ARDIENTE
PROMOTOR DE RELACIONES ECUMÉNICAS
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El
anciano cardenal Willebrands, frisaba ya los 97, se fue
a la casa del Padre en la madrugada del 2.VIII.2006 desde
Saint Nicolaasstichting, convento de las Hermanas Franciscanas
en Denekamp, noroeste de Holanda, domicilio suyo estos
años de recta final. Nuestra prensa ni le dedicó
titulares apenas, ocupada esos días en informar
de que un verano más la Península se estaba
quemando y por los montes de Galicia había fuego
a discreción. Sólo algún dato suelto
con el frívolo matiz longevo, pero de su principal
vocación, el ecumenismo, nada o casi nada. Lo cierto
es, sin embargo, que con él desaparecía
uno de los Padres conciliares de mayor peso específico
en el Vaticano II.
Con sendos telegramas
a Kasper y Simonis, sucesores del difunto en el Pontificio
Consejo y en Utrecht, Benedicto XVI destacó su
trabajo en las relaciones ecuménicas, «de
las que fue ardiente promotor al servicio del Pueblo de
Dios». También llegaron de Ginebra condolencias
por la muerte del «servidor honorable y devoto del
Evangelio y de la causa de la unidad entre cristianos»
y por «su estrecho y fecundo compromiso de colaboración
con el Consejo Mundial de Iglesias (= CMI)». «No
era hombre de muchas palabras, pero tuvo muchos amigos»,
comentó el cardenal Kasper durante las exequias
que el 8 de agosto presidió en la catedral metropolitana
de St Catharina, de Utrecht, concluidas por el obispo
griego del Patriarcado ecuménico, Máximos
de Evmenia, y en las que se dieron cita, junto a representantes
de numerosas Iglesias, el primer ministro holandés,
Jan Peter Balkenende, que definió al extinto como
«incansable constructor de puentes entre católicos,
cristianos y judíos», y el ministro de Justicia,
Piet Hein Donner. Se le dio sepultura en el cementerio
de Santa Bárbara, junto a las tumbas de sus predecesores,
los cardenales Jan de Jong y Bernard Alfrink.
Había él
mismo desvelado al Programa alemán de la Radio
Vaticana en 1989 la máxima de su vida: «El
amor que Cristo ha requerido de Pedro, no se circunscribe
a un grupo, ni siquiera a la Iglesia católica:
todos son ovejas suyas. Y por ello, el amor va dirigido
a todos los cristianos, y este amor exige ante todo la
unidad, porque hay mucho sufrimiento cuando una familia
está dividida. En este espíritu he concebido
mi nueva tarea y la he desarrollado con todo el corazón
y con todas las fuerzas -espirituales y materiales- que
Dios me ha dado; el Señor me ha bendecido y yo
le agradezco profundamente por haberse servido tanto tiempo
de mi trabajo a favor de su Iglesia».
Datos para una
semblanza
Johannes Gerardus Maria
Willebrands, había nacido el 4.IX.1909 en Frise
occidental (Bovenkarspel: diócesis holandesa de
Haarlem: Países Bajos). Cursadas Filosofía
y Teología en el Seminario Mayor de Warmond, y
ordenado de presbítero el 26.V.1934, durante los
tres años siguientes frecuentó, en Roma,
el Angelicum, de cuyas aulas salió graduado con
el título de Doctor en Teología tras defender
una tesis sobre John Henry Newman.
Vuelto a Holanda, 1937,
ejerce por tres años de capellán en la Iglesia
de Begijnhof, (Amsterdam) y en 1940 empieza a regentar
la cátedra de Filosofía en el Seminario
Mayor de Warmond, del que cinco años más
tarde será nombrado Rector. «En 1946 –él
mismo lo recuerda- fui llamado a abandonar los estudios
y la enseñanza de la Filosofía para dedicarme
al restablecimiento de la unidad entre los cristianos,
una “llamada” que en el curso de los años
se ha revelado verdadera y propia vocación que
el Señor me ha inspirado desde lo alto».
Pronto, en efecto, empezó a demostrar vivo interés
por el ecumenismo como presidente de la Asociación
Wilibrordo, promotora de esta causa en Holanda. Ya en
1951, de hecho, organiza la Conferencia Católica
para las cuestiones ecuménicas (= CCCE) a la que
acuden un grupo de teólogos empeñados por
la unión de las Iglesias, y en 1958 el episcopado
holandés dispone que se ocupe de este campo. Tiempos
fecundos aquellos, sin duda, para el joven sacerdote.
Corría junio de
1960 cuando Juan XXIII nombró a Willebrands secretario
del apenas constituido Secretariado para la Unión
de los Cristianos (= SUC), condición en la que
trabajó durante las sesiones del Concilio Vaticano
II siempre bajo la guía maestra del cardenal Bea,
sobre todo preparando los documentos del ecumenismo (Unitatis
redintegratio), la libertad religiosa (Dignitatis
humanae), relación con las religiones no cristianas
(Nostra aetate) y divina Revelación (Dei
Verbum). Ya el Concilio en marcha, fue preconizado
para la Iglesia titular episcopal de Mauriana el 4.VI.1964.
