II. IGLESIAS PROTESTANTES
ESPAÑOLAS
Bajo una misma denominación,
uniones y separaciones
Cuando en 1868 fue derrocada
Isabel II y surgió la regencia de Serrano,
Juan Bautista Cabrera, que se había hecho
cargo de la congregación protestante española
de Gibraltar meses antes, entró en España
en septiembre para llevar a cabo tantos proyectos
acariciados. Efectivamente, cuando en 1869 era
elegido jefe del gobierno el general Prim, en
un viaje de éste al campo militar de Algeciras,
Cabrera se entrevistó con él y allí
oyó aquellas famosas frases del general
que cambiaron el rumbo de los protestantes españoles:
«Ya pueden ustedes recorrer España
con la Biblia bajo el brazo»(14).
El año anterior se
había formado en Gibraltar el Consistorio
General de la Iglesia Española para «buscar
la unificación de esfuerzos para la extensión
del Evangelio en nuestra Patria»; el 1.º
de enero de 1869 se celebraba en Sevilla, por
primera vez, un «culto protestante»,
y del 26 de julio al 7 de agosto tenía
lugar en la misma ciudad andaluza la Asamblea
General del Consistorio para aunar esos esfuerzos
y presentar un mensaje común. Además
se abrió allí, en Sevilla, el primer
Instituto Teológico Protestante(15). La
Asamblea se había realizado con una convocatoria
publicada en «El Cristiano». El segundo
día, 27 de julio, se adoptó la versión
de la Biblia de Valera y se trató y aprobó
la Asamblea una Confesión de Fe. El 6 de
agosto se leyó un breve proyecto de disciplina
hasta que se aprobara un Código y luego
se pidió un Catecismo, un Directorio de
Liturgia, un Libro de Himnos, una reseña
de trabajos de la Asamblea y la convocatoria de
otra para el siguiente año. De todo enviaron
un ejemplar a las Cortes, que respondieron reconociendo
a la Iglesia Reformada como legalmente constituida
y autorizada en España.
Juan Bautista Cabrera quedó
en Sevilla, Antonio Carrasco, Felipe Orejón
y luego Francisco de Paula Ruet se dirigieron
a Madrid, José Alhama Tabor a Granada y
la revista «La Luz», fundada en 1869
por Antonio Carrasco, decía en su número
de 27 de noviembre de 1869: «El Evangelio
hoy es anunciado en Madrid, Sevilla, Málaga,
Córdoba, Constantina, Cartagena, Ciudad
Real, Huelva, Valladolid, Cádiz y La Coruña».
«Casas particulares —dice Pablo García—
fueron transformadas en iglesias donde se estudiaba
y meditaba el Evangelio. En Madrid y Sevilla fue
necesario abrir nuevos lugares de culto. En Sevilla
hubo cinco más y en Madrid aparecieron
capillas en la calle de la Madera, San Cayetano,
en las Plazas del Limón y la Cebada, en
la calle de la Libertad y Calatrava»(16),
y continuaron pidiendo lugares de culto desde
otras ciudades: Zaragoza, Valladolid, Guadalajara
y hasta de Segovia. Las denominaciones agrupadas
en la Iglesia cristiana española eran las
siguientes: presbiteriana, congregacionalista,
metodista y luterana.
Se precisaba organizar todo
y debieron hacerlo con cierta premura y por eso
la I Asamblea General de la Iglesia Cristiana
Española del 19-20 de abril de 1871, a
la que asistieron tres iglesias de Madrid, Zaragoza,
Huelva, Córdoba, Cartagena, Málaga,
Cádiz, Sevilla y Camuñas (Toledo)
—la que no debemos olvidar por sucesos posteriores—,
aprobó un Directorio y parte del Código
de Disciplina, nombró una Comisión
para redactar la Confesión de Fe y señaló
el 15 de noviembre de 1872 para la próxima
Asamblea. Pero se adelantó la fecha, celebrándose
la II Asamblea, considerada por los protestantes
españoles como una de las principales,
los días 3-11 de abril de 1872, en Madrid.
