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APUNTES PARA LA HISTORIA
DEL ECUMENISMO ESPAÑOL

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III. LA LLAMADA DEL ESPÍRITU

El ecumenismo, vocación para las iglesias

Pero, ¿a quienes, sino a sus propios fieles, podían comunicar estas iglesias protestantes tal acontecimiento? Pasaron al menos cinco años sin que en España se oyera nada sobre un acercamiento entre las diversas iglesias. Todo se inició, aunque de forma clandestina, en las reuniones de Barcelona, narradas anteriormente. Pero comienzo quieren las cosas. Y este tuvo fecha para el ecumenismo de la Iglesia católica con el concilio Vaticano II, en las figuras de los papas Juan XXIII y Pablo VI, en el documento conciliar «Unitatis redintegratio» sobre el ecumenismo a empezar por los católicos, donde se leía que éste es vocación y gracia, en la llegada de observadores ortodoxos y protestantes a las sesiones conciliares, el levantamiento de excomuniones entre las iglesias ortodoxas y católica en el penúltimo día del Concilio en la basílica de san Pedro en Roma y en la de san Jorge en Constantinopla, los fraternales abrazos entre Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras I y ya… una verdadera eclosión ecuménica en la Iglesia católica, como si se hubiera derribado un impenetrable dique y el Espíritu Santo hubiera comenzado su labor. Así fue.

Pero, ¿y en España? Habían seguido los protestantes y en especial los de las iglesias referidas, todas las decisiones conciliares. ¿Qué iba a pasar con el ecumenismo en España? La contestación la darían una serie de sucesos sencillos y encadenados unos a otros, casi sin programar, sin organizar su alcance, casi desde la amistad, una amistad fraguada en la sinceridad y dentro de un dejar hacer al Espíritu, hasta ver dónde conducían los primeros brotes ecuménicos de esta nación. Creo que nadie se planteó qué hacer con un posible fracaso, ni a dónde llegar si acompañaba el éxito. Todos sabían que era complejo, comprometido y sin apoyo oficial alguno de las respectivas iglesias. A los católicos les ofrecían un seguro las realidades ecuménicas del Vaticano II; a la IEE y a la IERE su pertenencia al Consejo Ecuménico.

Los católicos contaban con la aprobación tácita de sus propios obispos, asistentes al Concilio; las dos iglesias no católicas con la benevolencia de sus autoridades. Los católicos iban a tener en frente muchos miembros de su Iglesia que abominaban de todo lo no católico y no tradicional y llenos de recelos con el Concilio; los protestantes a muchos de sus fieles, sobre todo los impregnados de anticatolicismo, viendo en este acercamiento una posibilidad de ser dirigidos por la Iglesia mayoritaria en España, de la que no tenían muy buenos recuerdos. A los católicos, muy jóvenes entonces, les miraban los suyos como ilusos, modernistas, algunos se dirigían a ellos entre la sorpresa y la curiosidad y otros pensaban que pronto caerían en las redes protestantes; a éstos les advertían los suyos, entre bromas y veras, acerca de la doblez de los católicos, incluso de aquellos que parecían inofensivos, les sugerían que podía venir detrás de la temida policía, etc., etc. La sinceridad, amistad y fraternidad de unos para con otros pudo más.

Aquellas reuniones de Barcelona de 1954 mantuvieron el rescoldo ecuménico en la Ciudad Condal y en 1956 católicos y protestantes organizaron en una parroquia de la ciudad unas conferencias y en 1959 trajeron al P. Michalón, el gran ecumenista francés, sucesor del abate Couturier y vinculado desde esta visita al incipiente quehacer ecuménico de España. Pronunció varias conferencias, asistió a una cena fraterna, ofrecida por el presidente de la IEE, visitó al arzobispo de Barcelona, Gregorio Modrego, se entrevistó en Valencia con el entonces obispo auxiliar de aquella archidiócesis, Rafael González Moralejo, y en Segorbe con el obispo José Pont i Gol, el más propicio del episcopado de aquellos años al ecumenismo.

