Dos años de peregrinación
ecuménica por toda Europa han configurado la III
Asamblea Ecuménica Europea, finalizada en la ciudad
rumana de Sibiu, tras seis días de constante actividad,
del 4 al 9 de septiembre de 2007. A lo largo de estos
dos años su logotipo ha quedado impreso en miles
de folios y en nuestras retinas: el globo terraqueo iluminado
por la cruz, pues el lema ha sido: La luz de Cristo
ilumina a todos, repetido sin cesar en documentos,
ponencias y toda clase de intervención en los
días de Sibiu. Como una segunda parte, se leía
en el lema: Esperanza de renovación y unidad
en Europa, tratado en la mayor parte de las intervenciones.
No
podemos empeñarnos en comparar
las tres Asambleas Ecuménicas Europeas: Basilea
1989, Graz 19978 y Sibiu 2007. Cada una tiene marco propio.
Basilea se celebraba con la urgencia y el cosquilleo
del acercamiento entre los pueblos europeos y los primeros
visos de libertad; esta Asamblea se situó “ en
el campo de la responsabilidad pública de la fe
y el compromiso de los cristianos por la justicia, la
paz y la creación”. Graz llevó consigo
una eclosión de gozo por la situación más
confortable en que vivía Europa y sus Iglesias;
estaba marcada “por una decidida voluntad de reconciliación
entre las naciones de Europa y el diálogo entre
las culturas y con el judaísmo y el islám.
Esto dio lugar a mucha solidez en sus conceptos y a un
compromiso para manifestarlo prácticamente. Por
eso, después de consultas y redacciones, tuvo
lugar en la Pascua de 2001 la firma de la Carta Ecuménica
Europea, sin duda, el gran documento del ecumenismo en
estas Asambleas, poco analizado todavía, desconocido
en España, reserva, desde luego, de nuestra futura
actividad ecuménica.
Sibiu 2007 ha sido otra
cosa, a tono con la situación del movimiento ecuménico
actual “las iglesias se sienten particularmente
motivadas a volver sobre la meta del ecumenismo cristiano,
la unidad visible de la Iglesia, la voluntad de Cristo
y donde el Espíritu Santo remueve
y alienta nuestra común voluntad y acción
ecuménica”. Desde esta ciudad universitaria
se divisaba en un monte cercano una cruz, como signo
externo del lema de la Asamblea. Algo pasó en
Sibiu: la ilusión de los 3.000 asistentes: delegados,
invitados y periodistas, al pensar en las posibilidades
de un avance en el acuerdo en conceptos sobre la Iglesia
e incluso acerca del significado del ecumenismo. Pasó que
a los rostros de todos acudía la esperanza de
presentar a los cristianos en Europa como testimonio
para una sociedad llena de carencias en sus pueblos,
que todas las Iglesias se sentían portadoras de
paz, luchadoras por la justicia empeñadas en guardar
la Creación… esforzadas también
en la integración de los inmigrantes.
Pasó también que no
todas las esperazas eran fáciles y aparecía
en cada esquina la realidad de las divisiones teológicas,
disciplinares, litúrgicas, la falta de comunión
plena. Pasó que volvieron las mejores intenciones,
que todos nos encontrábamos juntos, pero que,
a la vez, las diferencias permanecían. Pasó que
llenos de fraternidad, comprobábamos, por otra
parte, que aún nos falta mucha kenosis para
llegar a un aceptar y compartir. Pasó de nuevo
lo que desde hace décadas ocurre: el sí,
pero no. En Sibiu vivíamos el gozo de estar
juntos y el sufrimiento y la desilusión de encontrarnos
tan separados. En nuestras relaciones, a veces, el uno
se aleja del otro empujado por las propias conveniencias.
En
su testimonio una italiana indicaba con emoción que el ecumenismo debe ser como un
niño recién nacido con necesidad de muchos
cuidados, un niño nacido de unas relaciones transparentes.
Bello y real.
No hay espacio para triunfalismos
y fáciles
entusiasmos.
Una vez más
y con fuerza se han incorporado temas tan importantes
como Creación, Justicia, Paz, Europa, Migraciones,
Religiones… con cada uno de ellos se han comprometido
seriamente las Iglesias de Europa. Estar al lado de los
desheredados, de los débiles denunciar toda injusticia,
pronunciar un no rotundo a toda violencia, incorporar
a los emigrantes a las naciones donde son acogidos, clamar
por la salvaguarda de la Tierra… son misión
de los cristianos y así ha quedado claro en esta
Asamblea, pues La luz de Cristo ilumina a todos.
