Después de haber
charlado con Teresa Rossi, se piensa que a nadie mejor
que a ella podía habérsele encomendado la
promoción de un tema como el ecumenismo. Su optimismo,
alegría y vitalidad pueden resultar contagiosos
para una causa que sigue despertando recelos yen la que
no siempre se gastan las energías necesarias.
Claro que la naturaleza
optimista de este espíritu entusiasta de 38 años
parece tener unos patrones genéticos. En un mundo
donde mujer y teología no son siempre términos
compatibles, la familia Rossi ha aportado a la causa teológica
nada menos que a sus tres hijas, laicas todas ellas. "Sí,
somos raros”, dice riendo, aunque la razón
de este inusitado interés por la teología,
ella, la más pequeña de las tres hermanas,
lo achaca a que en su familia "hay mucha alegría
por el cristianismo, y mucho interés y entusiasmo”.
"A veces pienso que lo nuestro es algo patológico”,
afirma volviendo a reír, "pero otras me doy
cuenta de que somos muy afortunadas porque podemos hacer
aquello que nos gusta, aunque todavía sea algo
extraño, porque el de la teología es un
campo muy nuevo para la mujer”.
Afortunada, sí,
y plenamente consciente también de que una teóloga
ha de trabajar y esforzarse más que un hombre y,
en ocasiones, con menos frutos. Sí reconoce que
se han dado avances en cuanto a la promoción del
papel y la responsabilidad de la mujer en el seno de la
Iglesia, sobre todo "a nivel de percepciones antropológicas
y también eclesiológicas", aunque "esas
responsabilidades tienen que seguir creciendo”,
señala.
En todo caso, ella considera
que su experiencia es muy positiva. En un país
en donde apenas se reconoce la labor de quienes se dedican
a estas disciplinas, donde los teólogos laicos
han de tener otro trabajo complementario para poder sobrevivir,
ella trabaja en una universidad católica y, además,
es investigadora en el Centro Pro Unione, una iniciativa
ecuménica de los franciscanos inaugurada en 1968.
"Sí, soy afortunada, porque Pro Unione ha
querido tener a una teóloga a tiempo completo -creo
que soy la única en Italia en esta situación-,
es decir, una teóloga que, como primer y único
trabajo, tiene que hacer de teóloga…”.
Ya lo de dedicarse a la
tarea ecuménica, ese más difícil
todavía para una mujer, es porque, como asegura
con otra sonrisa luminosa, "me gustan los desafíos,
me gusta complicarme la vida”. Desde muy joven recuerda
que siempre había tenido un interés por
el tema de la reconciliación y la unidad de las
Iglesias. A ello, se une que el ecuménico "es
un campo muy abierto a las mujeres y a todos los laicos,
con un panorama más heterogéneo, lo que
me facilita mi trabajo como teóloga”.
EL JUEGO DEL ECUMENISMO
Desde las bellísimas
instalaciones que el Centro Pro Unione tiene en la Piazza
Navona, en un histórico edificio de la no menos
histórica familia Doria-Pamphiti, Teresa se vuelca
en la investigación y en la formación ecuménica.
En las grandes estancias del Centro comparten lugar una
magnífica biblioteca ecuménica con más
de 18.000 volúmenes en varios idiomas y más
de 300 publicaciones periódicas de todo el mundo
que abordan la teología ecuménica, el diálogo
entre las Iglesias, el movimiento ecuménico y su
historia, la espiritualidad de las distintas confesiones
cristianas... Pero con lo que verdaderamente está
entusiasmada Teresa es con los cursos de ecumenismo que
imparten. Sobre todo a los niños, algo impensable
en España, máxime si tenemos en cuenta que
es la escuela publica italiana la que más demanda
del Centro Pro Unione esa formación. "Para
hablar a la gente de ecumenismo, es mejor si ya desde
pequeños comienzan a entender la importancia de
la llamada a la reconciliación, a la riqueza de
la complementariedad, aunque sólo sea por asociar
a la palabra ecumenismo el recuerdo de una bonita mañana
pasada entre juegos”. Sí, juegos, porque
"son el mejor canal para vehicular el mensaje ecuménico”.
Así, grupos de chavales de distintos colegios y
parroquias pasan algunas mañanas, después
de breves charlas introductorias sobre la división
y la reconciliación entre las Iglesias, buscando
tesoros de caramelos y golosinas en las esquinas centenarias
del Centro. "Es una experiencia a la que hay que
dedicar mucho tiempo, pero educar a los niños en
la reconciliación es muy enriquecedor”.