Asociación "Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad"
Asociación Ecuménica "Cristianos por la Unidad"
Servicio de Ayuda y Estudio del Sectarismo
«¿Por qué continuamos desunidos?
La luz se me apaga y me hundo en el misterio»

Entrevista con D. Julián García Hernando [Publicada en la Revista "Pastoral Ecuménica" n. 49, enero-abril 2000, 43-76]

Todos los lectores de Pastoral Ecuménica saben que D. Julián García Hernando, fundador y director de esta publicación y también de las “Misioneras de la Unidad”, ha estado al frente del ecumenismo español durante 30 años, como director del Secretariado de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española.

Un ministerio tan prolongado le ha convertido en uno de los ecumenistas más valiosos y conocidos de la Iglesia de nuestros tiempos a escala mundial. Y, sobre todo, le ha dotado de preciosas experiencias e incalculables conocimientos en este campo.

Cuando va a cumplir ochenta años, en plena actividad ecuménica, queremos recoger en esta entrevista lo mejor de su bagaje ecuménico: su doctrina, interpretaciones y previsiones acerca de cuanto estamos abocados en esta primordial tarea de la Iglesia, en el comienzo de siglo y milenio. Sin duda que esta comunicación suya será un excelente testimonio de su sabiduría, entrega y clarividencia y, además, aleccionadora para todos los lectores, evidentemente empeñados en el quehacer de esta primavera ecuménica con olor ya a las sazonadas mieses de la unión.

I. ECUMENISMO EN EL SIGLO XX: VATICANO II – CEI

1. LA VERDAD SE ACEPTA EN MEDIO DEL BANQUETE DEL DIÁLOGO ABIERTO Y FRATERNO

Profesor de la cátedra de Historia de la Iglesia en el Seminario de Segovia, percibió desde esa docencia las repercusiones de la división cristiana y los continuos intentos de unión, sucedidos en el milenio y siglo finalizados. Por eso, a la eclosión ecuménica del Vaticano II le saludó con alborozo, pero a la vez con prudencia. La madeja de las disensiones cristianas se hallaban aún tan enredada que el Concilio de Juan XXIII y Pablo VI más bien sería, pensaba él, el Concilio de la unidad que el de la unión. Como experto en Historia de la Iglesia y profundo conocedor de la historia del ecumenismo, ¿puede iluminarnos en lo que ha sido, es y será el empeño por restañar la unión de los seguidores de Jesucristo?

Finalizamos el milenio, caracterizado por tantas y tan profundas separaciones entre cristianos, ¿cómo podría resumirse y qué enseñanzas deberían sacarse?

En verdad que el milenio, que está a punto de expirar, ha sido tristemente abundoso en separaciones eclesiales, la mayor parte de las cuales están todavía sin restañar. Dejando a un lado las de los nestorianos y monofisitas, al no captar las definiciones cristológicas de los concilios de Efeso [431] y Calcedonia [451] sobre temas cristológicos, deberíamos fijarnos, sobre todo, en las que tuvieron lugar en los siglos XI y XVI, en tiempos del Patriarca Cerulario y de Martín Lutero.

Las escisiones del primer milenio prácticamente han desaparecido, gracias a los documentos suscritos por el Papa Juan Pablo II y el Catholicós de todos los armenios, Karekin I, en diciembre de 1996, y el firmado en enero de 1997 por el Papa y el Catholicós de Cilicia, Aram I.

Estos documentos ponen de manifiesto que las diferencias en cuestiones cristológicas entre unos y otros ya no existen, al aceptar las decisiones de los Concilios antedichos.

Mayores y más persistentes fueron las escisiones provocadas al comienzo y a la mitad del milenio segundo. La separación entre la Iglesia oriental y la occidental fue verdaderamente traumática. La ruptura entre Oriente y Occidente fue producto de un largo proceso de distanciamiento. Los protagonistas de la escisión fueron el patriarca de Constantinopla por parte oriental y el cardenal Humberto da Silva Cándida en representación del Occidente cristiano. Este depositó sobre el altar mayor de la Iglesia de Santa Sofía de Constantinopla la bula de excomunión y un sínodo ortodoxo excomulgó al legado pontificio. En el camino de la historia quedó marcada la triste fecha del 16 de julio de 1054. La excomunión ha estado vigente hasta los bienhadados días del concilio Vaticano II.

La separación provocada por Lutero en el siglo XVI halló como caldo de cultivo el malestar y el descontento que se había extendido por toda la Iglesia de Occidente y se manifestaba a través del clamor general que pedía una reforma en la cabeza y en los miembros. Lutero no pretendía la escisión en la Iglesia, sino la reforma eclesial, pero él fue el punto de partida de una larga y profunda escisión. Fue excomulgado en 1520 y posteriormente algunas de sus doctrinas fueron sancionadas en el concilio de Trento.

La Reforma protestante, que fue subdividiéndose en numerosas ramas, se extendió por todo el mundo. Dentro de sus seguidores dio comienzo el movimiento ecuménico. Y hace poco más de un mes, como fruto del diálogo ecuménico, se ha producido un gran acercamiento entre luteranos y católicos al firmar conjuntamente en Augsburgo un importante documento sobre el tema de la justificación el presidente de la Federación Luterana Mundial y el presidente del Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos.

Esta aproximación entre ambas Iglesias, que hemos presenciado en nuestros días, nos enseña que la polémica y la controversia no conducen a buen puerto. Que en los caminos para el entendimiento en problemas teológicos es menester echar mano de la apertura de espíritu y del diálogo sincero. La verdad no se impone por la fuerza sino que se acepta en medio del banquete dialogal, abierto y fraterno.

Muy distinto es el último siglo, el XX, adornado por un especial florecimiento de la unidad. ¿Cuáles han sido los momentos más destacados y cuáles sus lecciones?

El siglo que termina merece la laureada, el mayor de los aplausos, por no haber propiciado ninguna separación eclesial que merezca la pena, desde nuestro punto de vista. En cambio, tiene el privilegio maravilloso de haber acunado en su seno al ecumenismo. Este movimiento providencial, está empeñado en que los cristianos separados se miren frecuentemente a los ojos para descubrir en los de los creyentes de las otras Confesiones cristianas la imagen del mismo Cristo. Mi experiencia a este respecto es muy profunda y larga.

Desde la óptica que estamos contemplando podemos subrayar dos momentos importantes. En primer lugar, el nacimiento del ecumenismo en 1910 y luego la entrada oficial de la Iglesia católica por los caminos ecuménicos en 1964, con la aprobación del Decreto «Unitatis redintegratio» del Vaticano II.

El movimiento ecuménico, en frase de Juan Pablo II en uno de sus viajes apostólicos a los países nórdicos, es «una de las mayores gracias concedidas por Dios a su Iglesia en los tiempos modernos». Y esa gracia aparecida en el seno de las Iglesias protestantes, pues a ellas pertenecían los misioneros que se dieron cita en la ciudad escocesa citada. Luego el decreto de ecumenismo del Vaticano II lanzó a la Iglesia católica por las vías de la praxis ecuménica, que ya habían recorrido no pocos pioneros de la misma.

¿Qué señalaría como “cenit” ecuménico del Vaticano II?

Globalmente hablando pienso que la base fundamental ecuménica del Vaticano II, que luego se concretará en el Decreto  «Unitatis redintegratio», fue la constitución «Lumen gentium», al presentar al mundo una «Iglesia comunión» en su doble vertiente: de puertas adentro y de puertas afuera. El aspecto comunional de la Iglesia fue maravillosamente subrayado por Juan Pablo II en su encíclica «Ut unum sint», en la que, al hablar del primado del Papa, acude a la «eclesiología de comunión», tan fuertemente marcada por el Vaticano II, y en parte, no más, desarrollada posteriormente mediante el tema de la colegialidad apostólica. «Cuando la Iglesia católica, y es expresión del papa, afirma que el Obispo de Roma (es decir, el primado de Pedro), responde a la voluntad de Cristo, no separa esta función de la misión confiada a todos los obispos, también ellos vicarios y legados de Cristo».

Estas palabras del Papa, basadas en la constitución sobre la Iglesia ponen, al menos en parte, las bases para ahuyentar los miedos que hacia la Iglesia católica puedan tener las otras Confesiones cristianas, al subrayar este aspecto comunional de la Iglesia tan marcadamente destacado luego en «Unitatis redintegratio».

