III. LA LLAMADA
DEL ESPÍRITU
El ecumenismo, vocación
para las iglesias
Pero, ¿a quienes,
sino a sus propios fieles, podían comunicar
estas iglesias protestantes tal acontecimiento?
Pasaron al menos cinco años sin que en
España se oyera nada sobre un acercamiento
entre las diversas iglesias. Todo se inició,
aunque de forma clandestina, en las reuniones
de Barcelona, narradas anteriormente. Pero comienzo
quieren las cosas. Y este tuvo fecha para el ecumenismo
de la Iglesia católica con el concilio
Vaticano II, en las figuras de los papas Juan
XXIII y Pablo VI, en el documento conciliar «Unitatis
redintegratio» sobre el ecumenismo a empezar
por los católicos, donde se leía
que éste es vocación y gracia, en
la llegada de observadores ortodoxos y protestantes
a las sesiones conciliares, el levantamiento de
excomuniones entre las iglesias ortodoxas y católica
en el penúltimo día del Concilio
en la basílica de san Pedro en Roma y en
la de san Jorge en Constantinopla, los fraternales
abrazos entre Pablo VI y el Patriarca ecuménico
Atenágoras I y ya… una verdadera
eclosión ecuménica en la Iglesia
católica, como si se hubiera derribado
un impenetrable dique y el Espíritu Santo
hubiera comenzado su labor. Así fue.
Pero, ¿y en España?
Habían seguido los protestantes y en especial
los de las iglesias referidas, todas las decisiones
conciliares. ¿Qué iba a pasar con
el ecumenismo en España? La contestación
la darían una serie de sucesos sencillos
y encadenados unos a otros, casi sin programar,
sin organizar su alcance, casi desde la amistad,
una amistad fraguada en la sinceridad y dentro
de un dejar hacer al Espíritu, hasta ver
dónde conducían los primeros brotes
ecuménicos de esta nación. Creo
que nadie se planteó qué hacer con
un posible fracaso, ni a dónde llegar si
acompañaba el éxito. Todos sabían
que era complejo, comprometido y sin apoyo oficial
alguno de las respectivas iglesias. A los católicos
les ofrecían un seguro las realidades ecuménicas
del Vaticano II; a la IEE y a la IERE su pertenencia
al Consejo Ecuménico.
Los católicos contaban
con la aprobación tácita de sus
propios obispos, asistentes al Concilio; las dos
iglesias no católicas con la benevolencia
de sus autoridades. Los católicos iban
a tener en frente muchos miembros de su Iglesia
que abominaban de todo lo no católico y
no tradicional y llenos de recelos con el Concilio;
los protestantes a muchos de sus fieles, sobre
todo los impregnados de anticatolicismo, viendo
en este acercamiento una posibilidad de ser dirigidos
por la Iglesia mayoritaria en España, de
la que no tenían muy buenos recuerdos.
A los católicos, muy jóvenes entonces,
les miraban los suyos como ilusos, modernistas,
algunos se dirigían a ellos entre la sorpresa
y la curiosidad y otros pensaban que pronto caerían
en las redes protestantes; a éstos les
advertían los suyos, entre bromas y veras,
acerca de la doblez de los católicos, incluso
de aquellos que parecían inofensivos, les
sugerían que podía venir detrás
de la temida policía, etc., etc. La sinceridad,
amistad y fraternidad de unos para con otros pudo
más.
Aquellas reuniones de Barcelona
de 1954 mantuvieron el rescoldo ecuménico
en la Ciudad Condal y en 1956 católicos
y protestantes organizaron en una parroquia de
la ciudad unas conferencias y en 1959 trajeron
al P. Michalón, el gran ecumenista francés,
sucesor del abate Couturier y vinculado desde
esta visita al incipiente quehacer ecuménico
de España. Pronunció varias conferencias,
asistió a una cena fraterna, ofrecida por
el presidente de la IEE, visitó al arzobispo
de Barcelona, Gregorio Modrego, se entrevistó
en Valencia con el entonces obispo auxiliar de
aquella archidiócesis, Rafael González
Moralejo, y en Segorbe con el obispo José
Pont i Gol, el más propicio del episcopado
de aquellos años al ecumenismo.