Asistieron de las principales iglesias desde Sevilla
a Madrid, pasando por Córdoba, Camuñas,
etc., y los más representativos pastores
desde Juan Bautista Cabrera a Miguel Trigo, Federico
Fliedner o José Alhama. Entre fuertes discusiones
se trabajó en la Confesión de Fe
que se aprobó al final de la Asamblea,
se comenzó el estudio del Código
de Disciplina y la redacción del Catecismo
Mayor, se acordó denominar a la Iglesia
Reformada Española como Iglesia Cristiana
Española, en la iglesia de la calle de
la Madera Baja ordenaron a cinco pastores, entre
los que se encontraba el pastor Astray para Camuñas,
y se firmó un manifiesto al pueblo español
«de fuerte carácter polémico
contra la Iglesia católica». Destaca
esta Asamblea por su sentido unionista pues «bajo
la misma denominación se unieron la mayor
parte de las iglesias y misiones evangélicas
establecidas en España, excepción
hecha de los grupos bautistas y “hermanos”».
Se sucedieron los años
y las asambleas. Hasta quince celebró la
Iglesia Cristiana Española, casi todas
en Madrid y algunas en Sevilla y Córdoba.
Se buscaba la unidad de todos los protestantes
españoles, pero se iba apreciando una doble
tendencia, que, por nombrarla de forma concreta,
podía dividirse entre los que deseaban
una concepción presbiteriana de la Iglesia
y cuantos la querían más bien de
concepción episcopal. Algo se dejó
sentir ya en la III Asamblea de 1873, en Madrid,
en la calle de la Madera Baja, cuando Juan Bautista
Cabrera en su redacción de algún
artículo del Código de Disciplina,
encontró dura resistencia por parte de
algunas iglesias. En la V Asamblea, en Madrid,
se volvió a tratar el Código y algunos
decían que con ese Código «se
admitía de hecho la forma presbiteriana
en la Iglesia Cristiana de España y se
aseguraban que ellos eran presbiterianos».
Por su parte, Cabrera, el
hombre de más peso entonces en la España
protestante, decía que «le parecía
muy extraña la conducta de ciertos pastores
en España que hablando mucho de unión,
nada habían hecho a favor de ella; que
la Iglesia Cristiana Española tenía
un timbre, que se la quería arrebatar,
el ser la única que en España había
hecho algo desde el principio para agruparse y
organizarse, y que ahora se pretendía que
cediese en todo en bien de la unión, mientras
que los demás en nada querían ceder,
ni presentaban ningún proyecto de bases
de unión»(17).
En la VI Asamblea Cabrera
presentó y le fue aprobado el Libro de
Himnos que se le había encargado en las
primeras asambleas, pero antes de la VII, en 1880,
en el periódico «La Luz», del
que ya en Madrid era director Cabrera, decía:
«En nuestra calidad de cronista y deseosos
de que figuren en esta crónica cuantos
hechos lleguen a nuestro conocimiento, referentes
a la obra del Señor en España, comunicamos
hoy a nuestros lectores la noticia de la constitución
de la Iglesia Evangélica Española
Reformada Episcopal. Algunas congregaciones españolas
se han unido y han dado principio a esta Iglesia
(Sevilla, Málaga y el Redentor, de Madrid).
Los pastores delegados de dichas congregaciones,
con plenos poderes de las mismas, se reunieron
en Sevilla a primeros de marzo anterior y celebramos
un sínodo para adoptar cuanto fuese conducente
al régimen y otras necesidades de la naciente
Iglesia, en cuyos trabajos nos ayudó el
obispo de Valle de Méjico, Dr. Enrique
C. Ridle, a ruego de los reunidos en sínodo»(18).
En este sínodo se
presentaron las bases generales de disciplina,
contenidas en el folleto «A los cristianos
evangélicos de España», fue
elegido obispo el hasta entonces pastor Juan Bautista
Cabrera, buscaron la comunión con otras
iglesias hermanas de otros países y alcanzaron
de ellas la consagración del obispo electo,
deliberaron sobre liturgia, catecismo, vestimentas
y quedó nombrada la primera Comisión
Permanente del Sínodo.
