ANTE
LA MUERTE DE SU BEATITUD CHRISTODOULOS,
ARZOBISPO
DE ATENAS Y TODA GRECIA
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Su Beatitud Christodoulos, Arzobispo de Atenas
y de toda
Grecia,
fallecido a los 69 años en su casa
de la capital
griega en la madrugada del 28 de enero
de 2008
La noticia y su
contexto.
A las 5.15 h. del 28 de enero de 2008, apenas tres días
después
de concluida la Semana de oración por la unidad
de los cristianos, falleció en su residencia Neà Filothei,
en el suburbio ateniense con nombre de vieja y nutricia
raíz helénica, Psiquicó, bahía
del Falero al fondo y no lejos de los altivos mármoles
acropolitanos color de miel, Su Beatitud Christodoulos,
Arzobispo de Atenas y Toda Grecia. Tenía 69 años
de edad. Según fuentes de la Iglesia ortodoxa
griega autocéfala, padecía cáncer
de hígado y de intestino, declarado el 9 de junio
de 2007, cuando, listo para una visita al Patriarca de
Alejandría, se había sentido de pronto
indispuesto. Intervenido con éxito en Atenas,
los médicos, no obstante, vieron la conveniencia
de que siguiese un tratamiento largo para el hígado
en el Memorial Jackson Hospital de Miami (EE.UU.), donde
le esperaba el médico grecoamericano y amigo suyo
Andreas Tzakis. Christodoulos partió de Atenas
rumbo a Estados Unidos el 18 de agosto. Pero cincuenta
días más tarde, vista la inutilidad del
ansiado trasplante por el irreversible empeoramiento
del mal, tuvo que regresar a su patria cuando corría
ya octubre. Una vez en Atenas, pidió que no se
le volviese a hospitalizar. Desde entonces ha recibido
las sesiones de quimio en su propia residencia cubriendo
con visible deterioro físico el último
tramo de su recta final. Por allí han pasado estas
semanas, con el noble propósito de la despedida
del pastor y del amigo ante una muerte anunciada, personalidades
eclesiásticas, civiles y militares.
«Perdió la voluntad de vivir y decidió entregar su alma»,
comentaba en declaración de urgencia el obispo Anthimos de Salónica
a la televisión estatal griega, apenas conocido el deceso. El primer
ministro, Costas Karamanlis, por su parte, calificó al finado de «clérigo
ilustrado» y «líder religioso que fortaleció el
papel de la Ortodoxia en el mundo, ya que –dijo- acercó la Iglesia
a la sociedad, a los problemas modernos y a la gente joven». El cadáver
fue trasladado poco después del óbito al hospital «Laiko»,
donde se le practicó la autopsia y, acto seguido, a la capilla ardiente
instalada en la Catedral de la Anunciación, de Atenas, que ha permanecido
abierta tres días para que los fieles le diesen su adiós. Christodoulos
ha sido inhumado en el primer cementerio de la capital griega el pasado jueves
31 de marzo de 2008, con honores de jefe de estado. El Gobierno griego había
decretado luto nacional de tres días, durante los cuales las banderas
permanecieron izadas a media asta. Entre las numerosas delegaciones asistentes
al funeral, cabe citar la de la Santa Sede, presidida por el cardenal Paul
Poupard, a quien acompañaban monseñor Brian Farrell L.C., secretario
del PCPUC y algunos oficiales del dicasterio. También han estado presentes
Su Santidad Bartolomé I, patriarca de Constantinopla, quien el pasado
verano se llegó hasta el hospital de Atenas para interesarse por la
salud del amigo y a quien ahora le ha correspondido el honor de presidir el
funeral, en el que también han estado presentes los patriarcas de Alejandría,
Theodoros II, y de Jerusalén, Theophilos III. Por la Iglesia ortodoxa
rusa lo ha hecho el metropolita Philaret de Minks, exarca del patriarca de
Moscú en Bielorrusia y miembro permanente del Santo Sínodo.
