Asociación "Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad"
Asociación Ecuménica "Cristianos por la Unidad"
Servicio de Ayuda y Estudio del Sectarismo

[D. José Luis Díez Moreno
Director de "Pastoral Ecuménica"]

ALGO PASÓ EN SIBIU

 

Dos años de peregrinación ecuménica por toda Europa han configurado la III Asamblea Ecuménica Europea, finalizada en la ciudad rumana de Sibiu, tras seis días de constante actividad, del 4 al 9 de septiembre de 2007. A lo largo de estos dos años su logotipo ha quedado impreso en miles de folios y en nuestras retinas: el globo terraqueo iluminado por la cruz, pues el lema ha sido: La luz de Cristo ilumina a todos, repetido sin cesar en documentos, ponencias y toda clase de intervención en los días de Sibiu. Como una segunda parte, se leía en el lema: Esperanza de renovación y unidad en Europa, tratado en la mayor parte de las intervenciones.

No podemos empeñarnos en comparar las tres Asambleas Ecuménicas Europeas: Basilea 1989, Graz 19978 y Sibiu 2007. Cada una tiene marco propio. Basilea se celebraba con la urgencia y el cosquilleo del acercamiento entre los pueblos europeos y los primeros visos de libertad; esta Asamblea se situó “ en el campo de la responsabilidad pública de la fe y el compromiso de los cristianos por la justicia, la paz y la creación”. Graz llevó consigo una eclosión de gozo por la situación más confortable en que vivía Europa y sus Iglesias; estaba marcada “por una decidida voluntad de reconciliación entre las naciones de Europa y el diálogo entre las culturas y con el judaísmo y el islám. Esto dio lugar a mucha solidez en sus conceptos y a un compromiso para manifestarlo prácticamente. Por eso, después de consultas y redacciones, tuvo lugar en la Pascua de 2001 la firma de la Carta Ecuménica Europea, sin duda, el gran documento del ecumenismo en estas Asambleas, poco analizado todavía, desconocido en España, reserva, desde luego, de nuestra futura actividad ecuménica.

Sibiu 2007 ha sido otra cosa, a tono con la situación del movimiento ecuménico actual “las iglesias se sienten particularmente motivadas a volver sobre la meta del ecumenismo cristiano, la unidad visible de la Iglesia, la voluntad de Cristo y donde el Espíritu Santo   remueve y alienta nuestra común voluntad y acción ecuménica”. Desde esta ciudad universitaria se divisaba en un monte cercano una cruz, como signo externo del lema de la Asamblea. Algo pasó en Sibiu: la ilusión de los 3.000 asistentes: delegados, invitados y periodistas, al pensar en las posibilidades de un avance en el acuerdo en conceptos sobre la Iglesia e incluso acerca del significado del ecumenismo. Pasó que a los rostros de todos acudía la esperanza de presentar a los cristianos en Europa como testimonio para una sociedad llena de carencias en sus pueblos, que todas las Iglesias se sentían portadoras de paz, luchadoras por la justicia empeñadas en guardar la Creación… esforzadas también en la integración de los inmigrantes.

Pasó también que no todas las esperazas eran fáciles y aparecía en cada esquina la realidad de las divisiones teológicas, disciplinares, litúrgicas, la falta de comunión plena. Pasó que volvieron las mejores intenciones, que todos nos encontrábamos juntos, pero que, a la vez, las diferencias permanecían. Pasó que llenos de fraternidad, comprobábamos, por otra parte, que aún nos falta mucha kenosis para llegar a un aceptar y compartir. Pasó de nuevo lo que desde hace décadas ocurre: el sí, pero no. En Sibiu  vivíamos el gozo de estar juntos y el sufrimiento y la desilusión de encontrarnos tan separados. En nuestras relaciones, a veces, el uno se aleja del otro empujado por las propias conveniencias.

En su testimonio una italiana indicaba con emoción que el ecumenismo debe ser como un niño recién nacido con necesidad de muchos cuidados, un niño nacido de unas relaciones transparentes. Bello y real.

Cardenal Peter ErdoNo hay espacio para triunfalismos y fáciles entusiasmos.