También en Madrid,
en ese 1959, la «Cátedra de San Pablo»,
en los jesuitas de la calle de Maldonado, programó
unas conferencias sobre el Concilio y, dada la
categoría de los conferenciantes, el filósofo
José Luis López Aranguren y el P.
Díez Alegría, catedrático
de la Universidad Gregoriana de Roma entonces,
incidieron bastante en las actitudes ecuménicas
posteriores. Además, la relación
epistolar entre los que se habían reunido
en Barcelona y Madrid en 1954 se realizaba con
frecuencia.
En terreno católico
aparecían en aquellos años ciertos
laicos como participantes en esas primeras actividades
ecuménicas, porque las sanciones canónicas
a los clérigos que tomaban parte en estos
actos eran considerables y los obispos podían
aplicarlas sin más. En 1959-1960 y en 1961
los ejemplares de la Oración Universal
por la Unión de los Cristianos ascendieron,
de 15.000 ejemplares a 45.000 y 78.000, respectivamente,
editadas por Propaganda Popular Católica
(PPC), llamada así también en esa
época.
Por parte protestante comenzó
a actuar la IEE, concienciada ecuménicamente.
Dice el teólogo de esa Iglesia, Daniel
Vidal Regaliza, en su obra «Nosotros los
protestantes españoles»: «Es
el sentido ecuménico de la IEE un verdadero
deseo consciente, aunque se vea muchas veces frustrado,
de abrirse al diálogo tanto en lo que se
refiere a las otras denominaciones evangélicas
o protestantes, como, recientemente, en relación
con el catolicismo romano. Este deseo ecuménico,
que responde a lo que la IEE siente ser su vocación
particular, lleva aparejada una verdadera preocupación
por integrarse en el contexto hispánico»(26).
Y Pablo García Rubio, pastor de esta Iglesia,
subraya a este respecto: «La IEE es, sin
lugar a dudas, la Iglesia mejor formada dentro
del protestantismo español, por lo que
es la que asume la responsabilidad principal en
el diálogo ecuménico tanto hacia
las iglesias evangélicas como hacia el
campo católico. Su propia vocación
y su preparación son las razones que explican
por qué los últimos años
dentro de la Semana de Oración por la Unidad
Cristiana tiene como principal promotor a la IEE,
en cuanto al protestantismo se refiere»(27).
Las iglesias protestantes
ecuménicas condenaron hace tiempo aquel
anticatolicismo y así, en las conclusiones
de la II Conferencia Nacional de Obreros Evangélicos,
celebrada en Madrid en octubre de 1965, se lee:
«Desaprobamos el anticatolicismo, así
como todo el sectarismo ecuménico. Nos
inclinamos al diálogo respetuoso e intercambio
de opiniones con los católicos. Creemos
que el ecumenismo es practicable aun cuando hasta
ahora sólo haya podido efectuarse en una
escala reducidísima y personal»(28).
La IEE en las conclusiones
de su LXIX Sínodo General, celebrado en
Madrid del 11 al 14 de octubre de 2001, decía
sobre el ecumenismo: «La Iglesia Evangélica
Española tiene conciencia del sentido ecuménico
propio de su carácter, ya que su mismo
mandamiento se debe a la unión de los esfuerzos
evangelizadores de diferentes tradiciones evangélicas,
que ha hecho surgir una nueva comunidad…
La IEE confía hacer su correspondiente
participación tanto dentro como fuera de
España, al movimiento ecuménico
[Asamblea General, 1954]… La IEE, consciente
de su responsabilidad ecuménica, reconoce
que el ejercicio de este ministerio tiene lugar
en el seno de la Iglesia cristiana en obediencia
a la voluntad del Señor y el servicio a
todos aquellos a quienes la Iglesia ha de testificar
de la gloria y soberanía divinas…
La IEE reconoce que su acción ecuménica
debe contribuir continuamente a la manifestación
de la unidad de la Iglesia de Jesucristo, consecuentemente
acepta el ecumenismo y su práctica que
forman parte del testimonio de la fe».