Este decreto viene a sancionar el cambio de actitud de la Iglesia católica que ya venía apuntando en algunos de sus niveles desde las décadas anteriores, haciendo cambiar la mentalidad de eclesiásticos y de fieles sobre las relaciones con cristianos de otras Confesiones, a los que se comenzaron a llamar “hermanos” si bien “separados”, concepto que ya ha sido eliminado de la terminología ecuménica y sustituido simplemente por el de «hermanos de otras Confesiones cristianas».

El decreto de ecumenismo, por tanto, apoya toda su doctrina en la constitución sobre la Iglesia, aborda los caminos que hay que recorrer para llegar a la unidad de todos los seguidores de Cristo y la actitud con que éstos deben ser recorridos.

Del concilio Vaticano II surge el Secretariado para la unión de los cristianos. ¿Qué significa en el ecumenismo de la Iglesia católica? ¿Puede intuirse su futuro?

El Secretariado romano para la unidad de los cristianos es anterior a la apertura del Concilio. Fue creado por Juan XXIII el 5 de junio de 1960, como organismo preparatorio del Concilio, el cual no se abrió hasta el 11 de octubre de 1962, si bien ya anteriormente venía siendo preparado.

La finalidad del Secretariado es informar al papa de los asuntos de su competencia; apoyar y estimular las relaciones con los cristianos de otras Confesiones; aplicar los principios católicos del ecumenismo; promover y alentar reuniones nacionales e internacionales respecto a la unidad de los cristianos y mantener diálogos con los representantes de otras organizaciones cristianas; convocar reuniones con finalidad ecuménica y representar a la Iglesia católica en convenios ecuménicos fuera y dentro de los ámbitos específicamente católicos, en el ámbito nacional e internacional. El Secretariado es el dialogante número uno en estas materias “ad intra” y “ad extra” de la Iglesia católica.

Es, además, el laboratorio ideológico en el que se han producido documentos de gran importancia, como el Directorio Ecuménico; «Reflexiones y sugerencias sobre el diálogo ecuménico»; «La colaboración ecuménica a nivel regional, nacional y local»; y «La dimensión ecuménica en la formación de quienes trabajan en el ministerio pastoral», entre otros.

2. «UT UNUM SINT»: EXPRESIONES ESCALOFRIANTES
PARA ECUMENISTAS Y PARA QUIERENES DESPREIAN EL ECUMENISMO

Algunos han puesto, o ponen aún, en duda la realidad ecuménica que acompaña la vida entera del Papa Juan Pablo II. Este gran ecumenista, que ha escudriñado punto por punto, fecha a fecha, ideas y quehaceres ecuménicos del actual Pontífice, está convencido, sin duda alguna, de la autenticidad, de la desbordante labor ecuménica del papa. Lo confirma, entre otras cosas, con el lanzamiento al diálogo, realizado por Juan Pablo II, del tema tan importante de la forma de cómo ejercer el Primado. Para Don Julián es asunto decisivo en la marcha del ecumenismo y lleno de posibilidades. Cuenta él que en una ocasión, en Lamchamp, en una reunión interconfesional, la víspera de la festividad de San Pedro Apóstol, predicó en la eucaristía un teólogo católico de Roma, quien, tal vez por delicadeza, no abordó en su homilía el «Tú eres Petrus». Sin embargo, al día siguiente, fiesta de san Pedro, un teólogo reformado de Neuchatel abordó en su sermón del culto protestante el tema, afirmando el paso de esos poderes a los obispos de Roma, ejercidos con las debidas condiciones, en el modo debido. La encíclica «Ut unum sint» clarifica esta postura.

Disponemos de un documento ecuménico, calificado de excepcional, de Juan Pablo II: la encíclica «Ut unum sint», ¿qué puede decirse?

El acervo doctrinal del Papa Juan Pablo II sobre el ecumenismo es verdaderamente impresionante, vertido a través de sus enseñanzas ordinarias y extraordinarias en su predicación y en sus variadas exhortaciones; en sus homilías, en sus encuentros ecuménicos; en sus viajes apostólicos, en los cuales siempre hay lugar para la temática del ecumenismo; en sus visitas y en sus recepciones de altas jerarquías del mundo cristiano acatólico. Su producción literal a este respecto es realmente abrumadora.

El documento de mayor calado, por ser una encíclica, es la «Ut unum sint», aparecida el 30 de mayo de 1995. No es un texto elaborado interconfesionalmente y consensuado de manera oficial por las distintas Iglesias empeñadas en el diálogo ecuménico. Es un escrito eminentemente pastoral, más encaminado a sostener un esfuerzo que a clarificar una doctrina; más centrado en el «diálogo de conversión» que en el «diálogo teológico». Pretende sostener y alentar los esfuerzos de cuantos trabajan por la causa de la unidad.

Tiene expresiones verdaderamente escalofriantes, tanto para quienes luchan por la causa de la unidad como para cuantos la desprecian o la dan de lado. Es totalmente fiel, como no podía dejar de serlo, a la enseñanza del Concilio sobre este tema, en el que se apoya. Insiste fuertemente en la necesidad de «la conversión de las Iglesias», para que puedan llegar a una rima aconsonantada, previa al abrazo de la unión eclesial. Empuja a la Iglesia por los caminos de la humildad en sus relaciones con las otras Iglesias hermanas. Y la exhorta, como él tantas veces lo ha hecho, a caminar por la senda del arrepentimiento y la petición de perdón por las propias responsabilidades en el hecho histórico de las separaciones y su mantenimiento en las mismas.

Se goza en el recorrido que hace por los logros ya cosechado en el camino del acercamiento y abre su ilusión a las promesas de nuevas conquistas con que nos halaga el futuro. Presenta —y ésta es una de las páginas más emotivas del texto— el álbum de sus encuentros ecuménicos a través de sus muchos viajes apostólicos por el mundo entero. La encíclica está llena de sentimientos profundos y de delicadeza. Está transida de ternura y muestra las capas profundas del océano ecuménico en que vive inmerso el Papa. A lo largo de ese texto se ve lo que dice y se adivina lo que quiere decir. Es algo que conmueve. Esta encíclica es una de las plataformas privilegiadas para comprender la vocación ecuménica del Papa. ¿Quién puede ponerla en duda?

Además, aborda el tema más delicado del ecumenismo que es el de la contemplación del primado a través del modo de su ejercicio a lo largo de la historia, y pide perdón a los hermanos separados, como ya lo había hecho Pablo VI, por los recuerdos dolorosos que sobre este particular puedan tener bebidos en su propia historia.

Nunca un Papa se había lanzado al diálogo sobre este tema tan importante como es el del modo de ejercer el primado. Ningún otro se ha mostrado tan dispuesto a escuchar las peticiones, que le llegan de todos los rincones de la cristiandad, de «encontrar una forma en el ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva».

Y, con palabras cargadas de patetismo, dice: «Que el Espíritu Santo nos dé luz e ilumine a todos los pastores y teólogos de nuestras Iglesias para que busquemos, por supuesto juntos, las formas con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe y de amor, reconocido por unos y por otros».

Por supuesto que las respuestas a este patético ruego le llegan al Papa desde los confines de todas las Iglesias, abiertas al ecumenismo, entre las que hay que contemplar a la Iglesia católica. Los elogios recibidos por el Papa a causa de su llamamiento le han llegado de todos los rincones del mundo. Y el florilegio que podría hacerse con las respuestas de muchos acatólicos llenaría un libro. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo se puede dudar de la sinceridad ecuménica de Juan Pablo II, así como de la eficacia de su acción pastoral en este terreno?

Existe también un organismo que reúne a los dirigentes o jerarquías de Europa, ¿cuál es su actividad ecuménica y qué perspectivas presenta?

Efectivamente, entre los muchos organismos encargados de la promoción de la unidad existe aquel al que se refiere la pregunta. Es una institución bipolar en cuanto está compuesta por dos entidades ecuménicas. Una que se llama «Conferencia de Iglesias Europeas» (KEK), de la que forman parte las Iglesias protestantes y ortodoxas de Europa, y la otra es el llamado «Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa» (CCEE), de la Iglesia católica.

Este organismo europeo multieclesial es hondamente ecuménico y trata de llevar a la práctica del unionismo eclesial toda la problemática ecuménica planteada dentro de las fronteras del viejo Continente. Se preocupa, no sólo pero sí principalmente, de la dimensión social y pastoral del ecumenismo, sin olvidar tampoco las cuestiones de doctrina.