Y el 28 de ese mes Pablo VI le confería la consagración,
asistiéndole como coconsagrantes los arzobispos
curiales Diego Venini y Ettore Cunial A partir de ahí,
puso en marcha numerosas iniciativas de diálogo
entre católicos, ortodoxos, anglicanos y luteranos,
y en cuanto miembro de los grupos mixtos de trabajo de
la Iglesia católica con el anglicanismo, la Federación
Luterana Mundial (= FLM) y el CMI.
Tras la muerte del cardenal
Bea el 16.XI.68, le llegan de Pablo VI el 12-V.1969 la
presidencia del SUC, hoy Pontificio Consejo para la promoción
de la unidad de los cristianos (= PCPUC), y el nombramiento
cardenalicio en el Consistorio del 28.V.1969 con el Título
diaconal de San Sebastián en las Catacumbas. El
6.XII.1975 –luego de la renuncia del Cardenal Alfrink–
es promovido al Arzobispado de Utrecht y, por tanto, para
Primado de Holanda, donde será también Presidente
de la Conferencia Episcopal Holandesa y Vicario Castrense
de los Países Bajos, que alterna con la presidencia
del SUC. Durante los cónclaves de 1978 entró
en las quinielas de papables y luego fue, asimismo,
con los cardenales Krol y Malula, Presidente Delegado
en la II Asamblea General Extraordinaria del Sínodo
de los Obispos (24.XI – 8.XII.1985). Camarlengo
del Sacro Colegio desde 1988 hasta 1993, el 3.XII.1983
presentó su renuncia a Utrecht y desde el 1.XII.1989
hasta su muerte, en fin, ha sido Presidente emérito
del PCPUC.
Vocación
ecuménica
«Mi empeño
ecuménico –habla él de nuevo- empezó
con la Asociación San Wilibrordo en los Países
Bajos, fundada después de la segunda guerra mundial
y sucesora de la Asociación apologética
San Pedro Canisio […]. Tenía como objetivo
la reconciliación en la unidad y la cristianización;
la unidad entendida en su dimensión ecuménica.
En los Países Bajos, después de los católicos,
los cristianos reformados forman la más numerosa
comunidad eclesial. Durante y después de la última
guerra hubo contactos y diálogos ecuménicos
entre responsables de Iglesias y teólogos de ambas
partes».
No las tuvo todas consigo
el joven profesor: «En un primer tiempo, dice, no
acepté esta petición. Por mis estudios en
el Angelicum de Roma y por el encargo que tenía
entonces como director de la sección de Filosofía
del Seminario mayor de la diócesis de Haarlem,
no me sentía preparado para este cometido. Sólo
después de mucha insistencia y la aprobación
de mi obispo acepté el nombramiento. En este cometido
un grupo de teólogos que conocía mejor que
yo el trabajo ecuménico, me introdujo y preparó
para mi futuro trabajo. Esta nueva tarea tomó después
forma definitiva con el nombramiento por parte del Papa
Juan XXIII para secretario del SUC, del cual, después
de la muerte del cardenal Bea, fui nombrado presidente
por el Papa Pablo VI. A partir de 1964, año en
el que Pablo VI me ordenó obispo con la específica
misión de actuar por la unidad de los cristianos,
consideré esta actividad como mi vocación
definitiva. Desde el inicio de mi implicación en
el trabajo ecuménico, pero de modo especial desde
cuando el Papa Pablo VI, con ocasión de mi ordenación
episcopal, me dijo: “Esta ordenación estará
al servicio divino para la unidad entre los cristianos”,
entendí esta misión como una llamada del
Señor, a mí encomendada por la Iglesia.
He tratado de profundizar esta vocación, participar
en la pasión de Cristo por la unidad de sus fieles,
conocer mejor el misterio de la comunión con Cristo
en la Iglesia». Vocación, pues, bien se ve,
sin fisuras.
En el mundo de
los teólogos y amigos
La estrecha relación
Willebrands/Congar –fue nuestro personaje quien
portó al eminente dominico, ya inválido
y en el crepúsculo de sus días, la birreta
cardenalicia en nombre de Juan Pablo II- salta a la vista
en muchas páginas de Mon Journal du Concile
y de Diario de un teólogo (1946-1956).
Cabe decir otro tanto con las Memorias de
H. Küng. «Frans Thijssen y Jan Willebrands
–recuerda de 1952 el de Sedán- son los artífices
de la inflexión hacia el ecumenismo de la principal
organización de conversión de los Países
Bajos, la San Wilibrordo. Este éxito convirtió
a ambos en los apóstoles de una colaboración
internacional entre ecumenistas; ellos cogieron su bastón
de peregrino y convencieron a la mayoría de sus
interlocutores, incluyendo a los romanos, de la viabilidad
de la empresa».
