Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Día 2: No como esclavo, sino como...

No como esclavo, sino como hermano muy querido

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

«(Lo recuperarás) no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como un hermano querido, que, siéndolo mucho para mí, ¡cuánto más lo será para ti, no sólo como amo, sino también en el Señor!» (San Pablo a Filemón). Con excesiva frecuencia nos olvidamos del inciso «en el Señor», y del fundamento mismo de la dignidad humana, que es haber sido creados a imagen de Dios (Gn 1, 26-28). Y no digamos ya la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37).

Estremece por eso pensar en qué cenagosos charcos chapotea hoy mismo el tráfico de seres humanos, forma de esclavitud de nuestros días con la que se engaña o se fuerza a las víctimas a trabajos sexuales, al trabajo infantil y a dar sus órganos para el beneficio de los explotadores. Industria, ésta, global y multimillonaria, sin duda, pero también problema creciente, por desdicha, en el Caribe, cuyas Iglesias reformadas han unido sus fuerzas con el Consejo para la Misión Mundial y el Consejo para la Misión de América del Norte y el Caribe al objeto de educar a las comunidades cristianas para que pongan fin al terrible flagelo que representa el tráfico de seres humanos.

El problema de la esclavitud obliga a reconocer que muchas Iglesias debieran haber alzado antes la voz frente a tales abusos denunciando hasta la ronquera semejante ruindad del género humano. Tuvieron que pasar muchos años hasta la llegada del Derecho de Gentes, siendo así que, analizado el problema a fondo, ni siquiera hubiera sido necesario, teniendo a mano como se tenía el Evangelio. Más bien se ve y vuelve a ver que una cosa es tener el Evangelio a mano y otra muy distinta llevarlo en el corazón de puro tenerlo tatuado en el alma.

Jesús desafió las normas sociales que devaluaban la dignidad humana de los samaritanos, indicando al samaritano como el «prójimo» de aquel que había sido asaltado camino de Jericó –un prójimo que, según la Ley, debe ser amado–. Y Pablo, valiente en Cristo, habla del esclavo Onésimo como de un «hermano muy querido», transgrediendo las normas sociales de su época y afirmando y reafirmando ante el amo Filemón la humanidad onesimiana. El amor cristiano debe ser siempre valiente, generoso, abierto, atrevido para cruzar fronteras, reconociendo en los demás una dignidad igual a la nuestra. Deben los cristianos ser, como san Pablo, «suficientemente valientes en Cristo» para levantar una voz unánime que reconozca claramente como sus prójimos y sus hermanos y hermanas muy queridos a las víctimas del tráfico humano. Trabajar juntos, eso es lo que hace falta, para poner fin a la esclavitud de los tiempos modernos.

Quiero pensar que las Iglesias, de haber procedido en el ecumenismo aparcando intereses y prejuicios que no van a ninguna parte; de haber antepuesto los intereses de Cristo al afrontar problemas como el de la esclavitud, es probable que a estas alturas de la película estuvieran viviendo a tope la comunidad de comunión y, en consecuencia, rayanas en la total unidad visible. Ni que decir tiene que nuestro Padre Dios sigue mostrándose misericordioso con los que son víctimas del tráfico de seres humanos, asegurándoles que conoce su situación y que escucha su grito. Quiere que su Iglesia unida, siendo una sola voz --¿dónde y cuándo aparece esa sola voz…?--, pueda luchar compasiva, samaritana, maternal; con denuedo, con coraje y con valor, para que llegue el ansiado día en el que nadie será explotado y en el que todos podrán ser libres para vivir en paz unas vidas dignas.

El ecumenismo debe proceder convencido de que el Dios uno y trino puede hacer infinitamente más de lo que se le puede pedir, y más también de cuanto uno pudiera imaginar. Cuando el ecumenismo discurra del todo resuelto a plantarle cara a los problemas que afligen a tantos corazones humanos, por ejemplo la esclavitud, que sigue teniendo múltiples rostros de similar índole dentro de la sociedad de nuestros días, y tantas y tantas otras esclavitudes, cuando se adentre, digo, con su corazón en el Corazón de Cristo, buen samaritano, y logre saborear el inefable deleite del Ut unum sint, será entonces capaz de realizar los espectaculares milagros de la Iglesia naciente. Tendrá, sobre todo, una sola voz, tremenda en la denuncia, de imposible silencio en la demanda, suave y tierna de sentir en la súplica.

 

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No esclavos, sino hermanos