Asociación "Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad"
Asociación Ecuménica "Cristianos por la Unidad"
Servicio de Ayuda y Estudio del Sectarismo

[Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar,O.S.A
22 - mayo - 2007
]

DE IGLESIAS RIVALES A IGLESIAS EN COMUNIÓN

 

La noticia

El Patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Su Santidad Alexis II, y el Primer Jerarca de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior, Su Eminencia el Metropolita Lauro, así como numerosos sacerdotes y fieles de ambas Iglesias, comulgaron por primera vez de un mismo cáliz el pasado jueves 17 de mayo de 2007, fiesta de la Ascensión del Señor según el Calendario Juliano. Fue un hecho histórico, sin duda, pues venía a sellar sacramentalmente lo que minutos antes habían sancionado con su firma estampada en el Acta Canónica de reconciliación los mencionados jefes. Quedaban para siempre sepultados en el olvido y se ponía con ello punto final a casi 90 años de cisma interortodoxo, la mayor parte del siglo XX como quien dice, un tiempo tenebroso y turbador durante el cual hubo  desencuentros, desdenes, amenazas, conminaciones, resentimientos, para quedar al final diluido todo en las saludables aguas de la reconciliación.

La solemne ceremonia del otro día, televisada en directo a todo el País, discurrió en la Catedral de Cristo Salvador, de Moscú, hoy considerada el símbolo de lo que muchos llaman «renacimiento religioso» en Rusia. Asistió de invitado el presidente Vladímir Putin, en otro gesto más por ahuyentar los fantasmas del pasado y acabar de una vez por todas con el ateísmo de Estado. «Esta división de la Iglesia, declaró tras besar un icono, fue la consecuencia de una profunda crisis política en la sociedad rusa. El restablecimiento de la unidad, prosiguió luego, es importante condición para hacer recuperar al pueblo ruso la unidad perdida». Se enterraban, esperemos que definitivamente, muchos sufrimientos y deserciones, no poca sangre derramada y abundante represión sufrida, desde luego, pero después de tanto dolor, y a base de profunda fe, volvía también a florecer la esperanza en Jesucristo muerto en la cruz y resucitado para nuestra justificación.

El cisma

Las cosas arrancan de 1917, cuando los ortodoxos filozaristas, un millón de rusos sobre poco más o menos, en vista de las persecuciones de la revolución bolchevique y a consecuencia de la derrota del Ejército Blanco infligida por la Armada Roja, no tienen más alternativa que poner tierra por medio y huir de la quema. En 1920, más de 20 obispos ortodoxos rusos en Constantinopla deciden crear, temporalmente, una Iglesia Autónoma para la emigración rusa, con la idea de restablecer en un futuro los lazos canónicos con el Patriarcado de Moscú no bien las condiciones políticas lo permitan. Se establece un Sínodo de obispos bajo la presidencia de Anthony Khrapovitsky, el exiliado Metropolita de Kiev y, a invitación de la Iglesia Ortodoxa Serbia, fijan su sede central en Karlovtsy. De ahí lo de Cisma de Karlovtsy en Serbia, con que será conocido.

La política pro-monárquica de este grupo queda al descubierto cuando en 1921 el antedicho Sínodo llama formalmente a la restauración de la dinastía de los Romanov en Rusia (el Sínodo canonizaría en 1982 al Zar Nicolás II y a su familia). El Patriarca de Moscú y de todas las Rusias de entonces, Su Santidad Tikhon (1917-1925), hoy canonizado, condena a este Sínodo en mayo de 1922 por su declarado apoyo a la monarquía. Son años duros dentro de la que ya es la URSS, de modo que su firme resistencia al poder soviético, por otra parte, le acarrea a Su Santidad Tikhon indecibles sufrimientos y una feroz represión de confinamiento hasta su muerte en 1925. El Sínodo de Karlovtsy rechaza en 1928 la llamada del Patriarca en funciones o locum tenens de Moscú, Metropolita Sergio, a refrendar la política de los soviéticos. Designado por Stalin para el trono patriarcal y signatario de una vergonzosa declaración de lealtad al régimen soviético, de ahí la era del sergianismo como se conoce hoy este período, los emigrantes huidos deciden romper entonces la comunión con la Iglesia Ortodoxa Rusa, a la que llegan a considerar incursa en el cisma.

