Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Día 3: No valorar con criterios humanos

Reflexión del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

 

Viernes, 20 de enero.- «Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así» (2 Corintios 5,16).

 

No dice Pablo que haya conocido a Jesús de Nazaret. Afirma que todos, incluso los que pudieron conocerle (“conocimos”, puntualiza) deben renunciar a dar importancia a la proximidad “carnal” con Jesús: lazos de parentesco, de trato familiar, de nacionalidad común (cf. Marcos 3, 31-35). Para otros, Pablo está contraponiendo su conocimiento actual de Cristo, Señor de Gloria, al que tenía antes de su conversión, cuando le consideraba como enemigo. Esto en ecumenismo indica que a nadie se ha de valorar con criterios humanos, ya que la unidad cristiana está lejos de ser amalgama de intereses humanos, siendo así que es una gracia. Encontrarse con Cristo, por lo demás, cambia todo de arriba a abajo. Así lo experimentó Pablo camino de Damasco. Por primera vez pudo ver a Jesús como quien era realmente: el Salvador del mundo. Su perspectiva cambió radicalmente. Tuvo que poner a un lado su juicio humano y mundano. Saulo se convirtió en Pablo (Hechos 9, 1-19). Aplicada de nuevo esta clave al ecumenismo, podemos entender que el verdadero movimiento ecuménico pide un cambio que sólo Cristo es capaz de producir. El ecumenismo es cristocéntrico, esto es, pivota por completo en la persona de Jesucristo.

Algún atisbo de respuesta ofrecen las Escrituras en el libro primero de Samuel, profeta empeñado en seguir llorando por Saúl, después de haber sido este rechazado por Dios, y prevenido por Dios, a la hora de elegir al candidato entre los hijos de Jesé: « La mirada de Dios no es como la mirada del hombre » (1 Samuel 16, 1.7). Encontrarnos con Cristo cambia también nuestra perspectiva. Sin embargo, muchas veces permanecemos en el pasado y juzgamos según criterios humanos. Pretendemos decir y hacer cosas «en el nombre del Señor», cuando, en realidad, no pasan de ser en nuestro propio nombre.

A lo largo de la historia, en Alemania y en muchos otros países, las Iglesias y los gobernantes han abusado de su poder e influencia para perseguir fines políticos injustos. En 1741, los cristianos de la Iglesia de Moravia (Herrnhuter), transformados por su encuentro con Cristo, respondieron al llamamiento de no valorar a nadie con criterios humanos y eligieron «someterse al gobierno de Cristo». Al someternos nosotros hoy al gobierno de Cristo, estamos llamados a ver a los demás como Dios los ve, sin desconfianza ni prejuicios. Si el mandamiento del Señor es nítido y llena los ojos de luz (Salmo 19, 7-13), la gracia de la unidad cristiana abre también los ojos del alma para saber descubrir, valorar y respetar los talentos y la fe del hermano de otra Iglesia. Quizás un abundante y relajado baño en el mar de las bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12) facilite el proceso de cambio que el ecumenismo exige.

Experiencias de Damasco hay más de lo que parece. Está por ver, en cambio, en qué medida influyen en los comportamientos y hasta qué punto cambian el existir de uno. Preguntarse sobre qué cambia cuando miramos a los demás cristianos y a las personas de otras confesiones con los ojos de Dios quizás esté de sobra. La evidencia no necesita demostrarse. Sobra, pues, hacerse preguntas de esta índole por la sencilla razón de que si miramos con los ojos de Dios a las personas de otras confesiones, entonces cambia todo, absolutamente todo. No hace falta volver a Samuel en el trance de elegir a David: « La mirada de Dios no es como la mirada del hombre » (1 Samuel 16, 1.7). Dios Uno y Trino, el origen y el fin de todo lo que existe, perdona incluso nuestra propensión a pensar sólo en nosotros mismos, cegados por nuestros propios criterios. Que Dios nos enseñe a ser amables, acogedores y misericordiosos, para que podamos crecer en la unidad que es don suyo. A Él sea por siempre el honor, la alabanza y la gloria.

 

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Si miramos con los ojos de Dios…

 

Pedro Langa Aguilar