Misioneras de la Unidad - Nosotras recordamos
Una Vida para la Unidad

ELIECER PÉREZ MARTÍN
Directora de las Misioneras de la Unidad [1933-1991]

Eso fue la vida de Eliecer Pérez Martín, directora de las "Misioneras de la Unidad", que fue al encuentro con el Padre en la madrugada del 11 de septiembre de 1991. Emprendió el viaje desde un escenario en el que se movía con facilidad por haber gastado en él gran parte de su vida como enfermera, el de un hospital.

La vida humana no es ni una comedia, en la que siempre se esté riendo, ni una tragedia, en la que siempre se esté llorando. Contemplada desde la fe, la vida es un don. La vida de todo hombre es un regalo que se le hace y que él ha de hacer a su vez. La vida es una inversión de Dios en nosotros de cara a los demás. Toda vida es un bien social.

Eliecer así lo entendió y, por eso, consumió su vida en bien de los demás, sus hermanos y hermanas. Para eso quiso ser enfermera, y lo fue por vocación, para entregarse plenamente a los que sufren: a los enfermos de Burgos y Valladolid; a los tuberculosos del Sanatorio de San Rafael en Segovia; a los hijos de emigrantes en las guarderías de Ginebra y de los suburbios de Madrid. Y en todo momento se dio con intensa generosidad.

Bondadosa, sencilla, humilde, apacible, generosa, sacrificada, siempre adelantándose para hacer las tareas que le correspondían a los demás. Esos serían los perfiles de su persona, enmarcados todos ellos durante muchos años en una dedicación, una consagración a la causa de la unidad de los cristianos. Ya en los primeros años de su juventud, cuando se hallaba prestando sus atenciones a los tuberculosos de San Rafael, sintió la llamada profunda del Señor que la invitaba a seguirle formando parte de la Comunidad de las Misioneras de la Unidad. Pronto se dio cuenta de que el hombre, hecho a imagen de Dios -que es comunidad de Persona- no puede realizarse ni lograr su felicidad solo, por ella misma. En realidad ella ya vivía comunitariamente en el Sanatorio, enclavado en plena sierra, entre religiosas, enfermeras, médicos y pacientes. Fue sin duda el deseo de llevar una vida aún más fraterna y espiritual lo que la movió a dar el paso hacia una Comunidad marcada por el ideal de la unidad. Una comunidad con una misión centrada en el corazón mismo de los problemas eclesiales, brotada de la plegaria que Jesús dirigió a su Padre en la Noche de la Última Cena, y que ella podría realizar dentro del ministerio, al que vivencialmente siempre se sintió atraída.

Elicer comprendió que el ecumenismo es una exigencia del Evangelio, que demanda una entrega radical, absoluta. Esta exigencia, como dijo el Papa Juan Pablo II, no es una tarea entre las demás, por muy importantes que éstas sean, sino "una prioridad pastoral", porque mana del deseo de Cristo, incide en las fuentes misma de la evangelización, la cual difícilmente podrá ser completa, verdaderamente integral si no se hace de una manera conjuntada entre todos los cristianos.

El ecumenismo es, ante todo y sobre todo, una actitud espiritual, un talante personal, un estilo de vida que encajaba perfectamente en el modo de ser de Eliecer. Es una manera especial de contemplar los problemas fundamentales de la Iglesia bajo el prisma de la unidad. Esta contemplación englobante de los problemas eclesiales dimana de un clima espiritual, empapado de las resonancias unionistas de la oración de Jesús en el Cenáculo.

Su vocación la llevó a participar en reuniones y congresos ecuménicos, entre los cuales destacan los Encuentros Interconfesionales de Religiosas, iniciados en 1970 en la Comunidad protestante de Grandchamp (Suiza), en el que ella tuvo una intervención sobre "La vida de consagración en la España de hoy. Experiencias personales de la vida consagrada". Participó, asimismo, en los Encuentros de Albi [Francia, 1988], Agapia [Rumania, 1987], Bose [Itlaia, 1984] y Ávila [1982].

Pero más que su hacer ecuménico es digno de tenerse en cuenta su ser y su vivir ecuménico. Dotada por la naturaleza de una serie de cualidades, que ella procuró desarrollar a lo largo de su vida espiritual, se sintió como pez en el agua dentro de las exigencias de la espiritualidad ecuménica.

Pobre de espíritu y humilde de corazón, captó perfectamente que los amagos de soberbia y los sentimientos de superioridad se hallan en la raíz de la mayor parte de las disensiones eclesiales que han ido apareciendo a través de la historia de la Iglesia. Flexible en su carácter, sabía contemporizar. No era amiga de posturas rígidas ni de actitudes radicalizadas. En la terminología ecuménica suele decirse que "cuanto más flexible es la eclesiología de una Iglesia tanto menos problemas encuentra en el estudio de la eclesiología de otra Iglesia hermana".

Con el oído siempre abierto a la escucha de los demás, rimaba con la actitud ecuménica de la Iglesia que acoge las diversidades legítimas y no se encierra en los rigorismos de una absoluta uniformidad. Sabía comprender y aceptar las razones de las posturas ajenas.