Una vez más y con fuerza se han incorporado temas tan importantes como Creación, Justicia, Paz, Europa, Migraciones, Religiones… con cada uno de ellos se han comprometido seriamente las Iglesias de Europa. Estar al lado de los desheredados, de los débiles denunciar toda injusticia, pronunciar un no rotundo a toda violencia, incorporar a los emigrantes a las naciones donde son acogidos, clamar por la salvaguarda de la Tierra… son misión de los cristianos y así ha quedado claro en esta Asamblea, pues La luz de Cristo ilumina a todos.

El primer día ocuparon las homilías ponencias y testimonios temas como Unidad, Espiritualidad y Testimonio. Se refirió el cardenal Peter Erdö, Presidente de la CC.EE, en su discurso en la apertura de la Asamblea,a que la falta de amor entre los cristianos es el gran problema del ecumenismo:

Se miran ( los cristianos ) con miedo, con desconfianza y con recuerdos amargos de las graves ofensas pasadas. Uno de los principales problemas reside en la reconciliación del corazón entre los cristianos. Está presente entre los católicos de los diversos ritos y los ortodoxos en Europa Central y Oriental, donde los pueblos han sufrido tanto y hoy tienen necesidad de la influencia cristiana en la sociedad… La unidad de los cristianos no es cuestión sentimental pues existen divisiones confesionales sobre la verdad de la fe. El diálogo teológico de fondo sobre estos puntos generalmente no es multilateral, se realiza entre comunidades cristianas concretas. Nuestra Asamblea pudiera tener el cometido de resolver estos problemas… No hay espacio para triunfalismo y fáciles entusiasmos. El camino ecuménico tiene la dureza de la cruz. Pero la perseverancia de Cristo nos enseña a ser fieles y coherentes en las cosas buenas y también en nuestros esfuerzos ecuménicos. El camino ecuménico es también el lugar donde se encuentra el rostro de Cristo resucitado que ha prometido estar “entre los suyos hasta el fin del mundo” ( Mt. 28,20 ). En estos últimos decenios hemos empezado a conocernos, a respetarnos, a estimarnos y a extraer de la colaboración concreta la comunión existente, aunque no plena. Somos cautivos del miedo. Pero es el momento de profundizar”

De la misma forma el Presidente de la KEK, Jean-Arnold de Clermont, señaló:

“ Si queremos encarnar un espíritu de renovación y unidad debemos tener el valor de afrontar nuestras divisiones y proclamar cómo la Luz de Cristo viene a iluminar nuestras características y abrir caminos nuevos. La Carta Ecuménica nos sirve como instrumento de trabajo. Desde 2001 ha sido en la vida de nuestras Iglesias como indicadora de unidad, espiritualidad, misión, justicia, diálogo interreligioso…, no podemos quedarnos inmóviles frente a estos indicadores: nos muestra el sentido del camino”.

En ambos saludos quedó marcada la dirección hacia la unidad cristiana en la Asamblea de Sibiu: realidades del ecumenismo, esfuerzo y esperanza, renovación interiór y el estudio y compromiso con la inolvidable Carta Ecuménica. Tal vez haya que insistir en este punto. Ciertamente esta Carta, fruto de la II Asamblea en Graz, suscrita por las Iglesias en la Pascua de 2001 en Estrasburgo, continúa como el mejor elemento de trabajo para nuestro ecumenismo, también el posterior a Sibiu. Es, sin duda, una invitación a todos los cristianos europeos, pero especialmente a los cristianos españoles, a los más comprometidos con el movimiento ecuménico al menos, pues aquí este documento no ha tenido repercusión alguna. Uno de los empeños de los ecumenistas españoles tendrá que ser impregnarse del espíritu de esta Carta Ecuménica como punto de partida, formación y tesón ecuménicos.

Ya en su homilía el Patriarca Ecuménico ,Bartolomé I de Constantinopla, había reafirmado ante la Asamblea el compromiso de la ortodoxia con el ecumenismo y así llegar a la restauración de la plena comunión eclesial y sacramental para lo que es necesario mantener el diálogo, no obstante la falta de entendimiento entre las Iglesias a la hora de definir propósitos y objetivos del ecumenismo. La Carta Ecuménica fue también elogiada por el Patriarca como un documento concreto en el que se manifestaba la buena voluntad de las Iglesias para trabajar juntas. Habló también de la necesidad de un testimonio común para Europa y se explayó en la defensa de la naturaleza. La presencia ortodoxa, su participación, su dedicación a preparar este acontecimiento y su desarrollo, ha sido uno de los aspectos más importantes en esos días. Puede ser la ortodoxia la mayor beneficiaria de esta III Asamblea Europea en Rumanía.

