muerte anunciada, personalidades eclesiásticas, civiles y militares.

«Perdió la voluntad de vivir y decidió entregar su alma», comentaba en declaración de urgencia el obispo Anthimos de Salónica a la televisión estatal griega, apenas conocido el deceso. El primer ministro, Costas Karamanlis, por su parte, calificó al finado de «clérigo ilustrado» y «líder religioso que fortaleció el papel de la Ortodoxia en el mundo, ya que –dijo- acercó la Iglesia a la sociedad, a los problemas modernos y a la gente joven». El cadáver fue trasladado poco después del óbito al hospital «Laiko», donde se le practicó la autopsia y, acto seguido, a la capilla ardiente instalada en la Catedral de la Anunciación, de Atenas, que ha permanecido abierta tres días para que los fieles le diesen su adiós. Christodoulos ha sido inhumado en el primer cementerio de la capital griega el pasado jueves 31 de marzo de 2008, con honores de jefe de estado. El Gobierno griego había decretado luto nacional de tres días, durante los cuales las banderas permanecieron izadas a media asta. Entre las numerosas delegaciones asistentes al funeral, cabe citar la de la Santa Sede, presidida por el cardenal Paul Poupard, a quien acompañaban monseñor Brian Farrell L.C., secretario del PCPUC y algunos oficiales del dicasterio. También han estado presentes Su Santidad Bartolomé I, patriarca de Constantinopla, quien el pasado verano se llegó hasta el hospital de Atenas para interesarse por la salud del amigo y a quien ahora le ha correspondido el honor de presidir el funeral, en el que también han estado presentes los patriarcas de Alejandría, Theodoros II, y de Jerusalén, Theophilos III. Por la Iglesia ortodoxa rusa lo ha hecho el metropolita Philaret de Minks, exarca del patriarca de Moscú en Bielorrusia y miembro permanente del Santo Sínodo.

Apenas conocida la triste noticia, Benedicto XVI envió un telegrama a Su Eminencia Seraphim, metropolita de Karystia y Skiros, en el que habla del «distinguido pastor de la Iglesia de Grecia», y de como «la acogida fraternal con que su Beatitud recibió a mi predecesor Juan Pablo II con motivo de su visita a Atenas en mayo de 2001, así como la visita tributada por el arzobispo Christodoulos a Roma en diciembre de 2006, abrieron una nueva era de cordial cooperación entre nosotros que desembocó en la intensificación de los contactos y de la amistad en la búsqueda de una comunión más estrecha en el contexto de la creciente unidad de Europa».  «Yo y los católicos de todo el mundo –sigue diciendo en el telegrama-- rezamos para que la gracia de Dios sostenga a la Iglesia ortodoxa de Grecia de modo que siga afianzándose en los logros pastorales del fallecido arzobispo, y al encomendar la noble alma de Su Beatitud al amor misericordioso de nuestro Padre celestial os consuele la promesa del Señor de recompensar a sus fieles servidores». El citado monseñor Farrell explicó que el finado había ofrecido «personalmente una contribución significativa a la mejora de las relaciones entre la Iglesia de Grecia y la Iglesia católica», siendo el momento decisivo «la visita de Juan Pablo II a Atenas, en el año 2001, cuando Christodoulos le dio la bienvenida, a pesar de que se habían alzado voces opuestas a la visita papal. Desde entonces –concluyó el  prelado-- se da un nuevo clima de colaboración entre nuestro Consejo Pontificio y la Iglesia de Grecia». El presidente del PASOK, Georgios Papandreou, declaró también que había sido «una de las figuras más importantes de la Iglesia de Grecia. Un dirigente espiritual de gran prestigio que dio prueba de una intensa actividad social. Un combatiente y un erudito que ha dejado su marca sobre la Iglesia a la que ha servido fielmente con pasión y ardor». Hicieron llegar también sus condolencias el presidente de la Comisión europea, José Manuel Barroso, el del Consejo mundial del Helenismo de la Diáspora, Stephanos Tamvakis; los patriarcas de Moscú y de todas las Rusias, Alexis II; de Rumanía, Daniel; de Jerusalén, Theophilos III; de Alejandría, Theodoros II;  el arzobispo de Nueva Justiniana y Chipre, Chrysostomos II; y el arzobispo de Australia, monseñor Stylianos.