Apenas
conocida la triste noticia, Benedicto XVI envió un
telegrama a Su Eminencia Seraphim, metropolita de Karystia
y Skiros, en el que habla del «distinguido pastor
de la Iglesia de Grecia», y de como «la acogida
fraternal con que su Beatitud recibió a mi predecesor
Juan Pablo II con motivo de su visita a Atenas en mayo
de 2001, así como la visita tributada por el arzobispo
Christodoulos a Roma en diciembre de 2006, abrieron una
nueva era de cordial cooperación entre nosotros
que desembocó en la intensificación de
los contactos y de la amistad en la búsqueda de
una comunión más estrecha en el contexto
de la creciente unidad de Europa». «Yo
y los católicos de todo el mundo –sigue
diciendo en el telegrama-- rezamos para que la gracia
de Dios sostenga a la Iglesia ortodoxa de Grecia de modo
que siga afianzándose en los logros pastorales
del fallecido arzobispo, y al encomendar la noble alma
de Su Beatitud al amor misericordioso de nuestro Padre
celestial os consuele la promesa del Señor de
recompensar a sus fieles servidores». El citado
monseñor Farrell explicó que el finado
había ofrecido «personalmente una contribución
significativa a la mejora de las relaciones entre la
Iglesia de Grecia y la Iglesia católica»,
siendo el momento decisivo «la visita de Juan
Pablo II a Atenas, en el año 2001, cuando Christodoulos
le dio la bienvenida, a pesar de que se habían
alzado voces opuestas a la visita papal. Desde entonces –concluyó el prelado--
se da un nuevo clima de colaboración entre nuestro
Consejo Pontificio y la Iglesia de Grecia». El
presidente del PASOK, Georgios Papandreou, declaró también
que había sido «una de las figuras más
importantes de la Iglesia de Grecia. Un dirigente espiritual
de gran prestigio que dio prueba de una intensa actividad
social. Un combatiente y un erudito que ha dejado su
marca sobre la Iglesia a la que ha servido fielmente
con pasión y ardor». Hicieron llegar también
sus condolencias el presidente de la Comisión
europea, José Manuel Barroso, el del Consejo mundial
del Helenismo de la Diáspora, Stephanos Tamvakis;
los patriarcas de Moscú y de todas las Rusias,
Alexis II; de Rumanía, Daniel; de Jerusalén,
Theophilos III; de Alejandría, Theodoros II; el
arzobispo de Nueva Justiniana y Chipre, Chrysostomos
II; y el arzobispo de Australia, monseñor Stylianos.

Varlaam, uno de los impresionantes
monasterios de
Meteora, en las llanuras de Tesalia
(Grecia), donde
Christodoulos abrazó la vida
monástica
en 1961. |
Datos para una semblanza: Su Beatitud
Christodoulos, Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, en
el mundo Christodoulos Christos Paraskevaïdis,
había nacido en Xanthe (una de las tres provincias
de la Tracia griega, al Noroeste de Grecia) el 21 de
octubre de 1939. Cursados estudios en Derecho, abrazó en
1961 la vida monástica en el Monasterio de Varlaam,
Meteora (sobre la gran llanura de Tesalia), adoptando
el nombre de Christodoulos, que en griego significa «esclavo
de Cristo».
