50 NÚMEROS
DE PASTORAL ECUMÉNICA: 16 AÑOS
DE ECUMENISMO (Julián García
Hernando)
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Efectivamente. La Revista
Pastoral Ecuménica, a lo largo de los 16 años de su existencia,
ha alcanzado la meta de sus 50 números. Dato digno de
ser tenido en cuenta y que merece unos momentos de reflexión.
A través de esos años ha
cumplido el objetivo, que se propuso como meta al iniciar
su andadura: ser testigo y vocero de los principales acontecimientos
ecuménicos que se encontrara a lo largo de su existencia
y, sobre todo, subrayar los cambios que el ecumenismo
iba ofreciendo a través de su andadura, con una marcada
atención al ecumenismo en España.
Echó a andar el año 1984,
sabedora de que lo hacía en «tiempos recios» robando a
la santa castellana la famosa expresión con que ella describía
los suyos.
Ciertamente, «tiempos difíciles»
para el ecumenismo eran los del año 1984, no ya según
los agoreros de turno sino conforme al pensar de los observadores
imparciales de los problemas eclesiales. Es claro que
el ecumenismo era una gozosa realidad. Había logrado ya
por aquellas fechas avances importantes. Las Iglesias
se conocían mejor. Habían desaparecido muchos recelos
mutuos y caído numerosas barreras separacionales. Se había
eliminado serios obstáculos que parecían insalvables.
Nos sentíamos más cerca los unos de los otros, pero al
mismo tiempo surgían inesperadas dificultades. No pocos
ecumenistas se preguntaban con inquietud: ¿A dónde nos
dirigimos? ¿Hacia dónde nos encaminamos?
Me gusta comparar la marcha
del ecumenismo a las olas del mar, con avances y retroceso
continuos, con su baile de bajamar y altamar. Los dos
fenómenos se daban en el ecumenismo en aquel entonces,
que la misma revista describía al hacer su presentación:
«La meta, que se consideraba como un proyecto común, por
los años de la Asamblea de Upsala [1968]: "unidad
externa y orgánica", de algún tiempo a esta parte
empezó a ser cuestionada desde distintos frentes, llegando
algunos a contentarse con una mera federación de Iglesias
unidas en la acción. Del anhelo de trabajar por unirse
las Iglesias, se pasó al menguado propósito de considerarse
unidas en el trabajo. Del esfuerzo por llegar a la unidad
en la fe y no sólo en el testimonio se pasó al empeño
de reconocerse tal como son en la actualidad, para alcanzar
más eficiencia en la acción. Del objetivo de la unidad
en el ser se había retrocedido al medrado deseo de la
unidad en el obrar».
Evidentemente que los diálogos
teológicos continuaban en aquel entonces y habían alcanzado
avances notables. Estaba reciente el «Documento de Lima»
[1982] sobre la trilogía sacramental del Bautismo, la
Eucaristía y el Ministerio. Documento elaborado por el
Grupo Mixto de trabajo Iglesia católica–Consejo Ecuménico
de las Iglesias, que tuvo un gran eco y muy positivo en
todo el mundo y que fue ampliamente estudiado por muy
notables teólogos españoles, cuyos trabajos fueron publicados
en la revista de Salamanca «Diálogo Ecuménico» [1983].
Los diálogos teológicos
en algunos temas, como es el caso del Documento de Lima,
habían alcanzado cotas sumamente gratificantes, pero en
otros, los logros obtenidos entraban en el capítulo de
las decepciones.
Acababa de cerrarse el
año dedicado a Lutero [1983], con motivo del centenario
del reformador alemán. Con esta ocasión se celebraron
a nivel mundial numerosos actos ecuménicos. Hubo gestos
hermosos, como el del Papa orando y predicando en un templo
luterano o la Carta que con este motivo escribió sobre
Lutero. Hubo declaraciones espléndidas sobre dicho suceso,
como la que hizo en primavera de aquel año el Grupo Mixto
luterano–católico. En Salamanca se celebró el III Congreso
luterano–católico convocado por los Centros Ecuménicos
luterano de Estrasburgo y católico de Salamanca, en el
que intervinieron con espléndidos aportes la flor de los
teólogos de ambas Confesiones, españoles todos ellos por
lo que a los católicos se refiere.
Hubo declaraciones brillantes,
como la que hizo en primavera de aquel año el Grupo Mixto
luterano–católico, pero al mismo tiempo, en las conversaciones
entre teólogos de ambas Iglesias se pudo constatar, como
ocurrió en el mismo Congreso de Salamanca, que las posiciones,
que ya se consideraban conjuntamente adquiridas en el
terreno de la soteriología, volvían a convertirse en campo
de discusión intereclesial.
Por consiguiente, a la
hora del nacimiento de nuestra revista el movimiento ecuménico
daba señales de cansancio. Es cierto que no faltaban reuniones
y congresos, pero, a decir verdad, las Iglesias sentían
otras preocupaciones. Las organizaciones ecuménicas se
hallaban en crisis. Las editoriales no se atrevían a publicar
libros ecuménicos porque no tenía salida en el mercado.
El Consejo Ecuménico, que
había despertado tanto entusiasmo, después de no pocos
logros se encontraba cuestionado por sus mismas Iglesias
miembros. Las esperanzas que suscitó el Vaticano II con
sus proyectos de reforma en parte se habían desvanecido.
Por lo que a España se
refiere, era evidente que el ecumenismo tropezaba con
dificultades especiales de todos conocidas. No era tomado
en consideración. No se le creía necesario. Más bien se
le temía, porque, rompiendo el conformismo, obliga a una
actitud de constante autocrítica. Se le otorgaba el último
puesto en la pastoral de la Iglesia, siendo así que el
Papa Juan Pablo II reiteradamente había dicho que debe
ocupar un lugar privilegiado en las tareas eclesiales.
Ante esta situación Pastoral
Ecuménica, recién nacida, se atrevía a decir: «Es cierto
que el movimiento ecuménico se halla en una fase difícil,
pero también lo es que se trata de un movimiento irreversible.
Las Iglesias han sentido la alegría de la mutua aproximación.
Han saboreado el gozo de compartir juntas y no renunciarán
a la santa tentación de acelerar la marcha para caminar
hacia la unidad plena. Está por medio su propia vocación,
la oración de Jesús en favor de la unidad y la acción
del Espíritu Santo».
La revista señalaba las
zonas más necesitadas de la pastoral ecuménica y se sentía
segura, ya en sus mismos comienzos, porque comulgaba con
los mismos deseos de otras dos revistas anteriormente
aparecidas en el cielo de España: dos en Salamanca; «Diálogo
Ecuménico» y «Renovación Ecuménica», además de los boletines
informativos, tanto de la Comisión episcopal de Relaciones
Interconfesionales, como de algunos Centros Ecuménicos
del país.
Tres años antes, septiembre
de 1980, se había celebrado un gran Congreso entre especialistas
luteranos y católicos de España con ocasión del 450 aniversario
de la entrega al emperador Calos V en la Dieta de Augsburgo
de la famosa «Confesión Augustana». El Congreso, verdaderamente
importante, fue organizado por el Centro luterano de Estrasburgo
y por parte católica la Comisión Episcopal de Relaciones
Interconfesiales y el Centro Ecuménico de Salamanca.
En un clima de sincera
fraternidad, el Congreso marcó una meta muy importante
en el ambiente internacional y nacional. La revista «Diálogo
Ecuménico» le dedicó un número monográfico.
Ya en su primer número
nuestra revista manifestaba claramente su finalidad: «Atentos
a los signos de los tiempos y aceptando con los documentos
conciliares que el ecumenismo es uno de ellos, se han
de tener en cuenta las zonas más necesitadas de su penetración
y los campos que reclaman una acción más urgente. El último
Informe del Grupo Mixto de trabajo Iglesia católica–CEI
señala los siguientes: la colaboración en el campo teológico
de cara a la unidad de la Iglesia, la cooperación en los
problemas sociales y la formación ecuménica, la cual debe
extenderse a todos los niveles del pueblo de Dios. La
preocupación ecuménica debe impregnar todos los ámbitos
de la pastoral de la Iglesia, para que la fe de los católicos
se halle a la altura exigida por los avances ya realizados
en el camino de la unidad.
No ya sólo los programas
de formación de los alumnos de los seminarios y centros
religiosos, como lo exige la normativa de la Iglesia a
través del decreto «Unitatis redintegratio» y del Directorio
Ecuménico, sino también la catequesis y la pastoral, en
todas sus vertientes, deben incluir en el orden del día
de sus iniciativas el tema ecuménico, ya que la formación
ecuménica de los cristianos es parte integral de su vivencia
de la fe».
La revista, además, si
bien abierta a toda clase de lectores, señalaba claramente
cuáles eran sus destinatarios preferidos: centros de formación
eclesiástica, casas de religiosos, sobre todo los que
tienen tareas docentes, alumnos de los seminarios, universitarios
y militantes de grupos apostólicos, catequistas y formadores
en la fe, seglares con responsabilidades eclesiales y,
principalmente, sacerdotes y pastores de cualquier Confesión
cristiana.