 



Varlaam, uno de los impresionantes monasterios de
Meteora, en las llanuras de Tesalia (Grecia), donde
Christodoulos abrazó la vida monástica en 1961.

Datos para una semblanza: Su Beatitud Christodoulos, Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, en el mundo Christodoulos Christos Paraskevaïdis, había nacido en Xanthe (una de las tres provincias de la Tracia griega, al Noroeste de Grecia) el 21 de octubre de 1939. Cursados estudios en Derecho, abrazó en 1961 la vida monástica en el Monasterio de Varlaam, Meteora (sobre la gran llanura de Tesalia), adoptando el nombre de Christodoulos, que en griego significa «esclavo de Cristo».

Diácono ese mismo año de 1961, es consagrado presbítero en 1965 y en 1967 obtiene la diplomatura y más tarde el doctorado en Teología por Atenas. Consagrado obispo el 14 de julio de 1974, predica durante nueve años en la parroquia ateniense de Paleo Faliro, antes de ejercer durante otros siete como Secretario del Santo Sínodo. A los 35 es promovido a metropolita de Dimitrias, obispado de la ciudad portuaria de Volos (en la Grecia central), donde permanece desde 1974 hasta 1998. Y director de Relaciones Ecuménicas de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala, entre 1985-1998, año en que a los 59 de edad es elegido para suceder a Seraphim, que había regido dicha Iglesia desde 1974, como Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, convirtiéndose así en el más joven de cuantos arzobispos han ocupado el trono primacial. Elegido en el mes de abril, su entronización tuvo lugar en Atenas el 9 de mayo de 1998. El nuevo Arzobispo dio especial importancia a las estaciones de radio y televisión de la Iglesia en Grecia. Procuró también aumentar el papel eclesial en la sociedad, erradicando de ella toda forma de manifestación xenófoba o racista. Objetivos del nuevo Arzobispo fueron también, desde el primer momento, una mayor participación de los jóvenes en la vida de la Iglesia, la mejora en las relaciones con el Patriarcado Ecuménico, y la afirmación del papel de Grecia en Europa, así como la plena integración del país en la Unión Europea. Estaba en posesión de varios doctorados honoris causa, entre ellos el de las universidades rumanas de Iasi (2000) y Craiova (2003), y el de la romana Pontificia Universidad Lateranense (2006). La Iglesia ortodoxa griega autocéfala se involucró cada vez más, bajo su mandato, en la actividad filantrópica, no sólo emitiendo declaraciones acerca de su postura en temas de justicia social, sino también a través de la acción apostólica del mantenimiento de orfanatos, asilos de ancianos, hospitales, y otras obras de beneficencia. Una Iglesia la suya, por lo demás, básicamente centrada, para lo que a enseñanza teológica se refiere, en las Facultades de Teología de las universidades de Atenas y Tesalónica. Hay asimismo varios seminarios dedicados a la educación de los sacerdotes parroquiales, aunque, contrariamente a cuanto se cree, muchos de los teólogos más brillantes de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala son laicos.

 



Encuentro de Christodoulos y
Juan Pablo II en el Areópago
de Atenas, el 4 de mayo de 2001.