El
primer día ocuparon las
homilías ponencias y testimonios temas como Unidad,
Espiritualidad y Testimonio. Se refirió el cardenal
Peter Erdö, Presidente de la CC.EE, en su discurso
en la apertura de la Asamblea,a que la falta de amor
entre los cristianos es el gran problema del ecumenismo:
“Se
miran ( los cristianos ) con miedo, con desconfianza
y con recuerdos amargos de las graves ofensas pasadas.
Uno de los principales problemas reside en la reconciliación
del corazón entre
los cristianos. Está presente entre los católicos
de los diversos ritos y los ortodoxos en Europa Central
y Oriental, donde los pueblos han sufrido tanto y hoy
tienen necesidad de la influencia cristiana en la sociedad… La
unidad de los cristianos no es cuestión sentimental
pues existen divisiones confesionales sobre la verdad
de la fe. El diálogo teológico de fondo
sobre estos puntos generalmente no es multilateral,
se realiza entre comunidades cristianas concretas.
Nuestra Asamblea pudiera tener el cometido de resolver
estos problemas… No hay espacio para triunfalismo
y fáciles entusiasmos. El camino ecuménico
tiene la dureza de la cruz. Pero la perseverancia de
Cristo nos enseña a ser fieles y coherentes
en las cosas buenas y también en nuestros esfuerzos
ecuménicos. El camino ecuménico es también
el lugar donde se encuentra el rostro de Cristo resucitado
que ha prometido estar “entre los suyos hasta
el fin del mundo” ( Mt. 28,20 ). En estos últimos
decenios hemos empezado a conocernos, a respetarnos,
a estimarnos y a extraer de la colaboración
concreta la comunión existente, aunque no plena.
Somos cautivos del miedo. Pero es el momento de profundizar”
De
la misma forma el Presidente de la KEK, Jean-Arnold de
Clermont, señaló:
“ Si queremos encarnar un espíritu
de renovación y unidad debemos tener el valor
de afrontar nuestras divisiones y proclamar cómo
la Luz de Cristo viene a iluminar nuestras características
y abrir caminos nuevos. La Carta Ecuménica nos
sirve como instrumento de trabajo. Desde 2001 ha sido
en la vida de nuestras Iglesias como indicadora de
unidad, espiritualidad, misión, justicia, diálogo
interreligioso…, no podemos quedarnos inmóviles
frente a estos indicadores: nos muestra el sentido
del camino”.
En ambos saludos quedó marcada
la dirección hacia la unidad cristiana en la Asamblea
de Sibiu: realidades del ecumenismo, esfuerzo y esperanza,
renovación interiór y el estudio y compromiso
con la inolvidable Carta Ecuménica. Tal vez haya
que insistir en este punto. Ciertamente esta Carta, fruto
de la II Asamblea en Graz, suscrita por las Iglesias
en la Pascua de 2001 en Estrasburgo, continúa
como el mejor elemento de trabajo para nuestro ecumenismo,
también el posterior a Sibiu. Es, sin duda, una
invitación a todos los cristianos europeos, pero
especialmente a los cristianos españoles, a los
más comprometidos con el movimiento ecuménico
al menos, pues aquí este documento no ha tenido
repercusión alguna. Uno de los empeños
de los ecumenistas españoles tendrá que
ser impregnarse del espíritu de esta Carta Ecuménica
como punto de partida, formación y tesón
ecuménicos.
Ya en su homilía el Patriarca
Ecuménico ,Bartolomé I de Constantinopla,
había reafirmado ante la Asamblea el compromiso
de la ortodoxia con el ecumenismo y así llegar
a la restauración de la plena comunión
eclesial y sacramental para lo que es necesario mantener
el diálogo, no obstante la falta de entendimiento
entre las Iglesias a la hora de definir propósitos
y objetivos del ecumenismo. La Carta Ecuménica
fue también elogiada por el Patriarca como un
documento concreto en el que se manifestaba la buena
voluntad de las Iglesias para trabajar juntas. Habló también
de la necesidad de un testimonio común para Europa
y se explayó en la defensa de la naturaleza. La
presencia ortodoxa, su participación, su dedicación
a preparar este acontecimiento y su desarrollo, ha sido
uno de los aspectos más importantes en esos días.
Puede ser la ortodoxia la mayor beneficiaria de esta
III Asamblea Europea en Rumanía.
