Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Día 7: El ministerio de la reconciliación

Reflexión del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

Martes, 24 de enero.- «Dios nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Corintios 5,18-19).

 

¡Magnífico y colosal apóstol Pablo interpretando la misericordia de Dios con los hombres! Sus tiernas y delicadas imágenes nos permiten afirmar que la palabra reconciliación se mueve por las páginas de la Sagrada Escritura como un bálsamo relajante y cauterizador. Es como el aceite suave y reconstituyente que aplica el Buen Samaritano a las heridas del hombre molido a palos al borde del camino. O como el líquido elemento mezclado con aromas para derramarlo suavemente, lentamente, gradualmente hasta reblandecer la dura protuberancia del hematoma. Tiene por eso la reconciliación una buena dosis de recuerdo hiriente al venir a cerrar heridas y olvidar injurias. Lo cual quiere decir que las presupone. Pero la reconciliación aporta, sobre todo, serenidad y quietud al alma que vuelve así a la inicial armonía con Dios

José se reconcilia con sus hermanos (cf. Génesis 50, 15-21). Atrás quedan las injurias, el dolor, la angustia del padre a quien se hace creer que ha perdido para siempre al hijo, y también la villanía de los hermanos que fueron capaces de venderlo como a esclavo. Pero el encuentro es una de las páginas más bellas de la Biblia. Como la del hijo pródigo. El bienestar que el re-encuentro reporta en toda la familia lo corrobora el salmista al afirmar que el reino de Dios trae justicia y paz (Salmo 72). La historia de José demuestra que Dios otorga siempre la gracia necesaria para sanar las relaciones rotas. Y es que la reconciliación está compuesta no sólo de recuerdos negativos, pasados e hirientes. Proyecta de igual modo su amorosa luz sobre el gozoso cuadro que ella siempre procura. Porque la reconciliación es posible gracias al amor. El amor de Dios nos obliga a amarnos unos a otros (1 Juan 3, 16b-21), pero «no de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad» (v.18). Jesús oró por la unidad de la Iglesia (cf. Juan 17, 20-26), poniendo de relieve que dicha unidad es obra de amor y, por ende, de reconciliación.

Pablo estaba convencido de que el amor de Cristo nos apremia a hacer que la reconciliación de Dios cambie nuestra vida. Lutero, Zuinglio y Calvino, por la Reforma, igual que muchos otros católicos –es el caso de Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Carlos Borromeo-, intentaron que la Iglesia occidental se renovara. Desdichadamente, lo que debería haber sido una historia de la gracia de Dios, se torció por el pecado de los hombres y se volvió una historia del desgarramiento de la unidad. El pecado, las guerras, la hostilidad mutua y la sospecha fueron creciendo a lo largo de los siglos.

El ministerio de la reconciliación incluye la tarea de superar las divisiones dentro del cristianismo. Muchas Iglesias cristianas trabajan hoy juntas con mutuo respeto y confianza. Un ejemplo de reconciliación ecuménica es el diálogo entre la Federación Luterana Mundial y el Congreso Mundial Menonita: una vez publicados los resultados de este diálogo en el documento «La sanación de las memorias: reconciliación por medio de Cristo», ambas entidades organizaron juntas una celebración penitencial en 2010 que fue seguida de otras celebraciones penitenciales por toda Alemania y en muchos otros países. Buena ocasión es esta del Octavario para agradecer al Dios de toda bondad por habernos reconciliado, a nosotros y a toda la creación, consigo en Cristo; y para pedirle que nos vuelva capaces a nosotros, a nuestras congregaciones y a nuestras Iglesias para el ministerio de la reconciliación. «Donde haya odio, que sembremos amor; donde haya ofensa, perdón; donde haya duda, fe; donde haya desesperación, esperanza; donde haya tinieblas, luz; donde haya tristeza, gozo».

 

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Martín Lutero el Reformador

Pedro Langa Aguilar