Su personalidad: Era Christodoulos un eclesiástico culto, dinámico y emprendedor. Hablaba fluidamente inglés y francés, además del griego naturalmente, y manejaba la pluma como escritor y comentarista prolífico, lo que le convirtió en autor de numerosos libros no sólo de argumento religioso, sino también de historia y de sociología. Siempre atento a las innovaciones tecnológicas, a finales de los ’90, cuando explotó la era cibernética, no vaciló en marginar la consabida cautela de la Iglesia y abrir en Internet un portal en griego y en inglés con una biblioteca digital en nueve lenguas suministrando información, ya de carácter religioso y eclesial, ya, también, de arte y cultura. Pero lo que de Christodoulos hace una personalidad de veras histórica es, a mi modo de ver, su ecumenismo. Con prudencia, sin duda, pero a la vez con no menos firmeza, promovió un contacto real y progresivo con todas las categorías internas de la Iglesia. Procuró desde un principio llevar la pastoral de la Iglesia de Grecia hacia la solución de los problemas reales, culturales, económicos, sociales y, sobre todo, religiosos. Comprendió, sin embargo, que había que hacer todavía más: era preciso acabar cuanto antes con el aislamiento en que su Iglesia había caído dentro del mundo pancristiano, y de modo particular, si se quiere, con la Iglesia católica. No lo iba a tener fácil, pero por intentarlo nada se perdía y, por el contrario, mucho se podía ganar. De él quedará, en efecto, y es de aplaudir, la fundada impresión de haber promovido los contactos de la Iglesia de Grecia con el mundo cristiano. Lo hizo, repito, de modo gradual, progresivo y prudente. Dentro de este contexto, y por cuanto atañe a las relaciones con Roma, se puede afirmar de igual modo que obró con el mismo tesón y la misma firmeza. El arzobispo de Naxos y secretario general de la Conferencia episcopal de Grecia, compañero de niñez y de escuela de Christodoulos, monseñor Nikolaos Printesis, ha hecho memoria de los últimos días de la enfermedad: «En estos meses –ha dicho-- predicó mucho más fuerte gracias a su ejemplo. Buscó acercar la Iglesia a la gente, especialmente a los jóvenes». En particular, se «prodigó siempre por las buenas relaciones entre Atenas y Roma y este compromiso suyo hacia la unidad se notaba mucho cuando visitaba zonas de Grecia, como las islas Cícladas, donde hay presencia de muchos católicos. Nos consideraba hermanos en el episcopado, al menos dos veces los obispos católicos fueron recibidos por él, y buscaba modos siempre nuevos que consintiesen el reacercamiento». A propósito de la asamblea plenaria de Ravena, es de justicia reconocerle su abierto apoyo a la Comisión Internacional Mixta para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa en su conjunto. Pero donde más se puede acusar este hacer ecuménico suyo internacional, con Roma sobre todo, tal vez sea en los encuentros que mantuvo con los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.

 



El 4 de mayo del 2001, Juan Pablo II
visitó Grecia, en cuya capital se reunió
con él Su Beatitud Christodoulos,
Arzobispo de Atenas y Toda Grecia,
Primado de la Iglesia ortodoxa
griega autocéfala

Con Juan Pablo II: Desplegó un decisivo papel en la mejora de las relaciones con la Iglesia católica, hasta entonces prácticamente paralizadas. No estará de más recordar que esta Iglesia ortodoxa griega autocéfala fue la más acérrima opositora a mandar observadores ortodoxos al Concilio Ecuménico Vaticano II provocando con ello gran desconcierto y no poca desilusión a otras que sí querían, empezando por el mismo patriarca Athenágoras I. Los predecesores de Christodoulos, la verdad, se habían cerrado en banda y no daban su brazo a torcer. Esto puede que ayude a comprender el gesto de Juan Pablo II peregrinando tras las huellas de san Pablo, en mayo de 2001, gesto que fue secundado inmediatamente por el Primer Ministro griego, todo hay que decirlo, mas no así –en un primer momento- por Christodoulos. Pero Christodoulos era mucho Christodoulos  y no estaba dispuesto a dejar pasar ese tren desde el andén. De modo que terminó por acceder a entrevistarse con el Papa en el Areópago de Atenas, y firmar una declaración conjunta. Era el primer Pontífice que visitaba Grecia después de mil años. Aún así, no fue fácil para Christodoulos dar aquel paso. No todos los once millones de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala eran partidarios ni se mostraban entusiastas con semejante apertura. De hecho, el Santo Sínodo se había mostrado más bien receloso antes de dar luz verde. Christodoulos, no obstante,  se la jugó y ganó. Obtuvo el plácet del Santo Sínodo, bien es cierto que a cambio de tener que pronunciar un severo discurso ante el ilustre huésped. Por supuesto que facilitó las cosas, y mucho, la grandeza de alma de Juan Pablo II dispuesto a soportar el chaparrón y, llegado el momento, echándole cortesía y Evangelio con un «al menos podremos rezar juntos el Padrenuestro, ¿no?». De manera que el evento, como digo, acabó siendo histórico, de epocal lo calificaron algunos. Porque aquel encuentro fue seguido también de un coloquio privado con el Papa.  Christodoulos, a pesar de todo, no obtuvo lo pronto que hubiera querido el permiso para la devolución de aquella visita. Se lo impidió el veto del Santo Sínodo. Sólo a finales del 2006 pudo acudir oficialmente al Vaticano y ver a Benedicto XVI. Bien es cierto que al funeral por Juan Pablo II en Roma  sí había podido asistir.