El dolor de mis amigos es mi dolor.

“ Por encima de nuestras diferencias –dijo el cardenal Kasper,Presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos- lo que más nos une a todos los cristianos es la fe en Jesucristo, a través de Él esta luz se irradia en el bautismo común y así le reconocemos como el único Redentor ySsalvador para todos los hombres y salvación del mundo”.

Ponía de esta forma el cardenal la piedra central de su intervención y se unía al común fundamento de todas las Iglesias y el punto angular del ecumenismo: partir de lo que nos une.

“ El ecumenismo –subrayó- no es sólo un sentimiento humano… sino que busca hacer realidad nuestra fe común en el único Señor Jesucristo, en el único bautismo y en la única Iglesia, con un mismo Credo…, como dice el Consejo Ecuménico de las Iglesias, compuesto por todos los que incorporados a Dios Trino, reconocemos a Jesús como Redentor y Señor”.

Desde estos elementos esenciales de la fe común pudo pasar, en una segunda parte, a señalar que “llevamos este tesoro en vasos de barro” ( 2 Cor, 4,7 ) y por eso vivimos en Iglesias separadas, como si fuera algo natural, contradiciendo el mensaje de Jesús.

“ No debemos tolerar las divisiónes existentes como si fueran lógicas…,son una expresión de pecado que no nos deja cumplir nuestra misión…Somos corresponsables de la división en Europa, de la secularización, de las dudas frente a la Iglesia… No existe alternativa responsable al ecumenismo… El problema de la unidad debe inquietarnos y arder dentro de nosotros”.

Acababa de poner las bases para un análisis del movimiento actual y lo hizo con valentía y sinceridad refiriéndose al documento emanado últimamente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, subrayando cómo muchos evangélicos, especialmente se habían sentido heridos. “ También es un peso para mi, aclaró, y el dolor de mis amigos es mi dolor”. Comentó que no era intención de la Iglesia Católica herir a nadie sino testimoniar la Verdad, aunque sea  desagradable, como lo son también algunas declaraciones de otras Iglesias, pero el auténtico ecumenismo no es sólo ser gentiles unos con otros y señaló que “ solamente el diálogo en la verdad y en la claridad” puede hacer seguir adelante el encuentro entre las Iglesias. El sufrimiento del cardenal era patente.

En la inmediata rueda de prensa pudimos apreciar su humildad, sinceridad y pesadumbre. - ¿ Cómo no intervino para evitar este suceso?, le preguntaron. Y respondió: - “ Estoy en minoría”. -¿ No pudo hacer nada?”. – “ Me enteré de su existencia dos días antes de ser publicado”. – “¿ Por qué ese documento tan cercano a esta III Asamblea Ecuménica?”. – “Se promulgan los documentos en el momento en que están listos”, dijo. – “¿ No se piensa en su oportunidad?”. – “No”, vino a señalar.

En su intervención ante la Asamblea, tras el análisis propuso la terapia. Insistió con convencimiento en lo apuntado por Unitatis Redintegratio: la culpa de la desuniones de todos, es necesario el arrepentimiento, la conversión del corazón y la purificación de la memoria histórica, así como un consenso fundamental como el de la justificación por la fe y apuntó el concepto sobre la Iglesia y la Eucaristía, sin lo cual la unión de las Iglesias no es posible.

Sólo por la unidad eucarística se manifestará la plena unidad.

En el Foro sobre la Unidad, la primera tarde de la Asamblea, tuvo el Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, D. Adolfo González Montes, una intervención, la única española, acerca de Visiones sobre la Unidad de la Iglesia, en la que indicó:

“ La voluntad ecuménica de todos ha llevado a las instancias ecuménicas de las Iglesias a idear formas o “modelos” de unidad que sólo parcialmente contemplan la unidad visible como unidad orgánica plena en cuanto unidad de “doctrina y sacramental” con reconocimiento recíproco del ministerio ordenado tanto en su naturaleza teológica como en su estructura”.