Hacía en el informe
propuestas de ecumenismo teológico, en
el terreno de la justicia y la solidaridad, y
decía al hablar sobre celebraciones conjuntas
con otras iglesias: «Las relaciones conjuntas
de la IEE con otras iglesias evangélicas
son bastante fluidas y presenta tan solo problemas
concretos, pero necesitan de un mayor desarrollo
y compromiso. La IEE deberá abrir con sus
compañeras un diálogo fraternal
y serio en relación con cada una de estas
celebraciones eclesiales. De todas formas, y teniendo
en cuenta a cada compañero ecuménico
(iglesias evangélicas; Iglesia católica;
Iglesia ortodoxa…), la IEE debería
editar un Directorio Ecuménico para uso
de sus pastores y dirigentes. Estas mismas relaciones
con la Iglesia católica deben llevar a
la IEE al concepto de matrimonios mixtos…
La creación de un Consejo de iglesias cristianas
puede ser un instrumento valioso para facilitar
el acercamiento en orden a las celebraciones conjuntas»(29).
Además del citado
documento conciliar, la Iglesia católica,
como es conocido de todos, dispone, desde 1993,
de un completísimo Directorio de Ecumenismo
lleno de posibilidades. Se entiende, por tanto,
que las Iglesias cristianas de España sólo
necesiten convencerse prácticamente de
los aspectos positivos del mensaje del Señor:
«Que todos sean uno… para que el mundo
crea» [Jn 17,20], abordar de una vez y en
diálogo sincero la cuestión de la
«memoria histórica», hacer
un esfuerzo de creatividad en este momento y ponerse
manos a la obra en cuanto al ecumenismo local.
Pioneros en Barcelona
y ecumenismo científico en Salamanca
A raíz de la Semana
de la Unidad de 1960 la labor ecuménica
de Barcelona fue conocida a escala nacional por
su boletín ciclostilado «Orientación
Ecuménica», asesorado por el P. Salvador
de les Borges(30), y dedicado a orientar y formar
en temas ecuménicos. El P. les Borges participó
en 1961 en «La Conferencia Católica
para cuestiones ecuménicas», presidida
por Willebrands, después presidente del
Secretariado para la Unión de los Cristianos,
y en septiembre de ese año asistían
por primera vez dos españoles a las «Conversaciones
de Chevetogne »: eran los laicos del Centro
Ecuménico de Cataluña Missier y
José Luis Urrela.
Saltaba así al plano
internacional el quehacer ecuménico de
Barcelona y se consolidaba el ecumenismo de «los
catalanes». El acercamiento entre católicos
y protestantes (IEE-IERE) se profundizó
allí hasta el punto de hacerse tradicional
una cena ecuménica de estos grupos y comenzaron
«las rutas mensuales» a distintas
ermitas barcelonesas, con la asistencia de casi
un centenar de personas, entre ellas un significativo
número de jóvenes evangélicos,
pastores algunos de ellos después de importantes
congregaciones en Madrid y Barcelona. En algunas
de estas rutas se estudiaron temas como: «Unidad
en Dios», «Unidad eclesial»,
«Unidad de los cristianos» y «La
Iglesia en la hora del Concilio».
En el verano de 1961 los
PP. Capuchinos de Sarriá celebraron una
«Jornada de ecumenistas católicos»
y con unos cincuenta sacerdotes y pastores organizaron
posteriormente un «Círculo de Estudios
Ecuménicos», al que asistían
cuantos ecumenistas pasaban por Barcelona. En
años siguientes el «grupo catalán»
siguió organizando la Semana de la Unidad
y diversas actividades ecuménicas, estuvieron
en primera línea de los acontecimientos
ecuménicos de Salamanca, y luego en el
comienzo del Secretariado de Relaciones Interconfesionales
de la Conferencia Episcopal y en las Jornadas
de Ecumenismo de Madrid, tanto de las interconfesionales
como de las de delegados diocesanos.
A los nombres de los primeros
tiempos: de les Borges, Desumbila, Missier, Urrela,
etc., fueron uniéndose otros, continuadores
a escala diocesana y nacional en la labor iniciada:
Antonio Briva (después obispo de Astorga
y presidente de la Comisión Episcopal de
Relaciones Interconfesionales), Antoni Matabosch,
Joan Bada… todos dieron continuo impulso
al movimiento ecuménico, que siempre en
Cataluña ha gozado de amplia repercusión.