Más explícito
y marchoso resulta Hans Küng: «Estos holandeses
han hecho la obra de arte de tejer, desde el comienzo
de los años cincuenta, una red internacional de
teólogos con sensibilidad ecuménica (con
apoyo episcopal). En entrevistas personales en Roma empiezan
convenciendo a los influyentes jesuitas Bea, Tromp
y Leiber, y al final incluso al cardenal Alfredo Ottaviani,
cuyo “Santo Oficio”, de acuerdo con la instrucción
antiecuménica “Ecclesia catholica”
de 1950, tiene sometidas a estricta vigilancia todas las
operaciones ecuménicas que se producen en la Iglesia
católica. Esa CCCE, como plataforma de contactos
entre unos y otros e intercambio de información,
no parece peligrosa doctrinalmente y más bien resultaría
útil para la Iglesia católica. Normalmente
el Vaticano desconfía de las asociaciones católicas
internacionales en las que él no tiene la última
palabra. En la primera sesión de la Conferencia,
en la Friburgo suiza, en 1952, tuvo que renunciar a llamarse
como originalmente había deseado Willebrands: “Consejo
Ecuménico Católico”».
Dos cosas destacan entre
Willebrands y Visser't Hooft, tantos años Secretario
General del CMI: ambos nacen en la misma región
holandesa (Haarlem) y son nombrados a la hora de jubilarse
–es una manera de decir, pues nunca, en realidad,
se jubilaron-, presidentes honorarios, cada cual
de su respectivo organismo. Willebrands, del PCPUC. Visser't
Hooft, del CMI. Pero hay que ver su amistad entre bambalinas,
sobre todo cuando la fundación del CMI en Amsterdam
(1948), aunque también luego, en numerosos eventos
sucesivos. Que pudo asesorarse del gran paisano y amigo,
lo eran de verdad, a la hora de poner en marcha la idea
ecuménica confiada por el episcopado de los Países
Bajos es indudable. Luego, ya con el Secretariado a cuestas
y en vísperas del Concilio, la vieja amistad floreció
en proyectos y amigos comunes: Bea, por ejemplo.
«Queda claro –escribe
Willebrands a Küng a propósito de un atrevido
libro de éste en inglés- que ha despertado
una amplia comprensión y buena acogida del Concilio
entre los no católicos y que, no en menor medida,
significa una llamada a la conciencia de los católicos
sobre la verdadera importancia y finalidad del Concilio.
De forma indirecta el libro ha sido también muy
importante para el trabajo de nuestro Secretariado»
(18.VII.1962). Y sobre la posible visita de Barth al Concilio,
he aquí una carta del holandés, con fecha
de 17.IX.1963 y el sello de «confidencial»,
a su amigo el teólogo suizo, cuya tesis doctoral
había versado precisamente sobre la Justificación
en Karl Barth: «Después de comentar a su
Eminencia (el cardenal Bea) la posibilidad de invitar
a Karl Barth por parte del Secretariado para la Unidad,
él se ha mostrado de acuerdo en principio. Querría
pedirte, por eso, que tú hables con Karl Barth
sobre esa posibilidad. Tan pronto como hayas hablado con
él sobre la posibilidad de su invitación,
dímelo. No se trata, por supuesto, de “conquistarlo”;
debes exponerle las cosas con total libertad y descartar
cualquier motivación egoísta por nuestra
parte. Agradecido por tu servicio y con la esperanza
de verte de nuevo en Roma pronto. Tuyo. Johannes».
El complemento de esta
historia viene de Congar el sábado 24.XI.66: «Willebrands
me ha contado la estancia de Barth, actualmente en Roma
y que debe ser recibido por el Papa el lunes. Barth ha
estudiado los textos del Concilio durante un mes. Ha redactado
cuestiones sobre cada uno y viene a la fuente, a Roma,
para obtener la respuesta. Ayer, ha examinado el De
oecumenismo y el De libertate religiosa.
El De libertate no le gusta. Se ha alineado sobre
la moderna idea de dignidad de la persona humana. El mejor
texto, a los ojos de Barth, es Ad gentes».
Willebrands asiste como
invitado especial a la Asamblea general de Upsala (CMI),
y se mueve entre bastidores preparando la visita del doctor
Fisher a Juan XXIII, echando las bases de ARCIC, llevando
el mensaje personal de Pablo VI a la X Conferencia de
Lambeth y, en fin, acompañando hasta Patrás
a Bea, portador de la reliquia de San Andrés.