También en Madrid, en ese 1959, la «Cátedra de San Pablo», en los jesuitas de la calle de Maldonado, programó unas conferencias sobre el Concilio y, dada la categoría de los conferenciantes, el filósofo José Luis López Aranguren y el P. Díez Alegría, catedrático de la Universidad Gregoriana de Roma entonces, incidieron bastante en las actitudes ecuménicas posteriores. Además, la relación epistolar entre los que se habían reunido en Barcelona y Madrid en 1954 se realizaba con frecuencia.

En terreno católico aparecían en aquellos años ciertos laicos como participantes en esas primeras actividades ecuménicas, porque las sanciones canónicas a los clérigos que tomaban parte en estos actos eran considerables y los obispos podían aplicarlas sin más. En 1959-1960 y en 1961 los ejemplares de la Oración Universal por la Unión de los Cristianos ascendieron, de 15.000 ejemplares a 45.000 y 78.000, respectivamente, editadas por Propaganda Popular Católica (PPC), llamada así también en esa época.

Por parte protestante comenzó a actuar la IEE, concienciada ecuménicamente. Dice el teólogo de esa Iglesia, Daniel Vidal Regaliza, en su obra «Nosotros los protestantes españoles»: «Es el sentido ecuménico de la IEE un verdadero deseo consciente, aunque se vea muchas veces frustrado, de abrirse al diálogo tanto en lo que se refiere a las otras denominaciones evangélicas o protestantes, como, recientemente, en relación con el catolicismo romano. Este deseo ecuménico, que responde a lo que la IEE siente ser su vocación particular, lleva aparejada una verdadera preocupación por integrarse en el contexto hispánico»(26). Y Pablo García Rubio, pastor de esta Iglesia, subraya a este respecto: «La IEE es, sin lugar a dudas, la Iglesia mejor formada dentro del protestantismo español, por lo que es la que asume la responsabilidad principal en el diálogo ecuménico tanto hacia las iglesias evangélicas como hacia el campo católico. Su propia vocación y su preparación son las razones que explican por qué los últimos años dentro de la Semana de Oración por la Unidad Cristiana tiene como principal promotor a la IEE, en cuanto al protestantismo se refiere»(27).

Las iglesias protestantes ecuménicas condenaron hace tiempo aquel anticatolicismo y así, en las conclusiones de la II Conferencia Nacional de Obreros Evangélicos, celebrada en Madrid en octubre de 1965, se lee: «Desaprobamos el anticatolicismo, así como todo el sectarismo ecuménico. Nos inclinamos al diálogo respetuoso e intercambio de opiniones con los católicos. Creemos que el ecumenismo es practicable aun cuando hasta ahora sólo haya podido efectuarse en una escala reducidísima y personal»(28).

La IEE en las conclusiones de su LXIX Sínodo General, celebrado en Madrid del 11 al 14 de octubre de 2001, decía sobre el ecumenismo: «La Iglesia Evangélica Española tiene conciencia del sentido ecuménico propio de su carácter, ya que su mismo mandamiento se debe a la unión de los esfuerzos evangelizadores de diferentes tradiciones evangélicas, que ha hecho surgir una nueva comunidad… La IEE confía hacer su correspondiente participación tanto dentro como fuera de España, al movimiento ecuménico [Asamblea General, 1954]… La IEE, consciente de su responsabilidad ecuménica, reconoce que el ejercicio de este ministerio tiene lugar en el seno de la Iglesia cristiana en obediencia a la voluntad del Señor y el servicio a todos aquellos a quienes la Iglesia ha de testificar de la gloria y soberanía divinas… La IEE reconoce que su acción ecuménica debe contribuir continuamente a la manifestación de la unidad de la Iglesia de Jesucristo, consecuentemente acepta el ecumenismo y su práctica que forman parte del testimonio de la fe».

