Hoy
más que nunca se alza una llamada a abrir caminos de confianza
hasta en las noches de la humanidad. ¿Presentimos esta
llamada?
Los
hay que, por el don de sí mismos, dan testimonio de que
el ser humano no está abocado a la desesperación. ¿Somos
de éstos? (1)
Una
urgencia que viene de las profundidades de los pueblos:
ir en socorro de las víctimas de una pobreza que conoce
un continuo crecimiento. Ésta es una necesidad fundamental
en vistas a una paz sobre la tierra.
El
desequilibrio entre la acumulación de las riquezas de
un cierto número y la pobreza de multitudes es una de
las cuestiones más graves de nuestro tiempo. ¿Haremos
todo lo posible para conseguir que la economía mundial
aporte soluciones?
Ni
las desgracias, ni la injusticia de la pobreza vienen
de Dios: Dios no puede más que dar su amor (2).
Y
hay un súbito asombro al descubrir que Dios mira a todo
ser humano con una infinita ternura y una profunda compasión
(3).
Cuando
comprendemos que Dios nos ama, y que ama hasta al más
abandonado de los humanos, nuestro corazón se abre a los
demás, nos volvemos más atentos a la dignidad de la persona
humana y nos preguntamos: ¿cómo preparar caminos de confianza
sobre la tierra? (4)
Aunque
estemos despojados de todo, ¿no somos llamados a transmitir,
por nuestras vidas, un misterio de esperanza a nuestro
alrededor? (5)
Nuestra
confianza en Dios es reconocible cuando se expresa por
el simple don de nuestras propias vidas: es ante todo
cuando se vive que la fe se hace creíble y se comunica
(6).
La
presencia de Dios es un soplo que llena todo el universo,
es un impulso de amor, de luz y de paz sobre al tierra.
Animados
por este soplo, somos conducidos a vivir una comunión
con los demás (7), y somos llevados a realizar la esperanza
de una paz en la familia humana... ¡Y que ella irradie
a nuestro alrededor! (8)
Por
su Espíritu Santo, Dios penetra en nuestras profundidades,
Él conoce nuestro deseo de responder a su llamada de amor.
Así podemos preguntarle: "¿Cómo descubrir eso que
Tú esperas de mí? Mi corazón se inquieta: ¿cómo responder
a tu llamada?"
En
el silencio interior, esta respuesta puede surgir: "Atrévete
a dar tu vida por los demás, allí encontrarás un sentido
a tu existencia."
Llegaremos,
quizás, a decirle a Dios:
"Los
días pasan y no respondía a tu llamada. Hasta llegué
a preguntarme: ¿tengo verdaderamente necesidad de Dios?
Vacilaciones y dudas me hacían alejarme de Ti.
Y
sin embargo, incluso cuando me creía lejos de Ti, me
esperabas. Me tenía por abandonado, y Tú estabas tan
cerca de mí.
Día
tras día, renuevas en mí una espontaneidad para sostenerme
en un sí a Cristo. Tu mirada de comprensión hace posible
que este sí me lleve hasta el último aliento."
La
fidelidad de toda una vida supone una atención sostenida.
A
lo largo de la existencia, el Espíritu Santo atraviesa
nuestras noches interiores y una transfiguración del ser
se realiza poco a poco (9).
En
un mundo donde las novedades tecnológicas provocan un
desarrollo jamás antes conocido, es importante no ignorar
las realidades fundamentales de la vida interior: la compasión,
la simplicidad del corazón y de la vida, la humilde confianza
en Dios, el gozo sereno... (10)
El
Evangelio despierta a la compasión y a una infinita bondad
del corazón. Éstas no tienen nada de ingenuas, pueden
exigir una vigilancia. Conducen a este descubrimiento:
buscar hacer felices a los demás nos libera de nosotros
mismos.
Y
una mirada de amor permite discernir la bondad del alma
humana.
La
simplicidad de nuestro corazón y de nuestra vida nos lleva
lejos de los caminos sinuosos donde se extraviarían nuestros
pasos (11).
