DE
IGLESIAS RIVALES A IGLESIAS EN
COMUNIÓN
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La noticia
El
Patriarca de Moscú y de todas las Rusias,
Su Santidad Alexis II, y el Primer Jerarca de la Iglesia
Ortodoxa Rusa en el Exterior, Su Eminencia el Metropolita
Lauro, así como numerosos sacerdotes y fieles
de ambas Iglesias, comulgaron por primera vez de un mismo
cáliz el pasado jueves 17 de mayo de 2007, fiesta
de la Ascensión del Señor según
el Calendario Juliano. Fue un hecho histórico,
sin duda, pues venía a sellar sacramentalmente
lo que minutos antes habían sancionado con su
firma estampada en el Acta Canónica de reconciliación
los mencionados jefes. Quedaban para siempre sepultados
en el olvido y se ponía con ello punto final a
casi 90 años de cisma interortodoxo, la mayor
parte del siglo XX como quien dice, un tiempo tenebroso
y turbador durante el cual hubo desencuentros,
desdenes, amenazas, conminaciones, resentimientos, para
quedar al final diluido todo en las saludables aguas
de la reconciliación.
La solemne ceremonia del
otro día, televisada
en directo a todo el País, discurrió en
la Catedral de Cristo Salvador, de Moscú, hoy
considerada el símbolo de lo que muchos llaman «renacimiento
religioso» en Rusia. Asistió de invitado
el presidente Vladímir Putin, en otro gesto más
por ahuyentar los fantasmas del pasado y acabar de una
vez por todas con el ateísmo de Estado. «Esta
división de la Iglesia, declaró tras besar
un icono, fue la consecuencia de una profunda crisis
política en la sociedad rusa. El restablecimiento
de la unidad, prosiguió luego, es importante condición
para hacer recuperar al pueblo ruso la unidad perdida».
Se enterraban, esperemos que definitivamente, muchos
sufrimientos y deserciones, no poca sangre derramada
y abundante represión sufrida, desde luego, pero
después de tanto dolor, y a base de profunda fe,
volvía también a florecer la esperanza
en Jesucristo muerto en la cruz y resucitado para nuestra
justificación.
El cisma
Las
cosas arrancan de 1917, cuando los ortodoxos filozaristas,
un millón de rusos sobre poco más o menos,
en vista de las persecuciones de la revolución
bolchevique y a consecuencia de la derrota del Ejército
Blanco infligida por la Armada Roja, no tienen más
alternativa que poner tierra por medio y huir de la quema.
En 1920, más de 20 obispos ortodoxos rusos en
Constantinopla deciden crear, temporalmente, una Iglesia
Autónoma para la emigración rusa, con la
idea de restablecer en un futuro los lazos canónicos
con el Patriarcado de Moscú no bien las condiciones
políticas lo permitan. Se establece un Sínodo
de obispos bajo la presidencia de Anthony Khrapovitsky,
el exiliado Metropolita de Kiev y, a invitación
de la Iglesia Ortodoxa Serbia, fijan su sede central
en Karlovtsy. De ahí lo de Cisma de Karlovtsy
en Serbia, con que será conocido.
La política pro-monárquica de este grupo
queda al descubierto cuando en 1921 el antedicho Sínodo
llama formalmente a la restauración de la dinastía
de los Romanov en Rusia (el Sínodo canonizaría
en 1982 al Zar Nicolás II y a su familia). El
Patriarca de Moscú y de todas las Rusias de entonces,
Su Santidad Tikhon (1917-1925), hoy canonizado, condena
a este Sínodo en mayo de 1922 por su declarado
apoyo a la monarquía. Son años duros dentro
de la que ya es la URSS, de modo que su firme resistencia
al poder soviético, por otra parte, le acarrea
a Su Santidad Tikhon indecibles sufrimientos y una feroz
represión de confinamiento hasta su muerte en
1925. El Sínodo de Karlovtsy rechaza en 1928 la
llamada del Patriarca en funciones o locum tenens de
Moscú, Metropolita Sergio, a refrendar la política
de los soviéticos. Designado por Stalin para el
trono patriarcal y signatario de una vergonzosa declaración
de lealtad al régimen soviético, de ahí la
era del sergianismo como se conoce hoy este
período, los emigrantes huidos deciden romper
entonces la comunión con la Iglesia Ortodoxa Rusa,
a la que llegan a considerar incursa en el cisma.