Y ya desde el principio
se presentaba con las secciones que actualmente tiene,
a las que posteriormente se añadieron otras dos: Movimiento
interreligioso (dedicada a las religiones no cristianas
y a las sectas/nuevos movimientos religiosos) e Internet.
EL DOCUMENTO DE LIMA
Uno de los principales
avances del ecumenismo en la década de los ochenta fue
la publicación del Documento de Lima, aparecido en enero
de 1982, y llamado así por la ciudad en que se gestó,
y también conocido por "BEM", siglas de los
sacramentos del Bautismo, Eucaristía y Ministerio.
El Documento fue objeto
de largos años de estudio y no fruto de la improvisación.
Y es lógico que así haya sido pues su contenido se refiere
a los puntos cruciales del diálogo teológico. El proceso
de su estudio se remonta a la primera reunión de Fe y
Constitución en Lausana, en 1927; por consiguiente, bastantes
años antes de la aparición del Consejo Ecuménico de las
Iglesias y fue ampliamente estudiado en la Asamblea de
Nairobi [1975] de dicho Consejo Ecuménico.
La Asamblea de Vancouver
[1983] le dio el espaldarazo oficial mediante la celebración
de la liturgia eucarística conforme al ritual de Lima
y rogó nuevamente a todas las Iglesias miembros del CEI
que lo estudiaran, con el fin de preparar un a reunión
de Fe y Constitución, que pudiera ser definitiva, en el
año 1987. Y presenta al BEM como «un maravilloso instrumento
para ayudar a las Iglesias en la prosecución del diálogo
de cara a la unidad».
«El éxito mayor o menor
que pueda tener el Documento, decía Pastoral Ecuménica,
depende de la recepción que del mismo hagan las distintas
Iglesias cristianas, no solamente a escala de jerarquías
sino a nivel de todo el pueblo de Dios. Se impone, por
tanto, una catequesis de todos los creyentes sobre este
particular». Así lo recomendaba el CEI a las Iglesias
al enviarlas el texto: «Como signo de compromiso ecuménico,
las Iglesias son invitadas a hacer posible el más amplio
compromiso del pueblo de Dios, a todos los niveles de
la vida de la Iglesia, en el proceso espiritual de la
recepción de este texto».
A su vez el Secretariado
Romano para la Unidad cursó la misma recomendación a todas
las Conferencias Episcopales de la Iglesia católica, para
que las Iglesias locales tomasen el texto en seria consideración.
Por lo que a España se
refiere la comisión episcopal de Relaciones Interconfesionales
rogó a las Facultades de Teología el estudio del Documento
y el envío de las observaciones que estimaran pertinentes.
Organizó, además, junto con las Iglesias ortodoxas, la
IERE y la IEE, las I Jornadas Nacionales de Teología y
Pastoral del Ecumenismo para estudiar de una manera conjunta
el BEM y sacar del mismo las pertinentes aplicaciones
pastorales.
A su vez las Facultades
de Teología de Barcelona, la Pontificia de Salamanca,
más las Facultades de Comillas y Granada comprometieron
a sus teólogos en el mismo empeño.
El Centro Ecuménico "Misioneras
de la Unidad" dedicó al tema un cursillo especializado
de doce clases por los profesores Larrabe, Gesteira y
Losada, cuyos textos fueron publicados en la revista,
a los que se añadieron otros dos, uno del pastor Humberto
Capó (IEE), y otro del Metropolita Emilianos Timiadis,
representante del Patriarcado de Constantinopla en el
Consejo Ecuménico de las Iglesias.
La problemática del BEM
es extraordinariamente importante para el acercamiento
intereclesial, pero se da la triste realidad de que todavía
no se ha reconocido mutuamente la validez del bautismo
entre las Iglesias que en España están comprometidas en
la labor ecuménica; y con respecto al problema de la Eucaristía
no se han dado pasos verdaderamente importantes en el
terreno de la intercomunión y la problemática del ministerio
ha sido notablemente oscurecida con el problema de la
ordenación de mujeres para el ministerio presbiteral y
episcopal.
El Documento de Lima, llamado
a producir efectos positivos y duraderos en el terreno
de la unidad cristiana, después de las primeras llamaradas,
pronto cayó en el olvido.
EL ECUMENISMO CUMPLE
VEINTE AÑOS
La referencia va dirigida
al ecumenismo dentro de la Iglesia católica, ya que se
cumplían veinte años después de que el decreto «Unitatis
redintegratio» (UR) fuera firmado, ya al final del concilio
Vaticano II. Pastoral Ecuménica no podía dejar pasar este
acontecimiento sin hablar de él. Al mismo se le dedicó
gran parte de los tres números de aquel año 1985.
«El ecumenismo dentro de
la Iglesia católica es todavía joven. Veinte años, si
bien es mucho en la vida de un individuo, es poco dentro
de la historia de la Iglesia. Sin embargo de ser joven
se le ha exigido mucho, nada menos que un milagro: el
de la unidad».
Aunque no puede decirse
que, después de 20 años, el decreto UR haya alcanzado
todos los objetivos, que se propuso en el momento de su
publicación, es cierto, no obstante, que después de su
aparición, un espíritu nuevo sopla en todos los horizontes
de la Iglesia, no sólo por lo que se refiere a las relaciones
interconfesionales, sino también por lo que respecta al
interior de la comunidad eclesial.
Por de pronto se ha ido
abriendo paso la convicción de que no es una tarea reservada
a un número determinado de personas, que se sienten vocacionadas
a la promoción de sus objetivos, sino que es, como el
mismo decreto dice [n. 5] «empeño obligado en la vivencia
espiritual y en las tareas pastorales de todo el pueblo
de Dios». No es una asignatura especial que deban aprender
los estudiosos, ni un sector concreto de la pastoral de
la Iglesia reservado a los especialistas, sino que, como
repetidas veces ha dicho Juan Pablo II, es un estilo del
que deben estar impregnados todos los estudios teológicos
y una metodología, con la que se debe contar en todos
los campos del quehacer eclesial.
Como muy bien decía un
especialista en la materia, L. Sartori, «el decreto UR
hay que situarlo en el centro del Concilio, pues es la
hermenéutica más apropiada para la justa interpretación
de la "Lumen gentium"».
De hecho los dos principios
clave que impostan la nueva metodología teológica son
también puntales básicos para la cimentación de la tarea
ecuménica. Tales son la distinción entre el depósito de
la fe y el modo de expresar la doctrina y el principio
de la jerarquía de verdades.
Del primero hablaba Juan
XXIII en la misma sesión de la inauguración conciliar:
«Porque una cosa es el depósito de la fe, o sea, las verdades
que se contienen en nuestra venerada doctrina y otra el
modo como se enuncian esas verdades, aunque ciertamente
conservando el mismo sentido y la misma sentencia».
Y a ese mismo principio
se refería sin duda Juan Pablo II en el bellísimo discurso
que pronunció en Constantinopla ante el Patriarca Dimitrios
cuando intencionadamente se preguntaba a qué nivel se
hallan los desacuerdos entre las Iglesias. ¿Están a nivel
de fe o a nivel de la expresión teológica? Distinción
entre esos diversos planos que es obligado hacer para
adentrarse sin riesgo por el difícil camino del diálogo
teológico. El Papa dijo en aquella ocasión ante los ortodoxos
que «debemos superar los desacuerdos que todavía existen,
si no a nivel de fe, al menos al nivel de la formulación
teológica».
Los nuevos principios han
generado nuevas actitudes, nuevos estilos en la praxis
de la vida cristiana, con una marcada tendencia hacia
una concentración en lo esencial de la fe prescindiendo
de adherencias innecesarias para la misma. Y bien puede
decirse que del nuevo estilo de vivir la realidad eclesial
han brotado las nuevas relaciones intereclesiales. La
cara de nuestra Iglesia es muy distinta de la que tenía
hace solamente treinta años. Distintos son también sus
comportamientos y sus actitudes, por haber variado el
modo de contemplar los mismos eternos e invariables fundamentos
de la fe.
Quizá sea la dimensión
relacional del ecumenismo en donde aparezca más claramente
la importancia del cambio experimentado. En España, antes
del Concilio la palabra «ecumenismo» era prácticamente
una cosa inédita. Cierto que existían algunos pioneros
del mismo, que desbrozaban el terreno en un ambiente de
recelo y hasta de hostilidad. Los pasos dados son verdaderamente
considerables, tanto a nivel de Iglesia nacional como
a escala de Iglesia local.