El Patriarcado de Moscú en un primer momento acepta este «cisma» de los exiliados sin saber a ciencia cierta su alcance. Por no saber, ni siquiera sabía entonces si él mismo habría de sobrevivir al bolchevismo. Más tarde, pasada la primera tormenta, el gobierno del Kremlin exige al Patriarcado que tome cartas en el asunto y excomulgue a los disidentes; lo que Sergio y el Sínodo Ortodoxo Ruso en Moscú hacen en 1934 suspendiendo formalmente a todos los obispos de Karlovtsy, a quienes conminan con un juicio eclesiástico que, de facto, nunca llegó. Esto, como es natural, no hace sino provocar la airada repulsa de los disidentes, y a que el Sínodo de Karlovtsy, herido en lo más íntimo de su fe, replique excomulgando por su parte a los moscovitas.

La mayoría de aquellos rebeldes no sobrevivieron a la II Guerra Mundial, y algunos acabarían sus días reconciliados a título individual con la Iglesia de Moscú. Pero después del conflicto bélico, vinieron a sumarse a los de Karlovtsy obispos ortodoxos que habían ejercido el ministerio en regiones de la URSS durante la ocupación nazi, y que, una vez retirados del País los alemanes, no habían tenido más remedio que cruzar, ellos también, las fronteras y abandonar su tierra. La Sede Central del Sínodo, que durante la II Guerra Mundial había cambiado de Karlovtsy a Múnich en ese ir y venir impuesto por los avatares de la situación, terminó por ser traslada en 1950 a Nueva York.

Largo y penoso camino

Las llamadas del Patriarcado de Moscú a este grupo disidente para que volviera a la comunión canónica fueron muchas. En 1974, lo hizo el Patriarca Pimen invitando a reconocer únicamente la validez del Patriarcado de Moscú. El grupo, sin embargo, continuó en sus trece, negando la naturaleza eclesial del Patriarcado, y con ellos otras Iglesias, la Iglesia Ortodoxa en América verbigracia. En junio de 1988, era el Milenio del Bautismo de Rusia, la Iglesia patriarcal publicó una petición por la unidad canónica de todos los ortodoxos rusos, expresando el deseo de iniciar pronto un diálogo en tal sentido. Mediados ya los 90, otra invitación a reconciliarse con Moscú provocó un acalorado debate del Sínodo de marras, el cual, dando rienda suelta a su negativa, declaró que no había solución posible, a menos que antes el Patriarca de Moscú abjurase de la apostasía del sergianismo y también del ecumenismo, vistos por ellos como un repudio a la pureza de la Ortodoxia. El largo desencuentro, pues, ahora superado a Dios gracias con esta firma y las precedentes conversaciones que la propiciaron, data de lejos.

En la actualidad la Iglesia del Metropolita Lauro, heredera de aquella tenaz postura, cuenta con medio millón de fieles repartidos por una treintena de países, sobremanera Estados Unidos, Canadá, Australia, Alemania y Francia. De los hispanoamericanos, en Argentina, México y Chile. Se comprende, según esto, que la buena nueva sirva de pascual y celeste consuelo a estos fieles. El Patriarcado de Moscú incluye hoy a casi el 70% de la población rusa de 142 millones. Hasta meses atrás, en que las cosas cambiaron de rumbo, las dos Iglesias se veían rivales, y los exiliados de Nueva York no cesaban de reprochar a los de Moscú su incondicional servilismo del pasado a los ateos de la URSS. Tampoco es que la unidad de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior fuera compacta, ni mucho menos. Porque los rusos de París, por ejemplo, forman un arzobispado «bajo el homoforio» (o sea, dependientes) del patriarca de Constantinopla; lo que el Patriarca de Moscú y de todas las Rusias acepta de muy mala gana. A este arzobispado ruso-constantinopolitano pertenece la mayoría de los antiguos emigrados rusos de España, aunque últimamente haya nuevas parroquias de absoluta obediencia al Patriarca de Moscú.