Para unos «con este
acto se da lugar a una escisión dentro
de la Iglesia Cristiana Española»(19),
especialmente por quien tanto había trabajado
por la unión del protestantismo español
y para otros «agotados los intentos de armonizar
las tendencias y presentar un cuerpo unido, el
rvdo. D. Juan Bautista Cabrera y otros ex clérigos
católico-romanos acordaron estudiar la
estructuración formal y doctrinal de la
Iglesia Española. Con el deseo de revivificar
las doctrinas primitivas y actualizar, hasta donde
fuera posible, el Rito Mozárabe, así
como para incorporar las principales doctrinas
de la Reforma y convocar un Sínodo para
estudiar y determinar el camino a seguir»(20).
En Madrid, los días
18-24 de mayo de 1897, se celebró la XV
Asamblea General de la Iglesia Cristiana Española,
que se componía de estas denominaciones:
Presbiterianos, congregacionalistas, metodistas
y luteranos. En esos días iban a tomar
una importante decisión: la unión
de dos iglesias: la Iglesia Cristiana Española
y la Unión Ibérica-Evangélica.
La fusión dio lugar a un nuevo nombre,
que aún perdura: la Iglesia Evangélica
Española (IEE). El moderador de la Asamblea,
Federico Fliedner, la anunciaba con estas palabras,
según las Actas de la XV Asamblea de Madrid:
«que habiéndose aprobado las Bases
y el Reglamento de la Iglesia Evangélica
Española por unanimidad, por este hecho
quedaba sellada la unión de la Iglesia
Cristiana Española con la Unión
Ibero-Evangélica y que desde ahora ya los
dos grupos de iglesias podían tomar el
nombre de Iglesia Evangélica Española.
Esta unión servirá de modo eficaz
al adelantamiento de la obra de Dios en España»(21).
Las difíciles
décadas
Quedaron de esta manera
formadas, diferenciadas, aunque con una misma
raíz, las que desde entonces iban a ser
las dos principales iglesias no católicas
de España. En las décadas sucesivas
no hubo ni tiempo, pues cada cual debía
aprestarse a su mejor funcionamiento y crecimiento,
ni circunstancias, pues todas eran desfavorables,
para cualquier búsqueda de unidad. Menos
con la Iglesia católica, que no distinguía
entre lo que significaba una u otra iglesia y
a ambas las situaba en el término «protestante»,
enemigos de la Iglesia, a combatir y contra cuyo
proselitismo se debía luchar, porque buscaban
deshacer la unidad católica de España.
No es cuestión de que refiramos aquí
las vicisitudes por las que atravesaron estas
iglesias españolas, bien en un principio
y más difícil a partir de 1923 con
el Directorio Militar. Más flexibles con
la proclamación de la República
en 1931, saludada con alegría por la revista
«España Evangélica»,
comenzaron muy pronto a tambalearse con el «Proyecto
de la Ley de Confesiones y Congregaciones Religiosas»
y «el camino de la Iglesia protestante en
España no fue de rosas».
La libertad de cultos cada
vez era más restrictiva, volviendo casi
a los tiempos de la Dictadura. Venían los
tiempos del «bienio negro», comprendido
entre las legislativas de noviembre del 1933 y
las del 16 de febrero de 1936, con el triunfo
del Frente Popular. A partir de ese año
la persecución religiosa los visitó
de alguna manera. También en la zona nacional
empezaron diferentes problemas para las iglesias
protestantes y, finalizada la Guerra Civil, «comenzó
para los protestantes un período muy duro»,
pues, adictos a la República, eran considerados
como comunistas y masones…, una minoría
a la que no había que facilitar la más
mínima posibilidad de existencia, pues
representaba un peligro nacional por cuanto iba
contra la idea de Patria y Religión como
una sola unidad(22).
Posiblemente fuera la década
del 1946-56 la situación más crítica
para la Iglesia Evangélica Española
y para la Iglesia Española Reformada Episcopal.