El Patriarcado
de Moscú en un primer momento
acepta este «cisma» de los exiliados sin
saber a ciencia cierta su alcance. Por no saber, ni siquiera
sabía entonces si él mismo habría
de sobrevivir al bolchevismo. Más tarde, pasada
la primera tormenta, el gobierno del Kremlin exige al
Patriarcado que tome cartas en el asunto y excomulgue
a los disidentes; lo que Sergio y el Sínodo Ortodoxo
Ruso en Moscú hacen en 1934 suspendiendo formalmente
a todos los obispos de Karlovtsy, a quienes conminan
con un juicio eclesiástico que, de facto, nunca
llegó. Esto, como es natural, no hace sino provocar
la airada repulsa de los disidentes, y a que el Sínodo
de Karlovtsy, herido en lo más íntimo de
su fe, replique excomulgando por su parte a los moscovitas.
La
mayoría de aquellos rebeldes no sobrevivieron
a la II Guerra Mundial, y algunos acabarían sus
días reconciliados a título individual
con la Iglesia de Moscú. Pero después del
conflicto bélico, vinieron a sumarse a los de
Karlovtsy obispos ortodoxos que habían ejercido
el ministerio en regiones de la URSS durante la ocupación
nazi, y que, una vez retirados del País los alemanes,
no habían tenido más remedio que cruzar,
ellos también, las fronteras y abandonar su tierra.
La Sede Central del Sínodo, que durante la II
Guerra Mundial había cambiado de Karlovtsy a Múnich
en ese ir y venir impuesto por los avatares de la situación,
terminó por ser traslada en 1950 a Nueva York.
Largo y penoso
camino
Las llamadas del Patriarcado
de Moscú a este grupo
disidente para que volviera a la comunión canónica
fueron muchas. En 1974, lo hizo el Patriarca Pimen invitando
a reconocer únicamente la validez del Patriarcado
de Moscú. El grupo, sin embargo, continuó en
sus trece, negando la naturaleza eclesial del Patriarcado,
y con ellos otras Iglesias, la Iglesia Ortodoxa en América
verbigracia. En junio de 1988, era el Milenio del Bautismo
de Rusia, la Iglesia patriarcal publicó una petición
por la unidad canónica de todos los ortodoxos
rusos, expresando el deseo de iniciar pronto un diálogo
en tal sentido. Mediados ya los 90, otra invitación
a reconciliarse con Moscú provocó un acalorado
debate del Sínodo de marras, el cual, dando rienda
suelta a su negativa, declaró que no había
solución posible, a menos que antes el Patriarca
de Moscú abjurase de la apostasía
del sergianismo y también del ecumenismo,
vistos por ellos como un repudio a la pureza de la
Ortodoxia. El largo desencuentro, pues, ahora superado
a Dios gracias con esta firma y las precedentes conversaciones
que la propiciaron, data de lejos.
En la actualidad la
Iglesia del Metropolita Lauro, heredera de aquella tenaz
postura, cuenta con medio millón
de fieles repartidos por una treintena de países,
sobremanera Estados Unidos, Canadá, Australia,
Alemania y Francia. De los hispanoamericanos, en Argentina,
México y Chile. Se comprende, según esto,
que la buena nueva sirva de pascual y celeste consuelo
a estos fieles. El Patriarcado de Moscú incluye
hoy a casi el 70% de la población rusa de 142
millones. Hasta meses atrás, en que las cosas
cambiaron de rumbo, las dos Iglesias se veían
rivales, y los exiliados de Nueva York no cesaban de
reprochar a los de Moscú su incondicional servilismo
del pasado a los ateos de la URSS. Tampoco es que la
unidad de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior fuera
compacta, ni mucho menos. Porque los rusos de París,
por ejemplo, forman un arzobispado «bajo el homoforio» (o
sea, dependientes) del patriarca de Constantinopla; lo
que el Patriarca de Moscú y de todas las Rusias
acepta de muy mala gana. A este arzobispado ruso-constantinopolitano
pertenece la mayoría de los antiguos emigrados
rusos de España, aunque últimamente haya
nuevas parroquias de absoluta obediencia al Patriarca
de Moscú.