Después de resaltar que la unidad de la Iglesia se fundamenta en la unidad trinitaria resaltó que:

“ La incorporación a la unidad trinitaria emana del acto redentor de Cristo y su realización acontece mediante la inserción de cada creyente en la vida divina que por la redención de Cristo llega mediante la participación en la Eucaristía”.

Y señalaba a renglón seguido:

“ Se comprenderá que sólo por la reconstrucción de la unidad eucarística de la Iglesia se pueda manifestar el misterio de la unidad en su plenitud; y en la misma medida sólo por esta recomposición eucarística alcanzará a hacerse visible la catolicidad de esa unidad. No obstante la doctrina católica del Vaticano II declara que la Unidad de la Iglesia “una sancta” de Cristo se da de diversos modos y grados en las Iglesias históricas y que según la conciencia de fe de la Iglesia Católica la plena presencia de la Iglesia de Cristo “una sancta” se da sólo cuando de una Iglesia se puede afirmar que tiene plenitud de medios de salavación conforme a la voluntad de Cristo. Todos somos conscientes de cómo esta unidad inherente a la misma condición de Iglesia es realidad tangible en nuestra propia Iglesia y todos tenemos conciencia de cómo disentimos sobre su plenitud y deficiencia en las diversas Iglesias históricas. Por eso no tenemos la unidad visible como realidad lograda, aunque cada Iglesia considera “confesionalmente” que está en la unidad eclesial que funda Cristo y realiza su Espíritu, que es el “principio de la unidad de la Iglesia”. Por eso también, las Iglesias no podrán avanzar hacia la meta de la unidad visible sino avanzan en la convergencia y unidad confesional de la fe, que incluye la misma naturaleza teológica de la Iglesia. Los diálogos bilaterales entre las grandes Comuniones eclesiales han avanzado considerablemente en algunos casos hacia la unidad confesional de la fe; se han dado pasos de gran trascendencia para la reconstrucción de la unidad. Hemos de proseguir en este camino, aunque sea difícil. El horizonte confesional que marcó el documento Bautismo, Eucaristía y Ministerio ( BEM ) de Fe y Constitución ( Lima 1982 ) ha supuesto un notable avance hacia una convergencia multilateral hacia la unidad en la confesión de la fe y la reconstrucción de la unidad sacramental de la Iglesia. Ha acercado a las Iglesias hacia un concepto común de unidad visible de la Iglesia”

Estos puntos y toda la intervención de Mons. González Montes deben ser leídos atentamente por todos los ecumenistas españoles. Ésta, sus proyectos   publicadas en el boletín de CERI cuando su nombramiento como Presidente de este organismo, sus declaraciones en  el n.53 de la revista  Pastoral Ecuménica o la entrevista publicada en el semanario  Ecclesia  en la Semana de la Unidad del  año 2005,manifiestan el pensamiento ecuménico del actual responsable del movimiento ecuménico en España.

El mensaje del Papa: oración, diálogo, conocimiento mútuo…

Llegaron a la asamblea mensajes y saludos: del Arzobispo de Canterbury, Dr. Rowan Williams, del Secretario General del Consejo Mundial de las Iglesias, Dr. Samuel Kobia, de Su Santidad el Papa Benedicto XVI… Este señalaba:

“ La esperanza de la renovación y de la unidad en Europa se plantea reconocer una nueva luz de Cristo crucificado y resucitado para favorecer el camino de la reconciliación entre los cristianos de Europa.. Dirijo mi mirada a este importante encuentro con la profunda esperanza de que ayude a avanzar hacia la recomposición de la unidad plena y visible de todos los cristianos. Ésta, de hecho, es una prioridad pastoral que he querido subrayar desde el inicio de mi pontificado. El compromiso en la búsqueda de la unidad visible de todos los cristianos es esencial para que la luz de Cristo pueda esplandecerr sobre todos los hombres.

Con el Concilio Vaticano II, como observó mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, “la Iglesia católica se ha comprometido de modo irreversible a recorrer el camino de la acción ecuménica, poniéndose a la escucha del espíritu del Señor, que enseña a leer atentamente los signos de los tiempos ( Ut Unun Sint, 3 ). Creer en Cristo significa querer la unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia ( Íbidem, 9). Consciente de esto, la Iglesia católica continuará con confianza por el camino de la comunión y de la unidad de los cristianos, un camino seguramente difícil, pero abre camino a una gran alegría ( íbidem, 2 ).”