Los achaques de su ancianidad, bien visibles a través de las cámaras, no impidieron a Juan Pablo II pedir «perdón» por el «saqueo» de los cruzados en Constantinopla en el siglo XIII y abrazarse fraternalmente a Christodoulos, aun a trueque de tener que aguantar a unos centenares de metros la tórpida reacción de un centenar de ultraortodoxos descerebrados y, a cientos de kilómetros de Atenas, las campanas de algún monasterio del Monte Athos tocando a muerto. «Por las ocasiones del pasado y del presente, en la que los hijos e hijas de la Iglesia católica han pecado por acción u omisión contra los hermanos y hermanas ortodoxos, te pedimos, Señor, que les concedas el perdón», dijo el Papa exhortando a superar aquello y a mirar «hacia adelante». Contentó así a los que pedían el mea culpa por lo sucedido en la IV Cruzada, y no le dolieron prendas en hablar de «recuerdos particularmente dolorosos» y del «profundo pesar» de los católicos por el hecho de que quienes saquearon Constantinopla eran «cristianos latinos». «Vengo como peregrino», había declarado Juan Pablo II al desembarcar en el aeropuerto de Atenas, donde besó la tierra, antes de proseguir horas después hacia Siria y Malta, tras  las huellas del Apóstol de los Gentiles. Las palabras de su discurso llegaron a muchos corazones, sobre todo contrastado éste con el duro y escasamente protocolario de Christodoulos, quien, en gran parte, le había pedido lo que Juan Pablo II no rehusó dar. Habría que saber hasta dónde aquel severo discurso era cosecha de Christodoulos y hasta qué punto de la pluma censora del Santo Sínodo. El humilde y grandioso gesto de Juan Pablo II se inscribe, después de todo, en el libro de oro del ecumenismo, donde también refulgen páginas de Pablo VI besando los pies al metropolita Melitón de Calcedonia allá en 1975 y en la Capilla Sixtina.

De todos modos, y a raíz de la visita del Papa Wojtyla al Areópago, hubo intercambio de visitas entre delegaciones del Santo Sínodo griego a Roma y del PCPUC a Atenas, los cuales fueron indudablemente dulcificando voluntades y aflojando tiranteces de la Iglesia de Grecia dentro del movimiento ecuménico. Del 8 al 13 de marzo de 2002, por ejemplo, acudió al Vaticano una delegación griega enviada por el ahora fallecido al objeto de abrir caminos de colaboración entre ortodoxos y católicos sobre argumentos atingentes a la fe en Europa. Ciertamente no pretendía sino poner en marcha una colaboración pastoral entre ambas Iglesias sobre temas de la Europa cristiana, la familia, la sociedad a construir en el Tercer Milenio, y la bioética. Se explica, pues, que Christodoulos asistiese en abril de 2005, ya lo he dicho, al funeral por Juan Pablo II en Roma. Se había superado lo más duro. Lo que no quita para que ahora las cosas puedan torcerse de nuevo, Dios no lo quiera, con la llegada al trono primacial de algún metropolita insensible al ecumenismo, por no decir con el reloj de su eclesiología parado. Athanasios Chatzopulos, metropolita de Acaya, por ejemplo, otro de los grandes amigos de Christodoulos, que desde años atrás representa a la Iglesia ortodoxa griega autocéfala en las instituciones europeas de Bruselas, no dejaba de contemplar este peligro al declarar pocas horas después del deceso cuanto sigue: «Estoy muy conmovido, porque todo lo que yo he trabajado en Bruselas lo hice siempre con él. Una Iglesia que no vive sólo para sí misma tiene necesidad de un testimonio de la vida griega también en la UE». Pero toda esta sensiblería, comprensible y hasta cierto punto lógica en horas de trono vacante, se la puede llevar ahora por delante un imprevisto cambio de viento del Santo Sínodo. A uno le queda el consuelo de creer que por encima de tales miserias humanas está siempre vigilando y al quite el mismo Espíritu Santo, quien, desde arriba, no cesa de ocuparse de la Unidad.