El dolor de mis amigos es mi dolor.
“ Por
encima de nuestras diferencias –dijo
el cardenal Kasper,Presidente del Consejo Pontificio
para la Unidad de los Cristianos- lo que más
nos une a todos los cristianos es la fe en Jesucristo,
a través de Él esta luz se irradia en el bautismo
común y así le reconocemos
como el único Redentor ySsalvador para todos
los hombres y salvación del mundo”.
Ponía de esta forma el cardenal
la piedra central de su intervención y se unía
al común fundamento de todas las Iglesias y el
punto angular del ecumenismo: partir de lo que nos une.
“ El
ecumenismo –subrayó- no
es sólo un sentimiento humano… sino que
busca hacer realidad nuestra fe común en el único
Señor Jesucristo, en el único bautismo
y en la única Iglesia, con un mismo Credo…,
como dice el Consejo Ecuménico de las Iglesias,
compuesto por todos los que incorporados a Dios Trino,
reconocemos a Jesús como Redentor y Señor”.
Desde
estos elementos esenciales de la fe común pudo pasar, en una segunda parte,
a señalar que “llevamos este tesoro
en vasos de barro” ( 2 Cor, 4,7 ) y por eso
vivimos en Iglesias separadas, como si fuera algo natural,
contradiciendo el mensaje de Jesús.
“ No debemos tolerar las divisiónes
existentes como si fueran lógicas…,son
una expresión de pecado que no nos deja cumplir
nuestra misión…Somos corresponsables
de la división en Europa, de la secularización,
de las dudas frente a la Iglesia… No existe
alternativa responsable al ecumenismo… El problema
de la unidad debe inquietarnos y arder dentro de nosotros”.
Acababa
de poner las bases para un análisis del movimiento actual y lo hizo con
valentía y sinceridad refiriéndose al documento
emanado últimamente de la Congregación
de la Doctrina de la Fe, subrayando cómo muchos
evangélicos, especialmente se habían sentido
heridos. “ También es un peso para mi, aclaró, y
el dolor de mis amigos es mi dolor”. Comentó que
no era intención de la Iglesia Católica
herir a nadie sino testimoniar la Verdad, aunque sea desagradable,
como lo son también algunas declaraciones de otras
Iglesias, pero el auténtico ecumenismo no es sólo
ser gentiles unos con otros y señaló que “ solamente
el diálogo en la verdad y en la claridad” puede
hacer seguir adelante el encuentro entre las Iglesias.
El sufrimiento del cardenal era patente.
En la inmediata
rueda de prensa pudimos apreciar su humildad, sinceridad
y pesadumbre. - ¿ Cómo
no intervino para evitar este suceso?, le preguntaron.
Y respondió: - “ Estoy en minoría”.
-¿ No pudo hacer nada?”. – “ Me
enteré de su existencia dos días antes
de ser publicado”. – “¿ Por
qué ese documento tan cercano a esta III Asamblea
Ecuménica?”. – “Se promulgan
los documentos en el momento en que están listos”, dijo. – “¿ No
se piensa en su oportunidad?”. – “No”, vino
a señalar.
En su intervención ante la
Asamblea, tras el análisis propuso la terapia. Insistió con
convencimiento en lo apuntado por Unitatis Redintegratio: la
culpa de la desuniones de todos, es necesario el arrepentimiento,
la conversión del corazón y la purificación
de la memoria histórica, así como un consenso
fundamental como el de la justificación por la
fe y apuntó el concepto sobre la Iglesia y la
Eucaristía, sin lo cual la unión de las
Iglesias no es posible.
Sólo por la unidad eucarística
se manifestará la plena unidad.
En el
Foro sobre la Unidad, la primera tarde de la Asamblea,
tuvo el Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales,
D. Adolfo González Montes, una intervención,
la única española, acerca de Visiones
sobre la Unidad de la Iglesia, en la que indicó:
“ La voluntad ecuménica de todos ha
llevado a las instancias ecuménicas de las Iglesias
a idear formas o “modelos” de unidad que
sólo parcialmente contemplan la unidad visible
como unidad orgánica plena en cuanto unidad
de “doctrina y sacramental” con reconocimiento
recíproco del ministerio ordenado tanto en su
naturaleza teológica como en su estructura”.