Después de señalar los signos de los tiempos que en décadas pasadas han contribuído al avance ecuménico, dice:

“ El verdadero diálogo se entreteje allí donde no hay sólo palabras sino también escucha, y donde en la escucha tiene lugar el encuentro, la relación y en la relación la comprensión intensa como profundización y transformación de nuestro ser cristiano. El diálogo, por tanto, no sólo afecta al campo del l saber y a aquello de lo que somos capaces de hacer. Más bien hace hablar al creyente, es más, al mismo Señor en medio de nosotros…Hay dos elementos que deben orientarnos en nuestro compromiso: el diálogo de la verdad y el encuentro en el signo de la fraternidad. Ambos tienen necesidad del ecumenismo espiritual como fundamento. ( Unitatis Redintegratio, 8). La oración por la unidad representa el camino regio hacia el ecumenismo. Permite a los cristianos de Europa mirar con nuevos ojos a Cristo y a la unidad de su Iglesia. Además, permite afrontar con valentía tanto los recuerdos dolorosos que no faltan en la historia europea, como los problemas sociales en la era del relativismo hoy ampliamente dominante. En toda época, hombres y mujeres de oración, entre quienes se encuentran los numerosos testigos de la fe de todas las confesiones, han sido los principales constructores de reconciliación y de unidad. Han inspirado a los cristianos divididos a buscar el camino de la reconciliación y la unidad.

Nosotros, los cristianos, tenemos que ser conscientes de la terea que se nos ha confiado: llevar a Europa y al mundo la voz de quien dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” ( Jn. 8,12 ). Nuestra tarea consiste en hacer resplandecer la luz de Cristo ante los hombres y las mujeres de hoy: no nuestra luz sino la de Cristo… Estoy convencido de que el encuentro de Sibiu, ofrecerá propuestas preciosas para continuar e intensificar la vocación específica de Europa, propuestas que tienen que ayudar a construir un futuro mejor para su población.

Deseo que la III Asamblea Ecuménica Europea en Sibiu logre crear espacios de encuentro para la unidad en la legítima diversidad. En un ambiente de confianza recíproca y con la conciencia de que nuestras raíces comunes son ,más profundas que nuestras divisiones, será posible romper una falsa autosuficiencia y superar la lejanía, experimentando espiritualemnete el fundamento común de nuestra fe. Europa tiene necesidad  de  lugares de encuentro y de experiencias de unidad en las que es guiada por el Espíritu.”

Con estas frases Benedicto XVI plasma de nuevo el compromiso ecuménico de la Iglesia católica. Desde su ámbito, el Pontífice trata de hacer su ecumenismo y empuja a que las Conferencias Episcopales, las iglesias locales, se esfuercen en seguir este signo de los tiempos. He aquí el camino ecuménico del futuro inmediato en nuestras diócesis, parroquias y movimientos ecuménicos: El diálogo, el conocimiento, la comprensión, la colaboración de cristianos de diversas Iglesias para conseguir que Cristo sea la Luz para Europa. La contestación depende de nosotros.

Se han palpado las divisiones.

“Nuestro testimonio de esperanza y unidad para Europa y para el mundo será creíble si continuamos nuestra trayectoria hacia la unidad visible. En Sibiu hemos sentido de nuevo la profunda herida de las divisiones entre nosotros.Esto concierne también a nuestro entendimiento de la Iglesia y su unidad”, dice la parte del mensaje final de la Asamblea referente a la Iglesia.

Refleja con exactitud este párrafo la realidad existente. Los conceptos acerca de la Iglesia y lo que significa su unidad a veces están bastante alejados entre las Iglesias que han asistido a esta Asamblea. El ecumenismo es un gran problema de eclesiología. Se impone, por tanto, un diálogo sincero. En Sibiu no se dio ese diálogo. No se podía dar en el contexto de una nutrida Asamblea. El programa del “ Handbook” que nos entregaron a los 2.650 delegados y a los 300 periodistas, así como a los invitados, nos mostraba cada día la cantidad de intervenciones, sobre todo de reflexiones, testimonios múltiples, de foros por la tarde… En cambio el diálogo resultó muy escaso y los diferentes actos se pisaban unos a otros. Daba la impresión de que la organización se sintió desbordada por tantas solicitudes para intervenir.