Con la caída del comunismo el
mundo occidental empezó a ser meta de la nueva
y adinerada emigración
rusa, la cual, aunque atea en su origen, a medida que
descubría sus raíces ortodoxas encontró más
gratificante y confortador el depender del Patriarcado
de Moscú, lo que comportó, claro es, que
los antiguos emigrantes empezasen a sentirse desplazados.
Es posible que un sentimiento así haya jugado
su baza en el acercamiento de la vieja emigración
al Patriarcado. Por otra parte, y dada la fragmentación
de las jurisdicciones ortodoxas occidentales, parece
harto probable que no todos los rusos acepten ahora la
pacificación con Moscú. Queda todavía
mucho rescoldo zarista y honda nostalgia de la antigua
Rusia, es decir, no poco resentimiento hacia los que
tuvieron que sobrevivir doblegados a un régimen
hostil a la religión, lo que hace temer que tales
heridas no cicatricen tan pronto. De todos modos, este
paso adelante de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior
(o en el Exilio) de Su Eminencia el Metropolita Lauro,
marca un hito en el camino hacia la unidad y constituye
un gesto ecuménico de primera magnitud.
Secuelas del «sergianismo»
Sería
pueril minimizar ahora el pernicioso influjo del Patriarca
Sergio I (1943-1944) en el cisma con su declarada lealtad
al comunismo ateo de la URSS. Aquello no hizo sino exasperar
más y más a quienes
habían tenido que refugiarse en el exilio para
salvaguardar la fe y, lo que es peor, provocó el
complejo fenómeno del sergianismo, caracterizado
por la incondicional colaboración de la Iglesia
Ortodoxa Rusa con un régimen sanguinario y ateo
como el de la URSS. De aquella vergonzosa conducta, por
cierto, también serían tachados luego el
patriarca Alexis I (1945-1970), tiempos de Stalin y de
Kruschev, y el patriarca Pimen (1971-1990), época
ya de Bresnev. De modo que, desaparecida sobre todo con
Yeltsin la Unión Soviética, y franco al
fin el acceso a los archivos del Comité Estatal
de Seguridad, o sea el KGB, por sus siglas en ruso, cuyo
jefe en los últimos tiempos duros fue Putin (O
tempora, o mores!), llovieron las denuncias de colaboracionismo
con un régimen ateo, a cuyo frente había
estado por los años de la guerra fría Josyf
Stalin (1878-1953), con más millones de muertos
a sus espaldas que el mismo Hitler.
A partir de entonces se hicieron públicas numerosas
denuncias apuntando a ilustres prelados de la Iglesia
Ortodoxa Rusa como colaboracionistas con los servicios
secretos. Lo difícil en casos así fue siempre
no ya dar nombres y delatar, que eso por desgracia está a
la orden del día, sino hacerlo sin recurrir a
la calumnia ni acogidos al cobarde refugio del anonimato,
sin detallar hasta qué punto y en qué condiciones
y por qué. El reciente caso Wielgus en Polonia,
por ejemplo, con el terremoto eclesial que en la patria
de Juan Pablo II ha provocado, indica las bruscas subidas
y bajadas de tensión que el termómetro
estimativo de la gente denuncia. Según Gleb Yakunin,
un pope y ex diputado que formó parte del movimiento
democrático que aupó al poder a Borís
Yeltsin en 1991, el mismo Alexis II habría colaborado
con el KGB. No es nuevo.
Uno recuerda todavía su viaje ecuménico
en julio de 1990 a la Unión Soviética,
ya Gorbachov pisando fuerte con el Glasnov y
la Perestroika, y, por cierto, recién
entronizado Alexis II. Allí pude oír la
misma acusación. Por esos años, de profesor
yo en Roma, me lo confirmó un buen amigo, el ya
fallecido monseñor Iván Choma (1923-2006),
secretario y albacea del valeroso cardenal Josyf
Slipyj (1892-1984). En el Centro
Russia Ecumenica, por el contrario, no las tenían
todas consigo y hasta hubo quien me lo desmintió categóricamente.