Después de resaltar que la
unidad de la Iglesia se fundamenta en la unidad trinitaria
resaltó que:
“ La incorporación a la unidad trinitaria
emana del acto redentor de Cristo y su realización
acontece mediante la inserción de cada creyente
en la vida divina que por la redención de Cristo
llega mediante la participación en la Eucaristía”.
Y
señalaba a renglón
seguido:
“ Se comprenderá que sólo por
la reconstrucción de la unidad eucarística
de la Iglesia se pueda manifestar el misterio de la
unidad en su plenitud; y en la misma medida sólo
por esta recomposición eucarística alcanzará a
hacerse visible la catolicidad de esa unidad. No obstante
la doctrina católica del Vaticano II declara
que la Unidad de la Iglesia “una sancta” de
Cristo se da de diversos modos y grados en las Iglesias
históricas y que según la conciencia
de fe de la Iglesia Católica la plena presencia
de la Iglesia de Cristo “una sancta” se
da sólo cuando de una Iglesia se puede afirmar
que tiene plenitud de medios de salavación conforme
a la voluntad de Cristo. Todos somos conscientes de
cómo esta unidad inherente a la misma condición
de Iglesia es realidad tangible en nuestra propia Iglesia
y todos tenemos conciencia de cómo disentimos
sobre su plenitud y deficiencia en las diversas Iglesias
históricas. Por eso no tenemos la unidad visible
como realidad lograda, aunque cada Iglesia considera “confesionalmente” que
está en la unidad eclesial que funda Cristo
y realiza su Espíritu, que es el “principio
de la unidad de la Iglesia”. Por eso también,
las Iglesias no podrán avanzar hacia la meta
de la unidad visible sino avanzan en la convergencia
y unidad confesional de la fe, que incluye la misma
naturaleza teológica de la Iglesia. Los diálogos
bilaterales entre las grandes Comuniones eclesiales
han avanzado considerablemente en algunos casos hacia
la unidad confesional de la fe; se han dado pasos de
gran trascendencia para la reconstrucción de
la unidad. Hemos de proseguir en este camino, aunque
sea difícil. El horizonte confesional que marcó el
documento Bautismo, Eucaristía y Ministerio
( BEM ) de Fe y Constitución ( Lima 1982 ) ha
supuesto un notable avance hacia una convergencia multilateral
hacia la unidad en la confesión de la fe y la
reconstrucción de la unidad sacramental de la
Iglesia. Ha acercado a las Iglesias hacia un concepto
común de unidad visible de la Iglesia”
Estos
puntos y toda la intervención
de Mons. González Montes deben ser leídos
atentamente por todos los ecumenistas españoles. Ésta,
sus proyectos publicadas en el boletín
de CERI cuando su nombramiento como Presidente de este
organismo, sus declaraciones en el n.53 de la revista Pastoral
Ecuménica o la entrevista publicada en el
semanario Ecclesia en la Semana
de la Unidad del año 2005,manifiestan el
pensamiento ecuménico del actual responsable del
movimiento ecuménico en España.
El
mensaje del Papa: oración, diálogo,
conocimiento mútuo…
Llegaron a
la asamblea mensajes y saludos: del Arzobispo de Canterbury,
Dr. Rowan Williams, del Secretario General del Consejo
Mundial de las Iglesias, Dr. Samuel Kobia, de Su Santidad
el Papa Benedicto XVI… Este
señalaba:
“ La esperanza de la renovación y de
la unidad en Europa se plantea reconocer una nueva
luz de Cristo crucificado y resucitado para favorecer
el camino de la reconciliación entre los cristianos
de Europa.. Dirijo mi mirada a este importante encuentro
con la profunda esperanza de que ayude a avanzar hacia
la recomposición de la unidad plena y visible
de todos los cristianos. Ésta, de hecho, es
una prioridad pastoral que he querido subrayar desde
el inicio de mi pontificado. El compromiso en la búsqueda
de la unidad visible de todos los cristianos es esencial
para que la luz de Cristo pueda esplandecerr sobre
todos los hombres.
Con el Concilio Vaticano II,
como observó mi venerado predecesor, el Papa
Juan Pablo II, “la Iglesia católica se
ha comprometido de modo irreversible a recorrer el
camino de la acción ecuménica, poniéndose
a la escucha del espíritu del Señor,
que enseña a leer atentamente los signos de
los tiempos ( Ut Unun Sint, 3 ). Creer en Cristo significa
querer la unidad; querer la unidad significa querer
la Iglesia ( Íbidem, 9). Consciente de esto,
la Iglesia católica continuará con confianza
por el camino de la comunión y de la unidad
de los cristianos, un camino seguramente difícil,
pero abre camino a una gran alegría ( íbidem,
2 ).”
