Asociación "Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad"
Asociación Ecuménica "Cristianos por la Unidad"
Servicio de Ayuda y Estudio del Sectarismo
«El Ecumenismo conlleva siempre enriqueciminto eclesial»

Entrevista con el teólogo Pedro Langa por José Luis Diez Moreno [Publicada en «Ecclesia» n. 3.241, 22 enero 2005].

Pedro Langa Aguilar, fraile agustino, teólogo ecuménico y ecumenista, es profesor de Ecumenismo en varias Facultades de Teología, consultor de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, profesor del Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad de Madrid, autor de múltiples trabajos y valorado conferenciante. Con motivo de la celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos, Ecclesia ofrece a sus lectores una entrevista con este reconocido experto.

PREGUNTA.- «Promover la unidad» son las primeras palabras del Decreto sobre Ecumenismo, cuyo 40 aniversario acabamos de celebrar. ¿Ha servido realmente este documento conciliar para esa promoción de la unidad de los cristianos?

RESPUESTA.- Entiendo que sí, aunque sólo sea por el espléndido capítulo de logros en la moderna historia de la Iglesia, que nadie medianamente cuerdo puede negar. Sin el Decreto Unitatis Redintegratio sería inimaginable la firma que la Iglesia católica tiene estampada en documentos tan emblemático s como la encíclica Ut Unum Sint, la carta apostólica Orientale Lumen, o ya, de estricto corte ecuménico, el Documento de Lima (BEM) y el Documento católico-luterano sobre la justificación por citar algunos representativos. Promover, lo que se dice promover, es ya otro cantar que atañe al grado de recepción e incidencia que tales documentos hayan tenido, o puedan tener, en las distintas Iglesias, según tradiciones, culturas, mentalidades y personas.

P.- Suelen señalarse tres campos en el ecumenismo, bien subrayados por Unitatis Redintegratio: el ecumenismo espiritual, el teológico y el pastoral, ¿cuál ha contribuido especialmente a la práctica ecuménica?

R.- Creo que no seria bueno destacar uno solo (porque los tres se implican y complementan. Dudo mucho que se pueda ejercer un ecumenismo teológico sin hacer otro tanto con el espiritual. Y una pastoral ecuménica en la que sus promotores se desentiendan de los otros dos ecumenismos antedichos puede que ni sea ecuménica, ni sea siquiera pastoral. En esta materia, pues, como en tantas, hay que andarse con pies de plomo a la hora de colocar los adjetivos. Por cierto, la urgencia del ecumenismo no admite discriminaciones, ni excepciones. Nadie, siendo así, puede «escaquearse» de una obligación que a todos concierne y a todos compromete. Porque el ecumenismo es compromiso de la Iglesia entera, comprendidos fieles y pastores. No parece de buen sentido, pues, andarse por las ramas cuando hay que ir a las raíces.

P.- ¿Cuál fue a grandes rasgos la gestación del Decreto Unitatis Redintegratio?

R.- Muy laboriosa, desde luego, harto problemática y en extremo reveladora de las pugnas internas de entonces entre las distintas corrientes conciliares. Para el cardenal Bea y sus más directos colaboradores en el Secretariado, causa de no pocos sufrimientos. Si el cardenal Willebrands, todavía superviviente de aquella generación, quisiera dejar plasmado en sus eventuales memorias este punto, le aseguro a usted que prestaría a la Iglesia y al ecumenismo en general un servicio impagable. Personalmente considero que Unitatis Redintegratio, debido a las vicisitudes de su elaboración y promulgación, es el documento del Vaticano II en el que más palpable se dejó sentir la acción del Espíritu.

ESPÍRITU POSITIVO, ESPERANZADOR Y RECONFORTANTE

P.- ¿Se aprecia en su articulado alguna influencia de los diversos observadores de otras Iglesias no católicas asistentes al Concilio?