Fue el primer eclesiástico
en viajar a la Unión Soviética después
de 1917, no, por cierto, Casaroli como algún periodista
tiene escrito por ahí: llegó a Moscú
el 27.IX.1962 para gestionar el envío de observadores
de la Iglesia ortodoxa rusa al Concilio. «Si debo
hablar de los sentimientos que me acompañaron en
aquel viaje –desvelaba no hace mucho-, subrayaría
sobre todo el gran sentido de responsabilidad, también
porque el Secretario de Estado había autorizado
el viaje, pero declarándome que lo hacía
bajo mi directa responsabilidad. Tenía, sin embargo,
el pleno apoyo del cardenal Agustín Bea, presidente
del SUC. Por tanto, no fui “enviado por la Santa
Sede” sino sólo autorizado a emprender el
viaje, que caía enteramente bajo mi responsabilidad».
Sólo semanas antes,
aclaraba sobre el mismo asunto, «en 1962, durante
una reunión del Comité central del CMI,
tenido en París, me entrevisté con el metropolita
Nikodim, responsable del Patriarcado de Moscú para
las relaciones internacionales y hablé largo con
él. El metropolita estaba muy interesado en conocer
el pensamiento de Juan XXIII sobre el Concilio. Oídas
mis explicaciones, él observó: “Todo
lo que me está diciendo es muy interesante e importante
también para nuestra Iglesia, la cual, sin embargo,
está en Moscú, no en París”.
Yo repliqué: “¿Es una invitación
a ir a Moscú?”. El se limitó a repetir:
“Nuestra Iglesia está allí, y sería
interesante que también allí escuchasen
lo que me acaba de decir”. Sí, era una invitación
indirecta pero clara. Quisiera notar que tal encuentro
fue anterior a aquél, ahora bastante publicitado,
entre el cardenal Tisserant y el metropolita Nikodim».
El lunes 6.XII.65 Bea
invita a comer a los que han trabajado en el Secretariado.
Son los últimos días del Concilio y Congar
detalla –nótese el trajín que se traían
los oficiales del organismo vaticano en esas horas- que
Bea está ausente y «Willebrands llega tarde
a nuestra comida porque ha estado a recibir en Fiumicino
a monseñor Nikodim, que llega de Moscú para
asistir a la clausura». Y al día siguiente,
esto: «Willebrands lee, en francés, el texto
de abolición de las excomuniones mutuas entre Roma
y Constantinopla».
Y como de Nikodim va la
cosa, no estará de más recordar el reciente
reportaje de 30Días al cumplirse los 28
años de la repentina muerte del Metropolita ortodoxo
en brazos de Juan Pablo I. «Recuerdo un pequeño
episodio –tercia el P. Miguel Arranz aludiendo primero
a la rápida elección del papa Luciani-.
Íbamos hacia la plaza de San Pedro en el momento
en el que a lo largo de la vía de la Conciliación
pasaban los coches de los conclavistas que aquella noche
se habían quedado en el Vaticano, y en un momento
dado uno de aquellos coches se detuvo frente a nosotros.
Era el del cardenal Willebrands, entonces presidente del
SUC. Willebrands bajó del coche y dirigiéndose
al metropolitano Nikodim exclamó: «¡Ha
sido el Espíritu Santo! ¡El Espíritu
Santo!…». Imagínese, un hombre racional,
frío como el mármol, como el cardenal Willebrands
bajando del coche y exclamando de aquel modo. Nikodim
se quedó inmóvil… Me miró
con expresión interrogativa. Seguimos andando y
una vez llegados a la plaza de San Pedro nos colocamos
casi justo debajo del balcón».
Al telegrama de condolencia
que Juan Pablo I hizo llegar al patriarca Pimen, su sumaron
conmovidas declaraciones de nuestro purpurado holandés,
del Prepósito General de los Jesuitas y de otras
autoridades eclesiásticas. Willebrands, además,
acogió en la iglesia de Santa Ana, Vaticano, a
la delegación rusa venida para llevarse los restos
del difunto, que partieron en avión de Fiumicino
a Leningrado el 8.IX.1978 por la mañana. Vuelo
en el cual, junto a dicha delegación, iba la vaticana
presidida por Willebrands, quien aquella misma tarde celebró
ante el féretro un oficio de difuntos en lengua
latina, y el 9 de septiembre, durante las exequias que
presidió Pimen, tuvo uno de los discursos fúnebres
en la ceremonia de la sepultura. No podía faltar
el pastor, el ecumenista, el amigo que años atrás,
de modo inconsueto, había podido bendecir conjuntamente
con el ahora difunto a los fieles ortodoxos de la catedral
de Leningrado.