Lo que por el mes de septiembre de 2006 saqué en
limpio, otra vez en Roma, de la estudiosa de cultura
rusa, fundadora y presidenta de la Fundación Cultural
Helikon-Onlus, Angelica Carpifave, en su espléndido
libro Conversazioni con Alessio II, patriarca de
Mosca e di tutte le Russie (Mondadori 2003), hace
difícil siquiera la sospecha. «Inmediatamente
percibí, que -dice entre otras cosas la sutil
autora- me hallaba junto a una persona extraordinaria,
un monje, en el sentido más auténtico de
la palabra, de profundo misticismo y de fuerza carismática
de veras particular», y concluye así su
experiencia: «El patriarca ha recibido del Cielo
también otro don muy especial, el de saber hablar
al corazón de los hombres». Habrá,
pues, que andarse con pies de plomo al enjuiciar hechos
y dichos y comportamientos cuya objetividad dista de
estar clara. Decir así, al buen tuntún,
que donde el comunismo halló más aliados
fue entre los ortodoxos, y que Teoctist, Maxim, Iliá y
Alexis II, patriarcas respectivos de las Iglesias ortodoxas
de Rumanía, Bulgaria, Georgia y Rusia cooperaron
estrechamente con los servicios secretos del KGB, donde
Iliá y Alexis II tenían incluso códigos
de agente, Iverieli el primero y Drozdov el
segundo, no deja de ser una generalización que
habrá que probar en sus justo términos.
La frivolidad suele estar reñida con la verdad.
Por algo el sentencioso refranero nos recuerda que «donde
hay prudencia y buena conciencia, no hay de qué haber
penitencia». Y también: «Cuando hablares
de alguien, mira de quién, adónde, y qué,
cómo, cuándo y a quién». Esta
misma especie llegó a correr por los días
del Concilio Vaticano II acerca de los observadores rusos
llegados a Roma. Y hasta del llorado Metropolita Nikodim,
el que murió en los brazos de Juan Pablo I, cuya
tesis doctoral defendida cuando ya él era Metropolita
versa sobre el Papa Juan XXIII. Aparte, claro es, de
que en la feria de ese complejo fenómeno que fue
el sergianismo, a la hora de repartir estopa,
puede haber, hay de hecho, cera para todos.
Las conversaciones
para esta reunificación que
ahora tanto llena de gozo a las partes comenzaron no
bien se hubo desintegrado en 1991 la Unión Soviética.
La tardanza luego en llegar al acuerdo ahora logrado
responde a discrepancias sobre la posesión del
patrimonio de la Iglesia en el exilio, tanto en Europa
como en EE.UU. e incluso Israel. Ambas partes resolvieron
que la propiedad de esos activos permanezca sin variaciones,
y, sumado a ello, que la Iglesia Ortodoxa Rusa en el
Exterior retenga la capacidad de nombrar a sus propios
sacerdotes. El especialista en Asuntos Religiosos de
la BBC, Mike Lanchin, ha precisado que un paso importante
hacia la reunificación se empezó a dar
tan pronto como en 2000 el clero ortodoxo de Rusia hubo
elevado a los altares al asesinado zar Nicolás
II y a su familia. En 2006, de acuerdo con dicha línea
conciliadora, la Iglesia Ortodoxa Rusa permitió que
los restos mortales de la madre del zar regresaran a
San Petersburgo.
Su Santidad Alexis II
abordó la cuestión
en su mensaje de la Navidad 2006 adelantando incluso
el tiempo en que la firma habría de llevarse a
efecto: la reunificación se materializaría
de forma oficial en la fiesta de la Ascensión
del 2007. El metropolita Kiril de Smolensko y Kaliningrado,
Jefe de las Relaciones Exteriores del Patriarcado de
Moscú, anunció a los medios, a propósito
de la reunión del Santo Sínodo de la Iglesia
Ortodoxa Rusa tenido el 26 de diciembre de 2006, que
la ceremonia de la firma en el Acta de Comunión
Canónica por parte de Su Santidad Alexis II y
de Su Eminencia Lauro tendría lugar, en efecto,
el 17 de mayo en la moscovita Catedral de Cristo Salvador.