R.- Es arriesgado responder de modo unívoco a esta pregunta, o por lo menos precisar el alcance de la respuesta, pero a mí no se me ocurre ni poner en tela de juicio que la presencia de los observadores en el Concilio, con posibilidad de dialogar, de informar e informarse, y hasta de sugerir o dar su parecer, fue no pocas veces iluminadora y sugerente. El Decreto incorpora, y a la vista salta que para señalado provecho de la Iglesia católica, un carácter pneumatológico muy de las Iglesia orientales, las ortodoxas comprendidas, y otro bíblico de adhesión a la Palabra en el culto y en la espiritualidad cristiana, no menos común de la Reforma. Unitatis Redintegratio, de todos modos, rinde en el prólogo un discreto homenaje al Consejo Ecuménico de las Iglesias cuando recoge prácticamente las palabras de su base cristológico-trinitaria.

P.- ¿Con qué talante fue recibido este Decreto en la Iglesia Católica y en las Iglesias no católicas?

R.-Con un espíritu en general muy positivo, esperanzador y reconfortante, a juicio de los especialistas, más como dársena de partida que como meta de llegada, más a manera de luz emergente de alborada que de mortecina y des angra da del crepúsculo. Ello es tanto más de valorar cuanto que, apenas tres años antes, la gran mayoría de los Padres conciliares, según testimonios de los cardenales Willebrands, Bea, Congar, Koenig, Suenens y no pocos otros nombres vinculados, algunos, con el Secretariado, confiesan que una gran mayoría conciliar tenía sólo vaga idea del ecumenismo. La intervención conciliar del obispo de Brujas (Bélgica), monseñor De Smedt, el 19-XI1962, hablando del diálogo ecuménico con motivo de las fuentes de la Revelación, pasará a la historia de la Iglesia católica en este movimiento de la unidad.

DESCONOCER LO QUE ES EL ECUMENISMO CONDUCE A VEDO COMO ALGO RARO

P.- ¿Cuál fue su recepción en España por la jerarquía católica de aquel tiempo, por los católicos y por las Iglesias no católicas?

R.-Seguramente que usted podría darme aquí lecciones. Mis estudios, en cualquier caso, denuncian una recepción más bien mediocre. En España había entonces un régimen confesional de apoyo sin fisuras a la Iglesia católica, la cual ya se vio luego cuán difíciles tuvo las cosas a la hora de la separación. Documentos como la Dignitatis Humanae sobre la libertad religiosa, y nuestro decreto Unitatis Redintegratio sobre la unidad de las Iglesias tenían que chocar forzosamente con una mentalidad demasiado apologética todavía y de contrarreforma en el catolicismo español. Puede que en el aspecto sociopolítico de la llamada Transición las cosas arrojen, para lo que a la Iglesia católica concierne, laudables resultados. Desde el punto de vista ecuménico, en cambio, la situación fue, y sigue siendo, muy otra.

PARA ENTENDER EL ECUMENISMO HAY QUE PRACTICADO

P.- Usted es teólogo, se dedica a la docencia tea lógica y muy destacada mente a la de! ecu1l1enismo en la Facultad Teológica de San Dámaso y en el Centro Teológico San Agustín, en Madrid ambos. ¿Cuál es e! termómetro de la enseñanza de! ecumenismo en los centros eclesiásticos de España, y más: qué grado ecuménico tiene la teología que en ellos se imparte, pues si el clero no es ecuménico no pueden serio los laicos?

R.- A la Facultad de Teología San Dámaso he llegado recientemente. Donde sí vengo impartiendo ininterrumpidamente la asignatura de Ecumenismo desde 1976 es el Estudio Teológico Agustiniano Tagaste (Los Negrales), el cual forma parte desde 1994 del Centro Teológico San Agustín que usted cita. Pero yo ejercí de profesor de Patrología y Agustiniología durante más de veinte años en diversas universidades de Roma, además del Augustinianum, y recuerdo que el Pontificio Instituto Regina Mundi me pedía entonces esta disciplina con tanto interés por lo menos como últimamente la Pontificia Universidad de Salamanca y algunas comunidades religiosas, entre ellas la Abadía Cisterciense de San Isidro de Dueñas, la del entrañable hermano Rafael, hoy beato. Comparto con usted, por tanto, que si el clero no es ecuménico tampoco lo serán los laicos, ello es evidente, aunque por la Santa Sede no queda, puesto que el Pontificio Consejo para la Unidad de los cristianos publicó en 1993 el nuevo Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre e! ecumenismo y en 1997 el precioso documento La dimensión ecuménica en la formación de quienes trabajan en e! ministerio pastoral. Dejemos, pues, las cosas en su punto y que los hechos escuetos canten su verdad.

