Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Día 4: Esperanza y salvación

Esperanza y salvación

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

«Paz sin fronteras» (Is 9,2-7a). Los mensajes pontificios con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz salen cada año con el espíritu expeditivo y sin fronteras que vaticinara en su día el profeta Isaías. Espíritu pacífico, dicho con la Escritura, al que se suma diligente y confiado el salmista cuando exhorta: «Apártate del mal y obra el bien, busca la paz y anda tras ella» (Sal 34, 15). Espíritu, en fin, presente en las despedidas de la última Cena, cuando Jesús serenó el ánimo de sus amigos con la conocida frase: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14, 27). Entre la paz del mundo y la de Cristo, dista gran abismo, claro. El movimiento ecuménico ha de evitar involucrarse en las promesas de paz del mundo, las cuales no pasan de ser mera apariencia. Debe, en cambio, correr de la paz de Jesús en pos.

El reino que Jesús anunció e hizo presente en su ministerio lo es de justicia, de amor y de paz. Dicho de una vez: reino de alegría en el Espíritu Santo. El de la Buena Noticia, pues. ¿Y qué podría significar ésta para los que están atrapados en la oscuridad de la violencia, sino el Evangelio de la Paz? Ante la tolvanera de nuestros días azarosos y oscuros, ¿cómo pueden los cristianos llevar la luz de Jesús a los que están en las tinieblas de la violencia doméstica y de las bandas armadas, si esos mismos cristianos andan tantas veces a la greña, enfrentados, recelosos, divididos entre sí? ¿Qué esperanza pueden ofrecer unos cristianos dados más a la beligerancia que a la oración, a los altercados que al entendimiento, a los planteamientos partidistas que a la disciplina de la koinonía? Es triste que la división de los cristianos sea un anti-testimonio –porque lo es-- que hace difícil poder transmitir esperanza.

La búsqueda de la paz y de la reconciliación entre las diferentes Iglesias y confesiones es lo más opuesto que quepa imaginar a ese frenesí en la defensa de objetivos y hasta en el mero planteamiento del análisis. No vendrá mal tener asumido que cuando los cristianos se esfuerzan por la unidad en una sociedad revuelta por odios y conflictos, ofrecen al mundo un signo admirable de reconciliación. Los cristianos que se niegan a entrar en una lógica de privilegios, alternancias e intereses creados; de llevar, por ejemplo, el agua al propio molino; los que rehúsan humillar a los otros y a sus comunidades; esos beneméritos cristianos dan testimonio de la paz del reino de Dios en donde el Cordero conduce a los santos hasta los manantiales de aguas vivas. Es ésta la paz que el mundo necesita, la que trae sanación y consuelo a los afligidos por la violencia, no la egoísta y calculadora, que pretende ante todo salir ganando aun a costa del compromiso de los demás.

No ya en el Caribe solo, sino en el mundo entero de la entera Ecúmene, la violencia es un problema que interpela a las Iglesias. Existe un índice alarmante de asesinatos, muchos de los cuales guardan relación con la violencia doméstica y la de género y la lucha entre bandas, amén también de otras formas de criminalidad. El Dios de todo consuelo y esperanza, venció la violencia de la cruz con la resurrección. El ecumenismo nos convoca y provoca para que, en cuanto pueblo de Dios, también nosotros podamos erigirnos en signo visible de que la violencia de este mundo será vencida. La diestra de Dios está señalando el camino a recorrer. Oscuro camino con frecuencia por el que nos podemos perder, sin duda, pero, a la postre, ruta por donde nos guía la diestra de Dios.

Para ofrecer a refugiados, inmigrantes y víctimas de la trata de seres humanos una posibilidad real de encontrar la paz que buscan, se precisa una estrategia que conjugue acoger, proteger, promover e integrar [Cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2018, 15 agosto 2017]. «Acoger» la exigencia de ampliar posibilidades de entrada legal, en modo alguno expulsión a los desplazados e inmigrantes a lugares donde les esperan persecuciones, violencia y no pocas veces una muerte segura. «Proteger» y garantizar la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad. «Promover» el desarrollo humano integral de los migrantes y refugiados. Por último, «integrar» a refugiados emigrantes en la vida de la sociedad que les acoge, estimulando el desarrollo humano integral de las comunidades locales.

 

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