D.
JULIÁN, AMIGO Y HERMANO DE LOS EVANGÉLICOS
ESPAÑOLES
(Luis Ruíz Poveda, Pastor de
la Iglesia Evangélica Española)
|
|
Es difícil entender que
un eclesiástico, erudito, formado religiosamente en un
contexto histórico y social de «nacional catolicismo»
y, en consecuencia, anti–protestante, haya podido aproximarse
tanto a sus hermanos cristianos no católicos.
Hoy, sin duda, sería muy
fácil, puesto que el movimiento ecuménico, asentado en
un diálogo teológico constante, y vivenciando un clima
de libertad religiosa, nos permite a todos proclamar con
cierta complacencia nuestro talante interconfesional.
Pero don Julián vivió y sufrió los profundísimos dolores
del "parto" ecuménico en la España de los sesenta,
es decir, la España que perseguía a los «no–católicos»
restringiendo sus derechos civiles, la España cuya única
confesión cristiana oficial era la católica, la España
anterior a la democracia y al concilio Vaticano II, y
, por qué no decirlo, la España de la minoría protestante
anti–católica y anti–clerical.
Cuando, en 1968, algunos
católicos y protestantes determinaron poner en marcha
el «Comité Cristiano Interconfesional», nos encomendaron
a él y a un servidor la difícil y extraordinariamente
compleja tarea de ser los co–Secretarios del mismo, ya
que no pareció oportuno nombrar ningún presidente, tarea
ardua y compleja, mucho más enrevesada de lo que podíamos
pensar e imaginar.
Don Julián, debía programar
y practicar el diálogo teológico y la oración para la
unidad de la Iglesia, pero la situación de desigualdad
entre la Iglesia católica y las otras confesiones, era
tan grande que se hacía absolutamente necesario, resolver
previamente, en la medida de lo posible, todos aquellos
casos de discriminación conocidos. De este modo, en la
lucha contra la injusticia y la discriminación, don Julián
se aproximó a nosotros. Visitó ministerios, juzgados,
se entrevistó con directores de cárceles, militares de
alta graduación de los tres ejércitos, directores de hospitales,
alcaldes y otras autoridades, logrando que se casasen
nuestros jóvenes, que saliesen del calabozo nuestros soldados,
que se enterrasen a nuestros muertos en los cementerios
municipales, que se abriesen nuestros templos clausurados.
Sin duda, su eficaz y penosa labor en favor de los evangélicos
españoles nunca será lo suficientemente conocida ni estimada
por todos.
Precisamente, en su intento
de armonizar su espíritu ecuménico con esta «empatía evangélica»,
se encontró con la incomprensión y el rechazo de algunos
obispos y jerarcas de su Iglesia, y, naturalmente, también
con la desconfianza y el recelo de los creyentes evangélicos.
De don Julián y de su consagración
a la causa ecuménica podríamos hablar indefinidamente,
pero yo prefiero recordarle siempre, más que como piedra
angular del movimiento ecuménico en España, como mi amigo,
o mi hermano mayor. El siempre me ha mostrado una amistad
generosa y auténtica. En este sentido recuerdo con cariño
algunos casos significativos: Tenía yo un problema económico
en la Iglesia y el bueno de don Julián me ofreció todos
sus ahorros [15.000 Ptas. de entonces], que gracias a
Dios no fueron necesarios. Un enfermo de mi Iglesia estaba
a punto de morir si no recibía una trasfusión de sangre.
Coincidía con la de don Julián, y este, inmediatamente
se ofreció a dar la suya para salvarle. En Camuñas, un
pueblecito de Toledo, el sacerdote de Madridejos levantó
al pueblo en contra mía y de mi mujer. De modo que, cuando
terminó el servicio religioso y fuimos hacia el coche,
nos cercaron, zarandearon y escupieron, gritando: «¡Fuera
los protestantes!». Nos pincharon las ruedas del coche.
Llamamos entonces a don Julián, y no sé lo que hizo, ni
con quien habló, pero allí apareció la pareja de la Guardia
Civil obligando a los mismos que nos habían pinchado el
coche a repararlo. Semanas más tarde, monseñor Granados,
por entonces arzobispo de Toledo, trasladó al sacerdote
de Camuñas a otro pueblo.
De don Julián, piedra de
tropiezo para algunos integristas evangélicos, y profundamente
querido y respetado por la mayoría de ellos; sólo cabe
añadir que si nosotros los protestantes tuviésemos santos
él sería uno de ellos.