 



Encuentro de Christodoulos con el Papa Benedicto XVI
en el Vaticano: 14 de diciembre de 2006

 

Con Benedicto XVI. El Papa Ratzinger recibió a Christodoulos y a su séquito el 14 de diciembre de 2006. Era ya otro clima, otra circunstancia, otro escenario. Esos días romanos, además, fruto sin duda de una cuidadosa preparación,  Christodoulos fue investido Doctor honoris causa en derecho civil y canónico por la Universidad Lateranense y visitó algunos lugares sagrados de la ciudad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, como las basílicas y las catacumbas de Priscila. Otro hito histórico éste, a la postre, pues era la primera vez que un Primado griego se acercaba en visita oficial al Vaticano, tras haber salvado no pocos obstáculos como arriba digo. Estuvo cordial, cercano, sonriente, y, con la cortesía por montera, tampoco dejó de visitar la iglesia de San Teodoro Megalomártir, destinada al uso litúrgico de la comunidad greco-ortodoxa de Roma, ni la Basílica de San Clemente, donde tuvo la dicha de orar ante la tumba de San Cirilo. Todo había empezado con una cena que el cardenal Walter Kasper, presidente del PCPUC, ofreció en la Casa de Santa Marta, del mismo Vaticano, al ilustre huésped y a su séquito. Y para terminar a lo grande la faena, se organizó una emotiva ceremonia en la Basílica de San Pablo Extramuros, en el curso de la cual se le hizo entrega de unos anillos de las cadenas que san Pablo llevó en la prisión, y que allí se conservan. «Recibimos este fragmento de las cadenas del apóstol Pablo –dijo entonces un emocionado Christodoulos--  como una reliquia muy preciosa. Grecia –prosiguió-- se siente orgullosa de tener al apóstol Pablo como padre espiritual y doctor, y de haber sido iniciada por él en la verdad del Evangelio, y no sólo ella sino Europa entera». Christodoulos, por último, acudiendo a sus recursos ecuménicos, auspició aquellos anillos hasta entonces llevados regularmente en procesión dentro de la basílica romana y en el barrio de San Pablo, «sean de hoy  en adelante –dijo-- el lazo irrompible que une el Oriente y el Occidente».

Entre las informaciones de estos días no han faltado distorsiones y hasta imperdonables errores técnicos en autores que, al escribir de estos temas, debieran andarse con más cuidado: Christodoulos, para empezar, no es patriarca. Escribir, pues, que ha muerto el Patriarca de la Iglesia ortodoxa de Grecia no es más que un gratuito e irresponsable invento del que tal haya escrito, o escriba, y ganas de jugar a confundir. Su Iglesia es una de las 15 Iglesias ortodoxas autocéfalas, pero no es Iglesia patriarcal. En el siglo IV  estuvo enteramente bajo la jurisdicción de Constantinopla. Sólo en 1833, a raíz de la independencia griega (1830), proclama su independencia, es decir su condición de autocéfala vis-à-vis de Constantinopla, entonces bajo dominación otomana. Oficialmente reconocida por la constitución, ella será en adelante administrada por un Santo Sínodo presidido por el –y este es el título exacto-- Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, al que corresponde el tratamiento de Su Beatitud, y no de Su Santidad. En 1850, el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla reconoce como autocéfala a la Iglesia de Grecia sin que, por el contrario, se le otorgue título patriarcal de ningún género. Por fuerza de los acontecimientos y a medida que se agrande el territorio de Grecia (1866 y 1882), Constantinopla irá transfiriendo algunas diócesis a la jurisdicción de la Iglesia de Grecia. A raíz de la Guerra de los balcanes (1912-1913), Constantinopla rehúsa sin embargo transferir la administración de las diócesis del Norte de Grecia (Epiro, Macedonia y Tracia occidental). En 1928 interviene la solución salomónica de un acuerdo: esas diócesis espiritual y canónicamente del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, pasarán a ser administradas por la Iglesia de Grecia. Creta (con estatuto de semi-autonomía), Rodas y el Monte Athos, en cambio, permanecen bajo responsabilidad directa de Constantinopla.