Después de señalar
los signos de los tiempos que en décadas pasadas
han contribuído al avance ecuménico, dice:
“ El verdadero
diálogo se entreteje
allí donde no hay sólo palabras sino
también escucha, y donde en la escucha tiene
lugar el encuentro, la relación y en la relación
la comprensión intensa como profundización
y transformación de nuestro ser cristiano. El
diálogo, por tanto, no sólo afecta al
campo del l saber y a aquello de lo que somos capaces
de hacer. Más bien hace hablar al creyente,
es más, al mismo Señor en medio de nosotros…Hay
dos elementos que deben orientarnos en nuestro compromiso:
el diálogo de la verdad y el encuentro en el
signo de la fraternidad. Ambos tienen necesidad del
ecumenismo espiritual como fundamento. ( Unitatis Redintegratio,
8). La oración por la unidad representa el camino
regio hacia el ecumenismo. Permite a los cristianos
de Europa mirar con nuevos ojos a Cristo y a la unidad
de su Iglesia. Además, permite afrontar con
valentía tanto los recuerdos dolorosos que no
faltan en la historia europea, como los problemas sociales
en la era del relativismo hoy ampliamente dominante.
En toda época, hombres y mujeres de oración,
entre quienes se encuentran los numerosos testigos
de la fe de todas las confesiones, han sido los principales
constructores de reconciliación y de unidad.
Han inspirado a los cristianos divididos a buscar el
camino de la reconciliación y la unidad.
Nosotros,
los cristianos, tenemos que ser conscientes de la terea
que se nos ha confiado: llevar a Europa y al mundo la
voz de quien dijo: “Yo
soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en
la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (
Jn. 8,12 ). Nuestra tarea consiste en hacer resplandecer
la luz de Cristo ante los hombres y las mujeres de
hoy: no nuestra luz sino la de Cristo… Estoy
convencido de que el encuentro de Sibiu, ofrecerá propuestas
preciosas para continuar e intensificar la vocación
específica de Europa, propuestas que tienen
que ayudar a construir un futuro mejor para su población.
Deseo
que la III Asamblea Ecuménica
Europea en Sibiu logre crear espacios de encuentro
para la unidad en la legítima diversidad. En
un ambiente de confianza recíproca y con la
conciencia de que nuestras raíces comunes son
,más profundas que nuestras divisiones, será posible
romper una falsa autosuficiencia y superar la lejanía,
experimentando espiritualemnete el fundamento común
de nuestra fe. Europa tiene necesidad de lugares
de encuentro y de experiencias de unidad en las que
es guiada por el Espíritu.”
Con estas
frases Benedicto XVI plasma de nuevo el compromiso ecuménico
de la Iglesia católica. Desde su ámbito,
el Pontífice
trata de hacer su ecumenismo y empuja a que las Conferencias
Episcopales, las iglesias locales, se esfuercen en seguir
este signo de los tiempos. He aquí el camino ecuménico
del futuro inmediato en nuestras diócesis, parroquias
y movimientos ecuménicos: El diálogo, el
conocimiento, la comprensión, la colaboración
de cristianos de diversas Iglesias para conseguir que
Cristo sea la Luz para Europa. La contestación
depende de nosotros.

Se han palpado las divisiones.
“Nuestro testimonio de esperanza y unidad
para Europa y para el mundo será creíble
si continuamos nuestra trayectoria hacia la unidad
visible. En Sibiu hemos sentido de nuevo la profunda
herida de las divisiones entre nosotros.Esto concierne
también a nuestro entendimiento de la Iglesia
y su unidad”, dice la parte del mensaje
final de la Asamblea referente a la Iglesia.
Refleja con
exactitud este párrafo
la realidad existente. Los conceptos acerca de la Iglesia
y lo que significa su unidad a veces están bastante
alejados entre las Iglesias que han asistido a esta Asamblea.
El ecumenismo es un gran problema de eclesiología.
Se impone, por tanto, un diálogo sincero. En Sibiu
no se dio ese diálogo. No se podía dar
en el contexto de una nutrida Asamblea. El programa del “ Handbook” que
nos entregaron a los 2.650 delegados y a los 300 periodistas,
así como a los invitados, nos mostraba cada día
la cantidad de intervenciones, sobre todo de reflexiones,
testimonios múltiples, de foros por la tarde… En
cambio el diálogo resultó muy escaso y
los diferentes actos se pisaban unos a otros. Daba la
impresión de que la organización se sintió desbordada
por tantas solicitudes para intervenir.