Liberación
del metropolita ucraniano Slipyj
Ninguna frase mejor para
definir sus eficaces gestiones en la compleja historia
de la liberación del metropolita grecocatólico
Josyf Slipyj que ésta de monseñor Loris
F. Capovilla, secretario particular de Juan XXIII, escrita
en la breve nota que éste introdujo por debajo
de la puerta del dormitorio de Su Santidad a las 24.30
de aquel inolvidable 9.II.1963: «Monseñor
Willebrands ha prestado un óptimo servicio desde
todos los puntos de vista». Fueron horas aquellas
en verdad históricas por el alcance que revestía
un hecho al fin y al cabo fruto de las buenas relaciones
del momento entre Juan XXIII y Kruschev: se estaban echando,
por decirlo así, las bases de cuanto habría
de conocerse pronto como la Ostpolitik.
La operación salió
redonda gracias al bondadoso y profético Juan XXIII,
prácticamente solo en esas horas, excepción
hecha de los cardenales Cicognani, Secretario de Estado,
Testa, Prefecto de la Sagrada Congregación para
las Iglesias Orientales, Bea, Presidente del SUC y, naturalmente,
monseñor Willebrands, viejo amigo de Nikodim y
de los observadores rusos en el Concilio, el protopresbítero
Vitali Borovoi y el archimandrita Vladimir Klotiarov,
hoy metropolita de San Petersburgo. Debidamente informada
del proyecto, la Santa Sede autorizó a finales
de enero de 1963 el viaje de Willebrands a Moscú
con el fin de llevar aquella nave a buen puerto: «esta
vez, matiza en la entrevista, fui como enviado del Papa».
A uno, que trabó
amistad con monseñor Iván Choma, secretario
y albacea del cardenal Slipyj, y que llegó a saludar
a éste en persona y conversar con él más
de una vez y más de dos en los jardines vaticanos,
la descripción que del ucraniano hace nuestro holandés
se le antoja de absoluta precisión: «figura
austera –dice-, alta, majestuosa, con larga barba
gris que le definía el rostro marcado por largos
años de cautiverio, mirada humilde e indómita
en aquellos luminosos y penetrantes ojos azules».
Nunca los viajes de Willebrands al Este tuvieron carácter
diplomático, para eso estaba Casaroli, sólo
«religioso, teológico, y miraban principalmente
a las relaciones con la Iglesia ortodoxa».
Willebrands y los
documentos del Concilio
Fue de veras ingente su
trabajo en ellos. Y durante la llamada Semana negra
del Concilio, yo añadiría incluso que
providencial. «Esta tarde –refiere Congar
el viernes 19.II.65- Willebrands habla de los retoques
hechos al De oecumenismo. Hubo tres intervenciones
del Papa. Los 19 retoques vienen de la 2ª. Mas el
Papa había recibido [¿de quién?]
una lista de una cuarentena de retoques. Cuando llamó
a Willebrands, él había ya subrayado, con
bolígrafo azul, las más graves de estas
correcciones, las que verdaderamente afectan al texto.
Pablo VI ha incidido en la que, en lugar de: “Spiritu
Sancto movente…inveniunt”, dice “invocantes
Spiritum sanctum…inquirunt”. La Iglesia
católica, por la voz suprema del concilio, no podía,
decía él, o sea el Papa Montini, proclamar
en general el primer enunciado». En cuanto a la
3ª intervención, en plena noche del 19 al
20 [de noviembre de 1964], monseñor Willebrands
pura y simplemente la rechazó. Es exacto, me dice
Willebrands, que Pablo VI se lamenta de no haber recibido
el texto del De oecumenismo a tiempo. Lo había
olvidado. ¿Por la falta de quién? Pablo
VI dijo a Willebrands: “de la burocracia”.
Por el contrario, el Papa pide que nuestro texto sobre
la libertad religiosa se le comunique y explique antes
incluso de dárselo a los obispos del Secretariado.
Dijo a Willebrands: me lo mandáis con 2 ó
3 de vuestros peritos y allí, en torno
a una mesa, yo plantearé cuestiones, ellos me explicarán,
yo veré si es satisfactorio».
Vuelve el sábado
30.X.65 sobre los votos de los últimos días.
«Me dice –anota Congar- que la víspera
de la promulgación de la Declaración sobre
las religiones no cristianas hay todavía una marcha
hasta el Papa para que esta promulgación no tenga
lugar. Se arguye de una inexactitud en la citación
de Rom 11, 28-29, donde hay manent en lugar de
sunt. Algunos días antes, Felici sólo
había anunciado la promulgación de cuatro
textos […]. En este momento, Máximos IV
había preparado una carta al Papa para pedirle
que el texto de la Declaración sea promulgado el
28.X. Esto es interesante. Se habla también del
De Revelatione: este título, dice Willebrands,
viene de Juan XXIII, que lo empleó (en lugar del
De fontibus Revelationis) cuando instituyó
la Comisión mixta». Congar y Willebrands,
pues, se traían entre manos interesantes comentarios
conciliares, de gran valor testimonial.
Su relación
con Bea, Pablo VI y Juan Pablo II
Un trío por tantos
conceptos singular, irrepetible, único. Su amistad
con Bea databa de los remotos tiempos en que éste
había sido Rector del Pontificio Instituto Bíblico.