En los años sesenta apareció la
publicación «Unitas». En el
lugar destinado a los centros ecuménicos
hablaremos de su «Carta Ecuménica»,
su hoja «Circular» y otras actividades
de Barcelona(31).
En los primeros años
sesenta creaba la Pontificia Universidad de Salamanca
la Cátedra de Teología Oriental,
a cargo del sacerdote salmantino José Sánchez
Vaquero. Unida a la existencia en esa ciudad del
Colegio de los Maronitas y al Instituto Superior
de Pastoral, pusieron en pie el ecumenismo teológico
y pastoral de la ciudad castellano-leonesa.
En 1961 se reunían
ya con Sánchez Vaquero los estudiantes
salmantinos interesados en el movimiento ecuménico
y el «grupo catalán», que visitó
Valladolid, Salamanca y Madrid. Poco después
fundaron el «Centro Ecuménico Juan
XXIII», con sede en el Centro Oriental de
los Maronitas. Sánchez Vaquero lo presidió
y participaron eclesiásticos y un buen
número de estudiantes de la Universidad
Pontificia. Ayudaron especialmente los conocidos
profesores de la Pontificia, Lamberto de Echeverría,
director de la influyente revista «Incunable
» y de Propaganda Popular Católica
(PPC), y Manuel Useros Carretero, que se sumó
entusiasta, publicó trabajos y realizó
una importante encuesta en «Incunable »
en febrero de 1963.
Del 11 al 17 de abril de
ese mismo año comenzaron los trabajos del
Círculo con la «Primera Semana de
Iniciación Ecuménica». Las
actividades se resumieron en trece charlas a cargo
de cinco profesores ante unos cien alumnos. Eran
los profesores el P. Michalón, del «Centre
Unité Chretienne» de Lyon, el P.
Les Borges de Barcelona y José Sánchez
Vaquero, Lamberto de Echeverría y Manuel
Useros, de Salamanca. La Semana se consideró
un éxito y los organizadores propusieron
extender la experiencia.
Por eso aquel mismo año
de 1963, del 31 de octubre al 3 de noviembre,
se celebró la «Segunda Semana de
Iniciación sobre Ecumenismo». Un
ligero cambio de título pero el mismo espíritu.
Convocada por el «Círculo Ecumenista
Juan XXIII», congregó a ecumenistas
de otros centros como el «Centro Ecuménico-Oriental»
de Madrid, asistentes de varias diócesis,
miembros de algunas órdenes religiosas
y representantes de otros países. Fueron
los profesores el P. Roche, del Centro «Unité
Chretienne» de Lyon; Sánchez Vaquero
y Lamberto de Echeverría, de Salamanca;
Ignacio Saadé, del Colegio Maronia; y José
Luis Díez, del «Centro Ecuménico-Oriental»
de Madrid. Los asistentes se cifraron en más
de cien. Las semanas ecuménicas de Salamanca
comenzaron firmes su andadura y ampliaron sus
contactos con otros centros ecuménicos.
Madrid, entre el
entusiasmo y la dificultad política
Similar ecumenismo artesanal
se hacía en Madrid, aunque con ciertas
dificultades añadidas al estar enclavadas
en la capital de la nación todas las autoridades
del régimen. También contaban con
otras ventajas, es cierto, como la estancia de
todas las jerarquías de las iglesias protestantes,
por ejemplo. La revista «Re-Unión»,
de la que tratamos al principio, fue acercándose
a la realidad ecuménica de España
y de Madrid en concreto. Los ortodoxos o los católicos
orientales en España y en Madrid constituían
un número muy escaso entonces y se hallaban
desperdiciadas las posibilidades enormes del Centro
Ecuménico-Oriental del P. Morillo.
Sin abandonar esa especialización
se presentaba como imprescindible acercarse al
mundo protestante. Aunque parezca mentira, en
aquellos momentos, eso resultaba complicado. En
la capital de España los protestantes estaban
muy controlados, la Iglesia católica no
permitía el trato con ellos y no se podía
buscar apoyo en nadie. Sin embargo, la vorágine
madrileña, ya existente por aquellos años
sesenta, permitía hacer cosas y pasar desapercibidos.
Aunque una aventura, era preciso lanzarse y debía
realizarse de forma personal y clandestina en
un principio.