Si esto era visible,
también
lo fue la dolorosa división a la hora de las celebraciones
eucarísticas. Algunos han resaltado la belleza
de la celebración de la eucaristía católica,
todos juntos los de rito latino y ritos orientales. Y
lo fue en aquel sábado 8 de septiembre, festividad
de la Natividad de Nuestra Señora. Pero mientras
celebrábamos nuestra eucaristía tan solemne,
a dos pasos, pues todo está a dos pasos en la
ciudad de Sibiu aquella gran cantidad de ortodoxos asistentes
celebraban también su eucaristía y las
Iglesias protestantes decidieron no celebrar nada en
esa fiesta. Al siguiente día fue domingo y ocurrió otro
tanto de lo mismo: católicos, ortodoxos y protestantes
celebramos, cada uno por su lado, nuestras respectivas
eucaristías. Prefiero destacar esta realidad dolorosa
a toda sensibilidad ecuménica antes que la belleza
de esas celebraciones. Iba con un archimandrita ortodoxo
griego y, llegados a un punto, él se dirigió a
su celebración y yo a la católica. Como
se dice en alguno de los textos citados no puede tomarse
aún como normal lo que ni lo fue, ni lo es, ni
lo será.
Es claro que en la Asamblea
donde participan tal cantidad de jerarquías de las diversas
Iglesias el paso a la hospitalidad eucarística
no cuenta con un terreno abonado. No es así en
otros grandes Congresos Ecuménicos con mayoría
de laicos, donde las cosas se suavizan, pues se vive
en un contexto de igualdad y hasta la Iglesia Católica
se abre con lógica a la hospitalidad eucarística,
siguiendo las propias normas de Unitatis Redintegratio, nº 8.
También
indica el mensaje final, que los cristianos tienen que “tratar
cuestiones doctrinales y buscar consensos mayores sobre
los valores morales decisivos en el Evangelio y de un
estilo creíble de la vida cristiana que sean testimonio
alegre de la luz de Cristo”… Para ello
ofrece cuatro recomendaciones: renovar la unión
de los creyentes, continuar la discusión sobre
el mutuo reconocimiento del bautismo indispensable para
un entendimiento de la eucaristía, el ministerio
y la eclesiología; buscar formas de actividades
que puedan unirnos: orar por la unidad, peregrinaciones
ecuménicas, iniciativas sociales… ; participación
plena del pueblo de Dios: los jóvenes, mayores,
discapacitados… Son cuatro primeras recomendaciones
del comunicado final.
Los poderes públicos
y las Iglesias.
Conscientes de las comunes
raíces “mucho
mas profundas que nuestras divisiones –dice
el mensaje final de la Asamblea de Sibiu-…en
nuestros días no hay alternativa al diálogo,
no un diálogo de compromiso, sino un diálogo
de la vida, donde se pueda decir la verdad en el amor”… La
Asamblea ha tratado sobre Europa y las Iglesias, de
la luz de Cristo para Europa. La inquietud para las
Iglesias es considerable después de ver el olvido
de la “constitución” europea
con respecto a las raíces cristianas del continente..aunque
después trató de corregirse algo en la
reunión de Lisboa del pasado mes de octubre
Por eso, el día en que se trató el tema
de Europa resultó trascendental. La presencia
en la Asamblea de las principales autoridades de la
Unión Europea: el Presidente de la Comisión
Europea, Durao Barroso, el Presidente del Parlamento
europeo, van der Linden, el Presidente de Rumanía,
Corin Popescu, consiguieron un diálogo de aplausos
entre estos políticos y los cristianos representantes
del continente allí reunidos.
“ Hoy me acogeís –subrayó Durao
Barroso- como viajero procedente de una esfera no
religiosa, el mundo de la actividad política europea.
Mi participación en este encuentro se inscribe
en el marco de un largo proceso de escucha y de respeto
mutuo entre la Comisión y las principales religiones
presentes en toda Europa”
Señalaba Barroso las razones
de su presencia ante la Asamblea Ecuménica como
representante de una sociedad europea multiétnica,
pluricultural e interreligiosa con la necesidad de una
garantía de respeto a todos. Para ello escuchar
el mensaje de las religiones en un marco institucional
es fundamental, según el mismo presidente, pues ética
y política van de la mano.