Aquello
que más nos coge en el Evangelio, es el perdón, el que
Dios nos da, y el que nos invita a darnos los unos a los
otros. Incluso abatido y maltratado, Jesucristo no amenazaba,
perdonaba.(12) Vivo en Dios, no cesa nunca de ofrecer
la libertad del perdón.
En
Dios, ninguna voluntad de castigo.
Por
su perdón, Él borra lo que está herido en nuestro corazón,
a veces desde la infancia o la adolescencia.
Confiarle
todo a Él, hasta la inquietud... Y entonces reconocemos
que somos amados, reconfortados, curados (13).
Nunca
en el Evangelio, Cristo invita a la tristeza o a la morosidad.
Todo lo contrario, hace accesible un gozo apacible, e
incluso un júbilo en el Espíritu Santo (14).
Un
joven africano, que había pasado un año en Taizé, expresaba
cómo había descubierto poco a poco un gozo, después de
una dura prueba. Cuando tenía siete años, su padre fue
asesinado. Y su madre tuvo que huir muy lejos. Decía:
"He
querido reencontrar el amor de mis padres que me ha faltado
desde mi infancia. Entonces, he buscado una alegría interior,
esperando encontrar allí fuerza en el sufrimiento. Esto
me ha dado la capacidad de salir de la soledad de mi infancia.
Me he dado cuenta de la importancia de la alegría para
modificar las relaciones cotidianas y para conocer una
paz interior" (15)
En
cada ser humano, Dios ha insuflado un alma (16). Ella
es invisible, como Dios es invisible. En ella viene a
nacer el deseo de una comunión con Dios (17).
¿Y
cómo realizar una comunión así? Es posible encontrar a
Dios, realmente, en la oración, tanto la que se expresa
con palabras como en el silencio (18).
Nada
lleva tanto hacia Dios como la oración común, cuando ésta
está sostenida por la belleza del canto (19).
Hay
una paz del corazón al comprender que ni siquiera la muerte
pone fin a una comunión en Dios. Lejos de conducir a la
nada, ella abre el paso hacia una vida eterna donde Dios
acoge nuestra alma para siempre.
Incluso
cuando haya en nosotros dudas, la presencia del Espíritu
Santo permanece, en los días apacibles como en las horas
de aridez.
¿No
somos acaso nosotros los pobres del evangelio? Nuestra
fe humilde basta para acoger su presencia(20) Y el solo
deseo de su presencia vuelve nuestra alma a la vida, sobre
la tierra como en la eternidad.

Misioneras de la Unidad en Taizé
Leyenda
1.-
"Ama y dilo con tu vida": estas palabras fueron
escritas tres siglos después de Cristo por un cristiano
del Norte de África, San Agustín.
2.-
"Dios no puede más que dar su amor": estas palabras
vienen de un pensador cristiano del s. VII, llamado Isaac
de Nínive. Él había llegado a esta conclusión después
de haber estudiado largamente el Evangelio según san Juan
y meditado las palabras "Dios es amor" (1 Juan
4,8)
3.-
Dios ama a cada ser humano sobre la tierra, pero no se
impone, ni fuerza a persona alguna a amarle.
4.-El
amor de Dios que ha sido depositado en cada uno de nosotros
es como un tesoro precioso. De este tesoro puede brotar
una fuerza de compasión que dura toda la vida.
5.-
Desde hace muchos años, hemos comprendido la necesidad
de que algunos de los hermanos de nuestra comunidad compartan
la existencia de los más pobres en los continentes del
Sur. Es así que, por ejemplo, desde hace 27 años, algunos
hermanos están en Bangladesh. Ellos ofrecen cuidados a
los enfermos y a los minusválidos. Acogen en la comida
a los más desposeídos. Sostienen pequeñas escuelas para
los niños más pobres. Desde el principio, un intercambio
de confianza se ha establecido con los creyentes musulmanes.
6.-
El don de la propia vida puede ir hasta el olvido de sí
en favor de los demás. En Taizé, desde hace más de cuarenta
años, algunas hermanas participan en la acogida. Ellas
están atentas a comprender, a escuchar a las jóvenes.
Su acogida puede ser tan auténtica que nos decimos: estas
mujeres son un tesoro del evangelio.