Diácono ese mismo año de 1961, es consagrado
presbítero en 1965 y en 1967 obtiene la diplomatura
y más tarde el doctorado en Teología por
Atenas. Consagrado obispo el 14 de julio de 1974, predica
durante nueve años en la parroquia ateniense de
Paleo Faliro, antes de ejercer durante otros siete como
Secretario del Santo Sínodo. A los 35 es promovido
a metropolita de Dimitrias, obispado de la ciudad portuaria
de Volos (en la Grecia central), donde permanece desde
1974 hasta 1998. Y director de Relaciones Ecuménicas
de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala, entre
1985-1998, año en que a los 59 de edad es elegido
para suceder a Seraphim, que había regido dicha
Iglesia desde 1974, como Arzobispo de Atenas y Toda Grecia,
convirtiéndose así en el más joven
de cuantos arzobispos han ocupado el trono primacial. Elegido
en el mes de abril, su entronización tuvo lugar
en Atenas el 9 de mayo de 1998. El nuevo Arzobispo dio
especial importancia a las estaciones de radio y televisión
de la Iglesia en Grecia. Procuró también
aumentar el papel eclesial en la sociedad, erradicando
de ella toda forma de manifestación xenófoba
o racista. Objetivos del nuevo Arzobispo fueron también,
desde el primer momento, una mayor participación
de los jóvenes en la vida de la Iglesia, la mejora
en las relaciones con el Patriarcado Ecuménico,
y la afirmación del papel de Grecia en Europa,
así como la plena integración del país
en la Unión Europea. Estaba en posesión
de varios doctorados honoris causa, entre ellos el de
las universidades rumanas de Iasi (2000) y Craiova (2003),
y el de la romana Pontificia Universidad Lateranense
(2006). La Iglesia ortodoxa griega autocéfala
se involucró cada vez más, bajo su mandato,
en la actividad filantrópica, no sólo emitiendo
declaraciones acerca de su postura en temas de justicia
social, sino también a través de la acción
apostólica del mantenimiento de orfanatos, asilos
de ancianos, hospitales, y otras obras de beneficencia.
Una Iglesia la suya, por lo demás, básicamente
centrada, para lo que a enseñanza teológica
se refiere, en las Facultades de Teología de las
universidades de Atenas y Tesalónica. Hay asimismo
varios seminarios dedicados a la educación de
los sacerdotes parroquiales, aunque, contrariamente a
cuanto se cree, muchos de los teólogos más
brillantes de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala
son laicos.
Encuentro de Christodoulos
y
Juan Pablo II en el Areópago
de Atenas, el 4 de mayo de 2001. |
Su personalidad:
Era Christodoulos un eclesiástico culto, dinámico y emprendedor.
Hablaba fluidamente inglés y francés, además
del griego naturalmente, y manejaba la pluma como escritor
y comentarista prolífico, lo que le convirtió en
autor de numerosos libros no sólo de argumento
religioso, sino también de historia y de sociología.
Siempre atento a las innovaciones tecnológicas,
a finales de los ’90, cuando explotó la
era cibernética, no vaciló en marginar
la consabida cautela de la Iglesia y abrir en Internet
un portal en griego y en inglés con una biblioteca
digital en nueve lenguas suministrando información,
ya de carácter religioso y eclesial, ya, también,
de arte y cultura. Pero lo que de Christodoulos
hace una personalidad de veras histórica es, a
mi modo de ver, su ecumenismo. Con prudencia, sin duda,
pero a la vez con no menos firmeza, promovió un
contacto real y progresivo con todas las categorías
internas de la Iglesia. Procuró desde un principio
llevar la pastoral de la Iglesia de Grecia hacia la solución
de los problemas reales, culturales, económicos,
sociales y, sobre todo, religiosos. Comprendió,
sin embargo, que había que hacer todavía
más: era preciso acabar cuanto antes con el aislamiento
en que su Iglesia había caído dentro del
mundo pancristiano, y de modo particular, si se quiere,
con la Iglesia católica. No lo iba a tener fácil,
pero por intentarlo nada se perdía y, por el contrario,
mucho se podía ganar. De él quedará,
en efecto, y es de aplaudir, la fundada impresión
de haber promovido los contactos de la Iglesia de Grecia
con el mundo cristiano. Lo hizo, repito, de modo gradual,
progresivo y prudente. Dentro de este contexto, y por
cuanto atañe a las relaciones con Roma, se puede
afirmar de igual modo que obró con el mismo tesón
y la misma firmeza. El arzobispo de Naxos y secretario
general de la Conferencia episcopal de Grecia, compañero
de niñez y de escuela de Christodoulos, monseñor
Nikolaos Printesis, ha hecho memoria de los últimos
días de la enfermedad: «En estos meses –ha
dicho-- predicó mucho más fuerte gracias
a su ejemplo. Buscó acercar la Iglesia a la gente,
especialmente a los jóvenes». En particular,
se «prodigó siempre por las buenas
relaciones entre Atenas y Roma y este compromiso suyo
hacia la unidad se notaba mucho cuando visitaba zonas
de Grecia, como las islas Cícladas, donde hay
presencia de muchos católicos. Nos consideraba
hermanos en el episcopado, al menos dos veces los obispos
católicos fueron recibidos por él, y buscaba
modos siempre nuevos que consintiesen el reacercamiento».