Hacía en el informe propuestas de ecumenismo teológico, en el terreno de la justicia y la solidaridad, y decía al hablar sobre celebraciones conjuntas con otras iglesias: «Las relaciones conjuntas de la IEE con otras iglesias evangélicas son bastante fluidas y presenta tan solo problemas concretos, pero necesitan de un mayor desarrollo y compromiso. La IEE deberá abrir con sus compañeras un diálogo fraternal y serio en relación con cada una de estas celebraciones eclesiales. De todas formas, y teniendo en cuenta a cada compañero ecuménico (iglesias evangélicas; Iglesia católica; Iglesia ortodoxa…), la IEE debería editar un Directorio Ecuménico para uso de sus pastores y dirigentes. Estas mismas relaciones con la Iglesia católica deben llevar a la IEE al concepto de matrimonios mixtos… La creación de un Consejo de iglesias cristianas puede ser un instrumento valioso para facilitar el acercamiento en orden a las celebraciones conjuntas»(29).

Además del citado documento conciliar, la Iglesia católica, como es conocido de todos, dispone, desde 1993, de un completísimo Directorio de Ecumenismo lleno de posibilidades. Se entiende, por tanto, que las Iglesias cristianas de España sólo necesiten convencerse prácticamente de los aspectos positivos del mensaje del Señor: «Que todos sean uno… para que el mundo crea» [Jn 17,20], abordar de una vez y en diálogo sincero la cuestión de la «memoria histórica», hacer un esfuerzo de creatividad en este momento y ponerse manos a la obra en cuanto al ecumenismo local.

Pioneros en Barcelona y ecumenismo científico en Salamanca

A raíz de la Semana de la Unidad de 1960 la labor ecuménica de Barcelona fue conocida a escala nacional por su boletín ciclostilado «Orientación Ecuménica», asesorado por el P. Salvador de les Borges(30), y dedicado a orientar y formar en temas ecuménicos. El P. les Borges participó en 1961 en «La Conferencia Católica para cuestiones ecuménicas», presidida por Willebrands, después presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos, y en septiembre de ese año asistían por primera vez dos españoles a las «Conversaciones de Chevetogne »: eran los laicos del Centro Ecuménico de Cataluña Missier y José Luis Urrela.

Saltaba así al plano internacional el quehacer ecuménico de Barcelona y se consolidaba el ecumenismo de «los catalanes». El acercamiento entre católicos y protestantes (IEE-IERE) se profundizó allí hasta el punto de hacerse tradicional una cena ecuménica de estos grupos y comenzaron «las rutas mensuales» a distintas ermitas barcelonesas, con la asistencia de casi un centenar de personas, entre ellas un significativo número de jóvenes evangélicos, pastores algunos de ellos después de importantes congregaciones en Madrid y Barcelona. En algunas de estas rutas se estudiaron temas como: «Unidad en Dios», «Unidad eclesial», «Unidad de los cristianos» y «La Iglesia en la hora del Concilio».

En el verano de 1961 los PP. Capuchinos de Sarriá celebraron una «Jornada de ecumenistas católicos» y con unos cincuenta sacerdotes y pastores organizaron posteriormente un «Círculo de Estudios Ecuménicos», al que asistían cuantos ecumenistas pasaban por Barcelona. En años siguientes el «grupo catalán» siguió organizando la Semana de la Unidad y diversas actividades ecuménicas, estuvieron en primera línea de los acontecimientos ecuménicos de Salamanca, y luego en el comienzo del Secretariado de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal y en las Jornadas de Ecumenismo de Madrid, tanto de las interconfesionales como de las de delegados diocesanos.

A los nombres de los primeros tiempos: de les Borges, Desumbila, Missier, Urrela, etc., fueron uniéndose otros, continuadores a escala diocesana y nacional en la labor iniciada: Antonio Briva (después obispo de Astorga y presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales), Antoni Matabosch, Joan Bada… todos dieron continuo impulso al movimiento ecuménico, que siempre en Cataluña ha gozado de amplia repercusión. En los años sesenta apareció la publicación «Unitas». En el lugar destinado a los centros ecuménicos hablaremos de su «Carta Ecuménica», su hoja «Circular» y otras actividades de Barcelona(31).