“ Las Iglesias
y Confesiones- dijo- pueden
contribuir a una mejor comprensión entre las
gentes a través de la promoción del respeto
mutuo en un marco de valores fundamentales compartidos”.
¿ Aludía
a la necesidad del ecumenismo entre las Iglesias de Europa?.
Así lo
entendíamos los presentes, convencidos de la necesidad
de la unión de los cristianos para ser útiles
a esta Europa. El discurso de Barroso dejaba clara
la intervención de un político respetuoso,
convencido de la influencia del cristianismo en Europa
y decidido a integrar la acción de las Iglesias
en la marcha de la Unión Europea. Algunos pensaron
lo contrario, al no citar expresamente a Dios en su intervención.
Pero la complicidad entre el Presidente de la Comisión
Europea y la Asamblea Ecuménica fue constante.
Parecía que éste decía lo que la
Asamblea necesitaba escuchar y ésta lo subrayaba
con prolongados aplausos que confirmaban al Presidente
que se expresaba como la Asamblea esperaba. Daba la impresión
de que el Presidente Europeo reconocía la vinculación
europea al cristianismo, al humanismo, a la democracia.
Se refería a la apertura de unos a otros, a la
tolerancia, al respeto a la diversidad, a la defensa
de los valores de la dignidad humana, la libertad, la
solidaridad, la justicia, la paz y el Estado de Derecho.
La intervención más
aplaudida, sin duda, fue la del fundador de la Comunidad
de San Egidio, profesor Andrea Ricardi. Ricardi habla
de la humanidad, del sufrimiento de la humanidad, de
la Iglesia como maestra en acogida, de Jesucristo
verdadera misericordia. Habla de Europa rica y pobre,
de Europa necesitada de reconciliación, de ayudas,
de testimonios… Las palabras de esta laico dedicado
a ser puente entre tantas instituciones religiosas y
civiles y entre las personas, es vibrante, convencida,
fruto de experiencias profundas, de un conocimiento de
las realidades, de una pasión por la humanidad
doliente. Por eso caló una vez más entre
cuantos escuchábamos y subrayamos su ardor con
cálidos y prolongados aplausos.
La inadvertida
presencia española.
Para finalizar tengo
que aludir a la importancia de lo interreligioso en esta
Tercera Asamblea de Sibiu. El foro sobre Religiones,
al que asistimos un buen número de españoles,
tuvo su importancia. El Metropolita Enmanuel de Francia
abrió el foro proponiendo un código de
coexistencia entre todas las religiones en Europa, subrayando
que el dialogo es nuestra mayor responsabilidad. La representante
de los musulmanes indicó que, a pesar de la imposibilidad
de un acuerdo doctrinal, cristianos y musulmanes podríamos
colaborar en múltiples proyectos. Para el representante
judío, su participación en esta Asamblea
la consideraba como un hito histórico.De manera
muy significada el diálogo interreligioso se ha
acercado en esta Asamblea a lo ecuménico. No es
que haya de confundirse con el ecumenismo, pero
la verdad es que en la situación actuial deberá presentarse
a su lado .La realidad diaria nos indica que son dos
movimientos y dos diálogos en paralelo
.Así lo entienden muchos grupos ecuménicos
surgidos en estos últimos años .La misma
Asamblea explicó con esta intención
su lema : La Luz de Cristo ilumina a
todos
Paz, Justicia y Creación
constituyeron asimismo foros de primera línea
a los que he aludido a lo largo de estas líneas.
Alguien en su intervención indicó que la
composición de las delegaciones reflejaba el ecumenismo
de el propio país. Nosotros los españoles
echamos de menos la asistencia de algunos delegados como
Justicia y Paz, alguien responsable en la Iglesia española
de temas sobre la salvaguarda de la naturaleza, algún
delegado de emigrantes, cuando en España es un
asunto muy cuidado por las diócesis, algún
especialista de la Conferencia Episcopal o de otro organismo
buen conocedor de los temas de Europa. Todos estos puntos
han sido tratados en diversos foros de la Asamblea y
para que tuvieran repercusión en la marcha de
nuestros compromisos ecuménicos hubiera sido bueno
la asistencia de expertos en cada uno de ellos.
La delegación oficial ha estado nutrida por eminentes
teólogos que, sin duda, contribuirán al
desarrollo en nuestra nación del ecumenismo de
Sibiu, pero era también necesaria la asistencia
de responsables de esos temas, tan influyentes en la
marcha ecuménica hoy.