P.- ¿Dónde encontrar, a su juicio, e! resorte para lograr de la Iglesia católica en España, y también de las Iglesias no católicas, una sincera apertura a la acción ecuménica?

R.- Evidentemente en la práctica del ecumenismo. Cuando me llegan noticias en el sentido de que se ponen trabas, o no se acaba de ver con buenos ojos una posible colaboración interconfesional en España, me asaltan dos sentimientos contrapuestos: uno hilarante y otro entristecedor. El primero, porque esas mismas cortapisas se dieron entre Roma y el Consejo Ecuménico de las Iglesias en Amsterdam (1948), Evanston (1954) y otras magnas cumbres de entonces, hasta que llegó el beato Juan XXIII y las cosas empezaron a cambiar. Y entristecedor, porque intuyo que aquel cambio acabará dándose también aquí, en España, lo que, de ser así, significaría que ahora mismo llevamos un retraso de al menos 50 años en este asunto: todo repliegue en esta gozosa realidad de una evangelización pancristiana dentro de este mundo globalizado, conduce al empobrecimiento. Lejos de suponer peligro alguno, el ecumenismo conlleva siempre un enriquecimiento eclesial. Practicarlo, pues, significa contribuir al intercambio de dones del que escribe Juan Pablo II en la encíclica Ut Unum Sint. Me persuadía de ello no hace mucho el cardenal Walter Kasper y el curso de los acontecimientos no hace sino confirmarlo.

P.- Organizado por la Asociación Centro Ecuménico Misioneras de la Unidad (ACEMU) a la que pertenecen miembros de diversos movimientos ecuménicos de algunas diócesis, se ha celebrado a mediados de diciembre un Congreso de Ecumenismo para conmemorar los 40 arios del Decreto sobre Ecumenismo, en el que usted mismo ha tenido una ponencia, ¿qué puede suponer este Congreso y si influirá de alguna manera en nuestro devenir ecuménico?

R.- A juzgar por la resonancia obtenida en los medios de comunicación me temo que muy poco. Hay, por cierto, en los medios comunicadores quienes siguen confundiendo ecumenismo con diálogo interreligioso, y así no se puede ir a ninguna parte. El Congreso que usted cita, efectivamente, se inscribía dentro de los actos conmemorativos del cuadragésimo aniversario de la Unitatits Redintegratio celebrados por todo el mundo. El Pontificio Consejo convocó el suyo en Roca di Papa, cerca de Roma, los días 11-13 de noviembre de 2004, con numerosa representación de conferencias episcopales de todo el mundo y nutrida concurrencia de observadores no católicos. El dicasterio vaticano se ha hecho presente después en el nuestro de Madrid mediante un joven oficial, monseñor Juan Fernando Usma, cuya experiencia ha servido para facilitar en todo momento el buen desarrollo de los actos. En cuanto a su posible influjo durante los años venideros habrá que ver en qué paran las cosas de ahora mismo. Es de esperar que la cruda realidad que se adivina próxima obligue a concentrar sus fuerzas a un cristianismo que también aquí, por desgracia, continúa dividido. No quisiera dar una impresión negativa; me gusta, más bien, el realismo y, en este caso, levantar acta de algo que todos pueden comprobar. No es que el ecumenismo esté mal; es que lo vivimos mal, o ni siquiera lo acabamos de entender como gracia de Dios para su Iglesia. En España esta viña del Señor contó y cuenta, por fortuna, con buenos, muy buenos obreros. .

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