Ha celebrado dos grandes asambleas. La primera en mayo de 1989 en Basilea (Suiza), ya en vísperas de la «caída del muro de Berlín», a la que asistieron 700 delegados procedentes de todos los países de Europa y pertenecientes a las distintas Confesiones cristianas, más 5.000 personas preocupadas por la misma problemática.

La temática del Encuentro era «Paz, justicia e integridad de la creación», temas rezumantes de actualidad y patetismo, que acaparan el interés de la mayoría de los hombres y mujeres de nuestros días. Problemas, además, imbricados unos en otros e interdependientes entre sí. No puede haber paz sin justicia. La situación permanente de injusticia acarrea consecuencias funestas para el medio ambiente. Y no puede darse una auténtica defensa de la naturaleza si no hay paz.

Siete años después, junio de 1997, tenía lugar la Segunda Asamblea Ecuménica Europea en la ciudad austríaca de Graz, cerca de Viena, bajo el lema «Reconciliación, don de Dios y fuente de vida nueva». Su finalidad, como la de la anterior de Basilea, era eminentemente pastoral. Se trataba de demostrar, por un lado, la auténtica unidad ya existente entre las Iglesias, aunque todavía no se haya llegado a la «unidad plena». Se pretendía estimular a los cristianos a comprometerse ecuménicamente en todos los planos de la vida, con el fin de sembrar en el interior de todas las Iglesias la conciencia de superar las divisiones existentes, no sólo en lo atañente a los problemas doctrinales, sino también las barreras que se levantan en los distintos países en lo relativo a los problemas económicos, raciales, etc..

La Asamblea contó con cerca de 20.000 participantes. Todos los comentaristas sostienen que en Graz hubo no solo un Congreso sino dos congresos paralelos, aunque no opuestos sino complementarios. Uno, el oficial, el de los setecientos representantes de las diversas Iglesias y procedentes de los países europeos, y el otro la inmensa mayoría, representando únicamente a sus parroquias o grupos o solamente a sí mismos. Pero todos llegaron a la Asamblea impulsados por el deseo profundo de reconciliación. ¡Reconciliación! Esta fue la palabra mágica que se respiraba en el ambiente y que había sido estampada en el lema del Encuentro: «La reconciliación, don de Dios y fuente de nueva vida».

Entre los temas que se trataron con relativa profundidad están los correspondientes a la libertad religiosa, el «proselitismo de mala ley», junto con los problemas del diálogo interreligioso y de las culturas.

3. EL ECUMENISMO ENTRE LOS NO CATÓLICOS: CONSEJO ECUMÉNICO DE LAS IGLESIAS

¿Podría hacer una síntesis de los logros más significativos de los primeros movimientos y reuniones de diversas Iglesias cristianas en el camino de la unidad en este siglo?

Propiamente hablando el movimiento ecuménico se inicia, como decíamos antes, en 1910, en la Asamblea de Edimburgo; se canaliza en 1948 con ocasión de la fundación del Consejo Ecuménico de las Iglesias (CEI) y fue fuertemente acrecido con la entrada de la Iglesia católica en la corriente ecuménica a raíz del concilio Vaticano II. Pero, ya antes de 1910, hay ríos de contenido ecuménico que brotan en distintas fuentes.

Es cierto que después de cada ruptura eclesial surge un movimiento en línea unionística, que anhela restablecer la unidad rota. Y así, a lo largo de la historia de la Iglesia, tenemos la celebración de los concilios II de Lyón y de Florencia, que tuvieron como finalidad recuperar la unidad perdida entre los cristianos de Oriente y de Occidente. Pero, el primero, por falta de auténtica libertad de expresión al interior del mismo y por haber sido convocado en circunstancias políticas totalmente adversas, terminó en un fracaso. Y el segundo, convocado, abierto y celebrado en un ambiente de mayor libertad, fracasó poco después de su terminación porque no fue aceptado por gran parte del Oriente.

Por otra parte, ha habido muchos e interesantes conatos de unión entre católicos y protestantes después de la ruptura de Lutero, algunos de ellos como la famosa Dieta de Augsburgo, en la que las partes contendientes lograron hablar con suma libertad, pero no se llegó a un acercamiento doctrinal sino que termino en un fracaso, el cual tuvo como consecuencia la declaración de la Guerra de los Treinta Años, que ensangrentó las tierras de Europa. Otros intentos posteriores no cuajaron tampoco en realidades prácticas.

Es cierto que nadie buscaba la ruptura. Calvino, por ejemplo, decía: «Por lo que a mí respecta, si mi presencia se considerara útil, no dudaría en atravesar diez océanos, si fuera necesario, para afrontar este problema». Y su contemporáneo, Diego Laínez, teólogo en Trento, escribía: «Esperamos que el Espíritu Santo así como en otros concilios ha unificado grandes divergencias, lo haga ahora, en las actuales, y que la Divina Providencia del mal de las separaciones extraiga bien, el de la unidad y la reforma de la Iglesia». Pero sus deseos no se lograron.

Fue necesario llegar a finales del siglo XIX y comienzos del XX, para que comenzaran las «alianzas» y «asociaciones», con una marcada finalidad unionística, como la Alianza Bautista Mundial y otras. Pero fue principalmente entre los jóvenes, quienes sentían con mayor dolor el impacto de las divisiones, donde aparecieron los primeros brotes de unión, como la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos y otras de nombre y finalidad parecidas.

Estas asociaciones se convirtieron en la cuna y primera escuela del ecumenismo. El movimiento estudiantil se orientaba, principalmente, hacia las misiones y convocó la Conferencia Misionera Mundial, que se celebró en Edimburgo, en 1910, de la que surgieron dos movimientos: Vida y Acción, conforme al cual se debía caminar por las sendas de la acción, ya que «la acción es la que une, mientras la doctrina es la que separa». Otros de los participantes en Edimburgo pensaban de manera contraria, diciendo que la separación ha tenido lugar en el terreno de la doctrina y es precisamente en ese campo donde tendrá lugar la sutura, de lo contrario no habrá verdadera unión. Estos dos movimientos, junto con el misionero, dieron lugar a la constitución del CEI en Amsterdam, en 1948.

En la aparición del ecumenismo hubo una gran aportación ortodoxa con la llamada del Patriarca de Constantinopla en 1902 a formar una «Liga de Iglesias», así como por parte de los anglicanos con el conocido Movimiento de Oxford y las «Conversaciones de Malinas», una de cuyas figuras principal es el cardenal Mercier, a quien se debe una bella y acertada metodología para llegar a la unidad: «Para unirse hay que amarse; para amarse hay que conocerse; para conocerse hay que encontrarse; y para encontrarse hay que buscarse». ¡Maravillosa, sumamente acertada y única escala metodológica para llegar a alcanzar la meta de la unidad!

En 1948 se fundó el Consejo Ecuménico de las Iglesias, ¿cuál es su balance y cómo se vislumbra su futuro?

El CEI estuvo a punto de comenzar su andadura en 1938 como fruto de la confluencia de los dos movimientos anteriormente mencionados que nacieron en la Asamblea de Edimburgo. Pero su aparición fue obstaculizada por el estallido de la segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. A causa de ella los cristianos que estaban a punto de darse la mano para puesta en marcha de un fuerte motor que impulsara la promoción de la unidad cristiana, tuvieron, algunos de ellos, que enfrentarse en las trincheras, católicos y protestantes de un país con católicos y protestantes de otro.

Acabada la contienda en 1945 se puso en marcha la construcción del CEI, que fue inaugurado en agosto de 1948, el cual describía su finalidad diciendo que no era otra que la de «ayudar a las Iglesias a descubrir y ver cuánto tiene que recibir las unas de las otras y a prepararse para utilizar sus respectivos dones de cara al servicio del mundo. El CEI no es más que una fase transitoria en el camino que va de la desunión a la unidad».

El CEI no es una superiglesia. No es la Iglesia universal. Su finalidad, más que negociar uniones entre Iglesias, es la de preparar el camino para que mediante el diálogo, éstas lleguen a la unidad. No tiene una propia concepción de la Iglesia, pues de tenerla, las que acariciaran otro concepto eclesial no podría comprometerse con el mismo. Las Iglesias miembros del CEI reconocen en las otras Iglesias elementos de la verdadera Iglesia, lo que las obliga a emprender un diálogo serio de cara a un compromiso que las haga desembocar en la unidad.

