¿Hay señales particulares
de optimismo que surgen de esta Semana de Oración por
la Unidad de los Cristianos que concluye este martes?
Puglisi: Sí. Comprobamos
que se da más colaboración entre los cristianos debido
a la situación mundial en que viven las iglesias Lo que
el cardenal Walter Kasper, presidente del Consejo Pontificio
para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, ha llamado
un «diálogo de vida» es la respuesta que ofrecen muchos
cristianos ante situaciones como el reciente desastre
natural en el sudeste de Asia, la situación de los cristianos
en Irak, en Tierra Santa o en lugares como Sudán. Se trata
de necesidades humanas a las que el Evangelio nos llama
a dar testimonio con la caridad. Se ha dado un extraordinario
impulso a la caridad, sin tener en cuenta la confesión
religiosa.
A nivel teológico debemos
admitir que las cosas se están moviendo más despacio y
podríamos decir con cautela. Hemos llegado a un punto
crítico en nuestras discusiones y diálogos en el que necesitamos
detenernos y evaluar los dos puntos de vista, el teórico
(los acuerdos teológicos) y el práctico (la manera en
que estos acuerdos se hacen realidad en la práctica).
En estos momentos, tenemos
que considerar y afrontar lo que se dice en los Hechos
de los Apóstoles y que ha sido recogido por el Papa Juan
Pablo II en su encíclica «Ut Unum Sint», cuando explica
que no deberíamos imponer más que lo exigido por las Escrituras.
Esto exige paciencia, estudio,
reflexión y sobre todo oración. El padre Congar siempre
nos dijo en su clase que «sólo podemos atravesar la puerta
de ecumenismo arrodillados». Inmediatamente viene a la
mente la imagen de la puerta de la basílica de San Pablo
Extramuros con los tres líderes de iglesias arrodillados
y golpeando la puerta, que es imagen de Cristo. Ésta es,
de hecho, la razón de ser de la Semana de Oración para
la Unidad de los Cristianos.
Desde su
punto de vista, ¿por qué hay todavía hostilidad contra
el ecumenismo?
La «hostilidad» que nosotros
observamos es más que nada miedo. En estos momentos nos
encontramos ante un llamamiento a un cambio sistémico,
la conversión de iglesias y de sus estructuras, incluso
de la Iglesia católica.
Nosotros sabemos que históricamente
las estructuras de la Iglesia han evolucionado según las
necesidades, en respuesta a las exigencias que el mundo
ha planteado a la Iglesia que, bajo la guía del Espíritu
Santo, tenía que responder a las necesidades de cada generación.
De este modo, la Iglesia cumplió su papel en la sociedad.
Por este motivo, la Iglesia también se vio obligada a
adoptar las estructuras del mundo secular en que ha vivido.
El Concilio Vaticano II
reorienta esto con los cambios que hizo en la constitución
dogmática sobre la Iglesia «Lumen Gentium», según la cual,
el ministerio (ordenado) se enmarca en el seno de la Iglesia
y no por encima de la Iglesia.
Mientras mantengamos una
división rígida y una separación (y nosotros podríamos
decir incluso una oposición) entre el clero y los laicos,
el proceso de secularización continuará progresando rápidamente
en un mundo que está cambiando muy rápidamente social
y culturalmente. El Evangelio necesita ser transmitido
a cada generación, a cada cultura, con los términos y
los símbolos que expliquen su mensaje auténtico a cada
cultura para la vida del mundo.
Juan Pablo
II es un Papa ecuménico. Pero nosotros no tenemos muchos
obispos o creyentes ecuménicos. ¿Por qué?
Esta
es una pregunta interesante y muy delicada. Podría significar
que no ha habido una aceptación real del Concilio Vaticano
II y sus implicaciones por obispos o creyentes. Una vez
más yo pienso que esto se puede explicar con la diferencia
entre la teoría y la práctica. Obviamente, el Papa Juan
Pablo II, en continuidad con Juan XXIII y Pablo VI, ha
tratado realmente de marcar el paso del compromiso ecuménico
de la Iglesia, tal y como fue deseado por los Padres del
Concilio Vaticano II.
Lo ha expuesto en la encíclica
«Ut Unum Sint» y en cada visita pastoral que ha hecho
sin excepción. Para mí es interesante constatar cómo su
posición ecuménica es una de las últimas en ser comprendida,
mientras que siempre se citan sus declaraciones en cuestiones
morales.
Ahora bien, he podido comprobar
que desgraciadamente, cuando hay que tomar decisiones
económicas, una de las primeras oficinas o figuras que
desaparece de las curias diocesanas es la oficina o comisión
ecuménica. Otro ejemplo es que la persona que asume este
papel tan importante tiene tres otros trabajos o no tiene
ningún tipo de preparación o formación para llevar a cabo
la tarea confiada.
Supongo que necesitamos
preguntarnos cómo vivimos el imperativo ecuménico que
está en el corazón de la misión y vida de Jesús, quien
rezó con estas palabras: «Que sean una sola cosa» (Juan
17), y las unió íntimamente a la misión de la Iglesia
en el mundo al añadir: «para que el mundo pueda creer».
¡La vida del Evangelio depende de esto!
Juan Pablo II lo ha reconocido
y se ha comprometido en este camino siguiendo con esfuerzo
los pasos del Señor. Preguntémonos si otros lo han hecho
también y si no es éste el compromiso que todos los cristianos
asumimos con el bautismo. Muchos proclaman su fidelidad
al Magisterio de Juan Pablo II, ¿pero lo hacen en todas
sus enseñanzas? Es una pregunta sobre la que los católicos
tenemos que reflexionar en esta Semana de oración.
¿Es más fácil
la relación con la Ortodoxia en estos momentos?
No soy un auténtico experto
en las relaciones con los ortodoxos. Sólo puedo decir
que cuando hablamos de la Ortodoxia generalizamos. Creo
que depende de la Ortodoxia de la que usted esté hablando.
Yo creo que se da un cierto
progreso en nuestras relaciones con algunos ortodoxos
y pasos mucho más importantes con otros. En cierto modo,
tenemos que aceptar parte del reproche que nos hacen:
en algunos países los obispos no han amonestado a algunos
grupos católicos y movimientos que hacen presión a los
ortodoxos, tratándolos incluso como si no fueran cristianos,
especialmente cuando se habla de la conversión de Rusia
(¡país cristiano desde el año 1000!). Se han dado abusos
y tenemos que reconocerlos y responsabilizarnos por ellos.
Al mismo tiempo hay casos
de colaboración real y de auténtica colaboración cristiana
con la Ortodoxia par tratar de recuperarse de los efectos
de los regimenes socialistas y comunistas en los que fueron
obligados a vivir durante tanto tiempo. A menos que lo
hayamos experimentado, creo no es posible hacerse una
idea de los efectos devastadores que ha tenido en la cultura,
en la psicología de la gente y en sus mecanismos de defensa.
El hecho de que se hayan
dado ciertas oposiciones de algunos ortodoxos --en general,
líderes religiosos, monjes o clérigos-- no significa que
todos los ortodoxos de cada país ortodoxo tengan los mismos
sentimientos y reacciones hacia los cristianos occidentales
y hacia los católicos en particular. Por lo que se refiere
a las Iglesias orientales en comunión con Roma, creo que
es mejor que otra persona responda a esta pregunta, porque
es un argumento complejo desde el punto de vista teológico,
histórico y geográfico, pues estas uniones no ocurrieron
por las mismas razones en cada caso y en cada lugar.