Y, para saborear el gusto
de esta contemplación, la revista presenta dos observatorios:
uno a nivel internacional con los densos artículos del
P. Stefano Schmidt, miembro del dicasterio romano para
la unidad, del P. M. Lanne, de Chevetogne y del P. Enrique
Llamas. Y para conocer los avances producidos en España,
la revista ofrece la plataforma de los organismos oficiales
y oficiosos, como el Secretariado Nacional de Ecumenismo,
el Comité Cristiano Interconfesional (CCI), y las aportaciones
de los centros ecuménicos existentes en nuestro suelo,
como el de Barcelona, Málaga, Salamanca, Valencia y Madrid,
más los aportes de las Iglesias ortodoxas, la de la IERE
y la IEE.
EL SÍNODO DE
LA UNIDAD
Así titulaba Pastoral Ecuménica
al Sínodo de Obispos celebrado en Roma en 1985 al que
dedicó su número 6: «El que acaba de terminar ha sido
un Sínodo verdaderamente extraordinario, no sólo desde
el punto de la terminología jurídica a la que se conformaba,
sino también por su significación, por los temas en él
abordados y, sobre todo, por el clima de equilibrio que
en él se ha respirado. Sin duda que ha cumplido perfectamente
la finalidad por la que el Papa le había convocado: celebrar,
verificar el concilio Vaticano II y promover el conocimiento
y la aplicación del mismo».
Se podría presentar un
florilegio de frases laudatorias del Sínodo y también
otro de posturas menos elogiosas. Cada uno se ha asomado
al Sínodo desde su propia existencialidad y a través de
sus gafas lo ha leído.
Pienso que, lo mismo que
lo fue el Concilio, del cual esta reunión pretendía ser
una réplica, una prolongación y un intento de cumplimiento,
éste ha sido «el Sínodo de la Unidad», como alguien lo
ha llamado. Por él han desfilado grandes principios, que
tienen numerosas y fuertes connotaciones ecuménicas. Quizá
la idea central del Sínodo haya sido la de la «Iglesia–comunión»;
ministerio de comunión con Dios y de comunión entre los
hombres. Comunión espiritual, pero también jerárquicamente
comunión abierta a todos los creyentes, comunión ecuménica.
Siguiendo las ideas maestras
del Vaticano II, se ha profundizado, sin que se haya intentado
agotar el tema, en la relación que debe existir entre
el Primado del Papa y el Colegio de los Obispos. En este
punto extraordinariamente delicado, pero muy necesitado
de clarificación, no se ha llegado a una toma de posturas
concretas que se puedan traducir en innovaciones en la
disciplina canónica, sino que ha sido relanzado hacia
un estudio más profundo en el futuro.
Se ha apuntado el interesantísimo
tema de la autonomía de las Iglesias locales, así como
el del estatuto teológico de las Conferencias Episcopales.
La cuestión de la corresponsabilidad y su correspondiente
la de la subsidiaridad, que afloraron en el Vaticano II,
volvieron a ser cuestionadas en el Sínodo, sin que en
este caso tampoco se llegara a conclusiones concretas.
Simplemente se remozó su estudio y se le lanzó hacia futuras
investigaciones.
Una de las ideas más atrevidas
fue la propuesta por el Cardenal Hermaniuk, de los ucranianos,
que, inspirándose en la tradición sinodal de los orientales,
pidió que el Sínodo se convirtiera en institución permanente
en la Iglesia; que no sea simplemente una asamblea deliberativa
y transitoria, sino que el sínodo actual eligiese un número
determinado de Obispos, quince a veinte, que permanecieran
habitualmente en Roma y que fueran los verdaderos asesores
y coolegisladores con el papa y bajo su autoridad, dejando
a la Curia romana unas funciones puramente ejecutivas,
si bien importantes.
Se estudiaron otras varias
cuestiones, y de mucha monta, con una fuerte carga ecuménica.
Pero, además, el ecumenismo afloró en no pocas intervenciones
de los Padres sinodales, y muy particularmente en la actuación,
sin duda notable, del Cardenal Willebrands y en la «Relación
final». El Sínodo bien puede considerarse como un tratado
completo de teología, metodología y pastoral ecuménicas.
Otro aspecto no desdeñable
de la ecumenicidad del Sínodo fue el impacto causado en
los observadores de las otras Iglesias, como lo hicieron
constar en el Comunicado que le dirigieron. En su texto
los observadores se congratulan por el subrayado que el
Sínodo hizo del Vaticano II, principalmente en la dimensión
ecuménica del mismo. Añaden que el ecumenismo es una parte
esencial del camino que hay que recorrer. Y lanzan una
proposición, que en algunos ambientes parecía demasiado
atrevida, por excesivamente optimista, pero que compartimos
plenamente: «A pesar de las diferencias doctrinales que
aún existen, algunas cuestiones que, en otro tiempo nos
dividían con el paso del tiempo se ven bajo una perspectiva
diferente, de tal manera que ya no son cuestiones de división
eclesial».
Terminan dirigiéndose a
los padres sinodales: «Con vosotros en el Sínodo hemos
pedido en la presencia de Dios que se nos conceda el camino
hacia la unidad y la comunión que están cimentadas en
la verdad y en el amor, y que podamos participar unidos
en el misterio de la salvación».
Los lectores de Pastoral
Ecuménica fueron suficientemente informados sobre los
contenidos y anécdotas de este Sínodo de Obispos mediante
el artículo publicado en la misma por el Delegado de Ecumenismo
de Zaragoza, Octavio López Melús, que tuvo la fortuna
de asistir al mismo.
¡Y, SIN EMBARGO,
SE MUEVE!
¿Se mueve o está estancado?
Afrontar este serio problema se dedicó el n. 9 de la revista,
en el que se podía leer: «El movimiento ecuménico avanza.
Esto es a todas luces evidente. Entre escollos y dificultades,
es cierto, pero se halla en un continuo progreso. A nivel
local cada día son más fuertes los vínculos y las relaciones
que se establecen entre las Confesiones cristianas. Incluso
la misma sensación de fatiga y cansancio, que a veces
se advierte, es un claro síntoma de que el ecumenismo,
lejos de aparecer como solamente propiciado por tiempos
especiales dentro del calendario eclesial, ha entrado
en las vías de la normalidad y de lo cotidiano. Lo cual
no es una derrota sino un triunfo».
A nivel teológico el avance
del diálogo es impetuoso y, en ocasiones, comprometido,
porque no sigue al mismo ritmo el avance del pueblo Dios.
Textos y más textos de no desdeñable importancia aparecen
por todos los derroteros del pensar cristiano y en ellos
se dan «acuerdos sustanciales», si bien también aparecen
más claras las líneas fundamentales de la separación.
Por no enumerar sino los
más recientes y más conocidos habremos de citar una vez
más al famoso Documento de Lima, del que ya nos ocupamos
en las páginas de la revista. Más recientemente apareció
un documento de singular importancia por el contenido
de sus afirmaciones y por el prestigio de sus formuladores,
teólogo francófonos, belgas, suizos y franceses, católicos,
luteranos y reformados, si bien el grupo no está oficialmente
convocado por las Iglesias sino que está formado por teólogos
vocacionados al ecumenismo. Es el llamado «Grupo de Dombes».
El documento al que nos referimos lleva por título «El
ministerio de comunión en la Iglesia universal».
«¿Por qué, pues, se pregunta
un autor, a pesar de esta simbiosis cada día más intensa
a nivel local, de estas convergencias tan profundas a
nivel teológico, sin hablar de los encuentros oficiales
entre los responsables de las grandes Confesiones, existe
el sentimiento de que el movimiento ecuménico está estancado
o se encuentra en un bache?».
Entre los escollos más
notables que en el momento actual tiene que superar se
halla, por lo que a las relaciones entre católicos y anglicanos
se refiere, el tema de la ordenación de mujeres. Ahí está
amenazante e hiriente, hasta el punto de que para un auténtico
ecumenista pueda constituir una verdadera espina, que
no le deje reposar.
Así lo afirmaba el Dr.
Satherwaite, Obispo anglicano de Gibraltar, en una recepción
ofrecida en la residencia del embajador británico en Madrid.
Al preguntarle por el tema,
dijo con tonos verdaderamente patéticos, que ésta era
una cuestión muy difícil y lo es, sobre todo, para la
misma Iglesia anglicana. Por un lado ve claramente que,
si acepta plenamente el acceso de las mujeres al ministerio,
se aleja quizá para mucho tiempo de la Iglesia católica
y de las Iglesias ortodoxas; el diálogo ecuménico, que
se presenta tan prometedor, quedaría probablemente truncado
para un lapso de tiempo demasiado largo para lo que puedan
esperar las necesidades del mundo, que está reclamando
urgentemente la unión de todos los cristianos. Y, por
otra parte, si no admite la ordenación, automáticamente
se aleja de aquellas Iglesias, miembros de la Comunión
anglicana que ya han admitido el ministerio de la mujer.
La Iglesia de Inglaterra en estos momentos, decía, se
halla clavada en la cruz que forman estas dos líneas de
pensamiento. Además, dentro de su mismo seno hay quienes
amenazan con salirse de ella si confiere el ministerio
femenino, mientras que otros presentan la misma amenaza
en caso de que no esté dispuesta a hacerlo. ¿Cómo proceder?