El balance es extraordinariamente positivo, igualmente reconocido por las Iglesias que forman parte del mismo como por aquellas que no lo son, entre las cuales se halla la iglesia católica, la cual, si bien no tiene dificultad de tipo doctrinal para entrar dentro del organigrama del Consejo, puede tenerlas de carácter práctico; pero colabora de muy diversas maneras y muy estrechamente con este maravilloso organismo ecuménico que tiene en la actualidad 328 Iglesias miembros.

Visitado dos veces por el Obispo de Roma en la persona de Pablo VI y Juan Pablo II, cuenta con un equipo de seis presidentes y un Secretario General, el Dr. Konrad Raiser, que en repetidas ocasiones y para ponerse de acuerdo en numerosos e importantes puntos de la acción ecuménica, ha visitado a Juan Pablo II en el Vaticano. Es bella la historia del Centro y su futuro se presenta esperanzador.

¿Cuál es la posición de la Iglesia católica en relación con el Consejo Ecuménico de las Iglesias?

La Iglesia católica, a pesar de haber sido repetidas veces invitada, nunca ha formado parte integrante del Consejo. Quizá, como dije antes, el momento de mayor aproximación entre ambas entidades tuvo lugar con ocasión de la Asamblea de Upsala, en 1968. No obstante, las relaciones entre ambos grupos religiosos han ido creciendo con el pasar del tiempo. Y en la actualidad éstas son verdaderamente estrechas como puede aparecer a través de los siguientes datos que ofrezco:

La Iglesia católica está representada en el CEI, como acabamos de decir, por 12 teólogos dentro del Comité Mixto, de carácter doctrinal, «Fe y Constitución», que consta de 120 miembros.

Existe un Comité Mixto para la preparación y organización, a escala mundial, de la Semana de oración por la unidad de los cristianos.

Teólogos católicos están dentro del grupo de profesores de la institución docente de mayor rango del CEI, como es el Instituto teológico de Bosey, cerca de Ginebra.

Hay contactos regulares en los ámbitos de las relaciones interreligiosas sobre los problemas de refugiados, emigrantes, sanitarios, etc.

En numerosos países están reconocidos oficialmente los Consejos Nacionales de Iglesias, de los que forma parte también la Iglesia católica.

Existen organizaciones ecuménicas internacionales, como la Conferencia de Iglesias Europeas, protestantes y ortodoxas (KEK) y el Consejo de las Conferencias episcopales de la Iglesia católica dentro del mismo ámbito geográfico (CCEE), que han organizado conjuntamente los grandes encuentros ecuménicos de Basilea y de Graz.

La Iglesia católica es miembro de las organizaciones ecuménicas internacionales, regionales del Pacífico, Oriente Medio y el Caribe.

Ha habido reuniones conjuntas para la preparación de la celebración del Año Jubilar 2000. De ahí no se ha pasado, según creo, pero, como dijimos antes, se está preparando un «Foro Ecuménico», en el que pudiera entrar la Iglesia católica como miembro, juntamente con otras organizaciones ecuménicas.

II. OTRAS GRANDES ASAMBLEAS ECUMÉNICAS

4. HA PARTICIPADO EN CINCO DELAS OCHO ASAMBLEAS DEL CEI

Una vida consagrada al ecumenismo le ha conducido por todos los caminos del mundo: Inglaterra, Francia, Alemania, Rusia, Atenas, Estambul, toda Europa, América... Sobre todo a Asambleas y Congresos Interconfesionales de primera línea. Conserva en su retina especialmente la visita al Patriarca Atenágoras. En este capítulo sus conocimientos y experiencias resultan incontables e incomparables. Pocos contarán con este bagaje, esta riqueza. Podría escribir páginas y páginas... libros, en un servicio inapreciable a la apasionante historia de la búsqueda de la unión de los cristianos en pleno siglo XX. En la participación en estos acontecimientos reside gran parte de lo fascinante de su vida.

Asistió en 1968 a la Asamblea de Upsala. Especifique sus principales ideas

El Consejo Ecuménico de las Iglesias ha celebrado ocho grandes Asambleas, a lo largo de su historia, a cinco de las cuales he tenido la fortuna de asistir. Para hacer una prospección en la realización y en el contenido de las mismas, sería necesario hacer un excursus por cada una de ellas, lo cual es a todas luces imposible. Me limitaré a unos simples apuntes en relación con el lema que escoge para una de sus sesiones, que considero de gran importancia para asomarse a sus principales preocupaciones.

Como digo, el CEI bautiza cada una de sus grandes reuniones con un lema que es como la bandera de todo el Congreso. Al escoger el lema tiene en cuanta aquella frase del gran historiador griego, Herodoto, quien afirmaba que «los ojos de la historia son la geografía y la cronología». O, como traduciría la Regla de Taizé: «El aquí y el ahora». Se fija en la situación socio–religiosa del momento de la convocatoria y la incluye dentro de su temática.

Teniendo por guía esa brújula de marear, la Asamblea de Amsterdam escogió el siguiente: «Desorden del mundo y plan de Dios». ¿Por qué? Acababa de terminar la Segunda Guerra europea, más bien mundial. Fruto de ella fue el más espantoso desorden, caos por doquier. Ciudades destruidas. Odios encendidos. Millones de exilados. Trasplante de pueblos. Era el inicio de la «guerra fría» y poco antes de la guerra de Corea... Por tanto, su «slogan» estaba plenamente justificado.

Se afrontó el tema del concepto de Iglesia. Había y continúa habiendo, aunque aminorada, diferencias, dos tipos de Iglesia: protestante y catolizante. Para la primera concepción, como diría Karl Barth, la Iglesia más que «institución» es un «acontecimiento». En ella se prescinde, por tanto, de la sucesión apostólica y de la jerarquía episcopal, cosas imprescindibles para el tipo de Iglesias del segundo grupo.

De todos modos las Iglesias no están total y exclusivamente en un plano o en otro, ya que hay valores católicos en las Iglesias protestantes y viceversa. Un católico, aún siendo fiel a su jerarquía, camina hacia Dios en sentido de verticalidad mediante la oración privada, la lectura directa de la Biblia, las gracias místicas que pueda recibir de Dios, etc..

El logro más destacado de Amsterdam fue la puesta en marcha del Consejo Ecuménico, que es la plataforma más espectacular que tienen las Iglesias para mirarse conjuntamente a la cara y afrontar la problemática ecuménica.

La Asamblea de Evanston, en Estados Unidos, se celebró seis años después en 1954. Y escogió también para sus reflexiones un tema extraordinariamente adecuado a aquel momento: «Jesucristo, esperanza del mundo». ¿Por qué? A la hora de Evanston las esperanzas concebidas por la «Paz de Yalta», debida en gran parte a Roosvell, Churchil y Stalin, se estaban marchitando: los años 50 son los años de la desesperanza. El existencialismo se hallaba en su cresta más alta. Se extendía el proceso de la desacralización y la desmitologización. Una gran desilusión reinaba por todas partes. El secularismo avanzaba fuertemente. La gente decía: «Nos han engañado». En aquel ambiente de tristeza, ¡qué bien cuadró el lema de Evanston!: «Jesucristo, esperanza del mundo».

El Secretario General hizo un examen sobre la labor hecha desde 1948 y se comprobó que se había realizado un enorme trabajo en el conocimiento mutuo de las Iglesias, paso imprescindible para llegar al acercamiento y luego a la unión.

La tercera Asamblea se celebró en Nueva Delhi [1961], donde hace poco tiempo estuvo el Papa para presentar las conclusiones del Sínodo de los Obispos de Asia. En un mundo mayoritariamente no cristiano se escogió para lema de reflexión: «Jesucristo, luz del mundo». Durante esta Asamblea entraron a formar parte del CEI la mayor parte de las Iglesias ortodoxas y gracias a su aportación se modificó la fórmula de fe requerida para poder formar parte del CEI: «Creer en el Misterio de la Santa Trinidad y en Jesucristo como Dios y Salvador, en conformidad con las Sagradas Escrituras».

Asistió a la Asamblea de Upsala, en 1968. Díganos sus principales ideas

Recuerdo con gran emoción aquella Asamblea, en la bella ciudad sueca, sede del Arzobispo luterano primado de Suecia. Eran años poblados y llenos de esperanza. Eran los movimientos de la juventud revolucionada en las universidades de las grandes capitales del mundo: Nueva York y París, Madrid y Barcelona, Tokio y Yakarta. El año de la famosa «primavera de Praga», en que los tanques rusos aniquilaron a muchos universitarios checos que clamaban en contra del comunismo por las calles de la ciudad.

