¿Por qué
esta Semana de Oración por la Unión de los
Cristianos?
La oración por la
unidad siempre se ha dado en la Iglesia. El lema de este
año para la celebración de la Semana es
Yo soy el camino, la verdad y la vida [Jn. 14,
6]. Si cada uno pide por la unión de los otros
a su propia Confesión, estaríamos fuera
de la metodología del ecumenismo -tan fuertemente
impulsado por los últimos Papas-, ya que éste
no es conversionismo, sino unionismo.
La intencionalidad de la oración ecuménica
y programada conjuntamente por la Iglesia católica
y el Consejo Ecuménico de las Iglesias, tiene como
punto de mira el propuesto por el padre Couturier: Señor,
únenos por los caminos que Tú quieras y
como Tú quieras.
Esta Semana de
oración por la Unidad se viene realizando desde
1968, ¿ en qué aspectos se ha ido avanzando
y cómo son las relaciones entre las distintas Confesiones
actualmente?
Me gusta comparar el ecumenismo
con las olas del mar, en las cuales constantemente hay
avances y retrocesos, pleamar y bajamar, debido a diversas
causas, eclesiales unas y ambientales otras. Pero el ecumenismo,
que es un movimiento indivisible, en cuanto es
el mismo para todos los cristianos, es irreversible,
como tantas veces ha repetido Juan Pablo II. No puede
detenerse, aunque haya momentos de aminoración
de velocidad en su marcha hacia la meta. Todos los pastores
deben convencerse de que es, como añade el Papa
insistentemente, prioridad pastoral, para que
no lo arrumben en el cajón de los trastos inútiles
o lo encierren en el calabozo de las cosas espinosas y
mortificantes, aunque realmente lo es. El ecumenismo tiene
futuro. No puede perder actualidad mientras no haya desaparecido
la causa que lo motiva: la desunión. Continúa
siendo un reto para los cristianos de hoy, y continuará
siéndolo mientras ellos se empecinen en permanecer
desunido.
¿Qué
pasos a dar nos indica la reciente Carta del Papa Novo
millennio ineunte respecto a la unidad de los cristianos
Tiene como dos caras: una
llena de fruición gozosa mirando a los gestos ecuménicos
realizados por el mismo Santo Padre, a lo largo del año
que acaba de terminar; y otra, exigente, sobre la renovación
de la Iglesia y las actitudes pastorales que en ella deben
adaptarse de cara al compromiso de la evangelización
del mundo. Desde el punto de vista ecuménico, tiene
una frase verdaderamente antológica, en la que
descubrir una vez más su corazón poblado
de ansias de unidad. Además, parece plenamente
adaptado a este momento que estamos viviendo, inmediatamente
antes del comienzo de la Semana de oración por
la unidad de los cristianos. Dice: La oración
de Cristo nos recuerda que este don ha de ser acogido
y desarrollado de manera cada vez más profunda.
La invocación «que todos sean uno»
es, a la vez, imperativo que nos obliga, fuerza que nos
sostiene y saludable reproche por nuestra desidia y estrechez
de corazón. La confianza de poder alcanzar, incluso
en la Historia, la comunión plena y visible de
todos los cristianos se apoya en la plegaria de Jesús,
no en nuestras capacidades. He ahí, en una
sola frase, todo un tratado sobre la dimensión
espiritual del ecumenismo.
Dice el Papa en su última
Carta apostólica: No es una ofensa a la identidad
del otro lo que es un don para todos, que se propone con
el mayor respeto a la libertad de cada uno. Eso no puede
ser objeto de una especie de negociación dialogística,
como si para nosotros fuese una simple opinión.
En esta Carta apostólica, el Papa está hablando
del diálogo interreligioso, no del diálogo
ecuménico. Son dos campos diferentes, como lo dice
a continuación al hablar de la Iglesia misionera.
Una cosa es la misión y otra el ecumenismo; si
bien el ecumenismo tiene como finalidad la unidad de los
cristianos, tiene como meta final la evangelización.
Me gustaría definir
el ecumenismo como una marcha hacia la Unidad por
la oración, el diálogo y la colaboración
para la evangelización. El ecumenismo tiene
como meta la unidad de los cristianos, de cara a la evangelización
del mundo. Para la consecución de ese objetivo
es necesaria la oración, porque se necesitan unas
fuerzas sobrehumanas para lograrlo. Es necesaria también
la colaboración intereclesial, pero no se puede
realizar sino mediante el diálogo teológico,
ya que cada Iglesia tiene su modelo de unidad. Al entrar
en diálogo, cada uno de los representantes de cada
Iglesia está en la obligación de presentar
el modo de pensar de su propia Confesión y no traicionarlo.
El diálogo teológico interconfesional es
una cosa muy seria, y en el que cada participante no se
presenta a sí mismo, sino el modo de pensar de
su Iglesia. Además, los textos producto de los
diálogos teológicos, antes de ser oficialmente
aprobados por las autoridades de las Iglesias respectivas,
necesitan haber pasado por el tamiz de la recepción
de los mismos por parte de las Iglesias en el diálogo
representadas. La búsqueda de la unidad no puede
pasar por alto la cuestión de la verdad. Cualquier
intento de llegar a la unidad por otros caminos prescindiendo
de la verdad revelada, está condenado al fracaso.
Cada una de las Iglesias
que están comprometidas en el diálogo teológico,
presenta un modelo de unidad. ¿Cómo llegar
a un solo modelo de unidad? Ésta es la gran dificultad,
pero paso necesario para alcanzar la meta, que es la unión
de todas en una sola Iglesia.
Aunque no se ha
podido realizar un significativo encuentro pancristiano,
¿ qué destacaría de los muchos e
intensos momentos de diálogo ecuménico que
hemos vivido durante este Año Jubilar?
– A lo largo del
Año Jubilar ha habido numerosos actos impactantes
para la conciencia de todos los cristianos, pilotados
por el Papa y realizados en comunión con los hermanos
de otras Confesiones. La apertura de la Puerta Santa en
la basílica de san Pablo Extramuros, teniendo a
su lado al Primado anglicano Carey y al arzobispo ortodoxo
Athanasion, en representación del Patriarca de
Constantinopla; la maravillosa Jornada del perdón
en la Basílica vaticana; la celebración
en el Coliseo romano de los Testigos de la fe;
la peregrinación de Juan Pablo 11 a los Lugares
Santos de las tres religiones monoteístas, etc.,
son clara manifestación del ambiente de amor fraterno
entre creyentes dentro de la fe cristiana y allende la
fronteras de la misma. Gestos espectaculares, que han
quedado prendidos en las pupilas de la Historia como preanuncio
de sabrosas realidades a vivir en un próximo futuro.