Se
acordó, además, que la firma del protocolo
de reconciliación había de efectuarse «antes
de la celebración de la Divina Liturgia, la cual,
acto seguido, oficiarían por primera vez juntos
los jerarcas de ambas Iglesias rusas». El Sínodo,
no obstante, señaló que había en
el orden del día algunas cuestiones por regular
antes de que entrase en vigor el Acto de Comunión.
En la citada reunión sinodal del 26 de diciembre,
la Iglesia Ortodoxa Rusa decidió asimismo «devolver
el examen del asunto del obispo Basilio para un detenido
análisis de las negociaciones con los representantes
del Patriarcado de Constantinopla». La Iglesia
Ortodoxa Rusa en el Exterior, por su parte, había
aprobado las proposiciones del Acto de Comunión
durante la sesión ampliada de su Santo Sínodo
tenido del 7 al 10 de diciembre 2006 en Nueva York.
La firma
A
primeros de abril del 2007, Alexis II invitó personalmente
para la ceremonia de la firma del Acta al jefe del Kremlin,
de quien destacó entonces su «gran aportación» en
el proceso reunificador de la Iglesia Ortodoxa Rusa. «Es
un acontecimiento histórico no sólo para
la vida de la Iglesia, sino para toda nuestra sociedad»,
comentó Putin luego de haber recibido la invitación
del Patriarca. A la ceremonia, en realidad, asistieron,
además de Putin, representantes de la Casa Romanov;
el presidente de la compañía Ferrocarriles
de Rusia, Vladimir Yakunin; el alcalde de Moscú,
Yuri Luzhkov, y otras personalidades públicas
y de la cultura, amén de los millones de televidentes
en directo.
Endosando Alexis II paramentos
verde brillante de las grandes ocasiones, y azul celeste
el Metropolita Lauro, estamparon uno y otro, según lo sinodalmente acordado,
su firma al pie del Acta de Trato Canónico de
ambas Iglesias delante de cualificados exponentes de
las dos Iglesias y, según ya he dicho, ante los
parientes del último zar, centenares de fieles
y el propio Putin. El rito duró tres horas, en
el curso de las cuales fue reconocida la comunión
que define el nuevo papel de guía de Alexis II,
garantizando pese a ello una autonomía sustancial
a la ex Iglesia en el Exterior, la cual continuará nombrando
a sus sacerdotes y gestionando sus propiedades y asuntos
cotidianos.
Estampada la firma, Alexis
II y el Metropolita Lauro se besaron tres veces y, luego,
el Metropolita besó reverente
la mano del Patriarca en señal de reconocimiento
de su mayor jerarquía. A continuación,
comenzó la Divina Liturgia conjunta. Todo un
acto simbólico de la recuperación del máximo
grado de unidad entre los creyentes. A su llegada unos
días antes a Moscú, había declarado
Lauro por RIA Novosti: «La firma del Acta de Trato
Canónico con el Patriarcado de Moscú es
un acontecimiento de suma importancia para la Iglesia
Rusa, dividida desde hace 80 años». La oscilación
entre 80 y 90 años depende de cómo se interpreten
las vicisitudes antes aludidas en la génesis del
cisma. El Metropolita Kiril de Smolensko, presente allí mismo,
en el aeropuerto, adonde había acudido para recibir
al ilustre huésped y su séquito, subrayó por
su parte: «Es un acontecimiento sin precedentes
en la Historia de la Iglesia Rusa. Por vez primera estamos
eliminando la separación». Acto, en fin,
salta bien a la vista, que ha venido a poner de manifiesto
la recuperación de la unidad intereclesial rota
y el fin de la guerra civil, aquella guerra fratricida
que dividió al pueblo ruso a comienzos del pasado
siglo XX.
Reacciones
«Estamos contentos», declaró algunas
horas después a la agencia Apcom, el presidente
del Pontificio Consejo para la promoción de la
unidad de los cristianos, cardenal Walter Kasper. Para
el purpurado alemán, estrecho colaborador del
Papa, «la unidad representa un paso importante
también para nosotros [los católicos] y
para el reacercamiento con la Iglesia ortodoxa».