Si bien en la inauguración
del Vaticano II Juan XXIII había recalcado
que el tema del ecumenismo era una de las prioridades,
en realidad aquello… ¡cómo
iba a ir con España! Aquí se contaban
pocos protestantes, verdaderamente «retorcidos»
según las autoridades gubernamentales repetían.
En Barcelona, en Salamanca, en algún otro
lugar, se habían realizado algunos contactos,
en Madrid, desde aquellas reuniones de Noviciado
5 con el pastor Araujo, acercamientos desconocidos
u olvidados, no se recordaba ninguno. Con los
protestantes sólo actuaba la policía.
Al padre Morillo le parecía bien, pero
él no se había dedicado nunca sino
al Oriente y conocía poco la realidad protestante
española. Su tácita aprobación
para hacer uso de la revista «Re-Unión»
para esta nueva etapa bastó, aunque algún
otro jesuita como el P. Sánchez de León,
director de «Fe Católica»,
una obra bastante antiprotestante, pusiera el
grito en el cielo.
Durante meses no se habló
más de esta posibilidad, pero el entonces
redactor-jefe de «Re-Unión»
comenzó al día siguiente a informarse
y llegar hasta las iglesias protestantes de Madrid.
Existían en esta capital dos o tres edificios
emblemáticos del protestantismo español:
la iglesia de la calle de la Beneficencia, la
capilla (así llamaban entonces a los templos
protestantes) de la calle Noviciado 5, y el edificio
de la de Bravo Murillo, al lado de la glorieta
de Cuatro Caminos. Pudo enterarse de que en la
calle de la Beneficencia residía nada menos
que un obispo protestante. Allí se encaminó.
Era octubre de 1962 y el obispo, enfermo, estaba
siendo atendido en aquel momento por un «practicante»(32).
En un instante, con el único distintivo
episcopal del anillo, el mismo obispo le recibía
en sus habitaciones particulares del caserón
de la Iglesia Española Reformada Episcopal,
tan visitado después. Se le notaba verdaderamente
enfermo y comenzó enseguida la conversación.
Se trataba de Santos M.
Molina, segundo obispo de la Iglesia Española
Reformada Episcopal (IERE), quien, al ver que
su visitante era sacerdote católico, dibujó
en su rostro una benevolente sonrisa. Se hallaba
muy acostumbrado a esas visitas y quedó
muy sorprendido al comprobar que esta iba a discurrir
por muy diferentes derroteros. Cuando supo el
objetivo de aquella entrevista permaneció
unos instantes en silencio y luego dijo que él
había escrito en su revista un artículo
sobre ecumenismo, que lo creía importantísimo,
que sabía del interés por la materia
del recién inaugurado Concilio, pero que
lo consideraba imposible en España, por
el régimen político y por la forma
de ser de la Iglesia católica española.
Con todo, se prolongó el diálogo
y el obispo proporcionó a su interlocutor
la dirección de algún pastor que
él creía interesado en ecumenismo.
Bajó la escalera a despedir al visitante,
le estrechó la mano y cuando el católico
le besó el anillo dijo con emoción:
«Nunca había soñado esto,
que el Señor le bendiga y tenga éxito
en la Iglesia católica y con nosotros».
Se trabó cierta amistad entre ambos hasta
su cercano fallecimiento.
Si es que quedó conmovido
el obispo Molina, más lo quedó aquel
redactor. Era la primera vez que veía a
un protestante, la primera vez que entraba en
un edificio protestante, la primera vez que hablaba
con un jerarca protestante. Al salir a la calle
de la Beneficencia miró a derecha e izquierda,
no había nadie a pesar de ser el mediodía.
Tardó unos días en su reflexión
y pacificación y enseguida apuntó
uno de los nombres y direcciones recibidos en
la Iglesia Española Reformada Episcopal.
Fue un atardecer lluvioso de noviembre de aquel
1962 y la gente salía de algún culto
en la capilla de la calle de Noviciado 5. Al verlo
todos se precipitaron hacia el templo y menos
mal que pudo dirigirse a uno de los rezagados
y preguntar dónde podía encontrar
al pastor u obispo de aquella iglesia. Debieron
pensar, sin duda, que detrás de aquel católico
iba la policía. Le señaló
escalera y piso y, efectivamente, en la puerta
pudo leer «Benito Corvillón».