Sus frecuentes viajes a Roma le acercaban invariablemente
hasta la celda del jesuita, donde conversaban sobre mil
y una historias del ecumenismo, cuando este término
no se podía casi ni pronunciar a orillas del Tíber.
Desde entonces nunca se apartó de la huella bíblica
de Bea, a quien asistió en el momento de la muerte,
y cuyos restos acompañó hasta la sepultura
en su pueblo natal de Alemania: Riedböhringen.
Documentos conciliares, viajes, entrevistas fueron siempre
de la mano en uno y otro. De modo que hoy sería
imposible comprender de lleno a un Bea del Concilio desvinculado
de Willebrands. E igual a la inversa.
Arriba quedan algunas pinceladas
sobre lo que Pablo VI supuso en nuestro purpurado. El,
por su parte, ayudó mucho al Papa Montini en las
gestiones ecuménicas. A lo ya dicho, cumple añadir
la preparación de encuentros históricos
como el de Atenágoras en Jerusalén. En diciembre
de 1971 se llegó hasta el Fanar para entregarle
al anciano Patriarca el Tomos Agapis (el tomo
de la fraternidad): 285 documentos intercambiados entre
la Iglesia de Roma y el Patriarcado ecuménico entre
1958, año en que murió Pío XII, y
1970. También presidió Willebrands la delegación
oficial de la Iglesia católica que asistió
a la entronización de Shenouda III, como 117 Patriarca
sucesor de San Marcos en Alejandría (Egipto: 19.XI.1971).
Y dígase lo propio del Patriarca Dimitrios I, a
quien acompañó cuando su viaje a Roma. Lo
mismo que al Dr. Ramsey en la visita de éste al
Vaticano (23-24.III.66). O tantas veces al metropolita
ortodoxo Melitón de Calcedonia, con quien le unían
estrechos lazos de amistad.
En cuanto a Juan Pablo
II, se sabe que poco después de su elección,
le encargó el organizar una visita papal al Patriarca
ecuménico Dimitrios I en su antigua Sede de Constantinopla.
Y facilitar asimismo el rumbo hacia Cantorbery. Su correspondencia
oficial con la Jerarquía de Lambeth antes y después
del paso de la ordenación de mujeres, será
en el futuro tema de estudio para teólogos y ecumenistas,
y hasta materia de tesis doctorales. Su respuesta al arzobispo
Runcie, por ejemplo, abundó sobremanera en dos
puntos. Primero, la ruptura con la tradición emprendida
de manera unilateral por unas Iglesias anglicanas divididas
lleva a la grave pregunta de hasta qué punto entiende
el anglicanismo la naturaleza de la Iglesia y su
relación con una tradición autoritativa.
Segundo, alterar la tradición implica una “innovación
radical” que pone en peligro un concepto sacramental
del sacerdocio como signo visible del sacerdocio perdurable
de Cristo en la Iglesia.
De no menor interés
van a ser algunas declaraciones suyas sobre Lutero. En
la V Asamblea plenaria de la Alianza Luterana Mundial,
celebrada el año 1970 en Evian, se atrevió
a dar un paso, en su discurso oficial, hacia una rehabilitación
de Lutero y la Reforma, y pudo «comprobar con gozo
que en los últimos años ha surgido entre
los estudiosos católicos una visión más
exacta científicamente de la figura y la teología
de Martín Lutero», palabras que provocaron
gran indignación entre las personalidades más
influyentes de la curia romana. Juzgadas, sin embargo,
desde la distancia, comprueba uno que, si por un lado
pudo reconocer en nombre de la Santa Sede que Lutero fue
«una personalidad profundamente religiosa y que
había buscado sinceramente y con abnegación
el mensaje del evangelio», por otro, leída
la parte doctrinal de la declaración atentamente
[cf. Positions Luthériennes 4 (1970) 328-330],
ves que la amabilidad de las intenciones y la franqueza
de la explicación teológica no dejan escapar
ninguna concesión.
Volvió, de hecho,
por escrito el 14.VII.1971 para puntualizar: «El
Santo Padre no cree posible en el momento actual dar un
paso en el asunto de Martín Lutero que vaya más
allá de lo que yo, en cuanto presidente del órgano
competente de la Santa Sede, manifesté ante la
Asamblea Plenaria de la ALM, reunida en 1970 en Evian-les-Bains,
de acuerdo con el estado actual de la investigación
católica sobre Lutero». Fueron por eso decisivas
su intervenciones para que el 31.X.1983, Juan Pablo II
le escribiese con motivo del V Centenario del nacimiento
del Reformador resaltando el «profundo sentimiento
religioso» de Lutero, que había dado forma
a una personalidad «movida con pasión abrasadora
por la cuestión de la salvación eterna.