He aquí la pregunta que en estos momentos angustia a la
Iglesia de Inglaterra, dijo.
El ecumenismo camina entre
dificultades y peligros. Por eso tiene que avanzar con
prudencia. Y muchos confunden la marcha prudente con el
inmovilismo. Es cierto que a veces aparecen síntomas de
recesión. Da la sensación de batirse en retirada o al
menos de replegarse a las bases que ya había dejado atrás.
Las Iglesias han empezado
a tener miedo de que el ecumenismo haga desdibujar los
perfiles de identidad eclesial. Eso no solo decía el P.
Duprey en una visita que hicimos al Secretariado Romano
con ocasión de un Encuentro Interconfesional de Religiosas
cerca de Ancona (Italia). Conocedor como pocos de la situación
en que por entonces se hallaba el ecumenismo, nos dijo
que, dado lo cerca que están las Iglesias por el diálogo
ecuménico, han llegado a aproximaciones tales que les
permiten contemplarse cara a cara. Se dan cuenta de que,
para realizar nuevos avances, se necesita entrar por las
veredas de la conversión, pero no sólo de la conversión
individual, sino de la conversión eclesial. Ha llegado
la hora de la renovación y de los cambios, y este paso,
necesario para el ulterior progreso del ecumenismo, produce
escalofríos en quienes lo han de promover. Las Iglesias
dialogantes se hallan en esta situación y, por ello se
sienten tentadas a recular. Los entendidos dicen que,
si el movimiento ecuménico ha de emprender una nueva etapa
hacia su meta final, debe encarar los temas más espinosos
del camino dialogal. Ha de zambullirse con prudencia,
paciencia y con una generosidad basada en la verdad, en
el hondón de la problemática ministerial.
Ya el BEM hablaba de la
necesidad de un ministerio de comunión. Todas las Iglesias,
comprometidas en el diálogo, están de acuerdo en reconocer
la necesidad de este ministerio de unidad a nivel de Iglesia
universal. Las diferencias se dan todavía cuando se trata
de matizar la naturaleza del mismo. Los documentos hablan
de que este ministerio de unidad, a nivel de Iglesia universal,
debe desarrollar al mismo tiempo una dimensión personal,
colegial y comunitaria.
De entonces acá esta cuestión
ha ido dando pasos adelante. El documento conjunto anglicano–católico
sobre «La autoridad en la Iglesia» supone un paso muy
importante en esta dirección. ¿No responde a este mismo
deseo el grito patético de Juan Pablo II en la encíclica
«Ut unum sint», cuando pide ayuda a católicos y cristianos
de otras Confesiones para «encontrar caminos nuevos en
el ejercicio del Primado de Pedro?».
¿DE QUÉ ECUMENISMO
SE TRATA?
Esa era la pregunta que
la revista se hacía al llegar a su nº. 19. ¿De qué ecumenismo
se trata? Y se respondía: «El ecumenismo continúa su marcha.
Quizá haya cambiado de ritmo en su caminar, pero continúa
andando. Cierto que hoy se extiende por todo el mundo
una especie de niebla respecto al mismo. Al período de
los grandes acontecimientos postconciliares, de euforia
desbocada, de las aparatosas manifestaciones de abrazos
y de saludos, ha sucedido un tiempo de prudente calma,
de oculta labor, de trabajo resignado y escondido, de
lenta profundización. Se cierran, al parecer, determinados
horizontes, pero se abren nuevas pistas; el optimismo
de los primeros días ha dado paso a la serena reflexión,
al contraste de opiniones, al diálogo en profundidad.
No faltan quienes dicen
que las Iglesias en la actualidad se hallan en un momento
de búsqueda de la propia identidad confesional; que, después
de unos avances claros y audaces en el terreno de los
diálogos teológicos, reculan hacia "los cuarteles
de invierno"; pero todo esto sin duda es para reponer
fuerzas y lanzarse a nuevos avances en el momento oportuno.
Porque también no pocos piensan que esto era totalmente
necesario, ya que el movimiento ecuménico es víctima de
sus propios éxitos».
Es evidente que esto ocurre
en determinados ambientes de la Iglesia católica en la
actualidad. El cuerpo de doctrina que Juan Pablo II ha
producido respecto a la temática ecuménica durante los
años de su pontificado es verdaderamente considerable.
Repetidas veces ha dicho que el ecumenismo forma parte
de su ministerio de Obispo de Roma. Y ha insistido en
que el compromiso de la Iglesia católica en materia ecuménica
es irreversible. También ha dicho que el ecumenismo es
una marcha hacia adelante en dirección «al otro» y no
una actitud de pasiva acogida del «otro». Y que es una
de las actitudes pastorales más importantes de la Iglesia
católica. En su viaje a los países nórdicos afirmó que
es «una de las grandes gracias de Dios a la Iglesia en
los tiempos presentes».
Por tanto, cabe preguntar
a qué clase de ecumenismo se refiere la gente cuando habla
de un cansancio del mismo o cuando denuncia que el pesimismo
se extiende por los ambientes ecumenistas.
Me gusta definir al ecumenismo
como «una marcha hacia la unidad por la oración, la conversión
y el diálogo para la evangelización». Me parece que ésta
es una definición integral, porque en ella aparece el
objetivo del ecumenismo, que es la unidad plena; los medios
para alcanzarla, que son la oración, la conversión y el
diálogo y luego la finalidad del ecumenismo, que es la
evangelización, ya que el ecumenismo no es un fin en sí
mismo, sino un medio para conseguir la conversión del
mundo. No es una meta sino una etapa en el camino de la
conversión del mundo, como dijo Jesús: «Que todos sean
uno para que el mundo crea» [Jn 17,21].
Es una marcha, que avanza
por distintos frentes: Ecumenismo doctrinal, de los diálogos
teológicos; ecumenismo práctico, el de la acción en común;
ecumenismo de las visitas y de los encuentros; ecumenismo
privado, llamado por los franceses «oecumenisme sauvage»,
y el ecumenismo institucional mediante el diálogo entre
las Iglesias y las instituciones oficiales.
Contra este ecumenismo
oficial es contra el que principalmente se lanzan los
dardos de las críticas, por la lentitud de sus movimientos,
pero es lógico que estos sean más lentos que los del ecumenismo
particular, porque su peso y su responsabilidad son también
más grandes. Pero, ¿quién duda que las Iglesias también
han dado grandes pasos adelante en este terreno? Ahí están
las numerosas declaraciones últimamente suscritas entre
los más altos dignatarios de las mismas. El ecumenismo
avanza, pero nadie sabe cuándo terminará su andadura.
El ecumenismo, como sabiamente decía el P. Couturier,
más que un problema es un misterio y solamente Dios sabe
el momento en que llegará a la meta. A nosotros nos toca
acariciarlo con nuestra oración, fomentarlo con nuestra
mutua colaboración, animarlo con nuestro trabajo e iluminarlo
con nuestra ilusión.
ECUMENISMO 1991
Acababa de desaparecer
el año 1991. En el primer número del año siguiente Pastoral
Ecuménica comenzaba su «Presentación» diciendo: «Acaba
de desaparecer el año 1991. Al finalizar el mismo se le
hace un detallado examen sobre sus aportes en los terrenos
más variados del ser y del quehacer humano. Es lógico
someterle también a una crítica desde la óptica del ecumenismo.
Sobre este aspecto del
año se han vertido las más diversas opiniones. Se ha hablado
del «túnel del ecumenismo», del anquilosamiento, del embarrancamiento,
del freno a la acción ecuménica, de desilusión, de desengaño.
Es cierto que en el año
1991 se han presenciado roces, malentendidos, luchas particularmente
entre católicos de rito oriental y ortodoxos en distintos
puntos de la geografía europea. Es verdad que han surgido
nuevos contenciosos entre algunas de las Iglesias que
hacen la andadura ecuménica. Es evidente, y bien que lo
han aireado los medios de comunicación social, que se
han dado serios debates al interior del reciente Sínodo
de los Obispos de Europa, pero también es verdad que ha
habido notables logros a lo largo de sus trescientos sesenta
y cinco días.
El año 1991 estará para
siempre vinculado a la VII Asamblea del CEI en Canberra
(Australia). Tuvo lugar bajo el lema «Espíritu Santo ven
y renueva toda la creación». Estuvieron representadas
las entonces 317 Iglesias miembros del CEI, más un número
elevado de observadores, delegados fraternos, auxiliares,
etc. Cuatro mil personas en total.
El CEI no totaliza, pero
sí canaliza las principales actividades ecuménicas, que
tienen lugar fuera de la Iglesia católica. Y el principal
exponente de dichas actividades son sus Asambleas generales,
que constituyen su órganos legislativo, por ser representantes
de todas las Iglesias miembros del mismo. Y son grandiosas
manifestaciones de oración, reflexión, estudio, participación
y decisión.