A propósito de la asamblea plenaria de Ravena,
es de justicia reconocerle su abierto apoyo a la Comisión
Internacional Mixta para el Diálogo Teológico
entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa
en su conjunto. Pero donde más se puede acusar
este hacer ecuménico suyo internacional, con Roma
sobre todo, tal vez sea en los encuentros que mantuvo
con los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI.
El 4 de mayo del 2001,
Juan Pablo II
visitó Grecia, en cuya capital se
reunió
con él Su Beatitud Christodoulos,
Arzobispo de Atenas y Toda Grecia,
Primado de la Iglesia ortodoxa
griega autocéfala |
Con Juan Pablo
II: Desplegó un decisivo papel en
la mejora de las relaciones con la Iglesia católica,
hasta entonces prácticamente paralizadas. No
estará de más recordar que esta Iglesia
ortodoxa griega autocéfala fue la más
acérrima opositora a mandar observadores ortodoxos
al Concilio Ecuménico Vaticano II provocando
con ello gran desconcierto y no poca desilusión
a otras que sí querían, empezando por
el mismo patriarca Athenágoras I. Los predecesores
de Christodoulos, la verdad, se habían cerrado
en banda y no daban su brazo a torcer. Esto puede que
ayude a comprender el gesto de Juan Pablo II peregrinando
tras las huellas de san Pablo, en mayo de 2001, gesto
que fue secundado inmediatamente por el Primer Ministro
griego, todo hay que decirlo, mas no así –en
un primer momento- por Christodoulos. Pero Christodoulos
era mucho Christodoulos y no estaba dispuesto
a dejar pasar ese tren desde el andén. De modo
que terminó por acceder a entrevistarse con
el Papa en el Areópago de Atenas, y firmar una
declaración conjunta. Era el primer Pontífice
que visitaba Grecia después de mil años.
Aún así, no fue fácil para Christodoulos
dar aquel paso. No todos los once millones de la Iglesia
ortodoxa griega autocéfala eran partidarios
ni se mostraban entusiastas con semejante apertura.
De hecho, el Santo Sínodo se había mostrado
más bien receloso antes de dar luz verde. Christodoulos,
no obstante, se la jugó y ganó.
Obtuvo el plácet del Santo Sínodo, bien
es cierto que a cambio de tener que pronunciar un severo
discurso ante el ilustre huésped. Por supuesto
que facilitó las cosas, y mucho, la grandeza
de alma de Juan Pablo II dispuesto a soportar el chaparrón
y, llegado el momento, echándole cortesía
y Evangelio con un «al menos podremos rezar juntos
el Padrenuestro, ¿no?». De manera que
el evento, como digo, acabó siendo histórico,
de epocal lo calificaron algunos. Porque aquel encuentro
fue seguido también de un coloquio privado con
el Papa. Christodoulos, a pesar de todo, no obtuvo
lo pronto que hubiera querido el permiso para la devolución
de aquella visita. Se lo impidió el veto del
Santo Sínodo. Sólo a finales del 2006
pudo acudir oficialmente al Vaticano y ver a Benedicto
XVI. Bien es cierto que al funeral por Juan Pablo II
en Roma sí había podido asistir.