Llamó y al abrirse la puerta apareció
el pastor, sucediéndose dos movimientos
reflejos, comentados mucho tiempo después
por ambos interlocutores, que no llegaron a producirse:
cerrar la puerta uno y poner el pie para impedírselo
el otro.
Tras el saludo se produjo
una penosa conversación sin acertar a exponer
claramente el objeto de aquella visita. Más
tranquilo, el pastor dio la oportunidad al católico
de puntualizar debidamente y fue produciéndose
el entendimiento. Abajo se notaba la presencia
de personas que trataban de observar y dentro
de la vivienda la voz de una señora y unas
niñas. Pasado un tiempo Benito Corvillón
invitó al visitante a pasar al salón
para «evitar el frío» y enseguida
a su despacho «para entenderse mejor».
Sí, el pastor Corvillón era un verdadero
ecumenista. Coincidían en todo, si bien
la experiencia del protestante superaba en mucho
la del joven católico.
Meses después Corvillón
comentó con aquella sonrisa que le caracterizaba
que observaba en él una enorme utopía
y que sintió esperanza. Se dieron los teléfonos,
con la advertencia del pastor de que el suyo estaría
controlado por la policía y afirmó
que hablaría de todo aquello con algunos
pastores de su Iglesia, la Iglesia Evangélica
Española, interesados en el ecumenismo.
Le acompañó, atravesando el patio
de entrada, hasta la calle donde, como seguía
la lluvia, tampoco encontró transeúntes.
Aquí iba a comenzar todo para el futuro
inmediato del ecumenismo en Madrid. En aquel momento
Benito Corvillón era presidente de la Iglesia
Evangélica Española (IEE).
No hubo tiempo al año
siguiente, 1963, ni suficiente ambiente, para
celebrar la Semana de la Unidad de enero de forma
interconfesional, pero al rescoldo de esos días
se tuvo el 26 de enero, en los locales de la Iglesia
Evangélica Española de Noviciado
5, por primera vez en Madrid, una reunión
interconfesional de jóvenes, unos cien,
católicos y protestantes al cincuenta por
ciento. Se preparó por ambas partes y consistió
en un diálogo abierto entre los universitarios
de ambas iglesias.
Se centraba en estos puntos:
1º. ¿Qué entiendes por unidad
cristiana? 2º. ¿Qué puedes
decirnos sobre el movimiento, evolución
y estado actual de lo que podríamos llamar
«espíritu ecuménico en la
Iglesia»?: a) Especial referencia al concilio
Vaticano II; b) Especial referencia al Consejo
Ecuménico de las Iglesias; 3º ¿Crees
que ha influido en la opinión de las corrientes
ecuménicas la evolución político-social?
4º ¿Qué resultados esperas
en España de este movimiento de unidad
cristiana? Los muchachos se explayaron a su gusto
y los que prepararon el encuentro y allí
presentes: tres sacerdotes católicos y
dos pastores de la IEE: Daniel Vidal Regaliza
y el profesor protestante Ferris, quedaron muy
satisfechos por el sentido ecuménico y
la visión de futuro de esos jóvenes(33).
Todos quedaron contentos,
el pastor Vidal Regaliza hizo unas amplias declaraciones
publicadas también en la revista «Re-Unión»
y no fueron estas las únicas consecuencias,
pues pocos días después de su publicación
el redactor jefe de esa publicación, y
autor de esta crónica histórica,
recibía la llamada de un grupo de obispos
católicos, reunidos en Madrid, en una casa
de religiosas de la calle Arturo Soria, donde
estudiaban documentos para la tercera sesión
conciliar, indicándole que se entrevistara
con el arzobispo de Zaragoza, todavía entonces
Casimiro Morcillo, primer subsecretario del Concilio,
y se le advertía de las penas canónicas
en las que había incurrido, debido a la
reunión con protestantes en la calle de
Noviciado en Madrid.
Conocedor de todo, el P.