Dentro del contexto español
también el año 1991 fue fecundo en realizaciones ecuménicas,
entre las que destacan el I Congreso Iberoamericano sobre
Ecumenismo, celebrado en el Monasterio de Guadalupe (Cáceres),
del 20 al 26 de octubre y además el V Encuentro Ecuménico
Europeo, que tuvo lugar en Santiago de Compostela del
13 al 17 de noviembre.
El Congreso de Guadalupe
fue organizado por la Comisión Episcopal de Relaciones
Interconfesionales de España y por el Departamento de
Ecumenismo de la Conferencia Episcopal Iberoamericana
(CELAM). Se desarrolló a nivel espiritual, vivencial y
doctrinal. El Congreso reunió a todos los obispos de la
Comisión española de relaciones interconfesionales, presidido
por Mons. Torrella y a numerosos obispos y peritos de
los países iberoamericanos.
Su tema fue «Nueva Evangelización
y Ecumenismo». En él se estudiaron numerosos aspectos
referentes a la nueva evangelización, sus exigencias,
contenidos, sus agentes, sus problemas y dificultades.
El ecumenismo fue ampliamente estudiado desde distintas
vertientes, llegándose a clarificar los vínculos necesarios
existentes entre el mismo y la evangelización en conformidad
con la campaña a nivel mundial convocada por el Papa.
«Esta nueva evangelización,
a la que el papa nos convoca, se dice en el Comunicado
final de Guadalupe, es inseparable de la tarea ecuménica,
en la que nuestra Iglesia desde el Vaticano II se encuentra
comprometida de una manera irreversible».
En Santiago de Compostela
tuvo lugar el tercer acontecimiento de resonancia europea,
el V encuentro Ecuménico de la Conferencia de Iglesias
Europeas (KEK), que agrupa a denominaciones ortodoxas
y protestantes de Europa, y del consejo de las Conferencias
Episcopales de Europa (CCEE), de la Iglesia católica.
Fue presidido por el cardenal
Martini, de Milán y el Dr. John Arnold, anglicano, en
suplencia del otro Presidente, el Patriarca Alexis de
Moscú, quien quizá no asistió al Encuentro en razón de
los contenciosos surgidos por entonces entre la Iglesia
católica y la ortodoxa.
Fue aquel un encuentro
de gran relevancia, no sólo en los ambientes europeos
sino a nivel mundial. Hay que alabar la calurosa acogida
al Congreso por parte del entonces Arzobispo de Santiago,
Rouco Varela y del Presidente de la Junta de Galicia,
Fraga Iribarne.
El colectivo se manifestó
rabiosamente en favor de la necesidad de la unidad de
cara a la evangelización profunda de nuestro continente.
Y se señalaron los principales enemigos con que contaba
el ecumenismo en aquel entonces: la actual civilización
secularizada, los egoísmos personales, nacionales y eclesiales,
los fundamentalismos bíblicos y religiosos, los tradicionalismos
a ultranza y los descarados proselitismos.
El cuarto suceso de aquel
momento, también a nivel europeo, fue el Sínodo de Obispos
del Continente, celebrado en Roma entre noviembre y diciembre
del año anterior. También en este Sínodo jugó un papel
muy importante el ecumenismo, en cuanto necesariamente
vinculado al tema central del Sínodo, que era el de la
nueva evangelización de Europa. Numerosos padres destacaron
los lazos irrompibles existentes entre ecumenismo y evangelización.
Pero, sobre todo, brindaron al escenario del Sínodo los
litigios más fuertes existentes entre algunas Iglesias
ortodoxas y la Iglesia católica, en concreto las de Ucrania
y Rumania, las cuales oficialmente se hallaban ausentes
del Sínodo, a pesar de la invitación que el papa les había
dirigido. La dura intervención del representante del Patriarcado
de Constantinopla, Metropolita Espyridon fue también fuertemente
contestada por el cardenal Sodano, Secretario de Estado
del Vaticano.
Como se ve el ecumenismo
no ha estado metido en un invernadero. Fue tema de suma
actualidad, aunque en no pocas ocasiones «patata caliente»
en las relaciones intereclesiales. Pienso que fue extraordinariamente
positivo que toda la problemática saliera al exterior,
incluso en un ambiente polémico. Esto es preferible a
que las cuestiones duerman arropadas por un receloso silencio.
La revista Pastoral Ecuménica
acogió en sus espacios a numerosas de las conferencias
de Guadalupe y de Santiago, así como alguna crónica pormenorizada
del aspecto ecuménico del Sínodo de los Obispos europeos.
PEREGRINOS DE LA UNIDAD
EN COMPOSTELA
Ese era el título del editorial
del nº. 30 de la revista, dedicado a la V Conferencia
de «Fe y Constitución», celebrada en Santiago de Compostela
los días 3–14 de agosto de 1993, que empieza con unas
palabras tomadas del Mensaje final de dicho encuentro:
«Nos vamos de Santiago enriquecidos por la renovación
de nuestro compromiso y nuestro entusiasmo en favor de
la causa ecuménica. Les decimos a las Iglesias: ¡No hay
camino hacia atrás, ni respecto a la meta de la unidad
visible ni respecto al único movimiento ecuménico, que
conjunta la preocupación por la unidad eclesial con la
inquietud por el compromiso en la solución de los problemas
humanos!».
La última Conferencia de
Fe y Constitución había tenido lugar el año 1963 en Montreal
(Canadá). «De Montreal a Santiago han pasado treinta años,
decía nuestra revista, De entonces acá han ocurrido muchas
cosas. La Conferencia de Santiago ha tenido lugar en un
mundo efervescente de cambios y en medio de un clima ecuménico
en mutación. El entorno cambiante se caracteriza por el
derrumbe de los sistemas socialistas del Este europeo
y por la variación de las situaciones políticas opresoras
en otras partes del mundo: Latinoamérica, África y Asia».
Al mismo tiempo se han
agravado otros problemas anteriormente existentes: separación
económica Norte–Sur; desintegración nacional, en que se
hallan inmersos algunos países por causa de los nacionalismos
exacerbados; crecimiento demográfico, junto con la escasez
de recursos. Problemas de emigración. Uso y abuso de la
ciencia y la tecnología con la manipulación de embriones
humanos, y toda la problemática de las cuestiones bioéticas,
etc.
Además, no solamente el
mundo se halla en una situación de cambio, sino que éste
plantea condicionamientos nuevos a la acción ecuménica,
de tal manera que con toda razón se puede hablar de «una
situación ecuménica en transformación», la cual desde
Montreal aquí se caracteriza tanto por la continuidad
como por el cambio. Ha habido una fuerte transformación
en las relaciones entre muchas Iglesias, que han pasado
del aislamiento al diálogo; la intensa participación de
la Iglesia católica en los diálogos teológicos; las uniones
verificadas entre varios grupos de Iglesias; los notables
acercamientos entre otras, de modo que les permitan la
intercomunión; el reconocimiento ya generalizado de una
comunión intereclesial ya existente, aunque imperfecta,
entre las Iglesias, etc.
Por otro lado han surgido
problemas nuevos y nuevas dificultades en el peregrinar
ecuménico. Se ha notado una disminución en el entusiasmo
y en el compromiso respecto al objetivo de la unidad visible,
hasta el punto de que hay no pocos que se sienten satisfechos
con los logros alcanzados y desesperan de poder realizar
nuevos avances.
Contenciosos surgidos con
ocasión del acceso de la mujer al ministerio ordenado.
Problemas aparecidos entre católicos y ortodoxos después
de la caída del «telón de acero». Las relaciones intereclesiales
y el diálogo ecuménico también se ven afectados por la
crisis de autoridad actualmente existente, lo cual exige
a las Iglesias reflexionar juntas sobre las fuentes de
la autoridad, las estructuras de adopción de decisiones
a nivel local y universal y los medios de ejercer el magisterio
autorizado. Las dificultades creadas por los particularismos
nacionalistas y las tendencias etnocéntricas en regiones
como Ucrania y la antigua Yugoslavia, etc.
La necesidad de proclamar
conjuntamente el Evangelio ante un mundo agnóstico, increyente
y secularizado, todo ello está pidiendo a gritos la reconciliación
intereclesial, llegando al discernimiento entre la unidad
irrenunciable y la diversidad que pueda y deba darse entre
las mismas. Unidad en la confesión de fe, auque pueda
haber diversidad en sus expresiones. He aquí el reto con
que se enfrentaba la Conferencia de Santiago.
Su tema era impresionante:
«Hacia la koinonía en la fe, en la vida y en el testimonio».
Como preparación para la conferencia de Santiago, España
había celebrado sobre el mismo tema las IX jornadas Interconfesionales
de Teología y Pastoral del Ecumenismo y el IV Encuentro
Interconfesional de El Espinar. Teólogos de primera fila
pasaron por el escenario de Santiago, de las distintas
Confesiones: Pannenberg, E. Templeton, G. Khorr, Konrad
Raiser, el Metropolita de las Américas, Jacobos, Aram
Keshisian, Cassidy, Tillard. Todo el nº. 30 de la revista
está ocupado por artículos de teólogos españoles que participaron
en el encuentro: Carlos G. Cortés, José Hernández, A.
