Cartas Pastorales de los Obispos de España

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Orar y tra­ba­jar por la uni­dad

EnriqueBenaventVidalCada año, del 18 al 25 de enero, las igle­sias y co­mu­ni­da­des cris­tia­nas de todo el mun­do nos uni­mos para ce­le­brar el oc­ta­va­rio de ora­ción por la uni­dad de los cris­tia­nos. Al pe­dir a Dios el don de la uni­dad, no ha­ce­mos otra cosa que unir­nos a la ora­ción que Cris­to le di­ri­gió al Pa­dre en la úl­ti­ma Cena y ha­cer­la nues­tra: “Te pido, Pa­dre, que to­dos vi­van uni­dos. Como tú, Pa­dre, es­tás en mí y yo en ti, que tam­bién ellos es­tén en no­so­tros. De este modo el mun­do cree­rá que tú me has en­via­do” (Jn 17, 21).

Mons. Enrique Benavent Cada año, del 18 al 25 de enero, las iglesias y comunidades cristianas de todo el mundo nos unimos para celebrar el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Al pedir a Dios el don de la unidad, no hacemos otra cosa que unirnos a la oración que Cristo le dirigió al Padre en la última Cena y hacerla nuestra: “Te pido, Padre, que todos vivan unidos. Como tú, Padre, […]

Esta ora­ción co­mún es un signo de hu­mil­dad por nues­tra par­te. Es­ta­mos re­co­no­cien­do que no so­mos ple­na­men­te fie­les a lo que Cris­to qui­so que fue­ra su Igle­sia, y que la di­vi­sión, que tie­ne su ori­gen en nues­tros pe­ca­dos, es un an­ti­signo por­que di­fi­cul­ta la fe en Cris­to y la unión de to­dos los hom­bres en­tre sí. Pero tam­bién es un ges­to con el que es­ta­mos di­cien­do al mun­do que, a pe­sar de las di­vi­sio­nes exis­ten­tes en­tre no­so­tros y las di­fi­cul­ta­des con­cre­tas y reales para al­can­zar la uni­dad, los cris­tia­nos que­re­mos ser obe­dien­tes a la vo­lun­tad del Se­ñor, que quie­re que, en me­dio de un mun­do en el que hay tan­tos en­fren­ta­mien­tos y rup­tu­ras en­tre las per­so­nas y los pue­blos, la Igle­sia sea, en pa­la­bras de san Agus­tín, “mun­do re­con­ci­lia­do”. Por ello, este de­seo de Cris­to no se po­drá rea­li­zar ple­na­men­te mien­tras haya se­pa­ra­cio­nes en­tre quie­nes cree­mos en Él. Cuan­to más uni­dos es­te­mos, más efi­caz será la mi­sión de la Igle­sia, que con­sis­te en tra­ba­jar para que toda la fa­mi­lia hu­ma­na lle­gue a ser una úni­ca fa­mi­lia de los hi­jos de Dios.

Si mi­ra­mos lo que nos fal­ta para al­can­zar la uni­dad, tal vez nos po­de­mos des­ani­mar: te­ne­mos la sen­sa­ción de que el ca­mino re­co­rri­do has­ta hoy por el mo­vi­mien­to ecu­mé­ni­co ha con­se­gui­do po­cos re­sul­ta­dos. En cam­bio, te­nien­do una pers­pec­ti­va his­tó­ri­ca am­plia, des­cu­bri­mos que las re­la­cio­nes en­tre las gran­des con­fe­sio­nes cris­tia­nas han me­jo­ra­do mu­cho y que, poco a poco, se van su­peran­do mu­chos pre­jui­cios. Por ello, no po­de­mos de­jar de pre­gun­tar­nos qué es lo que po­de­mos se­guir ha­cien­do para avan­zar en el ca­mino ha­cia la uni­dad.

En pri­mer lu­gar he­mos de orar. La ora­ción no es ma­ni­fes­ta­ción de la im­po­ten­cia hu­ma­na para al­can­zar un ob­je­ti­vo. Es el re­co­no­ci­mien­to de que todo don vie­ne de lo alto: tam­bién el lo­gro con­su­ma­do de que la uni­dad de la Igle­sia solo pue­de ve­nir de Dios y no pue­de ser obra nues­tra. La ora­ción es un ges­to de hu­mil­dad. Esa hu­mil­dad la vi­vió Cris­to cuan­do oró pi­dien­do al Pa­dre el don de la uni­dad.

Pero no ol­vi­de­mos que la uni­dad no se al­can­za­rá sin no­so­tros. Por ello he­mos de tra­ba­jar tam­bién es­for­zán­do­nos por avan­zar en el ca­mino de la san­ti­dad por la unión con Dios; es­ta­ble­cien­do re­la­cio­nes fra­ter­nas con los cris­tia­nos de otras igle­sias que co­noz­ca­mos; y pro­fun­di­zan­do en el co­no­ci­mien­to de la fe y en el por­qué de las ver­da­des cris­tia­nas. Esto no di­fi­cul­ta, sino que ayu­da en el dia­lo­go en­tre las igle­sias.

Con mi ben­di­ción y afec­to.

+ Mons. En­ri­que Be­na­vent Vidal
Obis­po de Tor­to­sa