Morillo le sugirió que hablara con algún
obispo conocido que, de alguna manera, le presentara
al arzobispo de Zaragoza. Conocía el redactor
de «Re-Unión» bastante a José
María García Lahiguera, quien por
aquellas fechas regía provisionalmente
la diócesis de Madrid-Alcalá, por
fallecimiento del anteriormente citado Leopoldo
Eijo y Garay. Mons. García Lahiguera no
tuvo inconveniente alguno y le acompañó
a la entrevista con Casimiro Morcillo, arreglando
así un posible incidente con consecuencias
para el autor de aquel artículo. José
María García Lahiguera apoyó
en cada momento el incipiente ecumenismo de Madrid
y, tal vez, fuera el primer obispo en presidir
un culto ecuménico en España en
la Semana de la Unidad del año 1964.
Estas actividades y riesgos
fueron acercando a católicos y protestantes
y enseguida tomó parte en esta aventura
ecuménica el pastor Luis Ruiz Poveda, avezado
al ecumenismo más madrugador en Barcelona,
hacía ya unos diez años y uno de
los más insignes ecumenistas españoles,
roturador de campos en barbecho, como lo era entonces
Madrid. Hombre afable, comprensivo, conciliador,
pasó por momentos difíciles y ha
tenido que sufrir por el ecumenismo pues no todos
los de su propia Iglesia, pastores o laicos de
la IEE, podían entender aquella apertura
del pastor Poveda, cuyos orígenes hemos
expuesto al principio de este trabajo.
Muy cercano en ideas al
pastor Corvillón, iniciaron ambos tales
andanzas ecuménicas que, por parte de la
Iglesia católica en Madrid partía
con poco claro compromiso. Pero apostaron por
la doctrina ecuménica del Vaticano II y
por aquellos jóvenes clérigos católicos
que, según comentarios posteriores, les
parecieron derramar sinceridad y entusiasmo.
A esos dos pastores de la
IEE se unía el teólogo y pastor
de la misma Iglesia, Daniel Vidal Regaliza, barthiano,
claro puntualizador doctrinal, hombre serio, profesor
de teología en el Seminario Teológico
Unido, no tan accesible, tal vez, pero de gran
calidad teológica, con lo que tanto contribuyó
al ecumenismo de aquellos años entre los
protestantes españoles y también
en los contactos con los católicos.
El pastor Benito Corvillón
era de talante llano, eclesiástico impregnado
de piedad, ponderado, sereno, rezumaba bondad
por todos los sitios y auténtica autoridad
dentro de su Iglesia. Junto a estos pastores otros
de quienes se hablará en esta crónica,
como Elías Araujo, Alberto Araujo, Ignacio
Mendoza, Humberto Capó, entonces en Mallorca,
y uno muy significativo de la IERE, Ramón
Taibo Sienens, acogedor, paternal, ponderado,
hombre lleno de sufrimientos y avatares en los
años de la persecución, José
Cardona Gregori, bautista y abogado, José
Flores, de la Unión Bíblica, Ángel
Codejón Velayos, presidente por aquellos
años de los adventistas y algunos otros,
solían numerarse entre los protestantes
afectos al ecumenismo.
En la fiesta de Pentecostés
de aquel 1963, el 2 de junio, la Oficina de Información
Ecuménica del Centro Ecuménico-Oriental
del P. Morillo organizó una Vigilia de
Oración Ecuménica. Se había
pensado antes en un contacto con los hermanos
protestantes y fue este el momento propicio con
una «paraliturgia», como se llamaba
entonces a este tipo de celebraciones, de rito
bizantino y oficiada por el P. Francisco Aguirre
del que ya hemos hablado antes. Para la homilía
invitamos a un conocido canónigo de Madrid,
Francisco Herrero. Este no era un hombre de ecumenismo,
pero si un sacerdote entregado y acogedor, del
círculo espiritual del obispo José
María García Lahiguera. Sabíamos
que respondería bien y también que
era un verdadero reto para él mismo. «No
voy a dejaros en “la estacada”, contad
conmigo», dijo cuando le propusimos aquella,
entonces aventura, pues conocía muy bien
que era difícil contar con alguien para
un acto así. Y salió bien.