Con la caída del comunismo el mundo occidental empezó a ser meta de la nueva y adinerada emigración rusa, la cual, aunque atea en su origen, a medida que descubría sus raíces ortodoxas encontró más gratificante y confortador el depender del Patriarcado de Moscú, lo que comportó, claro es,  que los antiguos emigrantes empezasen a sentirse desplazados. Es posible que un sentimiento así haya jugado su baza en el acercamiento de la vieja emigración al Patriarcado. Por otra parte, y dada la fragmentación de las jurisdicciones ortodoxas occidentales, parece harto probable que no todos los rusos acepten ahora la pacificación con Moscú. Queda todavía mucho rescoldo zarista y honda nostalgia de la antigua Rusia, es decir, no poco resentimiento hacia los que tuvieron que sobrevivir doblegados a un régimen hostil a la religión, lo que hace temer que tales heridas no cicatricen tan pronto. De todos modos, este paso adelante de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior (o en el Exilio) de Su Eminencia el Metropolita Lauro, marca un hito en el camino hacia la unidad y constituye un gesto ecuménico de primera magnitud.

Secuelas del «sergianismo»

Sería pueril minimizar ahora el pernicioso influjo del Patriarca Sergio I (1943-1944) en el cisma con su declarada lealtad al comunismo ateo de la URSS. Aquello no hizo sino exasperar más y más a quienes habían tenido que refugiarse en el exilio para salvaguardar la fe y, lo que es peor, provocó el complejo fenómeno del sergianismo, caracterizado por la incondicional colaboración de la Iglesia Ortodoxa Rusa con un régimen sanguinario y ateo como el de la URSS. De aquella vergonzosa conducta, por cierto, también serían tachados luego el patriarca Alexis I (1945-1970), tiempos de Stalin y de Kruschev, y el patriarca Pimen (1971-1990), época ya de Bresnev. De modo que, desaparecida sobre todo con Yeltsin la Unión Soviética, y franco al fin el acceso a los archivos del Comité Estatal de Seguridad, o sea el KGB, por sus siglas en ruso, cuyo jefe en los últimos tiempos duros fue Putin (O tempora, o mores!), llovieron las denuncias de colaboracionismo con un régimen ateo, a cuyo frente había estado por los años de la guerra fría Josyf Stalin (1878-1953), con más millones de muertos a sus espaldas que el mismo Hitler.

A partir de entonces se hicieron públicas numerosas denuncias apuntando a ilustres prelados de la Iglesia Ortodoxa Rusa como colaboracionistas con los servicios secretos. Lo difícil en casos así fue siempre no ya dar nombres y delatar, que eso por desgracia está a la orden del día, sino hacerlo sin recurrir a la calumnia ni acogidos al cobarde refugio del anonimato, sin detallar hasta qué punto y en qué condiciones y por qué. El reciente caso Wielgus en Polonia, por ejemplo, con el terremoto eclesial que en la patria de Juan Pablo II ha provocado, indica las bruscas subidas y bajadas de tensión que el termómetro estimativo de la gente denuncia. Según Gleb Yakunin, un pope y ex diputado que formó parte del movimiento democrático que aupó al poder a Borís Yeltsin en 1991, el mismo Alexis II habría colaborado con el KGB. No es nuevo.