Al mismo tiempo, y en otra línea de sentimientos, eran los días de ensueño del «hipismo de las flores», que llenaba de ingenuidad y ternura los estadios y las calles del mundo. Años en que hubo una gran eclosión de sectas por todos los rincones y de las más variadas cataduras: «Niños de Dios», «Gurú Maharaj–Ji», etc. Tenían lugar las movilizaciones masivas de muchachos en Estados Unidos como combatientes en el Vietnam. La juventud quería romper etiquetas y buscar nuevos modos de vida y de expresión.

El lema, por tanto, de esta Asamblea, tenía que llevar tonalidades juveniles. «He aquí que hago nuevas todas las cosas», decía, sacado del Apocalipsis. Recuerdo, como si ahora lo viera, el gran espectáculo de la procesión de las autoridades religiosas, cada uno vestido con sus hábitos tradicionales en procesión hacia la bella catedral gótica. Cuando los jóvenes vieron a aquellas personalidades vestidas con atuendos ultra clásicos, empezaron a gritar: «¡Cómo esos vejestorios se han atrevido a escoger el lema que habla de novedad y juventud!». La dura represión de la policía contra ellos terminó llevando detenidos a un buen grupo de jóvenes.

En la Asamblea, que estudió con profundidad el tema de «la catolicidad de la Iglesia», hubo una buena representación de observadores españoles. Quizá la conferencia más importante que allí se escuchó fuera la del P. Tucci, director de la «Civiltà Cattolica», el cual habló de la catolicidad de la Iglesia e indicó que no había dificultad para el ingreso de la Iglesia católica en el Consejo Ecuménico, porque éste no tiene teología propia, ni puede tenerla, dada su constitución. Eran días preñados de ilusión dentro del catolicismo. Acababa de terminar el Vaticano II y muchos esperábamos que la Iglesia católica hubiera dado ese paso.

En 1975 estuvo en Nairobi. ¿Dónde encontró lo más destacable de esta Asamblea?

Los años setenta fueron espectadores de las mayores ansias de liberación. Empezaban a tomar fuerza estos movimientos en África, Asia y también en América. Años de proclamación de libertades, cuyas características son el independentismo y la lucha contra el colonialismo. La mayor parte de los países africanos habían accedido a la libertad o se hallaban próximos a conseguir la independencia. La teología de la liberación se hallaba en su punto más álgido por toda la América Latina. Por doquier se respiraban anhelos de unidad y tendencias hacia fórmulas unitarias. El panislamismo era ya una realidad y se habían dado pasos muy importantes en el fortalecimiento de la Europa comunitaria.

El lema del Congreso en esta ocasión rimaba también en consonancia con el ambiente que se vivía. Y, ¿qué es lo principal, la liberación o la unidad?, se preguntaba Daniel Vidal Regaliza, presidente de la Iglesia Evangélica Española y Antonio María Javierre, que entonces no era todavía cardenal ni siquiera obispo. El católico daba la primacía a la unidad. El protestante a la libertad. Así lo expusieron en sendos artículos bien pensados y redactados.

Nairobi lanzó un maravilloso mensaje sobre la liberación. Con cuatro días de diferencia Pablo VI lanzaba su Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi». Por tanto, cristianos de diferentes Iglesias se asomaban a la misma realidad del mismo mundo en que vivían, las contemplaban a la luz del mismo Evangelio. Y sacaban las mismas consecuencias. Algunos se preguntaban ¿por qué, en lugar de hacer dos documentos distintos, no se lanzó uno solo cuando los dos riman en consonante?

Fue también a Vancouver, en 1983

Bella ciudad de Canadá, asomada al Pacífico. El lema en esta ocasión fue: «Jesucristo, vida del mundo». ¿Por qué se escogió ese tema? Los ecologistas hablaban de la muerte de la naturaleza. Los terroristas ya imponían su régimen de terror, y de muerte. Las sectas milenaristas predicaban el fin del mundo. Las bombas atómicas eran en aquel entonces como una espada de Damocles. La humanidad tenía miedo a la destrucción, a la muerte. Lo recuerdo perfectamente. Unos, a morir de hambre, los del llamado “tercer mundo”; otros, de los países ricos, a morir por radiación o explosión atómica, y otros por catástrofes naturales. Por eso se escogió Vancouver como lugar de reflexión, por ser una gran ciudad asomada al Pacífico, en cuyas aguas habían tenido lugar las primeras explosiones atómicas: la de Hiroshima y Nagasaki.

¡Qué hermosa frase para la reflexión y meditación de las más de cinco mil personas que se dieron cita en esta ciudad! La expresión «Jesucristo, vida del mundo», nos hacía recordar una de las autodefiniciones del Cristo, a quien todos los asistentes a la Asamblea adorábamos y amábamos: «Yo soy la Vida del mundo».

La Iglesia católica estuvo representada por 20 delegados oficiales, y en ella se escuchó un Mensaje del Papa. El tema estrella, del que más se habló, fue «la vida en la unidad».

Y en 1991 en Camberra

Las tintas del ambiente de aquel momento histórico están mezcladas de los siguientes colores: optimismo y pesimismo. Había grandes esperanzas con ocasión de la caída del muro de Berlín, pero estaban nubladas por la Guerra del Golfo, que acababa de estallar. Además, la crisis de algunas repúblicas ex–soviéticas contribuían a derrumbar las esperanzas provocadas pro la caída del muro y la llegada de libertades a aquellos países que las ignoraban. Fuertes problemas de separacionismo e independentismo acechaban a los países europeos. Por otro lado, hacían explosión los movimientos pentecostales por todas partes. Eran los años fuertes del pentecostalismo. La renovación carismática, protestante y católica, hacía progresos en todas las zonas. Al mismo tiempo bullía el sectarismo moderno haciendo el fenómeno endémico, universal y peligroso.

El lema de la Asamblea fue: «Ven Espíritu Santo y renueva toda la creación». La impresión que llevé al llegar, ya entrada la noche, a Camberra, fue muy fuerte, al ver banderolas que, abaldonadas en las casas de la ciudad, cruzaban de un lado a otro de las calles. Los pastores protestantes y los sacerdotes católicos habían preparado muy bien a sus respectivos parroquianos para aquel gran acontecimiento. Todavía recuerdo alguna de las canciones que se me grabaron en la memoria de tanto escucharlas y repetirlas.

A pesar de haber habido tensiones en la Asamblea, sobre todo por parte de los ortodoxos, que rechazan el excesivo “horizontalismo” del CEI y las exageradas concesiones hechas a la llamada «teología contextual», el fruto fue grande y fuertes los compromisos: Reconocer recíprocamente el Bautismo de cada una de las Iglesias, sobre la base de un Documento, el denominado «BEM», elaborado por el Grupo Mixto Iglesia católica–Consejo Ecuménico de las Iglesias; explorar formas de hospitalidad eucarística; avanzar hacia el reconocimiento mutuo de los ministerios; compromiso de trabajar por la paz, la justicia y la integridad de la creación; ayudar a las parroquias y comunidades a manifestar adecuadamente el grado de comunión ya existente. ¡Gran cosecha, pues, la recolectada en aquella ciudad del sur de Australia!

Harare (Zimbabue), en 1998

La última Asamblea se celebró hace poco más de un año en esa ciudad del sur de África, con colorido negro, olor a selva y música de tambores. Su hermoso lema fue: «Buscad a Dios con la alegría de la esperanza». El mundo negro es alegre y su corazón está lleno de esperanza. Por eso el lema de Harare tenía tonos jubilares. Dos fuertes razones lo apoyaban: los cristianos de todos los colores se encuentran a las puertas del Año Jubilar del nacimiento de nuestro Señor común, Jesucristo; y, por otro lado, el Consejo Ecuménico celebraba los 50 años de su fundación.

En esta Asamblea se subrayó mucho la dimensión social del ecumenismo; se destacó el aspecto testimonial y educacional y se dio amplio margen al capítulo de la necesidad de renovación de las Iglesias. Se hizo un resumen bastante amplio de los avances ecuménicos logrados entre ésta y la Asamblea anterior. Se hizo un elogio amplio de los aportes que la iglesia católica ha hecho a la causa del ecumenismo. Y se alabó de una manera muy pormenorizada los dos documentos del Papa Juan Pablo II, la Exhortación apostólica «Tertio Millennio Adveniente» y la Encíclica ecuménica «Ut unum sint».