En los primeros años sesenta creaba la Pontificia Universidad de Salamanca la Cátedra de Teología Oriental, a cargo del sacerdote salmantino José Sánchez Vaquero. Unida a la existencia en esa ciudad del Colegio de los Maronitas y al Instituto Superior de Pastoral, pusieron en pie el ecumenismo teológico y pastoral de la ciudad castellano-leonesa.

En 1961 se reunían ya con Sánchez Vaquero los estudiantes salmantinos interesados en el movimiento ecuménico y el «grupo catalán», que visitó Valladolid, Salamanca y Madrid. Poco después fundaron el «Centro Ecuménico Juan XXIII», con sede en el Centro Oriental de los Maronitas. Sánchez Vaquero lo presidió y participaron eclesiásticos y un buen número de estudiantes de la Universidad Pontificia. Ayudaron especialmente los conocidos profesores de la Pontificia, Lamberto de Echeverría, director de la influyente revista «Incunable » y de Propaganda Popular Católica (PPC), y Manuel Useros Carretero, que se sumó entusiasta, publicó trabajos y realizó una importante encuesta en «Incunable » en febrero de 1963.

Del 11 al 17 de abril de ese mismo año comenzaron los trabajos del Círculo con la «Primera Semana de Iniciación Ecuménica». Las actividades se resumieron en trece charlas a cargo de cinco profesores ante unos cien alumnos. Eran los profesores el P. Michalón, del «Centre Unité Chretienne» de Lyon, el P. Les Borges de Barcelona y José Sánchez Vaquero, Lamberto de Echeverría y Manuel Useros, de Salamanca. La Semana se consideró un éxito y los organizadores propusieron extender la experiencia.

Por eso aquel mismo año de 1963, del 31 de octubre al 3 de noviembre, se celebró la «Segunda Semana de Iniciación sobre Ecumenismo». Un ligero cambio de título pero el mismo espíritu. Convocada por el «Círculo Ecumenista Juan XXIII», congregó a ecumenistas de otros centros como el «Centro Ecuménico-Oriental» de Madrid, asistentes de varias diócesis, miembros de algunas órdenes religiosas y representantes de otros países. Fueron los profesores el P. Roche, del Centro «Unité Chretienne» de Lyon; Sánchez Vaquero y Lamberto de Echeverría, de Salamanca; Ignacio Saadé, del Colegio Maronia; y José Luis Díez, del «Centro Ecuménico-Oriental» de Madrid. Los asistentes se cifraron en más de cien. Las semanas ecuménicas de Salamanca comenzaron firmes su andadura y ampliaron sus contactos con otros centros ecuménicos.

Madrid, entre el entusiasmo y la dificultad política

Similar ecumenismo artesanal se hacía en Madrid, aunque con ciertas dificultades añadidas al estar enclavadas en la capital de la nación todas las autoridades del régimen. También contaban con otras ventajas, es cierto, como la estancia de todas las jerarquías de las iglesias protestantes, por ejemplo. La revista «Re-Unión», de la que tratamos al principio, fue acercándose a la realidad ecuménica de España y de Madrid en concreto. Los ortodoxos o los católicos orientales en España y en Madrid constituían un número muy escaso entonces y se hallaban desperdiciadas las posibilidades enormes del Centro Ecuménico-Oriental del P. Morillo.

Sin abandonar esa especialización se presentaba como imprescindible acercarse al mundo protestante. Aunque parezca mentira, en aquellos momentos, eso resultaba complicado. En la capital de España los protestantes estaban muy controlados, la Iglesia católica no permitía el trato con ellos y no se podía buscar apoyo en nadie. Sin embargo, la vorágine madrileña, ya existente por aquellos años sesenta, permitía hacer cosas y pasar desapercibidos. Aunque una aventura, era preciso lanzarse y debía realizarse de forma personal y clandestina en un principio.