Matabosch, más el argentino Scampini.
PASTORAL ECUMÉNICA
SE AUTOEXAMINA
Lo hizo en su nº. 31, al
cumplir los diez años de existencia. Se siente orgullosa
por los numerosos y destacados teólogos que han pasado
por sus páginas a lo largo de esta década. Y en la presentación
del número afirmaba su propósito de seguir adelante en
su información al pueblo de Dios que habla la lengua castellana:
«No hay marcha atrás. ¿Cómo puede haberla, si el ecumenismo
es parte del ser cristiano a partir de las rupturas. Comienza,
por tanto, una nueva andadura. Comienza una nueva década
asomándose al gran acontecimiento, que no sólo para la
Iglesia católica sino para toda la cristiandad, ha supuesto
la aparición del «Nuevo Directorio Ecuménico», cuya presentación
hacen en este mismo número Mons. Fortino, Teófilo Moldovan
y Pedro Langa.
RUMORES DE MILENIO
Llegaron a nuestra revista,
la cual se hacía eco de ellos en su nº. 32, a mediados
del año 1994. «El calendario nos dice que estamos agotando
el segundo milenio y que se sienten ya cercanas las avanzadillas
del tercero. Juan Pablo II, uno de los mejores oteadores
de los signos de los tiempos, está alertado y preocupado.
Hace ya tiempo que viene intentando convencer a los creyentes
de la importancia que puede suponer este acontecimiento
para la marcha de la cristiandad.
En efecto, el 10 de noviembre
de ese mismo año publicaba su Carta apostólica «Tertio
millennio adveniente», que revolucionó a la Iglesia católica
poniéndola en marcha hacia el tercer milenio.
Pero ya antes en el mes
de marzo enviaba a todos los 141 miembros del Colegio
cardenalicio con el título «Reflexiones sobre el gran
jubileo» un documento de 28 páginas, que la Secretaría
de Estado transmitió a todos los cardenales con el fin
de que reflexionaran sobre su contenido y aportaran las
pertinentes respuestas al mismo en una reunión a la que
les convocaba para los días 9 y 10 de mayo.
En el documento el Papa
solicitaba la opinión de los cardenales sobre tres puntos
muy concretos, entre otros: una reunión de las religiones
monoteístas en el Sinaí; la canonización de cristianos
no católicos o la inclusión de los mismos en el martirologio
de la Iglesia católica; y la petición pública de perdón
por las violaciones de los derechos humanos, que la Iglesia
ha cometido a lo largo de su historia.
La impresión que este texto
produjo en el mundo cristiano fue primero de desconcierto
y luego de suma curiosidad. No hay que olvidar que hasta
el Vaticano II se les llamaba simplemente "herejes"
o "cismáticos", y ahora podrían ser considerados
y vistos, no meramente como «hermanos separados», como
les llamó el Concilio o simplemente como «hermanos cristianos»
según la terminología actualmente existente en los ambientes
ecuménicos, sino que podían ser tenidos como "santos",
incluídos en el martirologio, a los que se pudiera acudir
devocionalmente como se hace con los santos de la Iglesia
católica.
La Carta invitaba a la
autocrítica, al examen de conciencia y petición de perdón
por los errores, la faltas cometidas por la Iglesia en
el correr de los siglos, etc.
Observadores muy acreditados
en el Vaticano, recogían la impresión que esta propuesta
del Papa produjo en el Colegio cardenalicio: «Los cardenales
rechazan la revisión y autocrítica de la historia de la
Iglesia». Pensaron que «eso no era lo prioritario para
este momento».
A pesar de todo, el pensamiento
del Papa se ha ido cumpliendo a lo largo del sexenio que
nos separa de aquel anuncio. La insistencia del Papa ha
supera todas las dificultades, paso a paso, y sus pronósticos
se han ido cumpliendo uno tras otro: los viajes a Israel
y Egipto, al Sinaí y al Horeb, la solemne petición de
perdón dentro d ela misma Basílica de san Pedro, etc.
Sólo falta ver convertida en realidad la propuesta de
un martirologio común, en que se pueda acoger, junto a
personajes de la Iglesia católica a otros de las distintas
Confesiones. Personas, contagiadas con el santo virus
del ecumenismo, continúan a la expectativa de que este
punto de las propuestas lanzadas por el papa en 1964 se
convierta en realidad.
El 21 de noviembre de este
mismo año 1964, se cumplían los treinta años del Decreto
de Ecumenismo. La revista Pastoral Ecuménica lo saludó
con gran cariño y le dedicó, además, dos importantes artículos,
de Pedro Langa uno y de José Luis Díez el otro.
Por otro lado, en el bienio
94–95 el Papa fue generoso en la producción de documentos
importantes en el terreno ecuménico. La ya mencionada
Carta apostólica «Tertio millennio adveniente», y la encíclica
«Ut unum sint», comentada en la revista por su director,
más el precioso texto «Orientale lumen», que es como una
caricia del Papa a las Iglesias de Oriente, texto comentado
en la revista por Teófilo Moldovan, sacerdote la Iglesia
ortodoxa de Rumania en España.
PERSPECTIVA ECUMÉNICA
DEL AÑO 1996
Con ese título halagador
se presentaba Pastoral Ecuménica al comienzo del año 1996.
Hay ya muchas cosas programadas, por lo que el futuro
ya se ha hecho noticia. Y presenta algunas.
Ginebra continúa la preparación
de la Octava Asamblea del CEI, que tendrá lugar en 1998
en la nación africana de Zimbabwe. La primera que se celebró
en aquel continente tuvo lugar en Nairobi [1975]. Las
Iglesias europeas, agrupadas en torno a dos polos, la
KEK y el CCEE dan los últimos retoques a la II Asamblea
Ecuménica Europea, que tendrá lugar en Graz (Austria)
en 1997 bajo el lema «Reconciliación, don de Dios y fuente
de nueva vida».
Católicos y luteranos esperan
ansiosamente el Documento conjunto sobre la justificación
elaborado por el Comité Mixto para el Diálogo Teológico
entre ambas Confesiones, que será el mejor exponente de
los muchos e importantes pasos que, en el mutuo acercamiento,
se han dado entre ambas Iglesias en los últimos años.
Hace a continuación memoria
de los viajes del Papa programados para ese año: Eslovenia,
Györ, cerca de Budapest, donde el Papa pensaba encontrarse
con el Patriarca Alexis II de Moscú, entrevista que quedó
frustrada por la negativa del patriarca, que no aceptó
el encuentro con el Obispo de Roma. Quizá presionado por
el ambiente de cierta hostilidad, que en aquel momento
se detectaba entre la iglesia católica y la ortodoxa.
De Hungría el Papa se dirigió
a Alemania, con ocasión de la celebración del 450 aniversario
de la muerte de Lutero. La visita, no exenta de dificultades,
contaba con la buena acogida en general del pueblo luterano,
por lo que se esperaban de ella abundantes frutos.
En octubre se celebraba
el 400 aniversario de la famosa unión de Brest–Litovsk,
que sancionó el nacimiento de la Iglesia greco–católica
de Ucrania. Acontecimiento que podía ser conflictivo,
ya que las principales desavenencias actualmente existentes
entre católicos y ortodoxos están provocadas por la reaparición
de esta Iglesia de rito oriental así como la de sus hermanas
las Iglesias de Rumania y de otros lugares.
Pero el gran acontecimiento
que trae nerviosa a la Iglesia católica, aunque en él
estén implicadas las otras Iglesias cristianas, más las
religiones no cristianas, particularmente judíos y musulmanes,
es la preparación del Jubileo, con la programación de
actos en que todas ellas están implicadas.
SE FUE EL AÑO
1996
Eso decía Pastoral Ecuménica
en el último número correspondiente a ese año. Añadía:
«Y desde el punto de vista ecuménico se fue sin hacer
demasiado ruido. Ha sido un año tumultuoso en resonancias
socio–políticas, pero corto en realizaciones ecuménicas».
Y enumera algunas: «El mes de febrero se celebraba el
450 aniversario de la muerte de Lutero, con acontecimientos
conmemorativos de la vida del reformador alemán que se
han ido sucediendo a lo largo del año, pero sin demasiado
entusiasmo, en distintas partes del mundo. En el Centro
Ecuménico "Misioneras de la Unidad" se clausuró
el curso 1995–1996 con una conferencia de Héctor Vall,
rector del Colegio Oriental de Roma y profesor de Teología
en la Gregoriana. El mismo Centro Ecuménico inició el
curso con una semana de conferencias en las que se expusieron
por personas competentes los pasos dados en el acercamiento
luterano–católico, desde la época de la separación hasta
el momento actual.