Se hizo una radiografía perfecta del ecumenismo actual, alabando sus claros progresos y subrayando también los lados oscuros. Se buscan nuevos modelos en la acción ecuménica conjunta y se piensa en una reestructuración del Consejo Ecuménico, creando una especie de «Foro Ecuménico», en el que la Iglesia católica no tenga dificultad de entrar.

¡Cuántos esfuerzos están haciendo algunos cristianos, ante la indiferencia sacrílega de otros, para llegar a la unidad por la que Cristo rogaba al Padre: «Que todos sean uno para que el mundo crea»!

5. «LES DECIMOS A LAS IGLESIAS: ¡NO HAY CAMINO HACIA ATRÁS!»

Lo que pocos conocerán es que a D. Julián García Hernando se debe la celebración en Santiago de Compostela de la Asamblea de «Fe y Constitución», una de las secciones más importantes del CEI, en 1996. Se encontraba en el edificio del Consejo Ecuménico, en Ginebra, donde debía entrevistarse con el Metropolitano ortodoxo Emilianos Timiadis, cuando uno de los organizadores de la reunión de «Fe y Constitución», el ortodoxo Tesiesis, él comentó que después de haber intentado dicha reunión en Creta, si podría tener lugar en España. Del diálogo salió una posibilidad que muy pronto y tras la comunicación de D. Julián con el entonces Arzobispo de Compostela, Mons. Rouco Varela, quedó determinada: en el Seminario diocesano de Santiago, del 3 al 14 de agosto.

En Santiago de Compostela se celebró, en el verano de 1996, la reunión de «Fe y Constitución» del CEI, ¿cuáles fueron sus ideas y proyectos más destacados?

«Fe y Constitución» es la sección del CEI que está encargada de la dimensión doctrinal del ecumenismo, pero a la que pertenecen “pleno iure” 12 teólogos de la Iglesia católica. No era la primera vez que este organismo se reunía en España. Ya lo había hecho anteriormente en Salamanca.

El recuerdo del Encuentro en Santiago me es especialmente grato, porque creo que, por razones que no son del caso, contribuí decisivamente a que este Encuentro se celebrara en España. Tuvo lugar del 3 al 14 de agosto del año indicado. Su lema fue teológicamente intenso: «Hacia la koinonía en la fe, en la vida y en el testimonio».

Hubo 400 participantes de todas las Iglesias y regiones del mundo. Y colaboraron teólogos de máxima talla: John Zizioulas, Metropolita de Pérgamo, por parte ortodoxa; Wolfhart Pannenberg, teólogo protestante y el P. Tillard, dominico, entre otros. El teólogo alemán llegó a afirmar: «la consecución de la unidad de los cristianos está en nuestras manos, con tal que nosotros dejemos a las distintas Iglesias espacio suficiente para que expresen su diversidad en la teología, en la vida litúrgica y administrativa, en conformidad con los distintos procesos históricos, en lugar de confundir la unidad de fe con la uniformidad de su expresión y de la estructura global de la Iglesia». Y añadió: «El proceso hacia la unidad es un camino largo que, para recorrerlo, exige valentía, coraje y confianza».

Durante los diálogos hubo momentos en que afloraron con cierta virulencia los antiguos y los nuevos contenciosos existentes entre las Iglesias, entre ellos el de la ordenación de mujeres, el proselitismo y la intercomunión.

Acerca del ministerio se insistió en la necesidad de una investigación conjunta sobre el significado de la episkopé y se añadió: «en el punto en que nos encontramos en nuestro camino hacia la koinonía, el tema de la conveniencia y necesidad de un “oficio de primado” y su naturaleza sólo permite una breve referencia», y se apuntó la conveniencia de continuar profundizando sobre la cuestión.

La parte espiritual fue cultivada con esmero. El culto de apertura tuvo lugar en la catedral compostelana, presidido por su arzobispo, Rouco Varela, y el de Tarragona, Torrella Cascante. La conferencia dejó esculpido en su mensaje final unas palabras verdaderamente consoladoras: «Nos vamos de Santiago enriquecidos por la renovación de nuestro compromiso y nuestro entusiasmo en favor de la causa ecuménica. Les decimos a las Iglesias: ¡No hay camino hacia atrás!, ni respecto a la meta de la unidad visible ni respecto al único movimiento ecuménico, que conjunta la preocupación por la unidad eclesial con la inquietud por el compromiso en la solución de los problemas humanos».

Los participantes en la Asamblea bien pudieron decir lo que afirmaron, satisfechos de la labor que, con la gracia de Dios, habían realizado.

III. ESPAÑA Y EL ECUMENISMO

6. LA PREOCUPACIÓN ECUMÉNICA NO HA PENETRADO EN ESPAÑA

¿Es verdad que en España el ecumenismo tiene sus propias características?

Es normal que así sea, porque el ecumenismo, en sus exigencias y en su normativa, es igual para todos los ambientes del catolicismo, pero en cuanto a los modos de su aplicación y praxis concreta tiene que ser contextual, tiene que acomodarse a la situación histórica de cada uno de los países.

La historia del ecumenismo en España, aunque ya hubo pioneros, entre los que te encuentras tú, da comienzo con el Vaticano II. Hasta aquel momento el ambiente para el diálogo interconfesional, no sólo no era positivo sino francamente hostil. Los acatólicos, en ocasiones, eran totalmente ignorados, y, en otras, abiertamente combatidos. Los protestantes, a su vez, mantenían idénticas actitudes. El anticatolicismo era una de las características más acusadas del protestantismo español, como el antiprotestantismo era la tónica general de los católicos españoles.

Pero es evidente, para quien se asome a la tarea ecuménica con ojos limpios de recelos, que en nuestro ambiente intercristiano se ha verificado un cambio fuertemente positivo, como es el paso de la mutua indiferencia, cuando no de la hostilidad o agresividad, al de unas relaciones fraternas en la mayor parte de los casos.

Por otro lado, en España por nuestra configuración histórica y nuestra sociología religiosa hemos de contentarnos con un ecumenismo relativamente modesto y sin excesivas pretensiones, dado el número de dialogantes con los que cuenta la Iglesia católica. El diálogo propiamente dicho, a escala oficial, se mantiene con las Iglesias ortodoxas, griega y rumana, con la Iglesia Española Reformada Episcopal y la Iglesia Evangélica Española, más con algunos de los grupos de extranjeros pertenecientes a las Iglesias ecuménicas del mundo, como anglicanos, luteranos y reformados. Por tanto, la mayor parte del protestantismo español es ajena al ecumenismo por pertenecer a unas Confesiones cristianas que tampoco colaboran a nivel universal en el mismo y, por ello, no pertenecen al Consejo Ecuménico de las Iglesias.

En tercer lugar hay que reconocer y lamentar que la preocupación ecuménica no ha penetrado profundamente en la conciencia del creyente español, sea católico o pertenezca a otra de las Confesiones cristianas.

Algunos distinguen entre el ecumenismo de los años posteriores al Concilio y el actual, aquí, entre nosotros

No hay duda alguna. Al final del Concilio la Iglesia católica gozaba de un entusiasmo efervescente en este particular como en el resto de los temas tratados en el aula conciliar y distinta es ahora la vivencia actual del ecumenismo. El primero era un ecumenismo ilusionado, sin experiencias. Y el actual es un ecumenismo reposado, pero profundo, que ha alcanzado ya numerosas cotas de acercamiento eclesial y prepara el afrontamiento de las más duras y difíciles, para cuya consecución hace falta no sólo entusiasmo sino prudencia y fuerte esfuerzo, todo ello ambientado por una fraternidad auténtica, alimentada en el clima de un diálogo sincero.

Se pasó del ecumenismo emocional, un tanto folclórico, el ecumenismo de la sonrisa y del abrazo, al ecumenismo de la profundización y de la reflexión. El primero tuvo su punto álgido a raíz del Concilio, que hizo concebir tantas esperanzas, muchas de ellas infundadas respecto a realizaciones inmediatas en el camino de la unión. De aquel ecumenismo un tanto irreal, hemos abocado al ecumenismo de la paciencia y de la esperanza que nos ha llevado al ecumenismo de la colaboración y éste arribará, cuando Dios quiera, al de la unidad.

