Pedro Langa Aguilar, fraile
agustino, teólogo ecuménico y ecumenista,
es profesor de Ecumenismo en varias Facultades de Teología,
consultor de la Comisión Episcopal de Relaciones
Interconfesionales, profesor del Centro Ecuménico
Misioneras de la Unidad de Madrid, autor de múltiples
trabajos y valorado conferenciante. Con motivo de la celebración
de la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos,
Ecclesia ofrece a sus lectores una entrevista con este
reconocido experto.
PREGUNTA.- «Promover
la unidad» son las primeras palabras del Decreto
sobre Ecumenismo, cuyo 40 aniversario acabamos de celebrar.
¿Ha servido realmente este documento conciliar
para esa promoción de la unidad de los cristianos?
RESPUESTA.- Entiendo que
sí, aunque sólo sea por el espléndido
capítulo de logros en la moderna historia de la
Iglesia, que nadie medianamente cuerdo puede negar. Sin
el Decreto Unitatis Redintegratio sería inimaginable
la firma que la Iglesia católica tiene estampada
en documentos tan emblemático s como la encíclica
Ut Unum Sint, la carta apostólica Orientale Lumen,
o ya, de estricto corte ecuménico, el Documento
de Lima (BEM) y el Documento católico-luterano
sobre la justificación por citar algunos representativos.
Promover, lo que se dice promover, es ya otro cantar que
atañe al grado de recepción e incidencia
que tales documentos hayan tenido, o puedan tener, en
las distintas Iglesias, según tradiciones, culturas,
mentalidades y personas.
P.- Suelen señalarse
tres campos en el ecumenismo, bien subrayados por Unitatis
Redintegratio: el ecumenismo espiritual, el teológico
y el pastoral, ¿cuál ha contribuido especialmente
a la práctica ecuménica?
R.- Creo que no seria bueno
destacar uno solo (porque los tres se implican y complementan.
Dudo mucho que se pueda ejercer un ecumenismo teológico
sin hacer otro tanto con el espiritual. Y una pastoral
ecuménica en la que sus promotores se desentiendan
de los otros dos ecumenismos antedichos puede que ni sea
ecuménica, ni sea siquiera pastoral. En esta materia,
pues, como en tantas, hay que andarse con pies de plomo
a la hora de colocar los adjetivos. Por cierto, la urgencia
del ecumenismo no admite discriminaciones, ni excepciones.
Nadie, siendo así, puede «escaquearse»
de una obligación que a todos concierne y a todos
compromete. Porque el ecumenismo es compromiso de la Iglesia
entera, comprendidos fieles y pastores. No parece de buen
sentido, pues, andarse por las ramas cuando hay que ir
a las raíces.
P.- ¿Cuál
fue a grandes rasgos la gestación del Decreto Unitatis
Redintegratio?
R.- Muy laboriosa, desde
luego, harto problemática y en extremo reveladora
de las pugnas internas de entonces entre las distintas
corrientes conciliares. Para el cardenal Bea y sus más
directos colaboradores en el Secretariado, causa de no
pocos sufrimientos. Si el cardenal Willebrands, todavía
superviviente de aquella generación, quisiera dejar
plasmado en sus eventuales memorias este punto, le aseguro
a usted que prestaría a la Iglesia y al ecumenismo
en general un servicio impagable. Personalmente considero
que Unitatis Redintegratio, debido a las vicisitudes de
su elaboración y promulgación, es el documento
del Vaticano II en el que más palpable se dejó
sentir la acción del Espíritu.
ESPÍRITU
POSITIVO, ESPERANZADOR Y RECONFORTANTE
P.- ¿Se aprecia
en su articulado alguna influencia de los diversos observadores
de otras Iglesias no católicas asistentes al Concilio?
R.- Es arriesgado responder
de modo unívoco a esta pregunta, o por lo menos
precisar el alcance de la respuesta, pero a mí
no se me ocurre ni poner en tela de juicio que la presencia
de los observadores en el Concilio, con posibilidad de
dialogar, de informar e informarse, y hasta de sugerir
o dar su parecer, fue no pocas veces iluminadora y sugerente.