Los achaques de su ancianidad, bien visibles a través de las cámaras,
no impidieron a Juan Pablo II pedir «perdón» por el «saqueo» de
los cruzados en Constantinopla en el siglo XIII y abrazarse fraternalmente a
Christodoulos, aun a trueque de tener que aguantar a unos centenares de metros
la tórpida reacción de un centenar de ultraortodoxos descerebrados
y, a cientos de kilómetros de Atenas, las campanas de algún monasterio
del Monte Athos tocando a muerto. «Por las ocasiones del pasado y del presente,
en la que los hijos e hijas de la Iglesia católica han pecado por acción
u omisión contra los hermanos y hermanas ortodoxos, te pedimos, Señor,
que les concedas el perdón», dijo el Papa exhortando a superar aquello
y a mirar «hacia adelante». Contentó así a los que
pedían el mea culpa por lo sucedido en la IV Cruzada, y no le dolieron
prendas en hablar de «recuerdos particularmente dolorosos» y del «profundo
pesar» de los católicos por el hecho de que quienes saquearon Constantinopla
eran «cristianos latinos». «Vengo como peregrino», había
declarado Juan Pablo II al desembarcar en el aeropuerto de Atenas, donde besó la
tierra, antes de proseguir horas después hacia Siria y Malta, tras las
huellas del Apóstol de los Gentiles. Las palabras de su discurso llegaron
a muchos corazones, sobre todo contrastado éste con el duro y escasamente
protocolario de Christodoulos, quien, en gran parte, le había pedido lo
que Juan Pablo II no rehusó dar. Habría que saber hasta dónde
aquel severo discurso era cosecha de Christodoulos y hasta qué punto de
la pluma censora del Santo Sínodo. El humilde y grandioso gesto de Juan
Pablo II se inscribe, después de todo, en el libro de oro del ecumenismo,
donde también refulgen páginas de Pablo VI besando los pies al
metropolita Melitón de Calcedonia allá en 1975 y en la Capilla
Sixtina.
De todos modos, y a raíz de la visita del Papa Wojtyla al Areópago,
hubo intercambio de visitas entre delegaciones del Santo Sínodo griego
a Roma y del PCPUC a Atenas, los cuales fueron indudablemente dulcificando voluntades
y aflojando tiranteces de la Iglesia de Grecia dentro del movimiento ecuménico.
Del 8 al 13 de marzo de 2002, por ejemplo, acudió al Vaticano una delegación
griega enviada por el ahora fallecido al objeto de abrir caminos de colaboración
entre ortodoxos y católicos sobre argumentos atingentes a la fe en Europa.
Ciertamente no pretendía sino poner en marcha una colaboración
pastoral entre ambas Iglesias sobre temas de la Europa cristiana, la familia,
la sociedad a construir en el Tercer Milenio, y la bioética. Se explica,
pues, que Christodoulos asistiese en abril de 2005, ya lo he dicho, al funeral
por Juan Pablo II en Roma. Se había superado lo más duro. Lo que
no quita para que ahora las cosas puedan torcerse de nuevo, Dios no lo quiera,
con la llegada al trono primacial de algún metropolita insensible al ecumenismo,
por no decir con el reloj de su eclesiología parado. Athanasios Chatzopulos,
metropolita de Acaya, por ejemplo, otro de los grandes amigos de Christodoulos,
que desde años atrás representa a la Iglesia ortodoxa griega autocéfala
en las instituciones europeas de Bruselas, no dejaba de contemplar este peligro
al declarar pocas horas después del deceso cuanto sigue: «Estoy
muy conmovido, porque todo lo que yo he trabajado en Bruselas lo hice siempre
con él. Una Iglesia que no vive sólo para sí misma tiene
necesidad de un testimonio de la vida griega también en la UE».
Pero toda esta sensiblería, comprensible y hasta cierto punto lógica
en horas de trono vacante, se la puede llevar ahora por delante un imprevisto
cambio de viento del Santo Sínodo. A uno le queda el consuelo de creer
que por encima de tales miserias humanas está siempre vigilando y al quite
el mismo Espíritu Santo, quien, desde arriba, no cesa de ocuparse de la
Unidad.

Encuentro de Christodoulos
con el Papa Benedicto XVI
en el Vaticano: 14 de diciembre de 2006
Con Benedicto XVI.