7.-
Cristo no ha venido a la tierra para crear una nueva religión
sino para ofrecer a todo ser humano una comunión en Dios.
En el corazón de Dios, esta comunión que es la Iglesia
no puede estar dividida. Es así esencial que se manifieste
la Iglesia indivisa, aún escondida pero realizada en Dios.
8.-
La paz sobre la tierra comienza en nosotros mismos. Ya
en el s. IV, San Ambrosio de Milán decía: "Comenzad
en vosotros la obra de la paz, una vez que vosotros estéis
pacificados, llevaréis la paz a los demás."
9.-
En los primeros años de nuestra comunidad, buscando responder
día tras día a la llamada de Cristo, éramos conscientes
de las dudas que podían surgir en nosotros, y nos preguntábamos:
¿cómo vamos a perseverar en esta llamada? Poco a poco
hemos entendido que la fuerza del Espíritu Santo bastaba
para sostener una vocación a lo largo de toda una vida.
Se hace evidente que no podríamos permanecer fieles a
nuestra vocación sin comprometer la vida entera.
10.-
El teólogo ortodoxo Olivier Clément ha escrito estas palabras
que son para nosotros un sostén: "La confianza es
una palabra clave en Taizé. Los encuentros animados por
la comunidad, en Europa y en otros continentes, forman
parte de una peregrinación de confianza sobre la tierra.
La palabra confianza es, quizás, unade las palabras más
humildes y simples que existen, pero al mismo tiempo una
de las más esenciales. En la confianza, está el misterio
del amor, el misterio de la comunión, y finalmente el
misterio de Dios." ("Taizé, un sentido a la
vida")
11.-
En nuestra vida de comunidad, sabemos que la simplicidad
y la bondad del corazón son valores indispensables. Están
quizás entre los más claros reflejos de la belleza de
una comunión.
12.-
1Pedro 2,21-25
13.-
Podemos ser liberados de aquello que nos pesa conversando
con alguna persona que tenga un profundo discernimiento
del corazón, que viene de la fe, y que pueda escucharnos
con bondad. En conversaciones así, la certeza del perdón
se vuelve accesible.
14.-
Ver Juan 15,11 y Lucas 10,21
15.-
"El gozo es vuestra fuerza". (Nehemías 8,10)
16.-
Génesis 2,7
17.-
En la Biblia, una misma palabra puede significar "alma"
y "deseo". El alma humana lleva el deseo de
Dios: "Mi alma tiene sed de Dios" (Salmo 42,3),
"Mi alma te ha deseado durante la noche" (Isaías
26,9). Dios colma el deseo del ser humano: "Que el
que tenga sed se acerque, que el que tenga deseo reciba
el agua de la vida, gratuitamente". (Apocalipsis
22,17)
18.-
Tener el simple deseo de una comunión con Él, es ya una
oración. San Agustín escribió estas palabras: "Un
deseo que llama a Dios es ya una oración. Si quieres orar
sin cesar, no dejes nunca de desear... Orar con muchas
palabras no es, como algunos creen, orar mucho... Desechemos
de la oración las palabras numerosas, pero oremos mucho
en el silencio del corazón." Él también escribió:
"Si deseas conocer a Dios, ya tienes fe".
19.-
Para algunos, la belleza de la música, escuchada dentro
de una iglesia o en su propio cuarto, sostiene una espera
contemplativa.
20.-
Cuando nos encontramos por última vez con Juan XXIII éramos
tres, con mis hermanos Max y Alain. Era 1963, un poco
antes de su muerte. En un momento de la conversación,
el papa nos explicó cómo a veces tomaba sus decisiones
rezando: "Hablo con Dios... ¡Oh!, muy humildemente,
¡oh!, muy sencillamente." En la misma época, algunos
hermanos de nuestra comunidad habían comenzado a ir a
los países de Europa del Este para visitar a los cristianos.
Íbamos allí para escuchar, para estar al lado de aquellos
que atravesaban pruebas, para comprender mejor la fe ortodoxa.
Y ahora estamos agradecidos de poder acoger a tantos jóvenes
ortodoxos. Sabemos felizmente que uno de los secretos
del alma ortodoxa está en una oración abierta a la contemplación.