El Decreto incorpora, y a la vista salta que para señalado
provecho de la Iglesia católica, un carácter
pneumatológico muy de las Iglesia orientales, las
ortodoxas comprendidas, y otro bíblico de adhesión
a la Palabra en el culto y en la espiritualidad cristiana,
no menos común de la Reforma. Unitatis Redintegratio,
de todos modos, rinde en el prólogo un discreto
homenaje al Consejo Ecuménico de las Iglesias cuando
recoge prácticamente las palabras de su base cristológico-trinitaria.
P.- ¿Con qué
talante fue recibido este Decreto en la Iglesia Católica
y en las Iglesias no católicas?
R.-Con un espíritu
en general muy positivo, esperanzador y reconfortante,
a juicio de los especialistas, más como dársena
de partida que como meta de llegada, más a manera
de luz emergente de alborada que de mortecina y des angra
da del crepúsculo. Ello es tanto más de
valorar cuanto que, apenas tres años antes, la
gran mayoría de los Padres conciliares, según
testimonios de los cardenales Willebrands, Bea, Congar,
Koenig, Suenens y no pocos otros nombres vinculados, algunos,
con el Secretariado, confiesan que una gran mayoría
conciliar tenía sólo vaga idea del ecumenismo.
La intervención conciliar del obispo de Brujas
(Bélgica), monseñor De Smedt, el 19-XI1962,
hablando del diálogo ecuménico con motivo
de las fuentes de la Revelación, pasará
a la historia de la Iglesia católica en este movimiento
de la unidad.
DESCONOCER LO
QUE ES EL ECUMENISMO CONDUCE A VEDO COMO ALGO RARO
P.- ¿Cuál
fue su recepción en España por la jerarquía
católica de aquel tiempo, por los católicos
y por las Iglesias no católicas?
R.-Seguramente que usted
podría darme aquí lecciones. Mis estudios,
en cualquier caso, denuncian una recepción más
bien mediocre. En España había entonces
un régimen confesional de apoyo sin fisuras a la
Iglesia católica, la cual ya se vio luego cuán
difíciles tuvo las cosas a la hora de la separación.
Documentos como la Dignitatis Humanae sobre la libertad
religiosa, y nuestro decreto Unitatis Redintegratio sobre
la unidad de las Iglesias tenían que chocar forzosamente
con una mentalidad demasiado apologética todavía
y de contrarreforma en el catolicismo español.
Puede que en el aspecto sociopolítico de la llamada
Transición las cosas arrojen, para lo que a la
Iglesia católica concierne, laudables resultados.
Desde el punto de vista ecuménico, en cambio, la
situación fue, y sigue siendo, muy otra.
PARA ENTENDER EL
ECUMENISMO HAY QUE PRACTICADO
P.- Usted es teólogo,
se dedica a la docencia tea lógica y muy destacada
mente a la de! ecu1l1enismo en la Facultad Teológica
de San Dámaso y en el Centro Teológico San
Agustín, en Madrid ambos. ¿Cuál es
e! termómetro de la enseñanza de! ecumenismo
en los centros eclesiásticos de España,
y más: qué grado ecuménico tiene
la teología que en ellos se imparte, pues si el
clero no es ecuménico no pueden serio los laicos?
R.- A la Facultad de Teología
San Dámaso he llegado recientemente. Donde sí
vengo impartiendo ininterrumpidamente la asignatura de
Ecumenismo desde 1976 es el Estudio Teológico Agustiniano
Tagaste (Los Negrales), el cual forma parte desde 1994
del Centro Teológico San Agustín que usted
cita. Pero yo ejercí de profesor de Patrología
y Agustiniología durante más de veinte años
en diversas universidades de Roma, además del Augustinianum,
y recuerdo que el Pontificio Instituto Regina Mundi me
pedía entonces esta disciplina con tanto interés
por lo menos como últimamente la Pontificia Universidad
de Salamanca y algunas comunidades religiosas, entre ellas
la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas,
la del entrañable hermano Rafael, hoy beato. Comparto
con usted, por tanto, que si el clero no es ecuménico
tampoco lo serán los laicos, ello es evidente,
aunque por la Santa Sede no queda, puesto que el Pontificio
Consejo para la Unidad de los cristianos publicó
en 1993 el nuevo Directorio para la aplicación
de los principios y normas sobre e! ecumenismo y en 1997
el precioso documento La dimensión ecuménica
en la formación de quienes trabajan en e! ministerio
pastoral. Dejemos, pues, las cosas en su punto y que los
hechos escuetos canten su verdad.