Las Iglesias evangélicas
de Madrid se hicieron eco del acontecimiento mediante
una serie de conferencias en el Seminario Evangélico Unido
y una bella exposición bibliográfica sobre Lutero.
El mes de febrero nos sorprendió
con la amenaza de ruptura de comunión entre el Patriarcado
de Moscú y el de Constantinopla, por el problema de jurisdicción
interpatriarcal. El desafecto fue ligero, pues meses después
se volvió al intercambio de relaciones plenas y normales
entre ambos Patriarcados.
A primeros del año las
agencias de prensa lanzaban a los cuatro vientos la propuesta
que había hecho el Secretario general del Consejo Ecuménico
de las Iglesias, de celebrar un concilio cristiano universal
con ocasión de la llegada del milenio. Pudo ser una respuesta
a la atrevida iniciativa que hizo el Papa en la «Ut unum
sint», pidiendo ayuda dentro de la Iglesia católica y
de las otras Iglesias a que le «ayuden a buscar modos
nuevos en el ejercicio del Primado de Pedro». Palabras
verdaderamente impresionantes que, cuando leí por primera
vez en la encíclica «Ut unum sint» me hiciera a llorar
de agradecida emoción hacia el Santo Padre, que tuvo la
osadía de lanzar semejante petición.
En diciembre del mismo
año el Arzobispo de Canterbury, Dr. Carey, visitaba al
Papa en Roma. Sin duda que, por razón de la ordenación
de mujeres admitida por la Iglesia de Inglaterra, la entrevista
entre los altos dignatarios de ambas Iglesias no fue tan
calurosa como las anteriormente celebradas. Quizá no le
falta razón al cronista de «Ecclesia» en Roma cuando escribía:
«La visita del primado de la Comunión anglicana al Vaticano
no ha sido una desilusión, porque las expectativas eran
escasas. Sin embargo, no ha sido una mera visita de cortesía,
y el encuentro del Arzobispo con el Papa ha servido para
evitar lo peor: Un retroceso. Proseguir el diálogo, pese
a que el sacerdocio de las mujeres, aprobado por los anglicanos,
ha reducido mucho el margen de maniobra de los teólogos».
Y el Primado anglicano consideraba positivo el encuentro
«porque se ha discutido abiertamente el tema de la ordenación
de mujeres sin caer en polémicas y sin que se rompa el
clima de fraternidad: Hermanos separados, sí, pero hermanos».
DESPUÉS DE GRAZ,
¿QUÉ?
En esta bella ciudad de
Austria, cerca de Viena, se dieron cita en el verano de
1997 cristianos de las diversas Iglesias de Europa comprometidas
en trabajar y orar por la unión de todos en una sola Iglesia.
Era la segunda de las grandes Asambleas convocadas por
la Conferencia de Iglesias Europeas (KEK), protestantes
y ortodoxas, y por el CCEE o Consejo de las Conferencias
Episcopales de Europa, de la Iglesia católica. La primera
Asamblea tuvo lugar en Suiza en 1989, poco antes de la
caída del muro de Berlín.
De entonces al momento
que historiamos eran notables los logros que se habían
conseguido en el camino hacia la unidad política de Europa,
pero no tan seguros los que se habían dado respecto a
la unidad religiosa. Con el fin de avanzar en este terreno
se habían dado cita en Graz, autoridades y pueblos de
las distintas Confesiones.
El tema de la Asamblea
fue «Reconciliación: don de Dios y fuente de vida nueva».
De 18 a 20.000 fueron los participantes, procedentes todos
ellos de los países europeos. El encuentro se celebró
en las tres dimensiones que proporcionan un buen escenario
para el diálogo y la mutua comprensión. En primer lugar,
los actos oracionales, ya que, como creyentes, los cristianos
están convencidos, como lo proclama el "slogan"
de la Conferencia, de que la reconciliación, en todos
sus niveles, es un don de Dios, aunque tenga que apoyarse
también en el esfuerzo de los hombres, a la dimensión
oracional, se añadió la doctrinal y la vivencial, extraordinaria
esta última.
De Graz se sacaron fuertes
compromisos de cara al fomento del diálogo intercristiano
y a la mutua colaboración. De todo ello habló el º. 42
de nuestra revista, con valiosas aportaciones, cada una
subrayando aspectos distintos de la Asamblea, por parte
de Javier Ansó, Héctor Vall, Eleuterio Fortino, José Hernández
y María José Delgado.
OCTAVA Y ÚLTIMA
ASAMBLEA DEL CONSEJO ECUMÉNICO DE LAS IGLESIAS
Quizá el acontecimiento
ecuménico más importante del año 1998 haya sido la Octava
Asamblea del CEI en Harare (Zimbabwe, del 13 al 14 de
diciembre bajo el lema «Buscad a Dios con la alegría de
la esperanza»).
La última de las Asambleas
del CEI se había celebrado en Canberra en 1991. Entre
esa fecha y la de 1998, con los múltiples cambios sociales
y políticos habidos en el mundo, también hubo muchos de
tipo religioso y, más en concreto, en el campo ecuménico.
Así lo decía Aram I, Catholicós de los armenios de Cilicia
y Moderador General de la Asamblea en su discurso de apertura.
Entre Canberra y Harare ha habido grandes acontecimientos
ecuménicos, como la Asamblea de Basilea y luego la de
Graz en Austria; la Asamblea Mundial de Evangelización
en Brasil; la Conferencia de Fe y Constitución en Santiago
de Compostela, la publicación del Directorio Ecuménico
de la Iglesia católica; la Conferencia de Lambeth del
mundo anglicano [1998] que reunió a 800 obispos anglicanos
de todo el mundo, la Carta apostólica del Papa «Tertio
millennio adveniente» y la encíclica «Ut unum sint».
Y entre los avances ecuménicos
hay que destacar la firma de los Acuerdos del papa con
Karekín I, Catholicós de todos los armenios en 1996 y
luego con Aram I, Catholicós de la iglesia de Cilicia,
reconociendo las formulaciones teológicas de los concilios
de Éfeso y Calcedonia. A estos hay que añadir el Acuerdo
de Leunberg entre varias Iglesias protestantes del Norte
de Europa y la Declaración de la Federación Luterana Mundial
y el Pontificio Consejo para la Unidad, de la Iglesia
católica, sobre la doctrina de la justificación por la
fe.
Esta lista de acontecimientos
ecuménicos no es exhaustiva, pero indica que el movimiento
ecuménico está vivo. El Moderador General habló de la
necesaria reestructuración del Consejo Ecuménico. Indicó
que el ecumenismo camina hacia una mayor koinonía entre
las Iglesias. Subrayó su permanente compromiso socio–político;
su empeño en trabajar por una mejor formación ecuménica
del pueblo de Dios. Afirmó solemnemente que el pluralismo
religioso que va penetrando a marchas forzadas en todos
los ámbitos de las Iglesias constituye un auténtico reto
a la existencia de las mismas. Lamentó que el siglo XX
haya estado dominado por la cultura de la violencia. Se
alegró de las buenas relaciones que el CEI mantiene con
la Iglesia católica y lamentó los choques frecuentes que
sufre de parte de las ortodoxas, repartiendo las culpas
de esta situación a partes iguales entre ambos polos.
Hizo una perfecta radiografía
y un diagnóstico del ecumenismo actual, situándolo en
un estado de crisis, por lo que apuntó la necesidad de
caminar hacia un ecumenismo nuevo. «El contexto y la imagen
del ecumenismo están cambiando, dijo. Necesita, por consiguiente,
un nuevo entendimiento y una nueva expresión de sí mismo.
Por ello el Consejo Ecuménico se está auto–examinando
y se halla empeñado en una nueva reestructuración. Por
tanto, el CEI se halla en un momento de autoexamen, busca
nuevos horizontes y se prepara para unas nuevas estructuras».
En Harare hubo una presencia
notable de mujeres, ya que en las mismas fechas y lugar
se estaba celebrando el «Decenio de Solidaridad de las
Iglesias con las mujeres».
A toda esta temática Pastoral
Ecuménica dedicó su nº. 46, con aportaciones de Antoni
Matabosch, Lucía Ramón Carbonell y José Hernández, y la
correspondiente presentación del tema por el director
de la revista.
¿QUÉ HA OCURRIDO
EN BUCAREST?
Ese era el título de la
autopresentación de la revista en su número 47. «Ha caído
el muro», decía un comentarista con ocasión del viaje
de Juan Pablo II a Rumania los días 7 al 9 de mayo de
1999, haciendo alusión a la caída del muro de Berlín y,
con ella, a la entrada de libertades políticas y religiosas
en los países en que carecían de ellas.
Un muro y no endeble es
el que existía en las relaciones entre católicos y ortodoxos
a alto nivel eclesial hasta la llegada del «suceso Bucarest»,
que ha dado un giro a la historia del diálogo entre las
llamadas «Iglesias hermanas». El Patriarca de Rumania
Tectist, junto con el presidente del país, rompieron ese
muro al invitar a Juan Pablo II a visitarlo. Fue una experiencia
inolvidable, que tuvo numerosas manifestaciones, pero
que hemos de reducir a dos, apremiados por el espacio
concedido a esta exposición.