Si bien en la inauguración del Vaticano II Juan XXIII había recalcado que el tema del ecumenismo era una de las prioridades, en realidad aquello… ¡cómo iba a ir con España! Aquí se contaban pocos protestantes, verdaderamente «retorcidos» según las autoridades gubernamentales repetían. En Barcelona, en Salamanca, en algún otro lugar, se habían realizado algunos contactos, en Madrid, desde aquellas reuniones de Noviciado 5 con el pastor Araujo, acercamientos desconocidos u olvidados, no se recordaba ninguno. Con los protestantes sólo actuaba la policía. Al padre Morillo le parecía bien, pero él no se había dedicado nunca sino al Oriente y conocía poco la realidad protestante española. Su tácita aprobación para hacer uso de la revista «Re-Unión» para esta nueva etapa bastó, aunque algún otro jesuita como el P. Sánchez de León, director de «Fe Católica», una obra bastante antiprotestante, pusiera el grito en el cielo.

Durante meses no se habló más de esta posibilidad, pero el entonces redactor-jefe de «Re-Unión» comenzó al día siguiente a informarse y llegar hasta las iglesias protestantes de Madrid. Existían en esta capital dos o tres edificios emblemáticos del protestantismo español: la iglesia de la calle de la Beneficencia, la capilla (así llamaban entonces a los templos protestantes) de la calle Noviciado 5, y el edificio de la de Bravo Murillo, al lado de la glorieta de Cuatro Caminos. Pudo enterarse de que en la calle de la Beneficencia residía nada menos que un obispo protestante. Allí se encaminó. Era octubre de 1962 y el obispo, enfermo, estaba siendo atendido en aquel momento por un «practicante»(32). En un instante, con el único distintivo episcopal del anillo, el mismo obispo le recibía en sus habitaciones particulares del caserón de la Iglesia Española Reformada Episcopal, tan visitado después. Se le notaba verdaderamente enfermo y comenzó enseguida la conversación.

Se trataba de Santos M. Molina, segundo obispo de la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE), quien, al ver que su visitante era sacerdote católico, dibujó en su rostro una benevolente sonrisa. Se hallaba muy acostumbrado a esas visitas y quedó muy sorprendido al comprobar que esta iba a discurrir por muy diferentes derroteros. Cuando supo el objetivo de aquella entrevista permaneció unos instantes en silencio y luego dijo que él había escrito en su revista un artículo sobre ecumenismo, que lo creía importantísimo, que sabía del interés por la materia del recién inaugurado Concilio, pero que lo consideraba imposible en España, por el régimen político y por la forma de ser de la Iglesia católica española. Con todo, se prolongó el diálogo y el obispo proporcionó a su interlocutor la dirección de algún pastor que él creía interesado en ecumenismo. Bajó la escalera a despedir al visitante, le estrechó la mano y cuando el católico le besó el anillo dijo con emoción: «Nunca había soñado esto, que el Señor le bendiga y tenga éxito en la Iglesia católica y con nosotros». Se trabó cierta amistad entre ambos hasta su cercano fallecimiento.

Si es que quedó conmovido el obispo Molina, más lo quedó aquel redactor. Era la primera vez que veía a un protestante, la primera vez que entraba en un edificio protestante, la primera vez que hablaba con un jerarca protestante. Al salir a la calle de la Beneficencia miró a derecha e izquierda, no había nadie a pesar de ser el mediodía. Tardó unos días en su reflexión y pacificación y enseguida apuntó uno de los nombres y direcciones recibidos en la Iglesia Española Reformada Episcopal. Fue un atardecer lluvioso de noviembre de aquel 1962 y la gente salía de algún culto en la capilla de la calle de Noviciado 5. Al verlo todos se precipitaron hacia el templo y menos mal que pudo dirigirse a uno de los rezagados y preguntar dónde podía encontrar al pastor u obispo de aquella iglesia. Debieron pensar, sin duda, que detrás de aquel católico iba la policía. Le señaló escalera y piso y, efectivamente, en la puerta pudo leer «Benito Corvillón». Llamó y al abrirse la puerta apareció el pastor, sucediéndose dos movimientos reflejos, comentados mucho tiempo después por ambos interlocutores, que no llegaron a producirse: cerrar la puerta uno y poner el pie para impedírselo el otro.