Si esto era visible, también lo fue la dolorosa división a la hora de las celebraciones eucarísticas. Algunos han resaltado la belleza de la celebración de la eucaristía católica, todos juntos los de rito latino y ritos orientales. Y lo fue en aquel sábado 8 de septiembre, festividad de la Natividad de Nuestra Señora. Pero mientras celebrábamos nuestra eucaristía tan solemne, a dos pasos, pues todo está a dos pasos en la ciudad de Sibiu aquella gran cantidad de ortodoxos asistentes celebraban también su eucaristía y las Iglesias protestantes decidieron no celebrar nada en esa fiesta. Al siguiente día fue domingo y ocurrió otro tanto de lo mismo: católicos, ortodoxos y protestantes celebramos, cada uno por su lado, nuestras respectivas eucaristías. Prefiero destacar esta realidad dolorosa a toda sensibilidad ecuménica antes que la belleza de esas celebraciones. Iba con un archimandrita ortodoxo griego y, llegados a un punto, él se dirigió a su celebración y yo a la católica. Como se dice en alguno de los textos citados no puede tomarse aún como normal lo que ni lo fue, ni lo es, ni lo será.

Es claro que en la Asamblea donde participan tal cantidad de jerarquías de las diversas Iglesias el paso a la hospitalidad eucarística no cuenta con un terreno abonado. No es así en otros grandes Congresos Ecuménicos con mayoría de laicos, donde las cosas se suavizan, pues se vive en un contexto de igualdad y hasta la Iglesia Católica se abre con lógica a la hospitalidad eucarística, siguiendo las propias normas de Unitatis Redintegratio, nº 8.

También indica el mensaje final, que los cristianos tienen que “tratar cuestiones doctrinales y buscar consensos mayores sobre los valores morales decisivos en el Evangelio y de un estilo creíble de la vida cristiana que sean testimonio alegre de la luz de Cristo”… Para ello ofrece cuatro recomendaciones: renovar la unión de los creyentes, continuar la discusión sobre el mutuo reconocimiento del bautismo indispensable para un entendimiento de la eucaristía, el ministerio y la eclesiología; buscar formas de actividades que puedan unirnos: orar por la unidad, peregrinaciones ecuménicas, iniciativas sociales… ; participación plena del pueblo de Dios: los jóvenes, mayores, discapacitados… Son  cuatro primeras recomendaciones del comunicado final.

Los poderes públicos y las Iglesias.

Conscientes de las comunes raíces “mucho mas profundas que nuestras divisiones –dice el mensaje final de la Asamblea de Sibiu-…en nuestros días no hay alternativa al diálogo, no un diálogo de compromiso, sino un diálogo de la vida, donde se pueda decir la verdad en el amor”… La Asamblea ha tratado sobre Europa y las Iglesias, de la luz de Cristo para Europa. La inquietud para las Iglesias es considerable después de ver el olvido de la “constitución” europea con respecto a las raíces cristianas del continente..aunque después trató de corregirse algo en la reunión de Lisboa del pasado mes de octubre Por eso, el día en que se trató el tema de Europa resultó trascendental. La presencia en la Asamblea de las principales autoridades de la Unión Europea: el Presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, el Presidente del Parlamento europeo, van der Linden, el Presidente de Rumanía, Corin Popescu, consiguieron un diálogo de aplausos entre estos políticos y los cristianos representantes del continente allí reunidos.

“ Hoy me acogeís –subrayó Durao Barroso- como viajero procedente de una esfera no religiosa, el mundo de la actividad política europea. Mi participación en este encuentro se inscribe en el marco de un largo proceso de escucha y de respeto mutuo entre la Comisión y las principales religiones presentes en toda Europa”

Señalaba Barroso las razones de su presencia ante la Asamblea Ecuménica como representante de una sociedad europea multiétnica, pluricultural e interreligiosa con la necesidad de una garantía de respeto a todos. Para ello escuchar el mensaje de las religiones en un marco institucional es fundamental, según el mismo presidente, pues ética y política van de la mano.