Uno recuerda todavía su viaje ecuménico en julio de 1990 a la Unión Soviética, ya Gorbachov pisando fuerte con el Glasnov y la Perestroika, y, por cierto, recién entronizado Alexis II. Allí pude oír la misma acusación. Por esos años, de profesor yo en Roma, me lo confirmó un buen amigo, el ya fallecido monseñor Iván Choma (1923-2006), secretario y albacea del valeroso cardenal Josyf Slipyj (1892-1984). En el Centro Russia Ecumenica, por el contrario, no las tenían todas consigo y hasta hubo quien me lo desmintió categóricamente. Lo que por el mes de septiembre de 2006 saqué en limpio, otra vez en Roma, de la estudiosa de cultura rusa, fundadora y presidenta de la Fundación Cultural Helikon-Onlus, Angelica Carpifave, en su espléndido libro Conversazioni con Alessio II, patriarca de Mosca e di tutte le Russie (Mondadori 2003), hace difícil siquiera la sospecha. «Inmediatamente percibí, que -dice entre otras cosas la sutil autora- me hallaba junto a una persona extraordinaria, un monje, en el sentido más auténtico de la palabra, de profundo misticismo y de fuerza carismática de veras particular», y concluye así su experiencia: «El patriarca ha recibido del Cielo también otro don muy especial, el de saber hablar al corazón de los hombres». Habrá, pues, que andarse con pies de plomo al enjuiciar hechos y dichos y comportamientos cuya objetividad dista de estar clara. Decir así, al buen tuntún, que donde el comunismo halló más aliados fue entre los ortodoxos, y que Teoctist, Maxim, Iliá y Alexis II, patriarcas respectivos de las Iglesias ortodoxas de Rumanía, Bulgaria, Georgia y Rusia cooperaron estrechamente con los servicios secretos del KGB, donde Iliá y Alexis II tenían incluso códigos de agente, Iverieli el primero y Drozdov el segundo, no deja de ser una generalización que habrá que probar en sus justo términos. La frivolidad suele estar reñida con la verdad. Por algo el sentencioso refranero nos recuerda que «donde hay prudencia y buena conciencia, no hay de qué haber penitencia». Y también: «Cuando hablares de alguien, mira de quién, adónde, y qué, cómo, cuándo y a quién». Esta misma especie llegó a correr por los días del Concilio Vaticano II acerca de los observadores rusos llegados a Roma. Y hasta del llorado Metropolita Nikodim, el que murió en los brazos de Juan Pablo I, cuya tesis doctoral defendida cuando ya él era Metropolita versa sobre el Papa Juan XXIII. Aparte, claro es, de que en la feria de ese complejo fenómeno que fue el sergianismo, a la hora de repartir estopa, puede haber, hay de hecho, cera para todos.

Las conversaciones para esta reunificación que ahora tanto llena de gozo a las partes comenzaron no bien se hubo desintegrado en 1991 la Unión Soviética. La tardanza luego en llegar al acuerdo ahora logrado responde a discrepancias sobre la posesión del patrimonio de la Iglesia en el exilio, tanto en Europa como en EE.UU. e incluso Israel. Ambas partes resolvieron que la propiedad de esos activos permanezca sin variaciones, y, sumado a ello, que la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior retenga la capacidad de nombrar a sus propios sacerdotes. El especialista en Asuntos Religiosos de la BBC, Mike Lanchin, ha precisado que un paso importante hacia la reunificación se empezó a dar tan pronto como en 2000 el clero ortodoxo de Rusia hubo elevado a los altares al asesinado zar Nicolás II y a su familia. En 2006, de acuerdo con dicha línea conciliadora, la Iglesia Ortodoxa Rusa permitió que los restos mortales de la madre del zar regresaran a San Petersburgo.

Su Santidad Alexis II abordó la cuestión en su mensaje de la Navidad 2006 adelantando incluso el tiempo en que la firma habría de llevarse a efecto: la reunificación se materializaría de forma oficial en la fiesta de la Ascensión del 2007. El metropolita Kiril de Smolensko y Kaliningrado, Jefe de las Relaciones Exteriores del Patriarcado de Moscú, anunció a los medios, a propósito de la reunión del Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa tenido el 26 de diciembre de 2006, que la ceremonia de la firma en el Acta de Comunión Canónica por parte de Su Santidad Alexis II y de Su Eminencia Lauro tendría lugar, en efecto, el 17 de mayo en la moscovita Catedral de Cristo Salvador.