Tras el saludo se produjo una penosa conversación sin acertar a exponer claramente el objeto de aquella visita. Más tranquilo, el pastor dio la oportunidad al católico de puntualizar debidamente y fue produciéndose el entendimiento. Abajo se notaba la presencia de personas que trataban de observar y dentro de la vivienda la voz de una señora y unas niñas. Pasado un tiempo Benito Corvillón invitó al visitante a pasar al salón para «evitar el frío» y enseguida a su despacho «para entenderse mejor». Sí, el pastor Corvillón era un verdadero ecumenista. Coincidían en todo, si bien la experiencia del protestante superaba en mucho la del joven católico.

Meses después Corvillón comentó con aquella sonrisa que le caracterizaba que observaba en él una enorme utopía y que sintió esperanza. Se dieron los teléfonos, con la advertencia del pastor de que el suyo estaría controlado por la policía y afirmó que hablaría de todo aquello con algunos pastores de su Iglesia, la Iglesia Evangélica Española, interesados en el ecumenismo. Le acompañó, atravesando el patio de entrada, hasta la calle donde, como seguía la lluvia, tampoco encontró transeúntes. Aquí iba a comenzar todo para el futuro inmediato del ecumenismo en Madrid. En aquel momento Benito Corvillón era presidente de la Iglesia Evangélica Española (IEE).

No hubo tiempo al año siguiente, 1963, ni suficiente ambiente, para celebrar la Semana de la Unidad de enero de forma interconfesional, pero al rescoldo de esos días se tuvo el 26 de enero, en los locales de la Iglesia Evangélica Española de Noviciado 5, por primera vez en Madrid, una reunión interconfesional de jóvenes, unos cien, católicos y protestantes al cincuenta por ciento. Se preparó por ambas partes y consistió en un diálogo abierto entre los universitarios de ambas iglesias.

Se centraba en estos puntos: 1º. ¿Qué entiendes por unidad cristiana? 2º. ¿Qué puedes decirnos sobre el movimiento, evolución y estado actual de lo que podríamos llamar «espíritu ecuménico en la Iglesia»?: a) Especial referencia al concilio Vaticano II; b) Especial referencia al Consejo Ecuménico de las Iglesias; 3º ¿Crees que ha influido en la opinión de las corrientes ecuménicas la evolución político-social? 4º ¿Qué resultados esperas en España de este movimiento de unidad cristiana? Los muchachos se explayaron a su gusto y los que prepararon el encuentro y allí presentes: tres sacerdotes católicos y dos pastores de la IEE: Daniel Vidal Regaliza y el profesor protestante Ferris, quedaron muy satisfechos por el sentido ecuménico y la visión de futuro de esos jóvenes(33).

Todos quedaron contentos, el pastor Vidal Regaliza hizo unas amplias declaraciones publicadas también en la revista «Re-Unión» y no fueron estas las únicas consecuencias, pues pocos días después de su publicación el redactor jefe de esa publicación, y autor de esta crónica histórica, recibía la llamada de un grupo de obispos católicos, reunidos en Madrid, en una casa de religiosas de la calle Arturo Soria, donde estudiaban documentos para la tercera sesión conciliar, indicándole que se entrevistara con el arzobispo de Zaragoza, todavía entonces Casimiro Morcillo, primer subsecretario del Concilio, y se le advertía de las penas canónicas en las que había incurrido, debido a la reunión con protestantes en la calle de Noviciado en Madrid.

Conocedor de todo, el P. Morillo le sugirió que hablara con algún obispo conocido que, de alguna manera, le presentara al arzobispo de Zaragoza. Conocía el redactor de «Re-Unión» bastante a José María García Lahiguera, quien por aquellas fechas regía provisionalmente la diócesis de Madrid-Alcalá, por fallecimiento del anteriormente citado Leopoldo Eijo y Garay. Mons. García Lahiguera no tuvo inconveniente alguno y le acompañó a la entrevista con Casimiro Morcillo, arreglando así un posible incidente con consecuencias para el autor de aquel artículo. José María García Lahiguera apoyó en cada momento el incipiente ecumenismo de Madrid y, tal vez, fuera el primer obispo en presidir un culto ecuménico en España en la Semana de la Unidad del año 1964.