En parecidos términos, aunque más extenso,
se pronunció el Arzobispo católico de
Moscú, monseñor Tadeusz Kondrusiewicz,
a cuyo entender «la voz de la Iglesia Ortodoxa,
que defiende también las raíces cristianas
de Europa frente a los desafíos del mundo contemporáneo,
será más fuerte después de esta
unificación». «Hecho muy, muy importante –precisó a
Radio Vaticano– porque toda unificación
ocurre en la voluntad de Jesús, ya que es Él
quien pide que todos estén unidos, aunque, como
en este caso, hablemos de los ortodoxos». Para
monseñor Kondrusiewicz, además, el acuerdo
es significativo porque «hoy muchos rusos viven
fuera del País y también ellos tienen necesidad
del cuidado pastoral y, en este caso, el cuidado será más
fácil. Me siento muy satisfecho como católico,
porque finalmente estas dos partes de la Iglesia ortodoxa
están unidas. Auguro a la Iglesia Ortodoxa Rusa
- concluyó – que sea fuerte en la proclamación
del Evangelio de Cristo y en la defensa de los valores
y de las raíces cristianas del Continente».
Los
sentimientos de Alexis II al firmar el Acta Canónica
se resumen con esta sencilla frase: «La alegría
ilumina nuestros corazones. Ha ocurrido un acontecimiento
histórico que hemos esperado por largos años.
Se ha recuperado la unidad de la Iglesia Rusa. Se superan
hoy, insistió emocionado, las divisiones eclesiásticas
y también la confrontación social heredada
de los tiempos de la revolución». Y como
epílogo, este aserto con valor de axioma: «Cuando
se fortalece la Iglesia, renace también nuestra
patria».
«Tras decenios de separación, dijo entre
otras cosas Putin durante su breve parlamento en la Catedral
de Cristo Salvador, se puede afirmar con certeza que
en este conflicto político-eclesiástico
no hubo vencedores. Todo el mundo perdió».
Subrayó asimismo que el renacimiento de la unidad
de la Iglesia es «la condición más
importante para la recuperación de la unidad del
mundo ruso, cuyo pilar espiritual ha sido siempre la
fe ortodoxa». Y más adelante: «En
la sociedad rusa de hoy, que se basa en los principios
democráticos de la libre y abierta profesión
de las creencias religiosas, no hay terreno para una
tragedia y una confrontación que se agotaron por
sí mismas». Atento a los detalles, Putin
no dejó de felicitar y felicitarse porque el Acta
Canónica hubiera sido firmada en la Catedral de
Cristo Salvador, «símbolo, dijo, del renacimiento
y del florecimiento de la Iglesia Ortodoxa Rusa»,
frase llena de intencionalidad fácilmente reconocible
para quienes no hubieran perdido el oremus.
Dinamitada
hasta los cimientos por orden del sanguinario Stalin
en 1931, para dar lugar a la construcción
del Palacio
de los Soviets (¡caprichitos del Zar escarlata!),
sería el recién fallecido Boris Yeltsin,
quien ordenó reconstruirla sobre sus mismas ruinas.
La original se había levantado durante el siglo
XIX en señal de gratitud por la victoria sobre
Napoleón. Ubicada en el centro de Moscú,
cerca del Kremlin y
a la orilla del río Moscova,
según los planos del arquitecto Konstantín
Ton, tardó casi 44 años y en 1883 pudo
abrirse al culto. Reconstruida en los pasados 90, tras
la caída del comunismo en la Unión Soviética,
gracias al valimiento de Boris Yeltsin, volvió a
ser consagrada en el año 2000. Hoy es la iglesia
ortodoxa más alta del mundo y la de mayor esplendor
de Moscú, y su denominación oficial
es Templo Catedralicio del Cristo Salvador del Patriarca
de Moscú. La última semana de abril
de 2007, con una diferencia de sólo algunas horas
entre sí, los medios permitieron ver dentro de
este majestuoso templo, para sus respectivos responsos,
expuestos los féretros del violonchelista
y director de orquesta ruso Mstislav Rostropóvich,
y del ex presidente ruso Borís Yeltsin.