Asistieron fieles protestantes
y pastores. Uno de ellos manifestaba, entre otras
cosas, en una carta lo siguiente: «Estuve
en la Vigilia ecuménica. Sinceramente,
salí satisfecho, y en mi alma sentí
paz y contento. Al principio dudé si ir
o no ir; pensaba que sería algo intrascendente
y que se nos hablaría de separaciones y
culpas. Pero fue muy distinto. Encontré
una gran amplitud ecuménica y consoladora
fraternidad en el desarrollo del culto…
Yo les animo. Yo estoy con ustedes en espíritu
y en oración. No dejen de organizar actos
como este. Tenemos que comenzar a conocernos y
amarnos, a tratarnos y unirnos en la oración.
Cuando lo comenté a otros compañeros
se extrañaron al principio y se emocionaron
al final. También de parte de ellos un
aliento para ustedes en su bella misión
ecuménica… Me figuro que encontrarán
dificultades; también nosotros tropezamos
con ellas, pero no importa; el Espíritu
de Dios vela y bendice nuestras obras, plenas
de amor a los hermanos. Así podemos emprender
el camino hacia un mayor conocimiento, trato y
amor, abandonando la separación que desde
largos siglos nos tiene distanciados… le
repito, vuelvan ustedes a organizar actos de oración
común»(34).
Era, posiblemente, la primera
oración pública interconfesional
en Madrid en toda la historia y tal vez una de
las primeras cartas de un pastor protestante agradeciendo
a los católicos esta iniciación
ecuménica. Estábamos en el buen
camino, así había que ir haciendo
las cosas entre nosotros. Pudimos respirar al
sentirnos tan apoyados por los hermanos protestantes.
En efecto, pronto pudo organizarse
otro acto de oración ecuménica,
pues mientras se rezaba en esta Vigilia de Pentecostés
estaba agonizando el Papa Juan, que fallecía
al otro día, 3 de junio. Fechas más
tarde, en la misma capilla del Centro Ecuménico-Oriental,
se organizó un acto de oración por
el alma de Juan XXIII al que asistieron muchos
pastores madrileños y fieles católicos
y protestantes.
El ejemplo de Juan XXIII,
las palabras del nuevo Papa, Pablo VI, sobre el
ecumenismo: «Nada de marchar al pasado,
sino al presente y sobre todo al futuro»,
la celebración en la Salamanca de la segunda
sesión de Iniciación e Información
sobre ecumenismo empujaron más, si cabe,
la acción ecuménica de los madrileños
y la revista «Re-Unión», en
su último número de 1963, caldeaba
el ambiente para la primera Semana de la Unidad
que en la capital de España iba a celebrarse
de forma interconfesional.
NOTAS
26. VIDAL REGALIZA,
Daniel, Nosotros los protestantes españoles,
Ediciones Marova, Madrid 1968, p. 99.
27. GARCÍA
RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española,
Departamento de Publicaciones de la IEE, Barcelona
1994, p. 371.
28. Citado
por Juan ESTRUCH en su libro Los protestantes
españoles, Editorial Nova Terra, Barcelona
1967, pp. 193-194.
29. Tomado
de Noticias Ecuménicas, Boletín
informativo del Centro Ecuménico «Misioneras
de la Unidad» de Madrid, n. 17, 7 noviembre
2001, p. 4.
30. Este padre
capuchino, tan decisivo en el ecumenismo español,
cambió su nombre de religión, Salvador
de les Borges, por el de pila, Joan Botan, cuando
el Concilio dejó libertad para continuar
o cambiar esas costumbres.
31. «Vida
Nueva», Orígenes del Ecumenismo en
España, n. 2264, p. 26.
32. ATS, enfermero.
33. DÍEZ
MORENO, José Luis, Reunión Interconfesinal
en Madrid, «Re-Unión», n. 34,
marzo-abril 1963, pp. 93-98; IDEM, Orígenes
del ecumenismo español, «Vida Nueva»,
n. 3264, p. 27; GARCÍA HERNANDO, Julián,
La unidad es la meta, la oración el camino.
Dimensión espiritual del Ecumenismo, Sociedad
de Educación Atenas-Centro Ecuménico
«Misioneras de la Unidad» , Madrid
1996, p. 179; IDEM, La Semana de la Unidad, en
«Cuadernos de Ecumenismo», n. 1, p.
15.
34. Cita tomada
de la revista «Re-Unión», n.
36, julio-agosto 1963, María Teresa Arbor:
«Cristianos todos, seamos como seamos, pensemos
como pensemos, debemos permanecer unidos en la
oración», p. 223.