Estas actividades y riesgos fueron acercando a católicos y protestantes y enseguida tomó parte en esta aventura ecuménica el pastor Luis Ruiz Poveda, avezado al ecumenismo más madrugador en Barcelona, hacía ya unos diez años y uno de los más insignes ecumenistas españoles, roturador de campos en barbecho, como lo era entonces Madrid. Hombre afable, comprensivo, conciliador, pasó por momentos difíciles y ha tenido que sufrir por el ecumenismo pues no todos los de su propia Iglesia, pastores o laicos de la IEE, podían entender aquella apertura del pastor Poveda, cuyos orígenes hemos expuesto al principio de este trabajo.

Muy cercano en ideas al pastor Corvillón, iniciaron ambos tales andanzas ecuménicas que, por parte de la Iglesia católica en Madrid partía con poco claro compromiso. Pero apostaron por la doctrina ecuménica del Vaticano II y por aquellos jóvenes clérigos católicos que, según comentarios posteriores, les parecieron derramar sinceridad y entusiasmo.

A esos dos pastores de la IEE se unía el teólogo y pastor de la misma Iglesia, Daniel Vidal Regaliza, barthiano, claro puntualizador doctrinal, hombre serio, profesor de teología en el Seminario Teológico Unido, no tan accesible, tal vez, pero de gran calidad teológica, con lo que tanto contribuyó al ecumenismo de aquellos años entre los protestantes españoles y también en los contactos con los católicos.

El pastor Benito Corvillón era de talante llano, eclesiástico impregnado de piedad, ponderado, sereno, rezumaba bondad por todos los sitios y auténtica autoridad dentro de su Iglesia. Junto a estos pastores otros de quienes se hablará en esta crónica, como Elías Araujo, Alberto Araujo, Ignacio Mendoza, Humberto Capó, entonces en Mallorca, y uno muy significativo de la IERE, Ramón Taibo Sienens, acogedor, paternal, ponderado, hombre lleno de sufrimientos y avatares en los años de la persecución, José Cardona Gregori, bautista y abogado, José Flores, de la Unión Bíblica, Ángel Codejón Velayos, presidente por aquellos años de los adventistas y algunos otros, solían numerarse entre los protestantes afectos al ecumenismo.

En la fiesta de Pentecostés de aquel 1963, el 2 de junio, la Oficina de Información Ecuménica del Centro Ecuménico-Oriental del P. Morillo organizó una Vigilia de Oración Ecuménica. Se había pensado antes en un contacto con los hermanos protestantes y fue este el momento propicio con una «paraliturgia», como se llamaba entonces a este tipo de celebraciones, de rito bizantino y oficiada por el P. Francisco Aguirre del que ya hemos hablado antes. Para la homilía invitamos a un conocido canónigo de Madrid, Francisco Herrero. Este no era un hombre de ecumenismo, pero si un sacerdote entregado y acogedor, del círculo espiritual del obispo José María García Lahiguera. Sabíamos que respondería bien y también que era un verdadero reto para él mismo. «No voy a dejaros en “la estacada”, contad conmigo», dijo cuando le propusimos aquella, entonces aventura, pues conocía muy bien que era difícil contar con alguien para un acto así. Y salió bien.