Se acordó, además, que la firma del protocolo de reconciliación había de efectuarse «antes de la celebración de la Divina Liturgia, la cual, acto seguido, oficiarían por primera vez juntos los jerarcas de ambas Iglesias rusas». El Sínodo, no obstante, señaló que había en el orden del día algunas cuestiones por regular antes de que entrase en vigor el Acto de Comunión. En la citada reunión sinodal del 26 de diciembre, la Iglesia Ortodoxa Rusa decidió asimismo «devolver el examen del asunto del obispo Basilio para un detenido análisis de las negociaciones con los representantes del Patriarcado de Constantinopla». La Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior, por su parte, había aprobado las proposiciones del Acto de Comunión durante la sesión ampliada de su Santo Sínodo tenido del 7 al 10 de diciembre 2006 en Nueva York.

La firma

A primeros de abril del 2007, Alexis II invitó personalmente para la ceremonia de la firma del Acta al jefe del Kremlin, de quien destacó entonces su «gran aportación» en el proceso reunificador de la Iglesia Ortodoxa Rusa. «Es un acontecimiento histórico no sólo para la vida de la Iglesia, sino para toda nuestra sociedad», comentó Putin luego de haber recibido la invitación del Patriarca. A la ceremonia, en realidad, asistieron, además de Putin, representantes de la Casa Romanov; el presidente de la compañía Ferrocarriles de Rusia, Vladimir Yakunin; el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, y otras personalidades públicas y de la cultura, amén de los millones de televidentes en directo.

Endosando Alexis II paramentos verde brillante de las grandes ocasiones, y azul celeste el Metropolita Lauro, estamparon uno y otro, según lo sinodalmente acordado, su firma al pie del Acta de Trato Canónico de ambas Iglesias delante de cualificados exponentes de las dos Iglesias y, según ya he dicho, ante los parientes del último zar, centenares de fieles y el propio Putin. El rito duró tres horas, en el curso de las cuales fue reconocida la comunión que define el nuevo papel de guía de Alexis II, garantizando pese a ello una autonomía sustancial a la ex Iglesia en el Exterior, la cual continuará nombrando a sus sacerdotes y gestionando sus propiedades y asuntos cotidianos.

Estampada la firma, Alexis II y el Metropolita Lauro se besaron tres veces y, luego, el Metropolita besó reverente la mano del Patriarca en señal de reconocimiento de su mayor jerarquía. A continuación, comenzó la Divina Liturgia conjunta. Todo un acto simbólico de la recuperación del máximo grado de unidad entre los creyentes. A su llegada unos días antes a Moscú, había declarado Lauro por RIA Novosti: «La firma del Acta de Trato Canónico con el Patriarcado de Moscú es un acontecimiento de suma importancia para la Iglesia Rusa, dividida desde hace 80 años». La oscilación entre 80 y 90 años depende de cómo se interpreten las vicisitudes antes aludidas en la génesis del cisma. El Metropolita Kiril de Smolensko, presente allí mismo, en el aeropuerto, adonde había acudido para recibir al ilustre huésped y su séquito, subrayó por su parte: «Es un acontecimiento sin precedentes en la Historia de la Iglesia Rusa. Por vez primera estamos eliminando la separación». Acto, en fin, salta bien a la vista, que ha venido a poner de manifiesto la recuperación de la unidad intereclesial rota y el fin de la guerra civil, aquella guerra fratricida que dividió al pueblo ruso a comienzos del pasado siglo XX.