 

Acérrimo nacionalista. No quisiera despachar esta breve reseña sin aludir a su controvertido nacionalismo, siquiera sea con unas pinceladas y a pesar de que mi principal frente sea el ecuménico. Consta, y es bien sabido, que apenas entronizado, el entonces joven Christodoulos tardó poco en asumir posiciones críticas y criticadas en temas de orden religioso, social y político. En 1999 fue uno de los impulsores de la oposición a la guerra de Kosovo, llamando «peones de Satán» a los bombarderos de la OTAN, a la vez que manifestaba su desacuerdo con la intención del gobierno griego de seguir los dictados de la Unión Europea. Se opuso a negociar sobre el mantenimiento de la palabra «macedonia» por el nuevo estado ex yogoslavo de Macedonia. Y también contra el ingreso de Turquía en la UE, lo que no debió de hacer ninguna gracia a Su Santidad Bartolomé I, con el Fanar en Estambul, corazón de Turquía. En 2000, volvió a las portadas de los periódicos con la convocatoria de masivas manifestaciones en las principales ciudades griegas, hasta 300.000 manifestantes hubo en Atenas, contra la decisión del entonces ejecutivo socialista de suprimir la indicación de «religión» en las nuevas células de identidad nacional. Logró reunir tres millones de firmas contra el gobierno y pedir, sin éxito, un referéndum. Así que la indicación religiosa fue eliminada. Ese mismo año, finales de agosto y primeros de septiembre, quien esto escribe acudió al XXIX Encuentro Internacional e Interconfesional de Religiosas celebrado en Tebas (Grecia), para pronunciar una conferencia. Uno recuerda cómo se decía por allí de Su Eminencia Hieronymos Ioannis Liapis, metropolita de Tebas–Levadeia, con quien pudimos dialogar largo y tendido una tarde del Encuentro, que había sido el contrincante principal de Christodoulos durante las votaciones del Santo Sínodo para Arzobispo de Atenas. Y bien, el ambiente aquellas semanas no era muy propicio y a favor que digamos para Christodoulos, precisamente por las medidas arriba señaladas. «Las fuerzas de la globalización y de la marginalización religiosa están desatadas para someternos», llegó a decir entonces a una multitud de 800.000 seguidores en Atenas. Al año siguiente aceptó la visita de Juan Pablo II, y ya hemos visto a qué precio: para leerle una lista de «13 ofensas» de la Iglesia católica contra la Iglesia ortodoxa desde el Gran Cisma del siglo XI y lamentar la ausencia de disculpas por parte del catolicismo romano. En 2002, volvió a encabezar las protestas públicas, esta vez contra la versión griega del programa televisivo «El Gran Hermano», exhortando a los fieles ortodoxos a «apagar sus televisores» durante la transmisión.