Fácil para el diálogo, que es la metodología imprescindible en el acercamiento de los hermanos separados, en cualquier nivel de la vida, escribía en sus apuntes: "Señor, enséñanos a dialogar en profundidad; es más, tendríamos que hacernos maestras del diálogo; ayúdanos a dialogar en la casa y en la calle, en nuestro apostolado y en nuestras relaciones, en todo lugar y en profundidad unos con otros".

Supo ejercer con sencillez y sin triunfalismos el ministerio de la unidad, no solamente al interior de la Comunidad de Misioneras, sino donde quiera que ejerció su labor de ayuda social, y muy en concreto, en la diócesis de Valladolid, donde, junto con sus compañeras, promovió la celebración de las semanas de oración por la unidad de los cristianos del mes de enero, y con responsables del Seminario diocesano puso en marcha las convocatorias de oración, celebradas en la Catedral, con la asistencia de los distintos movimientos apostólicos con el fin de promover la unidad al interior de la Iglesia católica, dentro de la misma Comunidad diocesana.

Conocedora de la trascendencia que el Seminario tiene de cara a la totalidad de la pastoral de la diócesis, logró contagiar el ideal ecuménico a un grupo de seminaristas, quienes le manifestaron su agradecimiento asistiendo a su funeral. Reconociendo el bien que de ella y sus compañeras habían recibido, la escribía en el mes de enero un seminarista desde el extranjero: "Estamos celebrando la Semana por la Unidad de los Cristianos en Roma. ¿Cómo no teneros a vosotras presentes en nuestro corazón? Año tras año habéis forjado en nosotros el gusto por esta Semana y nos habéis educado a ser sensibles a esta realidad de la Iglesia: la desunión de los hermanos. Junto con los Hermanos de Taizé habéis acercado la realidad de las iglesias desconocidas para nosotros a nuestra diócesis, a nuestro pequeño mundo. Por eso esta Semana nos acerca también, y de una manera especial, a vosotras: Misioneras de la Unidad. ¡Qué nombre tan bonito!".

Sabedora de la importancia del ecumenismo, de lo sencillo y de lo cotidiano, promovió el grupo interconfesional de oración, que durante varios años se reunió en la Casa de los Jesuitas de Valladolid, y particularmente la preparación y celebración interconfesional de la oración del mes de enero en la ciudad del Pisuerga.

Atenta al hoy de la Iglesia y sensible a las preocupaciones pastorales de la misma, como es el lema de la "nueva evangelización", escribía en sus apuntes de unos ejercicios espirituales en los que participó: "Señor, ante la nueva evangelización y para que tu Iglesia sea una: Toma mi vida. Padre, únenos, que el mundo crea que enviaste al Hijo. ¡Padre, únenos!".

Como vocacional y vivencialmente la han de tener todos los miembros del Instituto, ella tuvo la unidad como consigna, como propósito, como bandera, en su doble dimensión: interior, como abrazo entre todos los miembros de la Comunidad; y exterior, como proyección evangelizadora, como abrazo reconciliador de todos los creyentes en Cristo. Este doble dinamismo, al menos intencionalmente, configura la totalidad del ser de la Comunidad. Ella lo entendió. Por eso, de cuando en cuando, en su plegaria espontánea hablaba de la compenetración, de la unidad de la Comunidad, y no sólo de la unidad de los cristianos de cara a la humanidad de toda la humanidad.

Eliecer se sintió herida por el sufrimiento que provoca en el alma la división de la Iglesia y, habiéndolo asumido desde el comienzo de su vocación, lo vivió con particular intensidad en los últimos momentos de su vida. Al estilo de Juan XXIII, quien, entre los estertores de su larga agonía, tenía conmocionado al mundo con la oración de Jesús que él repetía frecuentemente: "Que todos sean uno", ella, recogiendo sus fuerzas, como José encogió sus pies en el instante de morir [Gen 49,33], exprimía las esencias de su vida consagrada a la causa de la unidad con la misma súplica de Jesús momentos antes de subir al Padre: "Que todos sean uno para que el mundo crea" [Jn 17, 21].

Eliecer, que de tanto pensar en ella ya tuteaba a la muerte, nos dijo que cuando ésta llegara "no lloráramos sino que hiciéramos una fiesta". Cristo habla de un banquete de bodas, no en un paraíso de bienes terrenos, sino en el gozo de una comunión afectiva. Él se marchó, pero se quedó con nosotros. Todos los que en Él mueren inciden en esta sublime paradoja: se van y se quedan. Así Eliecer se ha marchado de entre nosotros para quedarse para siempre a nuestro lado en comunión afectiva y efectiva. Así lo prometió: "Desde el cielo os ayudaré mucho". Así nos lo garantiza nuestra fe: "¡Qué hermosa es la fe!", solía decir ella.

A vosotros, hermanos en la fe, cristianos de distintas confesiones, os hemos querido dedicar esta fuerte vivencia para que celebréis con nosotros esta fiesta, la que podemos celebrar todos los que creemos que en Cristo y por Cristo la muerte no es un acabamiento fatal, sino un tránsito pascual. El de nuestra hermana, Eliecer Pérez Martín, directora de las "Misioneras de la Unidad", fue el 11 de septiembre de 1991.


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