“ Las Iglesias y Confesiones- dijo- pueden contribuir a una mejor comprensión entre las gentes a través de la promoción del respeto mutuo en un marco de valores fundamentales compartidos”.

¿ Aludía a la necesidad del ecumenismo entre las Iglesias de Europa?. Así lo entendíamos los presentes, convencidos de la necesidad de la unión de los cristianos para ser útiles a esta Europa. El discurso de  Barroso dejaba clara la intervención de un político respetuoso, convencido de la influencia del cristianismo en Europa y decidido a integrar la acción de las Iglesias en la marcha de la Unión Europea. Algunos pensaron lo contrario, al no citar expresamente a Dios en su intervención. Pero la complicidad entre el Presidente de la Comisión Europea y la Asamblea Ecuménica fue constante. Parecía que éste decía lo que la Asamblea necesitaba escuchar y ésta lo subrayaba con prolongados aplausos que confirmaban al Presidente que se expresaba como la Asamblea esperaba. Daba la impresión de que el Presidente Europeo reconocía la vinculación europea al cristianismo, al humanismo, a la democracia. Se refería a la apertura de unos a otros, a la tolerancia, al respeto a la diversidad, a la defensa de los valores de la dignidad humana, la libertad, la solidaridad, la justicia, la paz y el Estado de Derecho.

La intervención más aplaudida, sin duda, fue la del fundador de la Comunidad de San Egidio, profesor Andrea Ricardi. Ricardi habla de la humanidad, del sufrimiento de la humanidad, de la Iglesia como maestra en   acogida, de Jesucristo verdadera misericordia. Habla de Europa rica y pobre, de Europa necesitada de reconciliación, de ayudas, de testimonios… Las palabras de esta laico dedicado a ser puente entre tantas instituciones religiosas y civiles y entre las personas, es vibrante, convencida, fruto de experiencias profundas, de un conocimiento de las realidades, de una pasión por la humanidad doliente. Por eso caló una vez más entre cuantos escuchábamos y subrayamos su ardor con cálidos y prolongados aplausos.

La inadvertida presencia española.

Para finalizar tengo que aludir a la importancia de lo interreligioso en esta Tercera Asamblea de Sibiu. El foro sobre Religiones, al que asistimos un buen número de españoles, tuvo su importancia. El Metropolita Enmanuel de Francia abrió el foro proponiendo un código de coexistencia entre todas las religiones en Europa, subrayando que el dialogo es nuestra mayor responsabilidad. La representante de los musulmanes indicó que, a pesar de la imposibilidad de un acuerdo doctrinal, cristianos y musulmanes podríamos colaborar en múltiples proyectos. Para el representante judío, su participación en esta Asamblea la consideraba como un hito histórico.De manera muy significada el diálogo interreligioso se ha acercado en esta Asamblea a lo ecuménico. No es que haya de confundirse con el ecumenismo,  pero la verdad es que en la situación actuial deberá presentarse a su lado .La realidad diaria nos indica que son dos movimientos y dos diálogos  en  paralelo .Así lo entienden muchos grupos ecuménicos surgidos en estos últimos años .La misma Asamblea explicó con  esta intención su lema : La Luz de Cristo ilumina  a todos

Paz, Justicia y Creación constituyeron asimismo foros de primera línea a los que he aludido a lo largo de estas líneas. Alguien en su intervención indicó que la composición de las delegaciones reflejaba el ecumenismo de el propio país. Nosotros los españoles echamos de menos la asistencia de algunos delegados como Justicia y Paz, alguien responsable en la Iglesia española de temas sobre la salvaguarda de la naturaleza, algún delegado de emigrantes, cuando en España es un asunto muy cuidado por las diócesis, algún especialista de la Conferencia Episcopal o de otro organismo buen conocedor de los temas de Europa. Todos estos puntos han sido tratados en diversos foros de la Asamblea y para que tuvieran repercusión en la marcha de nuestros compromisos ecuménicos hubiera sido bueno la asistencia de expertos en cada uno de  ellos. La delegación oficial ha estado nutrida por eminentes teólogos que, sin duda, contribuirán al desarrollo en nuestra nación del ecumenismo de Sibiu, pero era también necesaria la asistencia de responsables de esos temas, tan influyentes en la marcha ecuménica hoy.

