Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Día 2: No vivir para sí mismos

Reflexión del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

Jueves, 19 de enero.- «Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos » (2 Corintios 5,15).

La oración ecuménica que avanza el Octavario en este segundo día pone de relieve que por medio de salmos y cantos nos reunimos en el nombre de Jesús alabando las acciones maravillosas de Dios. Confesamos nuestros pecados de división y hacemos nuestra petición de perdón. La proclamación de la Palabra, por su parte, destaca la acción reconciliadora de Cristo como «aquel que murió por todos» (v. 14). Los fieles responden a esta Buena Noticia aceptando la invitación a ser ministros de reconciliación.

Por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo hemos sido liberados de crearnos nuestro propio sentido y de vivir solo a partir de nuestras fuerzas. Por el contrario, vivimos en el poder dador de vida de Cristo, que vivió, murió y resucitó por nosotros. Cuando «perdemos» nuestra vida por él, la encontramos. Lo dijo el propio Jesús: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda [es decir, quien entregue] su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 25). Se comprende, pues, que san Juan lo afirme con palmaria claridad: «Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Juan 4, 19-21). Con este dicho de la primera de Juan, resulta casi ocioso, por evidente, la súplica del salmista: «Señor, muéstrame tus caminos» (Salmo 25, 1-5). ¿Qué caminos van a ser esos, qué sendas, qué verdad va a ser esa sino el amor al hermano, a quien se ve, para que su amor hacia él nos conduzca al amor de Dios, a quien no vemos? Razón que le sobra, en cambio, al profeta Miqueas cuando afirma: «Se te ha declarado [es decir, se te ha hecho conocer], hombre, lo que está bien» (Miqueas 6, 8).

Lo que está bien, por tanto, queda patente, se nos ha demostrado con inconfundible acento según el profeta Miqueas. Queda igualmente nítido que los profetas se enfrentaron constantemente a la pregunta acerca del modo correcto de vivir cara a Dios. Miqueas encontró una respuesta muy fácil a esta pregunta: «respetar el derecho, practicar con amor la misericordia y caminar humildemente con tu Dios». Lo malo del asunto es que tales recomendaciones proféticas, que ahora, con el ecumenismo, nos resultan de pura evidencia, existían ya cuando católicos y luteranos nos enzarzamos a raíz de la Reforma en guerras de religión, persecución al hermano hasta llegar a las manos y acabar en los fratricidios. Ese desdichado proceder saca a la superficie que por ambas partes se creía responder correctamente a cómo vivir cara a Dios, pero no se vivía con Dios. El ecumenismo ha conseguido el milagro de considerarnos pecadores por ambas partes, de hacer igualmente de una parte y otra penitencia, y de estar completamente decididos a saber dialogar, que es el mejor atajo para saber amar.

En los últimos años, el aislamiento social y la creciente soledad se han vuelto piedras de toque en Alemania, igual que en tantos otros lugares del mundo. Los cristianos están llamados a desarrollar nuevas formas de vida comunitaria en las que se compartan los medios de sustento con los demás. El llamamiento evangélico a no vivir para nosotros mismos sino para Cristo puede también abrirnos a los demás rompiendo barreras que nos aíslan. ¿Estará reservado al ecumenismo resolver el problema de los emigrantes? Por de pronto es cuestión de sensibilidad, de vivir para los demás en nuestra vida de todos los días. Nuestro Padre Dios nos ha liberado en Jesucristo para una vida que va más allá de nosotros mismos. Y esto es el ADN del ecumenismo. Que el Santo Espíritu, por tanto, nos ayude a sentirnos hermanos en Cristo, que vivió, sufrió, murió y resucitó por nosotros y que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

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“Emigrantes y refugiados nos interpelan.
La respuesta del Evangelio de la misericordia” (Papa Francisco)

Pedro Langa Aguilar