P.- ¿Dónde
encontrar, a su juicio, e! resorte para lograr de la Iglesia
católica en España, y también de
las Iglesias no católicas, una sincera apertura
a la acción ecuménica?
R.- Evidentemente en la
práctica del ecumenismo. Cuando me llegan noticias
en el sentido de que se ponen trabas, o no se acaba de
ver con buenos ojos una posible colaboración interconfesional
en España, me asaltan dos sentimientos contrapuestos:
uno hilarante y otro entristecedor. El primero, porque
esas mismas cortapisas se dieron entre Roma y el Consejo
Ecuménico de las Iglesias en Amsterdam (1948),
Evanston (1954) y otras magnas cumbres de entonces, hasta
que llegó el beato Juan XXIII y las cosas empezaron
a cambiar. Y entristecedor, porque intuyo que aquel cambio
acabará dándose también aquí,
en España, lo que, de ser así, significaría
que ahora mismo llevamos un retraso de al menos 50 años
en este asunto: todo repliegue en esta gozosa realidad
de una evangelización pancristiana dentro de este
mundo globalizado, conduce al empobrecimiento. Lejos de
suponer peligro alguno, el ecumenismo conlleva siempre
un enriquecimiento eclesial. Practicarlo, pues, significa
contribuir al intercambio de dones del que escribe Juan
Pablo II en la encíclica Ut Unum Sint. Me persuadía
de ello no hace mucho el cardenal Walter Kasper y el curso
de los acontecimientos no hace sino confirmarlo.
P.- Organizado por
la Asociación Centro Ecuménico Misioneras
de la Unidad (ACEMU) a la que pertenecen miembros de diversos
movimientos ecuménicos de algunas diócesis,
se ha celebrado a mediados de diciembre un Congreso de
Ecumenismo para conmemorar los 40 arios del Decreto sobre
Ecumenismo, en el que usted mismo ha tenido una ponencia,
¿qué puede suponer este Congreso y si influirá
de alguna manera en nuestro devenir ecuménico?
R.- A juzgar por la resonancia
obtenida en los medios de comunicación me temo
que muy poco. Hay, por cierto, en los medios comunicadores
quienes siguen confundiendo ecumenismo con diálogo
interreligioso, y así no se puede ir a ninguna
parte. El Congreso que usted cita, efectivamente, se inscribía
dentro de los actos conmemorativos del cuadragésimo
aniversario de la Unitatits Redintegratio celebrados por
todo el mundo. El Pontificio Consejo convocó el
suyo en Roca di Papa, cerca de Roma, los días 11-13
de noviembre de 2004, con numerosa representación
de conferencias episcopales de todo el mundo y nutrida
concurrencia de observadores no católicos. El dicasterio
vaticano se ha hecho presente después en el nuestro
de Madrid mediante un joven oficial, monseñor Juan
Fernando Usma, cuya experiencia ha servido para facilitar
en todo momento el buen desarrollo de los actos. En cuanto
a su posible influjo durante los años venideros
habrá que ver en qué paran las cosas de
ahora mismo. Es de esperar que la cruda realidad que se
adivina próxima obligue a concentrar sus fuerzas
a un cristianismo que también aquí, por
desgracia, continúa dividido. No quisiera dar una
impresión negativa; me gusta, más bien,
el realismo y, en este caso, levantar acta de algo que
todos pueden comprobar. No es que el ecumenismo esté
mal; es que lo vivimos mal, o ni siquiera lo acabamos
de entender como gracia de Dios para su Iglesia. En España
esta viña del Señor contó y cuenta,
por fortuna, con buenos, muy buenos obreros. .