Su apasionada defensa de la nacionalidad y la cultura griegas vino de la mano de sus acerbas críticas contra la globalización, a la que describió como un «complot extranjero» para privar a la gente de su identidad nacional. En 2004 dijo que la globalización era como un «bulldozer que pretendía demolerlo todo, a favor de aquellos que quieren gobernar el mundo sin resistencia ni obstáculos». Y dos años después no dudó en calificarla de «crimen contra la humanidad», lo que le valió ser acusado por políticos y detractores de inmiscuirse en asuntos ajenos a la jurisdicción espiritual de la Iglesia.  Pero él siguió impertérrito y convencido --una vez lo dijo públicamente--, de que «los clérigos están por encima de reyes, primeros ministros y presidentes». El metropolita Athanasios de Acaya representó a la Iglesia ortodoxa de Grecia en la reciente cumbre de San Egidio en Nápoles el pasado octubre. Colaborador de Christodoulos, el hombre que --dice-- «ha abierto las puertas de la Iglesia de Grecia por primera vez al papa de Roma después de más de mil años, y el primero también en hacer una visita a la Santa Sede, y el primero en ir a Ginebra para encontrarse con las autoridades del CEI. Él fue quien quiso establecer una representación de la Iglesia de Grecia ante la UE con un trabajo ante las instituciones internacionales que hacíamos juntos desde hace ocho años». En la madrugada del lunes, insiste, «un cáncer en el hígado se ha llevado para siempre al profeta del diálogo ecuménico de la Grecia ortodoxa». Los obispos católicos griegos, por su parte, reconocen que «Christodoulos ha hecho salir a la Iglesia de la sacristía y la ha llevado en medio de la gente». Monseñor Eleuterio Fortino, subsecretario del PCPUC, en una entrevista por Radio Vaticano, lo ha definido «un hombre de Iglesia, que ha amado a su pueblo y dedicado con generosidad su servicio pastoral, primero como obispo local, en cuanto metropolita de Volos, y después como arzobispo de Atenas y primado de la Iglesia de Grecia».

El tiempo dirá cuánto queda de este polémico, apasionado, inquieto y celoso pastor de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala, resueltamente embarcado en la navecilla del ecumenismo y decidido a sacar a su Iglesia de un aislacionismo ancestral y por tantos títulos obsoleto. Ahora que ya estará gozando del gaudium de veritate, que san Agustín de Hipona decía para definir la vida eterna (Conf. X, 23, 33), podrá comprender en plenitud cuánto bien le reportaron a san Pablo las cadenas cuyos anillos, algunos, él, Christodoulos, recibió como obsequio durante su visita a Roma. Y sobre todo, cuánta es la profundidad, la altura y la anchura de esa vocación a la que un día fue él también convocado (cf. Ef 4, 4); la del misterio, en fin, de las palabras que Jesús pronunció en la última Cena cuando el Ut unum sint (Jn 17, 21), santa causa de la Iglesia por la que sinceramente, a la postre, él se gastó y desgastó.

Prelados del arzobispado de Atenas transportan el féretro con
los restos mortales de Su Beatitud Christodoulos en la
catedral metropolitana de la capital. Foto [infogrece]

Las incógnitas de un sucesor. La Iglesia ortodoxa griega autocéfala ha determinado que la elección del  sucesor sea el 7 de febrero de 2008 en la catedral de Atenas. Por tradición, debe hacerse dentro de los 20 días a partir de la muerte del titular. Y mediante la elección del Santo Sínodo. De modo que a los 75 metropolitas de Grecia que hoy guían una diócesis incumbe dicho cometido. Como en el cónclave de la Iglesia católica, tampoco ellos podrán volver a la diócesis antes de haber procedido a la elección, que probablemente discurrirá según los tres turnos reglamentarios de votación. El primero, para evaluar la gestión del difunto y presentar a los candidatos. El segundo, para fijar tres o cuatro nombres sobre los que podrían recaer los votos. Y por último, el tercero, para la elección. Los más afectos a Christodoulos, como Athanasios de Acaya, tantas veces aquí traído, que no es elector, por cierto, pero sí elegible, esperan que la apertura ecuménica continúe. Es de todos bien sabido, sin embargo, y mejor será no hacerse ilusiones, que la del difunto era una línea que distaba de ser compartida por todos; ni siquiera, según algunos expertos, por la mayoría. «Debemos esperar», concluye por eso Athanasios con esta añadidura típica de la espiritualidad que atesoran los orientales: «Orad también vosotros para que prosigamos por este camino». Descanse en paz, añado yo por mi parte, aquí y ahora, mientras deposito sobre su tumba el ramo de flores de esta reseña. Y que el mismo Señor sea premio y corona de quien contribuyó a desbloquear unas relaciones ecuménicas con Roma, que antes habían estado siempre negadas al diálogo y cuyas puertas, cuando él llegó, permanecían todavía cerradas a cal y canto.

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