Para cerrar la brecha abierta en el siglo XVI entre el
catolicismo romano y la reforma luterana haría
falta una investigación histórica continuada,
sin ideas preconcebidas, a fin de “llegar
a una imagen fidedigna del Reformador, de todo el período
de la Reforma y de las personas que participaron en ella.
Es necesario reconocer las culpas, sin parar mientes en
quiénes las han cometido».
El Milenario de Rusia
permitió a Su Eminencia Willebrands intervenir
de nuevo. La Santa Sede acudió a Moscú con
dos delegaciones: una encabezada por el cardenal Casaroli,
pero compuesta igualmente por los cardenales Willebrands,
Etchegaray y tres expertos; y otra del episcopado católico
con miembros de todo el mundo, entre ellos los cardenales
arzobispos de Viena, Hanoi, Milán, Varsovia, Múnich
y Nueva York, etc. Dentro de este ambiente, el gobierno
soviético había empezado a desbloquear,
con harto pesar del Patriarcado ortodoxo, la situación
con respecto a la Iglesia greco-católica de Ucrania.
Así que el 10 de junio Willebrands y Casaroli se
entrevistaron en el hotel Sovietskaia con dos obispos
ucranianos, Filemon Kurchaba y Pavlo Vasilik. Las autoridades
ortodoxas rusas lo lamentaron, pero nada podían
hacer para impedir tal reunión. Y en fin, a resultas
de la visita de Gorbachov al Vaticano en diciembre de
1989, tuvo lugar en Moscú del 12 al 17.I.1990 una
conferencia de católicos romanos y ortodoxos rusos,
al objeto de resolver la situación de la Iglesia
grecocatólica en Ucrania. La delegación
de la Santa Sede estuvo encabezada una vez más
por el cardenal Willebrands, presidente del SUC, y la
delegación ortodoxa por el metropolita Filaret
de Kiev, acérrimo enemigo de los católicos
ucranianos y hoy, por cierto, autoproclamado Patriarca
de la Iglesia ortodoxa de Ucrania, es decir, cismática
o escindida del Patriarcado de Moscú: ¡ver
para creer!
Su relación
con los judíos
Como presidente de la Comisión
de Relaciones Religiosas con los Judíos,
buscó mejorar los difusos lazos entre ambas religiones.
En la década de 1980 pidió mayor número
de profesores judíos en los institutos teológicos
católicos, para ampliar los estudios sobre el judaísmo.
Antes, durante y después del Concilio Vaticano
II su contribución fue notable. A juicio del cardenal
australiano Edward I. Cassidy, sucesor en la presidencia
del PCPUC, «fundamental». Para el rabino Israel
Singer, chairman del Congreso Judío Mundial,
«la estrecha colaboración del cardenal Willebrands
con el Congreso Judío Mundial y con el Comité
Judío Internacional sobre Consultas Interreligiosas,
ilumina la evolución alcanzada por las relaciones
judeo-cristianas tras dos milenios de encono. Fue pionero
y arquitecto de la reconciliación por parte de
la Iglesia católica, en lo que atañe a la
vinculación de la misma con los judíos,
que tuvo un progreso histórico durante el pontificado
de Juan Pablo II. A casi medio siglo después, somos
beneficiarios de aquella visión y de esos esfuerzos».
Aunque la Iglesia había
opuesto dura resistencia con la encíclica Mit
brennender Sorge de Pío XI, 1937,
hubo que esperar al Vaticano II para que los pasos reconciliadores
entre judíos y católicos se llegasen a dar.
El signo del cambio fue la declaración Nostra
aetate negada en redondo –idea de Willebrands-
a la acusación de deicidio que algunos
cristianos venían atribuyendo a los judíos.
En 1986, un papa visitó por primera vez la sinagoga
de Roma, hecho histórico que estableció
un clima de confianza entre ambas comunidades. Willebrands
anunció el 31.VIII.1987, durante un encuentro con
el Comité Judío Internacional, su intención
de escribir un documento sobre la Shoah, que
Juan Pablo II respaldó inmediatamente y cuya publicación,
pese a los buenos propósitos y a la indudable honestidad
intelectual e histórica del documento, desencadenó
un alboroto. También muchísimas reacciones
positivas, todo hay que decirlo. Y ahí están
para quien las quiera contrastar.
Sobre el incidente Weiss
(rabino de Nueva York que lideró a los asaltantes
del convento de las carmelitas de Auschwitz para forzar
su abandono) y luego de haber empeorado las cosas con
desafortunadas intervenciones los cardenales Macharski,
de Cracovia, y Glemp, de Varsovia, éste a causa
de un polémico sermón en Czestochowa, el
Vaticano hubo de terciar mediante declaración pública
de Willebrands, responsable del Diálogo internacional
judeo-católico, el cual declaró que Juan
Pablo II respaldaba el traslado de las monjas y que el
Vaticano prometía el apoyo financiero necesario
para la creación del nuevo centro. Ponderada y
oportuna intervención la suya, pues, que logró
suavizar la agitación social originada por los
incidentes, contribuyendo con ello a que la mayoría
de las partes implicadas abogaran por una rápida
y pacífica solución a la disputa, que no
hacía sino perjudicar la gran labor llevada a cabo
tras el Vaticano II en la mejora de las relaciones judeo-cristianas.