Alrededor de sesenta españoles hemos estado presentes en la Tercera Asamblea Ecuménica Europea. Componíamos dos grupos bien diferenciados. Uno el de la delegación oficial, más de cuarenta personas, elegidos por la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales. El otro grupo contaba con unas veinte personas, la mayoría con compromiso activo y constante en el ecumenismo en España. La separación entre ambos ha sido total. Del grupo de los veinte, algunos tenían credencial de Prensa y los otros se buscaron como pudieron la entrada en los diversos actos de la Asamblea. En el foro de las Religiones, por casualidad, coincidimos más de veinte españoles de ambos grupos y constituimos, por única vez, un grupo de habla española. Se participó con libertad y fraternidad y se vislumbraba una posible reunión con el Presidente de Relaciones Interconfesionales. ¡Fue pura ilusión¡. Los miembros de la delegación oficial se reunieron, con algún incidente, para comentar la marcha de la Asamblea,  y el otro grupo hubo de contentarse con una reunión promovida por ellos mismos el último día por la noche, en la que, con desencanto, se comentó esta notoria separación.

Fuera de la intervención de unos veinte minutos del obispo D. Adolfo González Montes, hecha en español y luego no difundida por los medios de comunicación de la Asamblea, la presencia española no tuvo repercusión alguna. Se hallaba presente también el Archimandrita de la Iglesia Ortodoxa Griega, P. Rogelio Sáez , dos miembros femeninos de la Iglesia Evangélica Española y el obispo de la IERE, D. Carlos López Lozano, participante de la Comisión Organizadora.

Diez recomendaciones para la luz, esperanza y renovación de Europa.

En un largo mensaje final, que los lectores pueden encontrar en este número se hacen estas recomendaciones:

  1. Renovar nuestra misión como creyentes individuales y como Iglesias para proclamar que Cristo es la Luz y el Salvador del mundo.
  2. Continuar la discusión sobre el mutuo reconocimiento del bautismo y su relación con la comprensión de la Eucaristía, el ministerio, y la eclesiología.
  3. Promover experiencias que fomenten la unidad: oración, peregrinaciones ecuménicas, formación teológica y estudios en común, iniciativas sociales y proyectos culturales…
  4. Buscar la plena participación del pueblo de Dios: los jóvenes, los mayores, los discapacitados…
  5. Reconocer que los inmigrantes cristianos no son sólo receptores del cuidado pastoral, sino que pueden tener un papel activo en la vida de la Iglesia y la sociedad; ofrecer asistencia pastoral a los inmigrantes, asilados y refugiados y promover los derechos de las minorías étnicas, en particular, del pueblo gitano.
  6. Desarrollar los contenidos de la Carta Ecuménica.
  7. Apoyar los Objetivos del Milenio con el fin de terminar con la pobreza.
  8. Iniciar un proceso consultivo por parte de la KEK y la CC.EE. y con las Iglesias de otros continentes para estudiar la responsabilidad europea en el desarrollo de una justicia ecológica y hacer frente al cambio climático, en una justa regulación de la globalización y en defensa de los derechos de las minorías étnicass europeas.
  9. Alentar iniciativas para la cancelación de la deuda externa y la promoción de un comercio equitativo.
  10. Dedicar el período comprendido entre el 1 de septiembre y el 4 de octubre a la oración por la protección de la Creación y la promoción de estilos de vida sostenibles que contrarrestren nuestra contribución al cambio climático.

Cuantos trabajamos en la labor ecuménica nos sentimos comprometidos para llevar a cabo todas estas decisiones, tan importantes para el actual momento religioso y social. Tal vez en España debamos subrayar con trazos especiales el desarrollo de los contenidos de la Carta Ecuménica.

Algo pasó en Sibiu: reaparecieron las esperanzas, se hicieron presentas las desilusiones enraizadas en las descarnadas realidades y la reflexión ha conducido de nuevo a la  cotínua necesidad de la oración unánime por  el diálogo y la unión entre las Iglesias en el campo doctrinal, pastoral y social.      Nos  llevará a conocernos mejor y a aceptar como verdadera riqueza lo que sin diálogo  y con escasa oración es imposible .De nuevo se impone el tesón ecuménico.

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