Es decir, se trata de un fenómeno parigual al que está ocurriendo en otros países, por lo menos en cuanto a la dimensión doctrinal se refiere. Es cierto que aquí no se ha producido ningún documento teológico de altura desde el punto de vista doctrinal, pero tampoco se ha pretendido hacerlo. Nos hemos limitado a estudiar los grandes textos doctrinales elaborados en ambientes interconfesionales e internacionales, como el famoso «Documento de Lima», producto de la Comisión «Fe y Constitución» del Consejo Ecuménico de las Iglesias, para aplicarlos, en la medida de lo posible, a la realidad concreta de España.

Francamente, ¿la Conferencia Episcopal Española se halla interesada seriamente en el ecumenismo?

La Asamblea Plenaria del Episcopado Español, recién constituida la Conferencia Episcopal a raíz de la terminación del concilio, acordó en la sesión celebrada en julio de 1966, la creación de un Secretariado Nacional para promover las actividades ecuménicas y empezar el diálogo con los otros cristianos. Como por aquel entonces lo hizo el resto de las Conferencias Episcopales del mundo.

Al poner en marcha el Secretariado, la jerarquía no lo hacía por oportunismo, por conveniencias políticas, por moda pasajera; ni tan siquiera por un ambiente de apertura de la nación de cara al turismo creciente. Lo hacía simplemente por razones de fe y de fidelidad a la iglesia universal, por seguir las consignas del Concilio. Es claro que se partió de cero. Hubo pioneros, como se dijo antes, pero eran casos aislados.

Es cierto que no todos los miembros de la Conferencia episcopal tienen el mismo talante ecuménico, como es lógico y, por consiguiente, esto quizá se traduce en alguna falta de decisión con respecto a algunas actitudes o declaraciones que en momentos determinados podía haber hecho, como han hecho algunas otras Conferencias Episcopales de nuestro entorno geográfico.

Pero ha promovido Congresos para el estudio de los Acuerdos teológicos llevados a cabo por la Iglesia católica y las Alianzas Confesionales Mundiales o por el Consejo Ecuménico de las Iglesias. Promueve fuertemente la celebración de la Semana de la Unidad que se celebra en todas las diócesis. Publicó unas interesantes «Normas para la celebración de los matrimonios mixtos» y otras «para la celebración de los matrimonios con musulmanes», las cuales fueron aplaudidas por los Episcopados de Alemania y Francia. Todos los años celebra las «Jornadas Nacionales de Ecumenismo», con participación de las otras Iglesias enganchadas en la causa ecuménica. Ha promovido la publicación de ediciones ecuménicas de la Biblia en castellano, catalán, euskera y gallego, y otras muchas actividades que no se pueden exponer aquí.

El trabajo ecuménico en España ha sido promovido principalmente por las Delegaciones diocesanas, los Centros ecuménicos y el Comité Cristiano Interconfesional, en el cual, por tener un carácter meramente oficioso, han participado, además de las Iglesias sensibles al ecumenismo, otras que no lo son, como bautistas, adventistas, pentecostales, etc., las cuales actualmente forman parte de la Federación de Entidades Evangélicas de España (FEREDE).

¿Incide la formación ecuménica en los planes de estudio y formación de las facultades de teología, seminarios yCentros teológicos?

Debería incidir. Así lo exige el nº. 95 del «Plan de formación para los seminarios mayores de España», donde se lee: «La formación intelectual de los futuros presbíteros debe desarrollarse, con discernimiento crítico, en un contexto que, a su vez, habrá de influir en ella, como el del ecumenismo, las religiones no cristianas, las sectas, la secularización de la cultura, las ciencias positivas, las grandes cuestiones que afectan a la humanidad, el pluralismo...».

¿Han tenido en cuenta los redactores de ese Plan lo que dice el Decreto Unitatis redintegratio?: «La preocupación por el restablecimiento de la unión es cosa de toda la iglesia, de los fieles y de los pastores, en la vida cristiana cotidiana, o en las investigaciones teológicas e históricas».

Y en marzo de 1998 el Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos publicaba un texto sobre «la dimensión ecuménica en la formación de quienes trabajan en el ministerio pastoral», que afecta de un modo muy directo a todos los que estudian en los centros de formación teológica, en el que se dice que, además de que el ecumenismo permee todas las asignaturas de los estudios teológicos, haya una asignatura especial dentro de los cursos de teología, dedicada específicamente a la enseñanza de la problemática ecuménica.

Pues bien, en la actualidad este deseo de la Santa Sede es incumplido en dos tercios de los seminarios españoles y en algunas facultades de teología.

¿Qué grado de compromiso ha adquirido el cristiano español en este campo; las diócesis, las parroquias, los movimientos, los grupos...? ¿Qué baremo ofrecen en general?

Los delegados de ecumenismo son los encargados de aportar la preocupación ecuménica a los niveles diocesanos, conforme a la normativa del Directorio Ecuménico y en general lo realizan con gran espíritu pero, salvo excepciones, su labor queda casi reducida a la preparación y desarrollo de la Semana de Oración por la Unidad. Los Centros ecuménicos que colaboran con ellos extienden de una manera constante su labor a zonas más amplias del espacio nacional y de más calado, mediante una labor más constante, a través de revistas, cursos de formación ecuménica, semanas de estudios especializados, peregrinaciones ecuménicas, encuentros, retiros, etc.. Delegados diocesanos y Centros ecuménicos trabajan en armonía y se apoyan mutuamente. Se ha conseguido mucho a través de estos años, pero es más lo que queda por hacer.

7. IGLESIAS PROTESTANTES Y OTRAS CONFESIONES RELIGIOSAS

Ha tratado extensa y profundamente la realidad ecuménica de las diferentes Iglesias cristianas no católicas en nuestro país, ¿cuál es su compromiso ecuménico?

Fuera de las Iglesias, que forman parte del Consejo Ecuménico de Ginebra, el compromiso ecuménico de las Confesiones cristianas en España es casi nulo, porque va contra su propia concepción de iglesia. No hambrean la unión porque la plenitud eclesial se halla en cualquiera de las comunidades eclesiales locales. Algunos pastores, y al margen de sus propias feligresías, no tienen reparo en prestar colaboración a título meramente personal en momentos determinados, como es en la celebración de la Semana de la Unidad, pero sin comprometer para nada a sus comunidades.

Sin embargo, han participado y colaborado activamente en las tareas del Comité Cristiano Interconfesional, por no tener un carácter oficial, sino meramente oficioso. Con ocasión de la puesta en marcha de la Federación de Iglesias Evangélicas de España (FEREDE), se ha notado un mayor acercamiento y hay relaciones amistosas con el Secretariado de Ecumenismo de la Conferencia Episcopal Española y juntamente participan en reuniones oficialmente convocadas por el Departamento de Libertad Religiosa del Ministerio de Justicia y en otras actividades.

Hay que añadir que la Iglesia Española Reformada Episcopal (IERE) y la Iglesia Evangélica Española (IEE), junto con las Iglesias históricas afincadas en España, viven su compromiso ecuménico desde los orígenes del CEI en 1948; por tanto, antes de que esta realidad empezara a darse oficialmente en la Iglesia católica. Y antes de esa misma fecha, las Iglesias protestantes se reunían para celebrar «el día mundial de oración de la mujer».

¿Por qué se instituyeron, cómo funcionan y cuál puede ser el futuro inmediato de algunos organismos como el Comité Cristiano Interconfesional y otros?

El Comité Cristiano Interconfesional puede decirse que comenzó su andadura en febrero de 1968 con ocasión de la venida a España, para dar una conferencia, del P. J. Hamer, entonces secretario del Secretariado Pontificio para el ecumenismo. En aquella ocasión estuvieron presentes, además de miembros del Secretariado católico otras personalidades de la IERE, IEE, bautistas, hermanos, luteranos, anglicanos y ortodoxos.

En aquella reunión, que se celebró en un ambiente de cordialidad, se tomó el acuerdo de organizar un Comité Mixto de trabajo, para entablar «un diálogo permanente sobre los problemas que tenían planteados las Iglesias y Confesiones cristianas, como actos de oración interconfesional, sepelios, libertad religiosa, matrimonios mixtos, turismo, emigración, proselitismo, etc.». Como se ve se trata, no de reuniones para hablar de temas doctrinales, sino de cuestiones eminentemente prácticas que interesaban a las Confesiones cristianas de aquel entonces.

