Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Día 5: Dios escucha el grito del pobre...

Dios escucha el grito del pobre
desde todos los rincones de la tierra

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

«¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!» (Lc 18, 38). El ciego de Jericó pidiendo reiteradamente ayuda al Rabí de Nazaret, Jesús, viene a ser hoy el de tantas economías caribeñas tradicionalmente basadas en la producción de materias primas para el mercado europeo y, por tanto, nunca auto-sostenibles. A resultas de lo cual, como era de prever, han terminado endeudándose hasta las cejas en el mercado internacional.

Los requerimientos de una deuda semejante han acabado imponiendo restricciones draconianas a las inversiones en los capítulos del transporte, de la educación, de la sanidad y de tantos otros servicios públicos, lo que ha terminado provocando un fuerte impacto en las espaldas de los más pobres hasta hundir la economía en esa región del planeta. Lo mismo que ha ocurrido y sigue ocurriendo, después de todo, en muchos otros países del mundo. Las crisis económicas nunca fueron buenas: apabullan con números, y los números ya se sabe que no tienen corazón. De ahí que la Conferencia de Iglesias del Caribe, a través de sus contactos internacionales, haya puesto en marcha una iniciativa tendente a resolver los problemas de la deuda en dicha región, que, hoy por hoy, son no pocos, a base de prestar ayuda a los más pobres entre los pobres, que son los más.

Un somero análisis del peliagudo asunto, y volvemos así al ciego de Jericó, nos permite resituar el cuadro bíblico de aquella célebre ciudad de las palmeras en el estado actual de los caribeños. Imaginémonos el ruido del gentío cuando Jesús entra en Jericó. Pasa lo que tantas veces ha ocurrido y seguirá ocurriendo en la historia: muchas voces intentando acallar el grito del mendigo ciego; su presencia, ello es claro, se hace embarazosa y hasta un estorbo para los demás. Así y todo, y pese al tumulto, Jesús alcanza a oír la voz del ciego, del mismo modo que en las Escrituras Dios escucha siempre el grito del pobre. El Señor, que sostiene al que flaquea (cf. Sal 145, 9-20), no solo escucha, sino que interviene. De este modo, la vida del mendigo se transforma totalmente.

«El Señor vuestro Dios, que marcha a vuestro frente, combatirá por vosotros, como visteis que lo hizo en Egipto», había vaticinado Moisés ante Israel al otro lado del Jordán (Dt 1, 19-35). Y muchos siglos después, ya en el NT, hablando del destino del rico, Santiago escribe que «El rico pasará como flor de hierba (St 1, 9-11:9), cual si diera a entender que los ricos no tienen acceso a la exaltación de los humildes si no es humillándose con ellos. Pero la pregunta surge inevitable: ¿cómo se las arreglará la Conferencia de Iglesias del Caribe para trasladar este sentido profundo de la Escritura a los ricos del poderoso y desinteresado Norte para que éste aliente un elemental apoyo de ayuda caribeña?

La desunión de los cristianos puede ser parte del tumulto del mundo y su caos. Es decir, que mezcladas con las voces que discutían a las afueras de Jericó, nuestras divisiones pueden ahogar el grito del pobre. Sin embargo, cuando estamos unidos nos volvemos infinitamente más creíbles y convincentes en nuestra exposición de la presencia de Cristo en el mundo, con más capacidad para oír, más disponibilidad para escuchar y más resuelta voluntad de responder. De este modo, en vez de aumentar el volumen de la discordia, nos haremos más capaces de oír y, en consecuencia, de discernir las voces que más necesitan ser escuchadas.

Tan necesario como urgente se antoja convencerse de que el ecumenismo trate de persuadir a los poderosos hablándoles de un Dios de amor, que levanta al pobre y desvalido y restablece su dignidad. De un Dios que inclina el oído y escucha nuestras súplicas por los menesterosos del mundo. De un Dios, en resumen, suave y misericordioso, que restablece la esperanza del necesitado y levanta el corazón del abatido, para que todo su pueblo pueda ser uno. La firme mano de Dios está levantando al caído en nuestra tierra estéril, y lo hace uno a uno, a cada uno por su nombre, como en el famoso caso del ciego de Jericó. Salva así de la vergüenza al abandonado, del oprobio al dolorido, de la división al dividido. Lo grande es que este Dios misericordioso que así actúa -escúchalo bien, lector-, quiere seguir haciendo misericordia contigo y por ti.

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El coegp de Jericó llamando a gritos a Jesús