Asistieron fieles protestantes y pastores. Uno de ellos manifestaba, entre otras cosas, en una carta lo siguiente: «Estuve en la Vigilia ecuménica. Sinceramente, salí satisfecho, y en mi alma sentí paz y contento. Al principio dudé si ir o no ir; pensaba que sería algo intrascendente y que se nos hablaría de separaciones y culpas. Pero fue muy distinto. Encontré una gran amplitud ecuménica y consoladora fraternidad en el desarrollo del culto… Yo les animo. Yo estoy con ustedes en espíritu y en oración. No dejen de organizar actos como este. Tenemos que comenzar a conocernos y amarnos, a tratarnos y unirnos en la oración. Cuando lo comenté a otros compañeros se extrañaron al principio y se emocionaron al final. También de parte de ellos un aliento para ustedes en su bella misión ecuménica… Me figuro que encontrarán dificultades; también nosotros tropezamos con ellas, pero no importa; el Espíritu de Dios vela y bendice nuestras obras, plenas de amor a los hermanos. Así podemos emprender el camino hacia un mayor conocimiento, trato y amor, abandonando la separación que desde largos siglos nos tiene distanciados… le repito, vuelvan ustedes a organizar actos de oración común»(34).

Era, posiblemente, la primera oración pública interconfesional en Madrid en toda la historia y tal vez una de las primeras cartas de un pastor protestante agradeciendo a los católicos esta iniciación ecuménica. Estábamos en el buen camino, así había que ir haciendo las cosas entre nosotros. Pudimos respirar al sentirnos tan apoyados por los hermanos protestantes.

En efecto, pronto pudo organizarse otro acto de oración ecuménica, pues mientras se rezaba en esta Vigilia de Pentecostés estaba agonizando el Papa Juan, que fallecía al otro día, 3 de junio. Fechas más tarde, en la misma capilla del Centro Ecuménico-Oriental, se organizó un acto de oración por el alma de Juan XXIII al que asistieron muchos pastores madrileños y fieles católicos y protestantes.

El ejemplo de Juan XXIII, las palabras del nuevo Papa, Pablo VI, sobre el ecumenismo: «Nada de marchar al pasado, sino al presente y sobre todo al futuro», la celebración en la Salamanca de la segunda sesión de Iniciación e Información sobre ecumenismo empujaron más, si cabe, la acción ecuménica de los madrileños y la revista «Re-Unión», en su último número de 1963, caldeaba el ambiente para la primera Semana de la Unidad que en la capital de España iba a celebrarse de forma interconfesional.

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NOTAS

26. VIDAL REGALIZA, Daniel, Nosotros los protestantes españoles, Ediciones Marova, Madrid 1968, p. 99.

27. GARCÍA RUBIO, Pablo, La Iglesia Evangélica Española, Departamento de Publicaciones de la IEE, Barcelona 1994, p. 371.

28. Citado por Juan ESTRUCH en su libro Los protestantes españoles, Editorial Nova Terra, Barcelona 1967, pp. 193-194.

29. Tomado de Noticias Ecuménicas, Boletín informativo del Centro Ecuménico «Misioneras de la Unidad» de Madrid, n. 17, 7 noviembre 2001, p. 4.

30. Este padre capuchino, tan decisivo en el ecumenismo español, cambió su nombre de religión, Salvador de les Borges, por el de pila, Joan Botan, cuando el Concilio dejó libertad para continuar o cambiar esas costumbres.

31. «Vida Nueva», Orígenes del Ecumenismo en España, n. 2264, p. 26.

32. ATS, enfermero.

33. DÍEZ MORENO, José Luis, Reunión Interconfesinal en Madrid, «Re-Unión», n. 34, marzo-abril 1963, pp. 93-98; IDEM, Orígenes del ecumenismo español, «Vida Nueva», n. 3264, p. 27; GARCÍA HERNANDO, Julián, La unidad es la meta, la oración el camino. Dimensión espiritual del Ecumenismo, Sociedad de Educación Atenas-Centro Ecuménico «Misioneras de la Unidad» , Madrid 1996, p. 179; IDEM, La Semana de la Unidad, en «Cuadernos de Ecumenismo», n. 1, p. 15.

34. Cita tomada de la revista «Re-Unión», n. 36, julio-agosto 1963, María Teresa Arbor: «Cristianos todos, seamos como seamos, pensemos como pensemos, debemos permanecer unidos en la oración», p. 223.

 


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