El Papa Ratzinger recibió a Christodoulos y a su séquito
el 14 de diciembre de 2006. Era ya otro clima, otra circunstancia,
otro escenario. Esos días romanos, además,
fruto sin duda de una cuidadosa preparación, Christodoulos
fue investido Doctor honoris causa en derecho civil y
canónico por la Universidad Lateranense y visitó algunos
lugares sagrados de la ciudad de los santos apóstoles
Pedro y Pablo, como las basílicas y las catacumbas
de Priscila. Otro hito histórico éste,
a la postre, pues era la primera vez que un Primado griego
se acercaba en visita oficial al Vaticano, tras haber
salvado no pocos obstáculos como arriba digo.
Estuvo cordial, cercano, sonriente, y, con la cortesía
por montera, tampoco dejó de visitar la iglesia
de San Teodoro Megalomártir, destinada al uso
litúrgico de la comunidad greco-ortodoxa de Roma,
ni la Basílica de San Clemente, donde tuvo la
dicha de orar ante la tumba de San Cirilo. Todo había
empezado con una cena que el cardenal Walter Kasper,
presidente del PCPUC, ofreció en la Casa de Santa
Marta, del mismo Vaticano, al ilustre huésped
y a su séquito. Y para terminar a lo grande la
faena, se organizó una emotiva ceremonia en la
Basílica de San Pablo Extramuros, en el curso
de la cual se le hizo entrega de unos anillos de las
cadenas que san Pablo llevó en la prisión,
y que allí se conservan. «Recibimos este
fragmento de las cadenas del apóstol Pablo –dijo
entonces un emocionado Christodoulos-- como una
reliquia muy preciosa. Grecia –prosiguió--
se siente orgullosa de tener al apóstol Pablo
como padre espiritual y doctor, y de haber sido iniciada
por él en la verdad del Evangelio, y no sólo
ella sino Europa entera». Christodoulos, por último,
acudiendo a sus recursos ecuménicos, auspició aquellos
anillos hasta entonces llevados regularmente en procesión
dentro de la basílica romana y en el barrio de
San Pablo, «sean de hoy en adelante –dijo--
el lazo irrompible que une el Oriente y el Occidente».
Entre
las informaciones de estos días no han
faltado distorsiones y hasta imperdonables errores técnicos
en autores que, al escribir de estos temas, debieran
andarse con más cuidado: Christodoulos, para empezar,
no es patriarca. Escribir, pues, que ha muerto el Patriarca
de la Iglesia ortodoxa de Grecia no es más que
un gratuito e irresponsable invento del que tal haya
escrito, o escriba, y ganas de jugar a confundir. Su
Iglesia es una de las 15 Iglesias ortodoxas autocéfalas,
pero no es Iglesia patriarcal. En el siglo IV estuvo
enteramente bajo la jurisdicción de Constantinopla.
Sólo en 1833, a raíz de la independencia
griega (1830), proclama su independencia, es decir su
condición de autocéfala vis-à-vis
de Constantinopla, entonces bajo dominación otomana.
Oficialmente reconocida por la constitución, ella
será en adelante administrada por un Santo Sínodo
presidido por el –y este es el título exacto--
Arzobispo de Atenas y Toda Grecia, al que corresponde
el tratamiento de Su Beatitud, y no de Su Santidad. En
1850, el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla
reconoce como autocéfala a la Iglesia de Grecia
sin que, por el contrario, se le otorgue título
patriarcal de ningún género. Por fuerza
de los acontecimientos y a medida que se agrande el territorio
de Grecia (1866 y 1882), Constantinopla irá transfiriendo
algunas diócesis a la jurisdicción de la
Iglesia de Grecia. A raíz de la Guerra de los
balcanes (1912-1913), Constantinopla rehúsa sin
embargo transferir la administración de las diócesis
del Norte de Grecia (Epiro, Macedonia y Tracia occidental).
En 1928 interviene la solución salomónica
de un acuerdo: esas diócesis espiritual y canónicamente
del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, pasarán
a ser administradas por la Iglesia de Grecia. Creta (con
estatuto de semi-autonomía), Rodas y el Monte
Athos, en cambio, permanecen bajo responsabilidad directa
de Constantinopla.