Reacciones

«Estamos contentos», declaró algunas horas después a la agencia Apcom, el presidente del Pontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos, cardenal Walter Kasper. Para el purpurado alemán, estrecho colaborador del Papa, «la unidad representa un paso importante también para nosotros [los católicos] y para el reacercamiento con la Iglesia ortodoxa». En parecidos términos, aunque más extenso, se pronunció el Arzobispo católico de Moscú, monseñor Tadeusz Kondrusiewicz, a cuyo entender «la voz de la Iglesia Ortodoxa, que defiende también las raíces cristianas de Europa frente a los desafíos del mundo contemporáneo, será más fuerte después de esta unificación». «Hecho muy, muy importante –precisó a Radio Vaticano– porque toda unificación ocurre en la voluntad de Jesús, ya que es Él quien pide que todos estén unidos, aunque, como en este caso, hablemos de los ortodoxos». Para monseñor Kondrusiewicz, además, el acuerdo es significativo porque «hoy muchos rusos viven fuera del País y también ellos tienen necesidad del cuidado pastoral y, en este caso, el cuidado será más fácil. Me siento muy satisfecho como católico, porque finalmente estas dos partes de la Iglesia ortodoxa están unidas. Auguro a la Iglesia Ortodoxa Rusa - concluyó – que sea fuerte en la proclamación del Evangelio de Cristo y en la defensa de los valores y de las raíces cristianas del Continente».

Los sentimientos de Alexis II al firmar el Acta Canónica se resumen con esta sencilla frase: «La alegría ilumina nuestros corazones. Ha ocurrido un acontecimiento histórico que hemos esperado por largos años. Se ha recuperado la unidad de la Iglesia Rusa. Se superan hoy, insistió emocionado, las divisiones eclesiásticas y también la confrontación social heredada de los tiempos de la revolución». Y como epílogo, este aserto con valor de axioma: «Cuando se fortalece la Iglesia, renace también nuestra patria».

«Tras decenios de separación, dijo entre otras cosas Putin durante su breve parlamento en la Catedral de Cristo Salvador, se puede afirmar con certeza que en este conflicto político-eclesiástico no hubo vencedores. Todo el mundo perdió». Subrayó asimismo que el renacimiento de la unidad de la Iglesia es «la condición más importante para la recuperación de la unidad del mundo ruso, cuyo pilar espiritual ha sido siempre la fe ortodoxa». Y más adelante: «En la sociedad rusa de hoy, que se basa en los principios democráticos de la libre y abierta profesión de las creencias religiosas, no hay terreno para una tragedia y una confrontación que se agotaron por sí mismas». Atento a los detalles, Putin no dejó de felicitar y felicitarse porque el Acta Canónica hubiera sido firmada en la Catedral de Cristo Salvador, «símbolo, dijo, del renacimiento y del florecimiento de la Iglesia Ortodoxa Rusa», frase llena de intencionalidad fácilmente reconocible para quienes no hubieran perdido el oremus.

Dinamitada hasta los cimientos por orden del sanguinario Stalin en 1931, para dar lugar a la construcción del Palacio de los Soviets (¡caprichitos del Zar escarlata!), sería el recién fallecido Boris Yeltsin, quien ordenó reconstruirla sobre sus mismas ruinas. La original se había levantado durante el siglo XIX en señal de gratitud por la victoria sobre Napoleón. Ubicada en el centro de Moscú, cerca del Kremlin y a la orilla del río Moscova, según los planos del arquitecto Konstantín Ton, tardó casi 44 años y en 1883 pudo abrirse al culto. Reconstruida en los pasados 90, tras la caída del comunismo en la Unión Soviética, gracias al valimiento de Boris Yeltsin, volvió a ser consagrada en el año 2000. Hoy es la iglesia ortodoxa más alta del mundo y la de mayor esplendor de Moscú, y su  denominación oficial es Templo Catedralicio del Cristo Salvador del Patriarca de Moscú. La última semana de abril de 2007, con una diferencia de sólo algunas horas entre sí, los medios permitieron ver dentro de este majestuoso templo, para sus respectivos responsos, expuestos  los féretros del violonchelista y director de orquesta ruso Mstislav Rostropóvich, y del ex presidente ruso Borís Yeltsin.

