Una vida al Servicio de la Unidad MARINA IGLESIAS PÉREZ [1925-2002] |
Se
marchó al despuntar de la aurora, cuando
la alondra emprende su vuelo. Era la madrugada
del día 22 de enero de 2002. Había
nacido en Yanguas de Eresma (Segovia) el 26
de diciembre de 1925. Desde su ingreso en
el Instituto Misionero de la Unidad
siempre estuvo dispuesta a ir a cualquier
lugar que la Comunidad tuviera necesidad.
Pasó varios años en una guardería
para niños de emigrantes españoles
en Ginebra (Suiza), así como en Madrid,
en el barrio del Lucero. El cuidado de los
niños era entrañable en ella,
pues los cuidaba con mucho cariño y
gran dedicación.
En el Centro Ecuménico, que en Madrid tienen las «Misioneras de la Unidad», se la encomendaron diversos cometidos, todos humildes y sencillos, pero no por ello menos importantes y necesarios. Trabajadora, su rostro era siempre el primero con el que tropezaban los visitantes, quedando enseguida prendados de su sencillez y naturalidad. Era la centinela de la Casa, lámpara siempre ardiendo al interior de ella e irradiando luz a todos los que se le acercaban. Pequeña en estatura, pero alta en generosidad, y más grande en bondad. Humilde y sencilla, a imitación de María, a la que tanto amaba y trataba de imitar en el silencio.
«Misionera
de la Unidad». ¡Qué bello
nombre y, sobre todo, qué ministerio
tan necesario el suyo, el de la institución
a la que pertenecía, en la Iglesia
de hoy, y qué consolador para Jesús,
su fundador! ¡«Marinita»
era el nombre cariñoso con el que la
besaban sus compañeras colombianas!
Hablaba poco, pues era poco expresiva. Siempre
arropada de sencillez y vestida de humildad.
Fiel al reglamento de la Casa, era sumamente
puntual a los horarios. Nunca fue difícil
para la convivencia. Asidua a las conferencias
y enseñanzas sobre ecumenismo, impartidas
en el Centro, nunca dejaba de asistir a los
diversos cultos durante la Semana de Oración
por la Unidad, celebrados por las distintas
iglesias establecidas en Madrid.
Su vida rimaba en maravillosa armonía con el ecumenismo espiritual, con esa corriente de oración y sacrificio, de sencillez y ocultamiento, que los primeros ecumenistas, como el Padre Couturier, se esforzaban por suscitar en las diversas confesiones cristianas. Se hallaba contenta de formar parte de ese «monasterio invisible», soñado por el gran ecumenista francés, en el que se dan cita fervorosos creyentes de las diversas iglesias que se han quemado por el mismo fuego del deseo ardiente de la unidad intereclesial.
Entusiasta
de los Encuentros Interconfesionales de Religiosas,
iniciados por su propio Instituto y celebrados
por toda la geografía europea, desde
Inglaterra a Grecia, participó en varios
de ellos. Asimismo, siempre participó
activamente en los Encuentros Interconfesionales
de El Espinar (Segovia).
Atacada
de grave enfermedad durante casi cinco años,
si bien los últimos meses los pasó
alternativamente entre el hospital y la casa.
Plenamente consciente de que se acercaba hacia
el final, lo aceptó con resignación
cristiana, y en ocasiones manifestaba su deseo
de morir para encontrarse pronto en el cielo
y contemplar el rostro del Amado, la cara
de Dios. Tuvo la satisfacción de comulgar
casi todos los días que pasó
en el hospital; y muchos de los que estuvo
en casa pudo asistir a la celebración
de la Eucaristía. Recibió tranquila
la Unción de los Enfermos, y repetía
con el confesor las palabras de Jesús
en la última Cena: «Padre,
que todos sean uno para que el mundo crea».
Nos
concedió el Señor la gracia
de que muriera en la Casa donde ella entregó
parte de su vida. El ecumenismo se hizo presente
durante esos dos últimos días
a través de las plegarias de los fieles
y sacerdotes católicos, con salmodias
de sabor oriental de los sacerdotes ortodoxos,
de los patriarcados de Constantinopla y Rumania,
acompañados de sus esposas e hijas,
así como con los sentidos salmos de
varios pastores protestantes y sus esposas
y amigos, pertenecientes a diversas iglesias
reformadas de Madrid.
El ambiente ecuménico no pudo ser más profundo. No pocos de los que allí estuvimos presentes nos hicimos la siguiente pregunta: «¿Por qué Dios se ha llevado a Marina precisamente durante e incluso en el epicentro de la celebración de la Semana de la Unidad? ¿Acaso porque el señor quiso que ella contemplara el problema de la unión de los cristianos desde su doble perspectiva, la del tiempo y la de la eternidad?». ¿No es un signo sencillo morir en estas fechas como plenificación de su carisma? ¿No necesitará la Iglesia de estos signos sencillos para hacer más viable el ecumenismo? Misioneras, familiares, amigos y conocidos fuimos obsequiados por el Señor durante dos días, con ocasión de la muerte de Marina, de un ambiente ecuménico, es decir, cristiano. Si no en la mente, sí en los labios, Marina tenía continuamente presente aquella frase de un espiritual: «Calla o di alguna cosa mejor que el silencio». Máxima que ella cumplió durante su vida de consagrada, pero no después de morir, porque su fallecimiento se hizo conocer inmediatamente más allá de las fronteras nacionales y de las confesionales, pues ya antes del sepelio llegaron llamadas y comunicaciones de aquende y allende el mar.
Ahora
ya la tenemos en la Casa del Padre, Casa de
Unidad y de Amor; y desde allí puede
ayudarnos mejor, junto a su hermana de vocación,
Eliecer, que la precedió en el encuentro
con Dios y con la que compartió durante
muchos años la maravillosa tarea de
la misma vocación, con la que el Señor
las bendijo y las convirtió en un espléndido
regalo para nosotras.
Porque amaba la Unidad, vivía la unidad con Dios y con sus hermanos, y trabajó siempre por la causa de la unión entre todos los cristianos con alegría y esperanza.
Tránsito
al Padre de Marina Iglesias Pérez,
Misionera de la Unidad, el 22 de enero de
2002. |