Las otras denominaciones: bautistas, hermanos,
adventistas, pentecostales, etc., se vieron igualmente
perseguidos en sus derechos, en su culto y sus
templos, en el servicio militar, en la vida social
o intelectual. No pueden olvidarse las dificultades
que en España encontraron las confesiones
no católicas, no debemos borrar del todo
ciertas actuaciones de algunas juventudes católicas
de mediados del siglo XX blasonando de apedrear
templos protestantes, tampoco debe difuminarse
la lucha parlamentaria cuando el concilio Vaticano
II reclamaba al Estado confesional una sincera
Ley de Libertad Religiosa, ni pueden caer en el
olvido las situaciones de miembros de comunidades
protestantes durante el servicio militar, el esfuerzo
de ciertos católicos(23), que con frecuencia
acompañaban al pastor bautista y defensor
jurídico de los evangélicos, D.
José Cardona Gregori, un verdadero luchador
por la defensa de los derechos de todos los protestantes
españoles en todos los campos, a algunos
centros militares, incluso a los ministerios del
Ejército de Tierra, el de la Marina o el
del Aire, entonces, para suavizar semejantes problemas
por los que, con harta frecuencia, bien poco se
conseguía(24).
Estas actividades ecuménicas
las llevó después la Comisión
Episcopal de Relaciones Interconfesionales y muy
especialmente fueron tratadas por el Comité
Cristiano Interconfesional.
España, oficialmente
de confesión católica, presentaba
una alarmante ignorancia religiosa y manifestaba
profunda fobia a los protestantes, a quienes se
combatía desde todos los puntos. Esta realidad
generaba, lógicamente, entre los treinta
mil protestantes españoles de entonces,
cifra barajada en la década de los setenta
incluso por publicaciones de estas iglesias, una
sistemática aversión a lo nacional
y católico y un considerable ambiente de
autosegregación y proselitismo. Por ambas
partes resultaba casi imposible contemplar lo
que en Europa se hacía en pro del acercamiento
de las diferentes iglesias, que se llamaba ecumenismo(25).
Aquí no se tenían noticias del comienzo
del ecumenismo en Edimburgo en 1910, ni se sabía
el significado de tal vocablo y se ignoraba la
existencia del Consejo Ecuménico de las
Iglesias.
Sí era conocido por
esas minorías descalificadas, especialmente
por la Iglesia Evangélica Española
(IEE) y por la Iglesia Española Reformada
Episcopal (IERE), las dos invitadas expresamente
a su constitución en Amsterdan en 1948.
Por la IEE asistieron Juan Fliedner, Manuel Gutiérrez
Marín y Benito Corvillón. Por parte
de la IERE, por circunstancias internas, no pudo
asistir, según se lee en «Cien años
de testimonio», ningún representante,
pero ambas iglesias comenzaron desde los inicios
del CEI a formar parte del mismo. En este organismo
la Iglesia católica tiene sus representantes
aunque no es miembro.
NOTAS
14. LÓPEZ
LOZANO, Carlos, Precedentes de la Iglesia Española
Reformada Episcopal, Madrid 1991, p. 174; GARCÍA
RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española,
Publicaciones de la IEE, Barcelona 1994, p. 184;
IERE, Cien años de testimonio, Publicaciones
de la IERE, Madrid 1980, p. 8.
15. GARCÍA
RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española,
pp. 185ss.
16. Ibídem,
p. 23.
17. GARCÍA
RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española,
pp. 317-318.
18. Ibídem,
p. 319.
19. Ibídem,
p. 319.
20. Cien años
de testimonio: 1880-1980. Datos para la historia
de la Iglesia Española Reformada Episcopal,
p. 10, Madrid 1980.
21. GARCÍA
RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española,
p. 328.
22. GARCÍA
RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española,
pp. 355-356.
23. Manuel
Gesteira, Jesús González, Enrique
Miret Magdalena, José Luis Díez
y otros.
24. DÍEZ
MORENO, José Luis, Orígenes del
Ecumenismo en España, «Vida Nueva»,
n. 2264, p. 25.
25. Ibídem,
p. 25.