Alrededor de sesenta españoles
hemos estado presentes en la Tercera Asamblea Ecuménica
Europea. Componíamos dos grupos bien diferenciados.
Uno el de la delegación oficial, más de
cuarenta personas, elegidos por la Comisión Episcopal
de Relaciones Interconfesionales. El otro grupo contaba
con unas veinte personas, la mayoría con compromiso
activo y constante en el ecumenismo en España.
La separación entre ambos ha sido total. Del grupo
de los veinte, algunos tenían credencial de Prensa
y los otros se buscaron como pudieron la entrada en los
diversos actos de la Asamblea. En el foro de las Religiones,
por casualidad, coincidimos más de veinte españoles
de ambos grupos y constituimos, por única vez,
un grupo de habla española. Se participó con
libertad y fraternidad y se vislumbraba una posible reunión
con el Presidente de Relaciones Interconfesionales. ¡Fue
pura ilusión¡. Los miembros de la delegación
oficial se reunieron, con algún incidente, para
comentar la marcha de la Asamblea, y el otro grupo
hubo de contentarse con una reunión promovida
por ellos mismos el último día por la noche,
en la que, con desencanto, se comentó esta notoria
separación.
Fuera de la intervención de
unos veinte minutos del obispo D. Adolfo González
Montes, hecha en español y luego no difundida
por los medios de comunicación de la Asamblea,
la presencia española no tuvo repercusión
alguna. Se hallaba presente también el Archimandrita
de la Iglesia Ortodoxa Griega, P. Rogelio Sáez
, dos miembros femeninos de la Iglesia Evangélica
Española y el obispo de la IERE, D. Carlos López
Lozano, participante de la Comisión Organizadora.
Diez
recomendaciones para la luz, esperanza y renovación
de Europa.
En un largo
mensaje final, que los lectores pueden encontrar en
este número
se hacen estas recomendaciones:
- Renovar nuestra misión
como creyentes individuales y como Iglesias para
proclamar que Cristo es la Luz y el Salvador del
mundo.
- Continuar la discusión sobre el mutuo
reconocimiento del bautismo y su relación
con la comprensión de la Eucaristía,
el ministerio, y la eclesiología.
- Promover experiencias que
fomenten la unidad: oración, peregrinaciones ecuménicas,
formación teológica y estudios en común,
iniciativas sociales y proyectos culturales…
- Buscar la plena participación del pueblo
de Dios: los jóvenes, los mayores, los discapacitados…
- Reconocer que los inmigrantes
cristianos no son sólo receptores del cuidado pastoral, sino
que pueden tener un papel activo en la vida de la
Iglesia y la sociedad; ofrecer asistencia pastoral
a los inmigrantes, asilados y refugiados y promover
los derechos de las minorías étnicas,
en particular, del pueblo gitano.
- Desarrollar los contenidos
de la Carta Ecuménica.
- Apoyar los Objetivos del Milenio con el fin de
terminar con la pobreza.
- Iniciar un proceso consultivo
por parte de la KEK y la CC.EE. y con las Iglesias
de otros continentes para estudiar la responsabilidad
europea en el desarrollo de una justicia ecológica y hacer frente al
cambio climático, en una justa regulación
de la globalización y en defensa de los derechos
de las minorías étnicass europeas.
- Alentar iniciativas para
la cancelación
de la deuda externa y la promoción de un comercio
equitativo.
- Dedicar el período comprendido entre el
1 de septiembre y el 4 de octubre a la oración
por la protección de la Creación y
la promoción de estilos de vida sostenibles
que contrarrestren nuestra contribución al
cambio climático.
Cuantos
trabajamos en la labor ecuménica nos sentimos
comprometidos para llevar a cabo todas estas decisiones,
tan importantes para el actual momento religioso y social.
Tal vez en España debamos subrayar con trazos
especiales el desarrollo de los contenidos de la Carta
Ecuménica.
Algo pasó en Sibiu:
reaparecieron las esperanzas, se hicieron presentas las
desilusiones enraizadas en las descarnadas realidades
y la reflexión ha conducido de nuevo a la cotínua
necesidad de la oración unánime por el
diálogo y la unión entre las Iglesias en
el campo doctrinal, pastoral y social. Nos llevará a
conocernos mejor y a aceptar como verdadera riqueza lo
que sin diálogo y con escasa oración
es imposible .De nuevo se impone el tesón ecuménico.