Personalidad del
presidente emérito del PCPUC
Figura clave la de Willebrands
en las acciones de la Iglesia católica para dialogar
con los cristianos acatólicos y con los judíos.
Se le conocía en el Vaticano como el «holandés
errante», debido a sus viajes por el mundo
promoviendo la unidad cristiana. Fue un lujo de la Iglesia
católica en ella y su brillante gestión
podrá calificarse algún día en los
manuales como esplendor ecuménico de la era
Willebrands. «En verdad que sus escritos, al
decir de monseñor Ablondi, tienen la prueba luminosa
de la pasión por la comunión»: era
un testigo apasionado porque de esta luz ecuménica
supo hacer él una vocación. También
lo fue autorizado porque durante muchos años, al
frente de la responsabilidad ecuménica en la Iglesia
en cuanto presidente del SUC, vivió junto al Santo
Padre y provocó tantos acontecimientos en la aventura
ecuménica de la Iglesia.
Racional y frío
como el mármol, dijo antes el P. Miguel Arranz.
Tranquilo, añado yo ahora, de prudencia diplomática,
siempre amable, un «prelado de manual», como
Hans Küng escribe en sus Memorias, precisando
además: «Sin el trabajo previo sobre todo
del animoso ecumenista católico Willebrands
-amigo del gran ecumenista protestante holandés
doctor Visser’t Hooft, secretario general del CMI
fundado en 1948- hubiera sido imposible llegar tan rápidamente
a un SUC, cuyo espíritu rector, con el cardenal
Bea al frente, no será otro que el de Jan Willebrands.
Para mí es un honor y un reto que Willebrands,
que desde el principio me tutea, me acoja en seguida como
benjamín en esta internacional CCCE».
Fuera o no brillante y
frío como el mármol, es lo cierto en todo
caso que un aire de sencillez y simpatía, de donosura
y compostura, un toque, diríase, de sensibilidad
eclesial y fineza de espíritu envolvía siempre
su modo de ser y estar. Sabía sobremanera eso:
estar, que a menudo, si no el todo, es al menos de lo
más importante. A uno se le antoja imprescindible
y propiciadora condición del diálogo. Los
espaciosos corredores del Palacio Apostólico en
Roma no encerraban secretos para él. Y menos aún
la proverbial diplomacia de sus monseñores, a quienes
conocía de largo y de cerca, que ya es conocer,
bien por lo que manifestaciones, o bien por cuanto insinuaban.
Personaje ciertamente de
la clásica escuela holandesa, revestido, eso sí,
de cortesía vaticana, de cordiales modos y finas
maneras, lo recuerdo, ya él jubilado, caminando
algunas tardes a paso lento, cansino, señorial,
en clergyman, tocado con el típico sombrero
negro de monseñor, alto y elegante, por la inmensa
plaza de San Pedro, haciendo alguna que otra vez el largo
recorrido desde el Portone di Bronzo hasta la
Piazza Pio XII: Congregación para las
Causas de los Santos en concreto, o sea en diagonal. Me
viene ahora mismo a la mente una tarde romana en el Centro
Pro Unione (Via S. Maria dell’Anima, 30) durante
una conferencia en inglés a la que fui cordialmente
invitado y asistí. Detrás de sus blancas
gafas lucían unos ojos vivos, los inquietos y dulces
ojos de su escrutadora mirada que al despuntar el 2.VIII.2006
se cerraron para siempre llevándose consigo rumbo
al buen Padre Dios las numerosas, inconfundibles y
tantas veces cálidas imágenes del ecumenismo
contemporáneo.
Nunca podrá salir
veraz y objetiva una historia del ecumenismo moderno que
prescinda de los servicios que este católico monseñor
holandés prestó. El porte sencillo
y a la vez elegante de su extraordinaria figura, sus finos
ademanes, el incansable dinamismo de sus pasos viajeros
consiguieron llevar a las plazas ecuménicas del
universo mundo una nota de señorío y distinción,
y los foros de la unidad cristiana salieron siempre enriquecidos
con su dialógica presencia, la típicamente
suya, la tantas veces compuesta de oportuna palabra, fecunda
pluma y sabio silencio. Apasionadamente enamorado del
ecumenismo y en primera línea de disponibilidad,
rompió moldes y cruzó fronteras sin
fin a la hora de servir a la Iglesia y amar al Cristo
del Ut unum sint. Sea él ahora su premio
y su corona.
Prof. Dr. Pedro
Langa Aguilar, O.S.A.