En primer lugar, ver al
Papa junto al Patriarca y al presidente de la nación rumana
recorriendo una decena de kilómetros desde el aeropuerto
hasta la sede patriarcal, en medio de una muchedumbre
que gritaba incansablemente: ¡Viva el Papa, viva el Papa!,
siendo ortodoxos la mayoría de los manifestantes. Y el
segundo suceso tuvo lugar durante la celebración de la
Eucaristía por el Papa en una de las grandes plazas de
la ciudad, cuando la muchedumbre, también en su mayoría
ortodoxa, comenzó a gritar, como suele hacerse en los
campos de fútbol: ¡Unitate! ¡unitate! ¡unidad! ¡unidad!
Y el Pontífice, volviéndose al Patriarca le dijo: «Mire
lo que proclama la gente. ¡Que debemos unirnos!».
La prensa del país y todos
los medios de comunicación social durante los dos días
estuvieron totalmente comprometidos con el suceso. Suceso
impresionante y comprometedor. La revista lo cuenta con
detalle a través del cuadragésimo séptimo de sus números,
con intervenciones de dos testigos presenciales del acontecimiento,
entre ellos el director de la revista, autor de esta presentación–artículo,
y de Teófilo Moldovan, sacerdote ortodoxo–rumano en España.
PUNTO FINAL
Con mi intervención hemos
llegado al punto final de esta etapa cincuentenaria de
la revista. En este número hay colaboraciones muy interesantes
sobre puntos notables del quehacer ecuménico. El Padre
Pedro Langa presenta una visión panorámica de la ecumenicidad
del Jubileo. Carmen Márquez, del Centro Ecuménico de Valencia,
presenta dos aportes sobre las experiencias ecuménicas
vividas en la Asamblea de Harare: «El ecumenismo a través
de las mujeres», y se adentra en la exposición de uno
de los temas más difíciles del ecumenismo: conceptos de
unidad y modelos de unión en relación con la eclesiología.
El investigador del mundo
de las religiones José Demetrio Jiménez nos presenta otras
caras de la divinidad, tal como las contemplan los pobladores
de las zonas andinas. Manuel Alcalá bucea en la calidad
ecuménica de la II Asamblea de Obispos de Europa. Y Pedro
Langa se alegra, y razón tiene para hacerlo, de «la dimensión
ecuménica del viaje papal a Tierra Santa», ya entrado
el año presente.
OTROS TEMAS
Hay, además, otros números
de la revista, cuyos textos no están referenciados, como
el dedicado a la Séptima Asamblea del CEI de febrero de
1991, en Canberra (Australia), sobre el Espíritu Santo,
con artículos de Vidal Regaliza, Héctor Vall, Antoni Matabosch,
Julián García Hernando y María José Delgado, así como
los referentes a la I Asamblea de la KEK y el CCEE, celebrada
en Basilea en 1989, poco antes de la caída del «telón
de acero», donde se presentan las conferencias de doce
de sus participantes.
Otros números hacen alusión
al diálogo interreligioso en España y se centran en este
sentido en algunos de los Congresos entre cristianos y
musulmanes, como los dos últimos tenidos en Córdoba, más
el celebrado en Madrid con motivo de la inauguración de
la Mezquita de la «M–30», y el que tuvo lugar en Alcalá
de Henares en 1994 bajo el título «Tres religiones, un
compromiso de paz».
Pastoral Ecuménica ha publicado
amplias reseñas de cada uno de los XXIX Encuentros Interconfesionales
e Internacionales de Religiosas, celebrados a lo largo
de la geografía europea, y el Congreso sobre «Sectas y
nuevos movimientos religiosos», organizado por la Comisión
Episcopal de Relaciones Interconfesionales, con trabajos
de investigación y exposición de expertos en la siempre
difícil temática del sectarismo como Manuel Guerra, Atilano
Alaiz, Francisco Azcona San Martín y Cándido Martín Estalayo.
El resto de sus páginas
lo han ocupado, en su mayor parte, las secciones de Miscelánea,
Documentos, Movimiento Ecuménico (con los apartados Ecumenismo
en el mundo; Ortodoxia; y Ecumenismo en España) y Recensiones,
a las que, últimamente, se han añadido Movimiento Interreligioso
(con los apartados de Religiones No Cristianas y Sectas
/ Nuevos Movimientos Religiosos), los dos a cargo de Juan
García Biedma, experto en esas materias y miembro de la
Secretaría y Administración de la revista.
Pastoral Ecuménica pide
perdón a sus lectores de los fallos en que haya caído
y promete continuar su servicio en esta tarea formativa
e informativa sobre uno de los problemas más importantes
de la actualidad eclesial como es el ecumenismo, al que
se suma también el otro diálogo, el interreligioso. Y
les agradece su constancia y fidelidad y el apoyo material,
sin los que no hubiera podido estar en la plaza pública
con su opinión y su aportación al trabajo ecuménico.
Pastoral Ecuménica, en
este número extraordinario quiere también dejar constancia
de profundo agradecimiento por la generosa colaboración
prestada con sus trabajos y su saber a un gran número
de autores, amigos todos del Centro Ecuménico y del Instituto
«Misioneras de la Unidad», en su mayoría profesores y/o
especialistas en las materias tratadas, y que a continuación
citamos por orden alfabético como reconocimiento. Sin
sus aportaciones la revista no hubiese alcanzado los objetivos
que se propuso:
ALAIZ,
Atilano,
ÁLVAREZ
GÓMEZ, Jesús,
ANSÓ,
Javier,
ARJOMANDI,
Farshad, (Bahá'í)
AZCONA
SAN MARTÍN, Francisco,
BALAN, Ioanikie Père,
BECKER, Thierry,
BENDAMAN, Moshe, (Judío)
BESTARD, Joan,
BIANCHI, Enzo,
BORRMANS, Maurice,
BOSCH, Juan,
BOTAM, Joan,
BRIA,
Ion,
BUENO
DE LA FUENTE, Eloy:
CAPO,
Humberto (Protestante),
CASES, José María,
CASTRO,
Emilio (Protestante)
CATHERINE,
Sor, Comunidad de Grandchamp,
CHARALAMBIDIS,
CIACANU,
Eustoquia Madre,
CIBIOTEA,
Daniel,
CONDREA,
Corin–Nicolae:
CORTABARRÍA,
Ángel,
COSMA
FILOTEIA, Monahia,
DAUCOURT,
G.,
DELGADO,
María José,
DELIUS,
Ramón,
DÍAZ
PINEDA, Manuel,
DIEZ,
José Luis,
DUPREY,
Pierre,
EDDINE
HAFFEZ, Salah, (Musulmán)
ETCHEGARAY,
Roger,
FERNÁNDEZ
ALONSO, E.,
FERNÁNDEZ–PACHECO
SÁEZ, José Luis
FLOREZ,
Gonzalo,
FORTINO,
Eleuterio
FREYCHET, M.–BEHR-SIGEL, E.–THURIAN,
Max, (Protestantes)
GALERIU,
C.,
GARCÍA
HERNANDO, Julián:
GARCÍA
DE LEÁNIZ, Marta,
GARCÍA
CORTES, Carlos,
GARCÍA-BAQUERO,
Isabel,
GARCÍA
PAREDES, José C.R.
GARCÍA
BIEDMA, Juan,
GESTEIRA
GARZA, Manuel,
GIL
BARTOLOMÉ, Juan Carlos:
GNANADASON,
Aruna,
GONZÁLEZ
CANO, Piedad,
GONZÁLEZ
DORADO, Antonio,
GONZÁLEZ
HERRERO, Manuel
GONZÁLEZ
BUENO, Manuel,
GOUTAGNY, P. André E.,
GRACIUN,
Casiano,
GUERRA
GÓMEZ, Manuel,
HERNÁNDEZ
MARTÍNEZ, José María,
JARA
VERA, Vicente:
JIMÉNEZ,
José Demetrio:
KASSAPOVA,
Suzana Sor,
KOLARIC,
J.,
KYRILL,
(Ortodoxo)
LACUNZA
BALDA, Justo,
LANGA,
Pedro,
LANNE,
Emmanuel,
LARRABE,
José Luis
LIMOURIS,
G.,
LLAMAS,
Enrique,
LÓPEZ
MARTÍN, Julián
LOZANO
BARRAGAN, Javier,
MÁRQUEZ
BEÚNZA, Carmen
MARTÍN
ESTALAYO, Cándido,
MARTÍN
HERNÁNDEZ, Francisco,
MARTINI,
Carlos María-ARNOLD, John,
MATABOCHS,
Antoni,
MEYER,
Sor Samuelle
MICHALON, Pierre:
MICHEL, Thomas,