Los
términos del acuerdo
Según el Acta del Trato de Comunión, el
Patriarca de Moscú reconoce oficialmente la autonomía
de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior en asuntos
pastorales, administrativos, patrimoniales, pero «en
unidad canónica con toda la Iglesia Ortodoxa Rusa».
La Iglesia en el Exterior, por su parte, seguirá eligiendo
a su primer jerarca de acuerdo a su propio reglamento,
pero dicha elección deberá ser ratificada
por el Patriarca y el Sínodo del Patriarcado de
Moscú. El acuerdo marca una etapa decisiva para
los ortodoxos rusos que desde hoy podrán compartir
juntos la Eucaristía. También, por supuesto,
para los católicos, algunos de cuyos máximos
dirigentes ya han expresado su satisfacción por
tan espléndido gesto ecuménico. La Iglesia
en el Exterior, en suma, reconoce la suprema autoridad
de Alexis II.
El acuerdo se alcanzó el año 2006 en San
Francisco durante la reunión de 150 delegados
llegados de América del Norte y del Sur, Australia,
Europa y repúblicas ex soviéticas. Algunos
elementos del clero en el exilio permanecen todavía
escépticos, convencidos de que algunos religiosos
de la Iglesia oficial hayan sido también colaboradores
del KGB. El pájaro negro del sergianismo,
pues, aletea todavía violento y agresivo y conminatorio
sobre las conciencias de quienes tanto padecieron por
conservar incólume la fe. Putin, por eso, consciente
del esfuerzo hecho por ambas partes y, a la vez, de la
trascendencia que un acto así puede tener para
la convivencia religiosa de su País, no ha dejado
de recordar que «la elevación y el desarrollo
de Rusia son imposibles sin el sostenimiento de la experiencia
histórica y espiritual de nuestro pueblo».
Quiérase o no, la reunificación que comento
es, pues, simbólicamente hablando por supuesto,
una importante victoria, sin duda. Victoria para el Presidente,
que dijo siempre considerar a la Iglesia Ortodoxa un
pilar de la sociedad post-soviética y de la promoción
de la cultura rusa en el exterior. Pero victoria también,
y grande, para el ecumenismo de las dos Iglesias reconciliadas,
y a mí me parece que también para la Iglesia
Ortodoxa Rusa y la Iglesia Católica en el diferendo
que arrastran desde hace décadas.
Que al término
de la ceremonia el Patriarca Alexis II y el Metropolita
Lauro, enfrentados hasta sólo
meses atrás, bebieran del mismo cáliz representa
un hecho a inscribir con letras de oro en los anales
de la santa causa de la unidad. Lo han sabido hacer.
Se han reconciliado compartiendo el pan y el cáliz
de la Eucaristía. Es tanto como decir que han
sabido plasmar con hechos el mayor signo visible de unidad
verdadera, el sublime desiderátum de comunión
querida por Cristo en la noche del Ut unum sint (Jn
17, 21). El 17 de febrero de 2006 Benedicto XVI hizo
llegar por medio del cardenal Roger Etchegaray una carta
al Patriarca Alexis II con motivo de su cumpleaños
y onomástico. «Los gestos y las palabras
de renovada fraternidad entre pastores de la grey del
Señor, dice allí, entre otras cosas, ponen
de relieve que una colaboración cada vez más
intensa en la verdad y en la caridad contribuye a acrecentar el
espíritu de comunión, que debe guiar
los pasos de todos los bautizados». La respuesta
de un agradecido Alexis II llegó al Vaticano el
22 del mismo febrero, con este hermoso pensamiento: «Estoy
convencido de que una de las tareas prioritarias de nuestras
Iglesias, que poseen una visión común sobre
numerosos problemas actuales del mundo contemporáneo,
debe ser hoy la defensa y la consolidación, en
el seno de la sociedad, de los valores cristianos, de
los que la humanidad vive desde hace más de un
milenio. Espero que a esto contribuya también
la rápida solución de los problemas existentes
entre las dos Iglesias». Ambos textos, el papal
y el patriarcal, constituyen todo un aviso a navegantes
y una llamada de atención para quienes «viendo
no ven, y oyendo no oyen ni entienden» (Mt 13,
13).