Acérrimo nacionalista. No
quisiera despachar esta breve reseña sin aludir a su controvertido
nacionalismo, siquiera sea con unas pinceladas y a pesar
de que mi principal frente sea el ecuménico. Consta,
y es bien sabido, que apenas entronizado, el entonces
joven Christodoulos tardó poco en asumir posiciones
críticas y criticadas en temas de orden religioso,
social y político. En 1999 fue uno de los impulsores
de la oposición a la guerra de Kosovo, llamando «peones
de Satán» a los bombarderos de la OTAN,
a la vez que manifestaba su desacuerdo con la intención
del gobierno griego de seguir los dictados de la Unión
Europea. Se opuso a negociar sobre el mantenimiento de
la palabra «macedonia» por el nuevo estado
ex yogoslavo de Macedonia. Y también contra el
ingreso de Turquía en la UE, lo que no debió de
hacer ninguna gracia a Su Santidad Bartolomé I,
con el Fanar en Estambul, corazón de Turquía.
En 2000, volvió a las portadas de los periódicos
con la convocatoria de masivas manifestaciones en las
principales ciudades griegas, hasta 300.000 manifestantes
hubo en Atenas, contra la decisión del entonces
ejecutivo socialista de suprimir la indicación
de «religión» en las nuevas células
de identidad nacional. Logró reunir tres millones
de firmas contra el gobierno y pedir, sin éxito,
un referéndum. Así que la indicación
religiosa fue eliminada. Ese mismo año, finales
de agosto y primeros de septiembre, quien esto escribe
acudió al XXIX Encuentro Internacional e Interconfesional
de Religiosas celebrado en Tebas (Grecia), para pronunciar
una conferencia. Uno recuerda cómo se decía
por allí de Su Eminencia Hieronymos Ioannis Liapis,
metropolita de Tebas–Levadeia, con quien pudimos
dialogar largo y tendido una tarde del Encuentro, que
había sido el contrincante principal de Christodoulos
durante las votaciones del Santo Sínodo para Arzobispo
de Atenas. Y bien, el ambiente aquellas semanas no era
muy propicio y a favor que digamos para Christodoulos,
precisamente por las medidas arriba señaladas. «Las
fuerzas de la globalización y de la marginalización
religiosa están desatadas para someternos»,
llegó a decir entonces a una multitud de 800.000
seguidores en Atenas. Al año siguiente aceptó la
visita de Juan Pablo II, y ya hemos visto a qué precio:
para leerle una lista de «13 ofensas» de
la Iglesia católica contra la Iglesia ortodoxa
desde el Gran Cisma del siglo XI y lamentar la ausencia
de disculpas por parte del catolicismo romano. En 2002,
volvió a encabezar las protestas públicas,
esta vez contra la versión griega del programa
televisivo «El Gran Hermano», exhortando
a los fieles ortodoxos a «apagar sus televisores» durante
la transmisión.
Su apasionada defensa de la nacionalidad y la cultura
griegas vino de la mano de sus acerbas críticas contra la globalización, a la que describió como
un «complot extranjero» para privar a la gente de su identidad nacional.
En 2004 dijo que la globalización era como un «bulldozer que pretendía
demolerlo todo, a favor de aquellos que quieren gobernar el mundo sin resistencia
ni obstáculos». Y dos años después no dudó en
calificarla de «crimen contra la humanidad», lo que le valió ser
acusado por políticos y detractores de inmiscuirse en asuntos ajenos a
la jurisdicción espiritual de la Iglesia. Pero él siguió impertérrito
y convencido --una vez lo dijo públicamente--, de que «los clérigos
están por encima de reyes, primeros ministros y presidentes». El
metropolita Athanasios de Acaya representó a la Iglesia ortodoxa de Grecia
en la reciente cumbre de San Egidio en Nápoles el pasado octubre. Colaborador
de Christodoulos, el hombre que --dice-- «ha abierto las puertas de la
Iglesia de Grecia por primera vez al papa de Roma después de más
de mil años, y el primero también en hacer una visita a la Santa
Sede, y el primero en ir a Ginebra para encontrarse con las autoridades
del CEI. Él fue quien quiso establecer una representación de la
Iglesia de Grecia ante la UE con un trabajo ante las instituciones internacionales
que hacíamos juntos desde hace ocho años». En la madrugada
del lunes, insiste, «un cáncer en el hígado se ha llevado
para siempre al profeta del diálogo ecuménico de la Grecia ortodoxa».