Los términos del acuerdo

Según el Acta del Trato de Comunión, el Patriarca de Moscú reconoce oficialmente la autonomía de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el Exterior en asuntos pastorales, administrativos, patrimoniales, pero «en unidad canónica con toda la Iglesia Ortodoxa Rusa». La Iglesia en el Exterior, por su parte, seguirá eligiendo a su primer jerarca de acuerdo a su propio reglamento, pero dicha elección deberá ser ratificada por el Patriarca y el Sínodo del Patriarcado de Moscú. El acuerdo marca una etapa decisiva para los ortodoxos rusos que desde hoy podrán compartir juntos la Eucaristía. También, por supuesto, para los católicos, algunos de cuyos máximos dirigentes ya han expresado su satisfacción por tan espléndido gesto ecuménico. La Iglesia en el Exterior, en suma, reconoce la suprema autoridad de Alexis II.

El acuerdo se alcanzó el año 2006 en San Francisco durante la reunión de 150 delegados llegados de América del Norte y del Sur, Australia, Europa y repúblicas ex soviéticas. Algunos elementos del clero en el exilio permanecen todavía escépticos, convencidos de que algunos religiosos de la Iglesia oficial hayan sido también colaboradores del KGB. El pájaro negro del sergianismo, pues, aletea todavía violento y agresivo y conminatorio sobre las conciencias de quienes tanto padecieron por conservar incólume la fe. Putin, por eso, consciente del esfuerzo hecho por ambas partes y, a la vez, de la trascendencia que un acto así puede tener para la convivencia religiosa de su País, no ha dejado de recordar que «la elevación y el desarrollo de Rusia son imposibles sin el sostenimiento de la experiencia histórica y espiritual de nuestro pueblo». Quiérase o no, la reunificación que comento es, pues, simbólicamente hablando por supuesto, una importante victoria, sin duda. Victoria para el Presidente, que dijo siempre considerar a la Iglesia Ortodoxa un pilar de la sociedad post-soviética y de la promoción de la cultura rusa en el exterior. Pero victoria también, y grande, para el ecumenismo de las dos Iglesias reconciliadas, y a mí me parece que también para la Iglesia Ortodoxa Rusa y la Iglesia Católica en el diferendo que arrastran desde hace décadas.

Que al término de la ceremonia el Patriarca Alexis II y el Metropolita Lauro, enfrentados hasta sólo meses atrás, bebieran del mismo cáliz representa un hecho a inscribir con letras de oro en los anales de la santa causa de la unidad. Lo han sabido hacer. Se han reconciliado compartiendo el pan y el cáliz de la Eucaristía. Es tanto como decir que han sabido plasmar con hechos el mayor signo visible de unidad verdadera, el sublime desiderátum de comunión querida por Cristo en la noche del Ut unum sint (Jn 17, 21). El 17 de febrero de 2006 Benedicto XVI hizo llegar por medio del cardenal Roger Etchegaray una carta al Patriarca Alexis II con motivo de su cumpleaños y onomástico. «Los gestos y las palabras de renovada fraternidad entre pastores de la grey del Señor, dice allí, entre otras cosas, ponen de relieve que una colaboración cada vez más intensa en la verdad y en la caridad contribuye a acrecentar el espíritu de comunión, que debe guiar los pasos de todos los bautizados». La respuesta de un agradecido Alexis II llegó al Vaticano el 22 del mismo febrero, con este hermoso pensamiento: «Estoy convencido de que una de las tareas prioritarias de nuestras Iglesias, que poseen una visión común sobre numerosos problemas actuales del mundo contemporáneo, debe ser hoy la defensa y la consolidación, en el seno de la sociedad, de los valores cristianos, de los que la humanidad vive desde hace más de un milenio. Espero que a esto contribuya también la rápida solución de los problemas existentes entre las dos Iglesias». Ambos textos, el papal y el patriarcal, constituyen todo un aviso a navegantes y una llamada de atención para quienes «viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden» (Mt 13, 13). 

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