En la reunión se me encargó que redactara unas bases suficientemente amplias, para que pudieran entrar en el Comité, no las Confesiones oficialmente consideradas, sino miembros de las mismas, que lo consideraran oportuno. Por eso, el Comité nunca ha tenido un carácter oficial, ni tampoco meramente privado, sino “oficioso”. Por el mismo motivo nunca tuvo un presidente, sino dos secretarios, uno por parte de la Iglesia católica y el otro en representación de las demás Iglesias. Y así se ha mantenido hasta nuestros días.

Los temas que ha afrontado el Comité han sido extraordinariamente variados, saliendo al encuentro de la problemática más vidriosa que, a través del tiempo de su larga andadura, se han presentado en las relaciones interconfesionales.

Se trató ya en sus momentos iniciales de la teología y contenidos de la liturgia bautismal, de cara al reconocimiento, en la medida de lo posible, de la validez del bautismo entre algunas de las Iglesias; tema que aún en nuestros días continúa sin resolverse de una manera precisa. A este siguieron otros, como la problemática y la pastoral de los matrimonios mixtos. En febrero de 1971 comenzaron a darse los primeros pasos para las traducciones y ediciones interconfesionales de la Sagrada Escritura. Trabajo verdaderamente precioso.

El Comité iniciaba en 1971 el estudio sobre la revisión del Concordato entre el Estado Español y la Santa Sede con las implicaciones que el mismo podría acarrear al resto de las Iglesias cristianas. La objeción de conciencia fue un tema tratado con suma profundidad. La reunión, que el Comité celebraba para estudiar la cuestión del “ministerio” tuvo que ser interrumpida por el asesinato del Almirante Carrero Blanco, el 4 de diciembre de 1972. Problema de relaciones interconfesionales en algunas diócesis de España; la problemática de la enseñanza religiosa en el ambiente español; el derecho a la libertad de enseñanza. Otras muchas actuaciones del Comité podrían referenciarse, como edición de los folletos de propaganda de la Semana de Oración por la unidad de los cristianos para actos interconfesionales que se interrumpió hace dos años; y otras muchas actividades que no se pueden indicar.

Algunos han dicho que sólo con poner en marcha el famoso Documento de Lima se estarían dando irreversibles pasos hacia la unidad

Efectivamente, si las Iglesias admitieran “oficialmente” el Documento de Lima habrían dado un paso importantísimo hacia la plena unidad, ya que en él se trata de tres pilares básicos de la fe: bautismo, eucaristía y ministerio, que son los tres horizontes teológicos que abraza el Documento.

El reconocimiento mutuo de la validez del bautismo entre las Iglesias está admitido entre la católica y la mayor parte del resto, al menos las más importantes, que forman parte del CEI. El reconocimiento de la validez de la eucaristía está vinculado al tema del ministerio. Es lógico, por tanto, que la Comisión de «Fe y Constitución» haya contemplado los tres temas de manera conjunta de cara a dar un paso definitivo hacia la unidad.

Por ello, es explicable que dicha Comisión, de la que forman parte doce teólogos católicos, haya puesto su vista en estos tres temas básicos de la fe de una manera conjunta y les haya hecho objeto de sus reflexiones durante una cincuentena de años. Pero aun no se ha llegado a la meta. El texto no ha sido oficialmente recibido por las Iglesias. Es necesario continuar insistiendo en el empeño, que solamente llegará a su madurez con un nuevo esfuerzo intelectual, arropado de largos momentos de oración.

¿Cómo se cualificaría y se cuantificaría la presencia judía y musulmana en España?

Este es un tema que se sale de las fronteras específicas del ecumenismo para adentrarse en la problemática del diálogo interreligioso, fuertemente promovido por la Iglesia desde el Vaticano II mediante la declaración «Nostra aetate», y luego impulsado por Pablo VI y, sobre todo, Juan Pablo II. La presencia de judíos en España es tan antigua como la penetración del cristianismo; y la del islam con ocasión de la invasión sarracena en 711. Su estancia en nuestro espacio geográfico se prolongó durante siglos hasta el momento de la expulsión de unos y otros. Durante su permanencia en nuestro suelo hubo momentos de buena vecindad y de colaboración, mezclados con otros de rencillas y desavenencias que reconoce la historia.

Los judíos en España pueden ser en la actualidad alrededor de los 20.000. Y los musulmanes se aproximan a los 300.000. Las relaciones con los católicos son pacíficas y generalmente cordiales. La Iglesia católica cultiva el diálogo con unos y otros de una manera oficial mediante la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales.

Las buenas relaciones con los judíos han sido promovidas principalmente mediante el Centro de Estudios Judeo–Cristianos que pilotan las Hermanas de Sión. La conmemoración de los 500 años de su expulsión de España fue celebrada sin acrimonia alguna. Hubo acontecimientos notables como la presencia del Rey en la Sinagoga de Madrid, acompañado de autoridades religiosas, Y se tuvo un acto precioso en la Sinagoga de Santa María la Blanca de Toledo con presencia del cardenal arzobispo de la ciudad, el presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales y arzobispo de Tarragona y la Conferencia Central de Rabinos Americanos. Las relaciones, pues, son normales y amistosas.

Otro tanto cabe decir respecto de los musulmanes. Hoy día gozan de plena libertad religiosa, cuentan con numerosas mezquitas y lugares de culto. Las relaciones oficiales de la Iglesia católica las cultiva un Departamento dentro del Secretariado de Ecumenismo. Son famosos en todo el mundo los congresos islamo–cristianos de Córdoba y el celebrado con ocasión de la inauguración de la gran mezquita de Madrid y otros que les han seguido, como los organizados por la Universidad de Alcalá de Henares.

El Departamento de libertad religiosa del Ministerio de Justicia, de algunos años a esta parte, viene organizando congresos sobre su especificidad en Toledo, la «ciudad de las tres culturas». Y hay centros teológicos embarcados en el diálogo interreligioso, como la Facultad de Teología de Granada, el Instituto «Fe y Secularidad» de Madrid, el Centro Ecuménico de Barcelona y el Centro Ecuménico “Misioneras de la Unidad” de Madrid.

¿Qué decir de las sectas? ¿Cuáles son las más presentes e influyentes en Madrid?

Es tanto lo que habría que decir que es mejor no entrar en el tema. Como bien sabes este problema ha sido una de mis mayores preocupaciones y le he dedicado muchas horas de mi ministerio pastoral. El Centro Ecuménico “Misioneras de la Unidad” tiene, entre sus producciones, un interesante y voluminoso libro sobre la cuestión, cuya segunda edición está a punto de agotarse. Además, en nuestros cursos de formación ecuménica dedicamos más de una quincena de clases a profundizar en el tema. También el Centro cuenta con un servicio de atención, estudio y documentación del fenómeno sectario moderno en todos sus niveles y áreas y lo presenta en sus páginas web (http://www3.planalfa.es/mu/) con intensidad y hondura reflexiva.

Es muy digna de alabar la actitud de la Comisión Episcopal que ha dado la voz de alarma sobre el problema y ha convocado varias veces a peritos sobre esta problemática para reflexionar y a su vez orientar a la opinión pública. Las estadísticas acerca de su presencia en España son muy variables, pero siempre alarmantes por el impacto destructivo o desgarrados que conlleva. Quizá el número de personas afectadas en nuestro suelo se aproxime a las 400.000. Entre los grupos sectarios con más seguidores encontramos a los Testigos de Jehová, los Mormones y los Moonis, todos ellos procedentes de la fe cristiana. Entre los de origen oriental encontramos a los Hare Krishna. Pero los que están alcanzando mayores cotas de seguimiento son los movimientos de corte esotérico y filosófico, como es el caso de la teosofía, los modernos movimientos gnósticos y los grupos que encajan en la nueva corriente espiritual de «Nueva Era» y la «Cienciología».

Este es un problema universal, digno de estudio para el sociólogo, el psicólogo, el historiador de las religiones y, sobre todo, para el pastor y el sacerdote, que deben contemplarlo en especial desde una óptica pastoral y humana.

IV. EL FUTURO DICE: «DEBEMOS DARNOS PRISA»

8. EL PUEBLO REUIDO GRITABA: «¡UNITATE!, ¡UNITATE!»

Si conoce bien el presente, intuye certeramente el futuro más inmediato del ecumenismo. Espera que en los diez primeros años del siglo XXI se haya olvidado el “desamor” entre