Los obispos católicos griegos, por su parte, reconocen que «Christodoulos
ha hecho salir a la Iglesia de la sacristía y la ha llevado en medio de
la gente». Monseñor Eleuterio Fortino, subsecretario del PCPUC,
en una entrevista por Radio Vaticano, lo ha definido «un hombre de Iglesia,
que ha amado a su pueblo y dedicado con generosidad su servicio pastoral, primero
como obispo local, en cuanto metropolita de Volos, y después como arzobispo
de Atenas y primado de la Iglesia de Grecia».
El tiempo dirá cuánto queda de este polémico, apasionado,
inquieto y celoso pastor de la Iglesia ortodoxa griega autocéfala, resueltamente
embarcado en la navecilla del ecumenismo y decidido a sacar a su Iglesia de un
aislacionismo ancestral y por tantos títulos obsoleto. Ahora que ya estará gozando
del gaudium de veritate, que san Agustín de Hipona decía
para definir la vida eterna (Conf. X, 23, 33), podrá comprender
en plenitud cuánto bien le reportaron a san Pablo las cadenas cuyos anillos,
algunos, él, Christodoulos, recibió como obsequio durante su visita
a Roma. Y sobre todo, cuánta es la profundidad, la altura y la anchura
de esa vocación a la que un día fue él también convocado
(cf. Ef 4, 4); la del misterio, en fin, de las palabras que Jesús pronunció en
la última Cena cuando el Ut unum sint (Jn 17, 21), santa causa
de la Iglesia por la que sinceramente, a la postre, él se gastó y
desgastó.

Prelados del arzobispado
de Atenas transportan el féretro con
los restos
mortales de Su Beatitud Christodoulos en la
catedral
metropolitana
de la capital. Foto [infogrece]
Las incógnitas de un sucesor. La
Iglesia ortodoxa griega autocéfala ha determinado
que la elección del sucesor sea el 7 de
febrero de 2008 en la catedral de Atenas. Por tradición,
debe hacerse dentro de los 20 días a partir de
la muerte del titular. Y mediante la elección
del Santo Sínodo. De modo que a los 75 metropolitas
de Grecia que hoy guían una diócesis incumbe
dicho cometido. Como en el cónclave de la Iglesia
católica, tampoco ellos podrán volver a
la diócesis antes de haber procedido a la elección,
que probablemente discurrirá según los
tres turnos reglamentarios de votación. El primero,
para evaluar la gestión del difunto y presentar
a los candidatos. El segundo, para fijar tres o cuatro
nombres sobre los que podrían recaer los votos.
Y por último, el tercero, para la elección.
Los más afectos a Christodoulos, como Athanasios
de Acaya, tantas veces aquí traído, que
no es elector, por cierto, pero sí elegible,
esperan que la apertura ecuménica continúe.
Es de todos bien sabido, sin embargo, y mejor será no
hacerse ilusiones, que la del difunto era una línea
que distaba de ser compartida por todos; ni siquiera,
según algunos expertos, por la mayoría. «Debemos
esperar», concluye por eso Athanasios con esta
añadidura típica de la espiritualidad que
atesoran los orientales: «Orad también vosotros
para que prosigamos por este camino». Descanse
en paz, añado yo por mi parte, aquí y ahora,
mientras deposito sobre su tumba el ramo de flores de
esta reseña. Y que el mismo Señor sea premio
y corona de quien contribuyó a desbloquear unas
relaciones ecuménicas con Roma, que antes habían
estado siempre negadas al diálogo y cuyas puertas,
cuando él llegó, permanecían todavía
cerradas a cal y canto.